La fiebre global de tierras

03 Octubre 2011

"El actual acaparamiento global de tierras es parte de un largo proceso histórico de usurpación y desposesión en el Norte y en el Sur."

Saturnino “Jun” Borras Jr. es profesor asociado de desarrollo rural, medio ambiente y población del International Institute of Social Studies (ISS) de La Haya y profesor adjunto de China Agricultural University en Beijing. Combina su faceta académica con el activismo político, que comenzó en los movimientos campesinos de Filipinas en los años ochenta, formando parte, más delante, del grupo fundador de La Vía Campesina. Es miembro del Transnational Institute (TNI) y de Food First, además de coordinador de la red global de investigadores sobre acaparamiento global de tierras Land Deal Politics Initiative (LDPI), que ha organizado el I Congreso académico internacional sobre el acaparamiento de tierras, celebrado en Sussex (Reino Unido) en abril de 2011. Borras es también redactor jefe de Journal of Peasant Studies, que en los últimos años ha tratado, entre otras cuestiones, el acaparamiento global de tierras, la soberanía alimentaria, y los movimientos agrario-ambientalistas.

¿Cuál es el marco en el que se inscribe (y explica) el fenómeno del acaparamiento de tierras? ¿Se trata de un paso más dentro de la historia de desposesión? ¿Qué elementos nuevos contiene?

El actual acaparamiento global de tierras es parte de un largo proceso histórico de usurpación y desposesión en el Norte y en el Sur. La mayoría de las principales características no son nuevas. Entre ellas figura el imperativo capitalista de acumulación continua, acompañado en buena medida por la expansión territorial y la apropiación de la naturaleza, un proceso desigual de acaparamiento de tierras a través del espacio y del tiempo –con las consecuencias que implica en forma de coacción, desplazamiento y desposesión– y el papel que en todo ello desempeña el Estado. Pero también hay algunos rasgos nuevos, especialmente, el contexto en el que tiene lugar, significativamente más amplio que en el pasado.

La convergencia de crisis alimentaria, energética, financiera y climática es el factor más importante de la actual fiebre global de tierras.

La convergencia de crisis alimentaria, energética, financiera y climática es el factor más importante de la actual fiebre global de tierras. Otro de los aspectos relativamente novedosos es la fusión de los sectores de alimentos y energía que se aprecia de varias formas, entre ellas la aparición de cosechas que pueden utilizarse indistintamente como alimento, como forraje o como biocombustible, tales como la caña de azúcar, el maíz, la soja o la palma aceitera. No es extraño que estas cosechas se hayan convertido en las favoritas en el proceso actual de acaparamiento de tierras.

No se trata sólo de que la búsqueda de alimentos baratos conduzca al acaparamiento de tierras. Algunas investigaciones muestran que la mayoría de los acuerdos actuales no están relacionados con la producción de alimentos, sino con el cultivo de materias primas para agrocombustibles y actividades vinculadas a las industrias extractivas, como la explotación forestal y la minería. En el ámbito geopolítico, este fenómeno ya no ocurre en el contexto de una hegemonía política absoluta de las potencias tradicionales del Atlántico Norte; la configuración política global es esta vez mucho más policéntrica, especialmente con el ascenso y la implicación directa de los BRICS –Brasil, Rusia, China, India y Sudáfica– tanto como receptores como usurpadores en la compra de tierras. Esto plantea un reto mucho más complejo y difícil para la gobernanza alimentaria global.

Si examinamos más a fondo la naturaleza del acaparamiento de tierras, ¿se trata de un fenómeno guiado por el afán de inversión? ¿Obedece a otros elementos?

