La compleja identidad del Estado de Israel: un viaje

10 Enero 2011
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Los problemas de Israel no son solo externos: la pugna entre liberales y nacionalistas religiosos y ultra-ortodoxos definirá en gran medida la orientación que siga el Estado en los próximos años.

En esta sociedad, el conflicto con los palestinos es importante, pero no el único. Mayor preocupación causa una posible amenaza nuclear iraní, un ataque de Hezbolah desde Líbano o una guerra con Siria. Sin embargo, como consecuencia del conflicto con los palestinos, el país sufre una fuerte crisis de legitimidad debido a las críticas y las campañas de boicots internacionales.

Israel es un Estado relativamente joven. Durante el siglo XIX aumentó el número de comunidades judías en el territorio histórico de Palestina que era entonces parte del Imperio Otomano. Inspirados por ideales sionistas, distintos grupos fueron sentando las bases del futuro Estado desde principios del siglo XX, cuando Palestina pasó a estar bajo dominación colonial británica. Cuando el Estado fue declarado en 1948, parte de las instituciones estaban ya en proceso de formación.

La formación del Estado fue un objetivo del sionismo, movimiento nacionalista que nació en Europa a final del siglo XIX y cuyo fin era crear una patria para el pueblo judío.  El Holocausto agudizó esta necesidad.

Al primer núcleo de judíos, especialmente de centro Europa, los denominados Ashkenazis, le siguieron los Mizrahi o judíos de Oriente Medio, Norte de África y el Cáucaso, los Sefarditas (descendientes de los judíos expulsados en el siglo XV de la península ibérica), y olas migratorias de diferentes partes del mundo, desde Estados Unidos y Europa hasta Rusia, Argentina, y Etiopia.

Parte de esa inmigración creó en el curso del siglo XX el movimiento de los Kibbutz, comunidades de orientación socialista y organización comunitaria de las que hoy sólo sobreviven algunas que se han adaptado a las exigencias del mercado y han perdido la mayor parte de su ideología inicial.    

El esfuerzo interno para construir el Estado y el flujo sostenido de millones de dólares provenientes de la diáspora, más el acuerdo especial con Estados Unidos en las últimas cuatro décadas, permitieron a Israel transformarse en una potencia económica y tecnológica, único Estado con armas nucleares en Oriente Medio, aliado clave de Estados Unidos y un socio especial para la Union Europea.   

La milicia judías Haganah, Irgun y Lehi lucharon contra las fuerzas británicas entre 1945 y 1948 en la denominada guerra de independencia. Posteriormente, el Estado israelí enfrentó y venció tres guerras contra coaliciones de países árabes en 1948, 1967 y 1973-1974. Israel lanzó incursiones militares contra Egipto en 1956, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Líbano en 1982, y contra Hezbolah  también en Líbano en 2006. La OLP y otros grupos armados palestinos, entre ellos Hamas, desarrollaron una guerra de guerrillas y atentados terroristas desde los años 60.

En 1947 Naciones Unidas presentó un plan de partición de Palestina que adjudicaba el 60% al futuro Estado judío y declaraba Jerusalén territorio internacional. Los países árabes no aceptaron esta partición y lanzaron una guerra descoordinada.

La guerra de 1948 continúa siendo la más controvertida porque las fuerzas sionistas aprovecharon la debilidad y falta de coordinación de la ofensiva árabe, y la debilidad interna de la comunidad palestina, para expulsar a alrededor de 700.000 palestinos de sus propiedades, ciudades y pueblos, y fundar sobre ellas parte del nuevo Estado de Israel. Los palestinos reclaman el derecho al retorno de los refugiados de 1948, 1967 y sus sucesores. Israel alega que en toda guerra hay perdedores y que, además, los palestinos no tenían un Estado previo.

Historiadores revisionistas israelíes consideran que los líderes judíos ejecutaron un plan de lo que hoy se denomina limpieza étnica contra la población árabe. La población palestina huyó a otros países y una parte quedó alojada en campos de refugiados que con el tiempo se han convertido en poblaciones pobres gestionadas por Naciones Unidas.
 
Desde 1981 hasta ahora ha habido numerosas negociaciones de paz entre palestinos e israelíes con escasos resultados. Los acuerdos de Oslo de 1993 permitieron la creación de una Autoridad Nacional Palestina que tiene jurisdicción a modo de para-Estado en Cisjordania y Gaza pero con limitadas funciones de seguridad y gestión del territorio. La organización Fatah se transformó de grupo armado en base del futuro Estado y abandonó la violencia. Otros grupos, entre ellos Hamas, han mantenido abierta la opción de la violencia contra Israel, que utilizan frecuentemente.
 