El argumento oficial para aquellos que ven el acaparamiento de tierras como una oportunidad de tipo win-win (ventajosa para todos) es que los acuerdos responden a la inseguridad alimentaria que sienten numerosos países y que está provocada por la crisis de los precios de los alimentos en 2007-08. La narrativa dominante se centra en los países del Golfo pérsico, Corea del Sur y China que establecen acuerdos sobre tierras en África. La explicación oficial lleva implícita la insinuación de que la crisis alimentaria de 2007- 08 se debió a la escasez de alimentos, –cuestión que se agravará en los próximos años a medida que China demande más comida mientras que la capacidad de producción a nivel mundial no muestra avances significativos–. Esta narrativa resulta preocupante especialmente porque en 2010 se superó la cifra de 1.000 millones de personas que pasan hambre en el mundo (y recientemente, después de la subida de los precios de los alimentos de 2007-08, se han sumado 70 millones más).

Si bien hay algo de cierto en este argumento, refleja sólo una pequeña fracción de lo que realmente está pasando. Como varios grupos científicos y políticos han señalado, la crisis de los alimentos de 2007-08 no se produjo porque faltara comida; había suficiente para alimentar a una población 1,5 veces mayor. La crisis del hambre se debió a que las personas no podían comprar alimentos. Y esto nos lleva a la cuestión central del acceso y la distribución de los alimentos, en contraposición al discurso centrado puramente en la producción que sostiene el enfoque de los acuerdos de tierras.

La inmensa mayoría de los actuales acuerdos de tierras no están vinculados a la producción de alimentos, sino a la producción y/o extracción de recursos naturales.

Además, datos de distintos casos muestran que la inmensa mayoría de los actuales acuerdos de tierras no están vinculados en realidad a la producción de alimentos, sino a la producción (o planes de producción) y/o extracción de recursos naturales no alimentarios: agrocombustibles, madera, minerales o bien actividades relacionadas con la mitigación del cambio climático, como el mecanismo REDD [Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación] y otras grandes actividades de conservación. Esto ha llevado a un tipo de acaparamiento de tierras: el “acaparamiento de tierras verde”, esto es, el acaparamiento de tierras en nombre del medio ambiente. Para resumir, el actual acaparamiento de tierras está en parte relacionado con el aumento y cambio global de la dieta (p. ej., la creciente “carnización”) y la reconfiguración del sistema agroalimentario global, aunque hay más. Una visión más completa de los múltiples factores que llevan a la usurpación de tierras debe tomar en cuenta los imperativos de la actual fase de desarrollo del capitalismo global y su necesidad de continuar la acumulación de capital.

¿Quiénes son los actores de esta usurpación? ¿Se trata de agentes externos? ¿Qué papel desempeñan los gobiernos y las élites internas en su desarrollo? Se ha escrito que junto a una dinámica predominantemente Norte-Sur se aprecia también una creciente dinámica Sur-Sur...

El argumento dominante, tanto de los promotores de los acuerdos de tierras como de sus críticos, es que son los actores transnacionales lo que protagonizan la fiebre global de tierras. Como he mencionado, se enfoca la atención en el papel de los países del Golfo, Corea del Sur y China, lo cual es correcto, pero sólo parcialmente. En un modelo alimentario global policéntrico reconfigurado, los principales actores son mucho más diversos, lo que plantea desafíos más complejos a los movimientos sociales en términos de movilización de masas o de incidencia política en cuestiones de gobernanza. Los gobiernos nacionales no son meros actores pasivos en la fiebre global de tierras. En muchos de los puntos “calientes” del acaparamiento de tierras –de Camboya a Etiopía, y de Colombia a Indonesia– los gobiernos se muestran muy activos en el desarrollo de estrategias para aprovechar los cambios de la política económica global que implican algún tipo de inversión en la tierra, ya sea ésta destinada a obtener alimentos, forraje, madera, minerales o con fines de conservación. Estos gobiernos se implican activa y directamente en la identificación, cuantificación y apropiación de tierras (públicas o privadas) de los acuerdos en marcha, que a menudo no son transparentes, y lo hacen en beneficio del propio Estado o en nombre de las clases económicas y sociales dominantes de su sociedad.