Hoy Israel es un Estado democrático con deficiencias debido el tratamiento que da a sus minorías (árabes musulmanes, árabes cristianos, beduinos, drusos y circassianos) y a la población palestina que habita los territorios ocupados en 1948 y 1967. Por otro lado, la fragmentación política es muy alta, con una creciente tensión entre partidos seculares y religiosos.

Los colonos

La guerra de 1967 permitió a Israel  tomar el control total de Jerusalén y ocupar parte de Cisjordania (el West Bank, o Judea y Samaria en el lenguaje bíblico), que estaban controlados por Jordania. A partir de esa fecha, un crecientemente poderoso movimiento de colonos fue ocupando tierras palestinas, desarrollando ciudades e infraestructuras.

Actualmente 500.000 colonos habitan Cisjordania y Jerusalén Este, más allá de la línea verde que separaba a Israel de los territorios palestinos en 1967, pese a que ambas zonas son consideradas “ocupadas” por las Naciones Unidas. De esa cifra, alrededor de 130.000 son militantes nacionalistas religiosos armados que consideran que su misión divina es lograr que el territorio entre el río Jordán y el Mediterráneo, y desde Líbano y Siria en el Norte hasta Egipto en el Sur quede en manos de los judíos según la tradición bíblica. En la ciudad de Hebrón, por ejemplo, que alberga lugares sagrados para musulmanes y judíos, 400 colonos ultra radicales, protegidos por las fuerzas de defensa israelí, controlan parte de la zona árabe de la ciudad vieja.

En los últimos años los colonos han establecido alianzas con los ultra-ortodoxos (los Haredim, o “aquellos que temen a Dios”) que rechazan el Estado de Israel mientras esperan la llegada del Mesías. Los Haredim representan el 10% de la población total de 7.5 millones de habitantes. Tienen la tasa más alta de natalidad del país, siete niños por mujer, y constituyen un sector improductivo y pobre que dedica su vida a la oración. Alrededor de 70.000 viven en Cisjordania en asentamientos-ciudades, como los de Betar Ilit and Modi'in Ilit.

Según un informe de la organización israelí de derechos humanos B’tselem, más de 300,000 colonos residen en 121 asentamientos autorizados por el gobierno de Israel y en unos 100 puestos avanzados (futuros asentamientos) todavía ilegales. En total controlan el 42 por ciento de la tierra de Cisjordania. El resto vive en 12 áreas que Israel ha establecido y ha anexado a la municipalidad de Jerusalén.   

Los colonos organizaron una fuerte campaña sobre el primer ministro Netanyahu para que terminara con la congelación de construcciones en Cisjordania que declaró bajo presión de Estados Unidos en 2010. Durante una visita al inmenso asentamiento de Ma'ale Adumin que realicé con Israel Harel – el ex director del Consejo de Comunidades Judías de Judea, Samaria y Gaza-- me dijo: “Ningún gobierno de Israel se atrevería a evacuar estos asentamientos”. Un número creciente de oficiales de alto rango de las Fuerzas de Defensa Israel se consideran parte del movimiento de colonos nacionalistas religiosos.

Organizaciones israelíes como Peace Now y B´tselem acusan al gobierno y al alcalde de Jerusalén de apoyar las confiscaciones y ocupaciones de tierras palestinas, y las expulsiones de familias de sus casas seguidas de su demolición alegando la falta de permisos de construcción que la municipalidad de Jerusalén raramente otorga a palestinos.  

Hagit Ofram, encargada de verificar la política de asentamientos en Peace Now, me explica mientras recorremos en su coche el conflictivo vecindario de Silwan, en Jerusalén Este, que hay tres componentes en la actual política de asentamientos. Primero, la expansión de los que ya existen, el llamado “crecimiento natural”. Segundo, la toma de casas y tierras. Y, tercero, la expropiación de propiedades alegando que se trata para fines histórico-arqueológicos. Silwan, por ejemplo, tiene valor religioso para las comunidades judías y musulmanas. “Una vez que te mueves de lo político a lo religioso”, dice Ofram, “todo se vuelve más complejo e imposible de resolver”.