Algunos observadores han constatado que con frecuencia tales acuerdos tienen lugar en países con gobiernos débiles y en entornos de postconflicto. Esto puede cumplirse en casos como Ruanda o Camboya, pero no encaja en muchos otros casos, como por ejemplo, Indonesia, Brasil y Mozambique. Como mencioné antes, el abanico de actores es amplio, con un papel destacado para los BRICS: Brasil en América Latina, Sudáfica en África, Rusia en el espacio postsoviético de Eurasia, etc., y en paralelo a un proceso interno de acaparamiento de tierras en estos países. Además, están también involucrados significativamente algunos MICs [middle income countries, países de renta media]: compañías vietnamitas en Laos y Camboya, empresas de Malaysia en Indonesia y Filipinas, etc. Ya no se trata del eje convencional Norte-Sur, pero tampoco es un eje definido Sur-Sur. Como señalé anteriormente, es un contexto mucho más policéntrico: muchos centros de poder a lo largo del eje Norte-Sur. Este aspecto tiene importantes implicaciones, especialmente para la movilización de los grupos activistas a favor de reformas políticas.

Los gobiernos nacionales no son meros actores pasivos en la fiebre global de tierras.

¿Cuáles son, en tu opinión, los aspectos más preocupantes del acaparamiento de tierras? ¿Cuáles los más nocivos para los habitantes de esos territorios? ¿Y para el medio ambiente?

No hay un aspecto específico del acaparamiento de tierras que sea más problemático que otros. Creo que es más el contexto tan amplio lo que hace relevante este fenómeno. La fusión de alimentos, forraje y agrocombustibles en un escenario de cambio climático es algo que debe alarmarnos porque da vía libre a la proliferación de monocultivos industriales de uso flexible a gran escala. A su vez, une un amplio abanico de sectores interesados en la inversión en tierras: desde las finanzas y la actividad bancaria a la biotecnología, del sector alimentario al de hidrocarburos, del automovilístico al de pesticidas. De nuevo, se deposita demasiado poder y control de la cadena producción-distribución-consumo en manos de poderosas transnacionales, que raramente rinden cuentas de sus actividades. Además, no debemos culpar a los propios cultivos (p.ej., algunos dicen: «la palma aceitera es perjudicial»). Un cultivo en sí no es nocivo ni social ni medioambientalmente; lo importante son las relaciones sociales de producción y el sistema de producción. Actualmente, la mayoría de los acuerdos de tierras parece que se están orientando a sistemas de producción de monocultivos de tipo industrial, que a menudo destruyen empleo (dando como resultado el desplazamiento y la desposesión) y dañan el entorno biofísico. Esto es una parte muy problemática del actual acaparamiento de tierras.

¿Qué opinión te merece el desarrollo de códigos de regulación voluntarios como vía de solución a los problemas? ¿Qué tipo de regulación sería necesaria?

Las regulaciones voluntarias, como los códigos de conducta, no son malas en sí. Sería difícil no estar de acuerdo con los principios que plantea este discurso: transparencia, consulta, etc. Es el propósito más amplio y el contexto de la política económica en el que tales códigos se insertan lo que hace problemático este modelo. Parten del supuesto de que el acaparamiento de tierras es inevitable y que es mejor regularlo a través de iniciativas voluntarias a fin de conseguir un escenario win-win. Esto nos lleva al problema fundamental de este concepto: no cuestiona la base y el marco del acaparamiento global de tierras. De hecho, descansa en el supuesto de que los acuerdos de tierra son positivos y que los problemas asociados pueden gestionarse a través de códigos de conducta voluntarios. De ahí que estos códigos aspiren a facilitar –no a bloquear– el acaparamiento de tierras.

Por el contrario, creo que hay un problema fundamental con el propio concepto de los acuerdos de tierras, como expliqué antes. El objetivo es pararlos, y la regulación voluntaria no lo va a hacer. En el caso de los acuerdos de tierras que ya están en marcha –casi 100 millones de hectáreas en todo el mundo– la clave es presionar por una regulación estatal o intergubernamental, como las «Normas voluntarias» en la gestión de recursos naturales recientemente hechas públicas por la FAO. Incluir al Estado abre potencialmente un espacio para el control estatal y, a su vez, para que los ciudadanos puedan pedirle cuentas.