La imagen que los colonos y parte de la sociedad israelí recuerdan con indignación es la del ejército israelí expulsando en 2005 a los colonos que habitaban Gaza. El gobierno del entonces primer ministro Ariel Sharon decidió abandonar la franja de Gaza y dejarla a la Autoridad Nacional Palestina aunque mantuvo el control del espacio aéreo, marítimo y los accesos terrestres. El territorio está ahora controlado por Hamas desde 2007 y parcialmente cerrado al mundo, con todos sus accesos controlados por Israel y Egipto. La previsión, y el deseo, de diversos analistas israelíes es que esa zona permanezca aislada o eventualmente se una a Egipto, pero que se mantenga separada de Cisjordania.   

El Estado independiente de Tel Aviv

La capital administrativa del Estado es Jerusalén, pero la comunidad internacional no la reconoce debido a que es zona en disputa, y su parte oriental, predominantemente árabe, está ocupada por Israel.

Frente a esa ciudad, sagrada para musulmanes, cristianos y judíos, dividida, empobrecida y en tensión constante, se erige Tel Aviv: liberal, moderna y secular, con impresionantes parques tecnológicos, universidades avanzadas, y aparentemente lejana de las tensiones con los palestinos.

La socióloga Hamar Hermann, del Israel Democracy Institute, dice mientras conversamos en un elegante café que desde “el Estado independiente de Tel Aviv” los palestinos “son invisibles”. Desde aquí, no se ven los check-points (decenas de controles militares dispersos por Cisjordania, la frontera con Gaza y el perímetro de Jerusalén) en los que fuerzas de seguridad israelí controlan el movimiento de los palestinos, ni las ocupaciones de casas y tierras por parte de los colonos, ni a los jóvenes palestinos tirando piedras. Solamente las noticias en los medios y el servicio militar obligatorio son un recuerdo del problema palestino.

Tampoco es visible el muro (barrera de seguridad en el lenguaje israelí) que atraviesa Cisjordania de Norte a Sur indicando cual será la frontera entre un eventual Estado palestino e Israel, o simplemente separando la población israelí de la palestina de una manera que las organizaciones de derechos humanos de Israel denuncian como destructiva para los palestinos mientras que otros consideran que ha sido una medida eficaz para disuadir ataques terroristas.

Hermann considera que el denominado campo de la paz en la política israelí ha perdido peso y que hay una preeminencia de la derecha y cierta apolitización que facilita ese efecto de “no ver las cosas que pasan”. Diversos factores han influido en este resultado. Entre otros, los atentados suicidas contra población civil efectuados por grupos radicales palestinos en la década de los noventa y especialmente durante la segunda intifada (2000-2004); la colaboración del Partido Laborista con la derecha hasta perder su identidad; y la coordinación entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina que ha logrado garantizar altos niveles de seguridad a los ciudadanos israelíes.

Un sistema electoral disfuncional

El desplazamiento a la derecha y hacia el apoyo a partidos militantes contra cualquier acuerdo de paz con los palestinos tiene también relación con la idea que, según las encuestas, tienen alrededor de un millón de votantes jóvenes que consideran que Israel está en guerra y que no habrá paz hasta la generación siguiente. Diversos entrevistados me indicaron que “es necesaria una guerra para que se muevan las cosas”, pero otros negaron rotundamente que ese sea un sentimiento extendido.

Los liberales seculares constituyen el 53% de la población pero, indica Hermann, “carecen de representación política”. Por su parte, Yoram Peri, que fue asesor del primer ministro Isaac Rabin, considera que el sistema electoral es disfuncional, promueve la fragmentación y hace muy difícil la tarea de gobernar.

El partido laborista solo tiene 13 diputados en el parlamento, y Meretz, partido a su izquierda, solamente logró tres representantes en las últimas elecciones; Kadima (liderado por la ex ministra de exteriores Tzipi Livni) representa el centro hacia la derecha; el Likud de la mano de Netanyahu se ha aproximado a los partidos religiosos para formar gobierno; y el partido religioso Shas también se ha desplazado más hacia la derecha.

El factor de la nueva inmigración rusa es muy importante. En las elecciones de 2009, cerca de la mitad del millón de rusos que inmigraron a Israel desde 1989 votaron por el partido de la ultra derecha Yisrael Beitenu (Israel es nuestro hogar) liderado por el actual ministro de Asuntos Exteriores Avidgor Lieberman quien ha indicado repetidamente que nunca existirá un Estado palestino.

A la fragmentación política se suma la pugna entre los ultra-religiosos y el Estado de Israel. Los Haredim se resisten a que sus hijos vayan a escuelas públicas mixtas, están eximidos de hacer el servicio militar y viven de subvenciones del Estado. A medida que el actual gobierno, y otros anteriores, han intentado promover el trabajo y la educación pública, los Haredim han reaccionado con violencia. Cuando el parlamentario por Shas y rabino Chaim Amsellem sugirió en noviembre pasado que los hombres ultra-ortodoxos deberían trabajar fue expulsado de su partido y amenazado de muerte.