Las regulaciones voluntarias en sí no son malas; es el contexto de la política económica en el que se insertan lo que hace problemático este modelo .

Se aprecia ya la articulación de la resistencia por parte de los grupos sociales en este asunto. ¿Qué valoración haces de este movimiento? ¿Qué perspectivas ves para revertir, o, al menos, evitar, los efectos más nocivos del acaparamiento de tierras?

Sí y no. Sí, existe una resistencia emergente al acaparamiento de tierras, impulsada principalmente por movimientos campesinos y de justicia ambiental transnacionales. Pero hay aspectos preocupantes. Uno es que quizá la mayoría de los lugares donde se producen los mayores acuerdos de tierras son diferentes a los centros donde se ubican los grupos por la justicia agraria y la justicia ambiental. Por lo tanto, hay una desconexión importante entre qué está pasando sobre el terreno y qué se está haciendo (o no) por parte de la sociedad civil organizada. Esto no significa que los campesinos “no organizados” en los puntos “calientes” del acaparamiento de tierras no estén ofreciendo resistencia; lo están haciendo, aunque, por lo general, en la línea de actuación política habitual: “desorganizada y desestructurada”. En este contexto, es urgente y necesario que la sociedad civil organizada despliegue sus recursos logísticos y políticos y trate de vincularse y ofrecer apoyo a las comunidades en esos puntos “calientes” para organizarse.

Existe una resistencia emergente al acaparamiento de tierras, impulsada principalmente por movimientos campesinos y de justicia ambiental transnacionales.

Más difícil de abordar, sin embargo, es el hecho de que en muchos casos también encontramos secciones de esas comunidades afectadas que no se quieren oponer a los acuerdos de tierras, ya que los perciben como una oportunidad para la creación de empleo y otros servicios sociales (especialmente, en el contexto crónico de desatención que padecen). Muchos de estos residentes ingresarán en el sistema de las nuevas plantaciones a través de varias vías –ya sea agricultura por contrato o como trabajadores de la plantación–, aunque por lo general en condiciones muy desfavorables. Como mencioné antes, la geopolítica del acaparamiento de tierras es un sistema reconfigurado de alimentos-forraje-combustible. Necesita enfoques significativamente distintos en sus objetivos, arenas para la contestación, modos de actuación, tipos de coalición, etc. Por ejemplo, ¿dónde movilizarse y con qué tipo de acciones para protestar ante una empresa china o vietnamita implicada en un acuerdo problemático sobre tierras? Una posible respuesta es que esta reconfiguración implica que el sistema de Naciones Unidas es ahora más relevante para las acciones de lobby (trans)nacionales y las acciones de la sociedad civil.

Fruto de esta creciente articulación, en abril de 2011 se celebró el I Congreso Internacional sobre acaparamiento de tierras, del que fuiste organizador ¿Qué conclusiones o ideas clave destacarías del evento?

Uno de los puntos que surgió durante la conferencia convocada por Land Deal Politics Initiative (LDPI) en Sussex (Reino Unido) es que nuestro conocimiento científico del carácter, mecanismos, condiciones, resultados, trayectorias e implicaciones del actual acaparamiento global de tierras es muy fragmentario. No sabemos mucho más allá de lo que publican los medios y las ONG. La comunidad académica, sin embargo, está haciendo grandes avances. Quizá en un año veremos más estudios y publicaciones científicas que pueden contribuir a un mejor y más completo entendimiento del acaparamiento de tierras. Sin embargo, si algo se hizo patente en la conferencia es que ninguno de los 120 artículos científicos presentados y debatidos aporta pruebas del escenario win-win que nos prometen los agentes del acaparamiento de tierras y sus defensores.