Por otro lado, hay nuevas organizaciones que trabajan en colaboración con la población palestina. Bimkom, por ejemplo, es una ONG que vincula derechos civiles, justicia social y planificación urbana que lleva a cabo proyectos desde educación hasta provisión de asistencia legal a los palestinos para proteger sus derechos.

Para los sionistas liberales, el país se enfrenta al dilema de permanecer judío pero no democrático o ser democrático pero no solamente judío. La otra opción es permitir la creación de un Estado palestino y de esta forma tratar de ser judío y democrático. Numerosas voces liberales, y algunos ex mandos militares, manifestaron que la creación de un Estado palestino sería beneficiosa para la seguridad y el futuro de Israel.

Shaul Arieli, ex oficial de las Fuerzas de Defensa Israelíes que colabora con palestinos y compatriotas suyos en la Iniciativa de Ginebra, considera que el sionismo histórico imaginó un Estado moderno que asegurara la existencia del pueblo judío, soberano, con mayoría judía, y democrático. Sin embargo, el intento de ocupar el territorio palestino basándose en principios religiosos de control de la tierra prometida desvirtúa el ideal sionista democrático. “La identidad de Israel está en juego en cada negociación con los palestinos”, me dice, “y los colonos prefieren una nación judía a un Estado democrático judío”.

El escepticismo

Es difícil encontrar a alguien optimista respecto de las conversaciones entre Israel y la Autoridad Palestina. Nadie cree que el diálogo directo o el indirecto, auspiciados por Estados Unidos, vayan a dar ningún resultado.

Desde el centro hacia la izquierda se considera que el primer ministro Benjanim Netanyahau no quiere hacer ninguna concesión, ni puede hacerla, porque su coalición de múltiples partidos de ultraderecha no se lo permitiría. Desde el centro hacia la derecha no hay voluntad de ceder parte de Cisjordania y mucho menos Jerusalén Este.

En las encuestas, un alto porcentaje de ciudadanos está a favor de la solución de los dos Estados, pero cuando se entra en detalles muchos dudan de la capacidad de los palestinos de gestionar un posible Estado. Algunos argumentan que todavía conservan elementos tribales pre-estatales en las formas árabes de organización mientras que otros piensan que Hamas podría desplazar a Fatah y hacerse con el poder. El profesor Shmuel Sandler, de la Universidad de Bar Ilan, me indicó que la corrupción de Fatah y la debilidad de un futuro Estado podrían conducir a que Cisjordania se transformase en otro “Estado de Hamas”, como ocurre en Gaza.  

Para muchos los palestinos son gente (árabe) en que no se puede confiar; otros manifiestan que el primer ministro palestino Salam Fayyad es honesto y creíble, pero que detrás de él no hay un equipo que provea capacidad institucional. “Los palestinos no necesitan varias décadas, sino siglos hasta tener experiencia de Estado”, nos dice un profesor que se define a sí mismo con un halcón.

En círculos militares y de inteligencia se alerta de que una negociación debe incluir la salvaguarda de control israelí del Valle Jordán (que separa a Israel de Jordania) para evitar la filtración de eventuales terroristas. Al observar las dos riberas del rio se aprecia que en el lado jordano proliferan los cultivos mientras que del lado Cisjordano sólo hay sistemas de seguridad.

¿Un solo Estado?

Por otro lado, políticos de la derecha y miembros de las comunidades de colonos han iniciado en 2010 el debate sobre reconocer a los palestinos un progresivo derecho de ciudadanía si aceptan integrarse en el Estado de Israel y renuncian a querer tener su propio Estado. De este modo, argumentan, no sería necesario tener que ceder parte de la tierra histórica y bíblicamente considerada judía. Tradicionalmente la idea de un Estado con dos identidades principales había sido promocionada desde la izquierda, por autores como los fallecidos Edward Said y Tony Judt.

La idea lanzada por la derecha es criticada por israelíes de diversos sectores. Yossi Alpher, ex miembro del servicio de inteligencia y co-director de la web de diálogo palestino-israeli www.bitterlemons.org, considera que se trata de un acto reflejo de una derecha amenazada y crecientemente deslegitimada. “La derecha, afirma, no reconoce la reivindicación nacionalista de los palestinos y tampoco que la demografía va en contra de su plan ya que un posible Estado único estaría palestinizado”.

Por su parte, los representantes de los árabes-israelíes, es decir, aquellos ciudadanos árabes que tienen la nacionalidad israelí, como el diputado  Ahmad Tibi, piensan que la idea es engañosa porque ellos ya sufren marginación en las estructuras de poder, la economía, la educación, la tierra, el acceso a lugares santos y empleo. Los palestinos integrados sufrirían la misma suerte.

Los árabes-israelíes (musulmanes suníes, cristianos y drusos) forman el 20 por ciento de la población de Israel. Se trata de una comunidad marginada que contribuye sólo al 8 por ciento del producto nacional bruto. El 60 por ciento de sus miembros viven por debajo del umbral de la pobreza.

El profesor Dan Ben-David, director del Taub Center for Social Policy Studies, indica que los dos grupos con mayor crecimiento demográfico, los Haredim y la minoría árabe, son los más pobres, los menos productivos y los menos educados del país. Un problema grave dado que la proporción de israelíes que contribuyen al Estado económico, militar y financiero es cada vez menor.

El eje anti-israelí

Pese a que la cuestión palestina parece dominar el debate sobre la seguridad, lo que más preocupa es el programa nuclear iraní. Un sector de la sociedad y la élite política considera que si Teherán prosigue con su programa nuclear y logra fabricar armas de este tipo, eso supondrá una “amenaza existencial” para Israel. La estrategia de Irán sería formar una coalición de suníes y chiíes con Siria,  Hamas y Hezbolah, y ganar el apoyo de los  Hermanos Musulmanes en Egipto.

Parte del gobierno piensa, además, que los lideres iraníes son fanáticos irracionales y que frente a ellos solo un ataque preventivo que destruya las instalaciones nucleares sería la solución. Si ese ataque debe ser llevado a cabo por Estados Unidos o por Israel es una de las cuestiones en debate actualmente. El presidente Barak Obama se resiste todavía a esas dos opciones y apuesta por una mezcla de presión a través de sanciones y dialogo.

El otro frente de preocupación es la frontera con Líbano, donde Hezbolah, grupo político-militar que opera como un Estado dentro del Estado libanes, ha desplegado en los últimos meses misiles de alcance intermedio. Diversos analistas consideran que una guerra con Hezbolah podría ocurrir en los próximos meses.

El escenario diplomático optimista es que Israel negocie con Siria la devolución total o la co-gestión de los Altos de Golán por parte de Israel a cambio de que Damasco cese el apoyo a Hezbolah y Hamas. Los gobiernos de Estados Unidos e Israel le proveerían a Siria espacio y legitimidad diplomática. Pero en este plan Siria debería distanciarse de Irán, algo que por el momento parece improbable. A la vez, una negociación sobre el Mar de Galilea, la mayor fuente de agua para Israel, sería muy compleja.

En los círculos de poder preocupa que dos aliados en las primeras décadas del Estado de Israel estén hoy muy distanciados. Irán es un enemigo y las relaciones con Turquía son muy tensas. Eran Lerman, de la oficina del primer ministro Netanyahu, considera que estratégicamente es importante recuperar en el medio o largo plazo el triángulo geopolítico formado con Irán y Turquía.

El futuro

Durante una conversación con un matrimonio cuyos integrantes nacieron en un Kibbutz en el Norte de Israel indicaron su insatisfacción con la política israelí actual y con la forma de tratar y negociar con los palestinos. El Estado de Israel que ellos ayudaron a fundar se basaba en principios democráticos y de convivencia con la población árabe local.

En otras conversaciones con académicos, activistas y políticos israelíes de nuevas generaciones es manifiesta la voluntad de recuperar esa tradición. “Las afinidades y cuestiones comunes entre judíos y árabes son inmensas, dice Danny Siedemann, abogado defensor de los derechos de propiedad palestinos en Jerusalén Este, “pero primero tenemos que separarnos a través de la creación de un Estado palestino para luego volver a unirnos”.

En una dirección similar se expresan otras voces liberales respecto del mundo árabe que parte de la sociedad israelí percibe, con probada razón en muchos casos, como agresivo. Pese a ello, e inclusive en el caso de Irán, se propone el diálogo y la negociación.

Pero los problemas de Israel no son solamente externos. La pugna entre los liberales, por un lado, y los nacionalistas religiosos y los ultra-ortodoxos, por otro, definirá en gran medida la orientación que siga el Estado en los próximos años.

Una parte de la sociedad israelí parece estar cansada de la guerra perpetúa mientras que otra, formada por esos nacionalistas religiosos y sus aliados, parece querer continuar reproduciendo ese mismo destino para este país y la región de Oriente Medio.