La globalización se bate en retirada

01 Marzo 2007
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Quince años después de que el proceso de la globalización se nos vendiera como algo “irreversible”, éste parece haber alcanzado ya sus cotas más altas y está iniciando el descenso. Por Walden Bello.
Cuando entró a formar parte del vocabulario de la lengua inglesa, a principios de los años noventa, se suponía que la globalización era la ola del futuro. Hace quince años, los escritos de pensadores globalistas, como Kenichi Ohmae y Robert Reich, celebraban la llegada del denominado mundo sin fronteras. El proceso por el que economías nacionales relativamente autónomas pasan a integrarse funcionalmente en una única economía global se vendió como algo “irreversible”. Y la gente que se oponía a la globalización fue tratada con desdén, como si fuera una encarnación moderna de los luditas que destruían máquinas durante la Revolución Industrial. Quince años después, a pesar de deslocalizaciones y externalizaciones, lo que pasa por ser una economía internacional sigue siendo un conjunto de economías nacionales. Sin duda alguna, estas economías son interdependientes, pero los factores nacionales siguen determinando su dinámica en gran medida. De hecho, la globalización ha alcanzado ya sus cotas más altas y está iniciando el descenso. Predicciones brillantes, resultados sombríos Durante el apogeo de la globalización, se nos decía que las políticas estatales ya no importaban, y que muy pronto las grandes empresas eclipsarían a los Estados. Sin embargo, los Estados siguen importando. La Unión Europea, el Gobierno estadounidense y el Estado chino son hoy actores económicos más fuertes de lo que eran hace una década. En China, por ejemplo, son las transnacionales las que marchan al compás que marca el Estado, y no al revés. Además, las políticas estatales que interfieren en el mercado para construir estructuras industriales o proteger el empleo siguen teniendo su importancia. De hecho, durante los últimos diez años, las políticas gubernamentales intervencionistas han marcado la diferencia entre desarrollo y subdesarrollo, entre prosperidad y pobreza. La imposición de controles sobre los capitales durante la crisis financiera asiática de 1997-98 evitó que Malasia se viniera abajo como Tailandia o Indonesia. Los estrictos controles sobre los capitales también aislaron a China del derrumbe económico que sepultó a sus vecinos. Hace quince años, se nos decía que debíamos esperar la aparición de una elite capitalista transnacional que gestionaría la economía mundial. De hecho, la globalización se convirtió en la “gran estrategia” del Gobierno Clinton, que vaticinaba que la elite estadounidense sería la primus inter pares –la primera entre iguales– de una coalición global que nos guiaría hacia el nuevo –y benévolo– orden mundial. Pero hoy, ese proyecto está sumido en la confusión más absoluta. Durante el reinado de George W. Bush, la facción nacionalista ha aplastado al sector transnacional de la elite económica. Y estos Estados modulados por el nacionalismo están ahora compitiendo duramente entre sí, buscando arruinar la economía del otro. Hace una década, nacía la Organización Mundial del Comercio (OMC), que se sumó al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional (FMI) para desempeñar el papel de pilares del sistema de gobernanza económica internacional en la era de la globalización. Con aire triunfalista, los representantes de las tres organizaciones que se reunieron en Singapur durante la primera conferencia ministerial de la OMC en diciembre de 1996 manifestaron que la única tarea que le quedaba a la “gobernanza global” era lograr “coherencia”, es decir, la coordinación de las políticas neoliberales de las tres instituciones, con miras a garantizar la fluida integración tecnocrática de la economía mundial. Pero ahora, Sebastian Mallaby, el influyente comentarista proglobalización del Washington Post, se lamenta de que la “liberalización del comercio se ha estancado, la ayuda es menos coherente de lo que debería ser y la próxima conflagración económica será gestionada por una bombero herido”. En realidad, la situación es mucho peor de lo que Mallaby la pinta. El FMI está prácticamente muerto. Sabiendo muy bien cómo el Fondo precipitó y empeoró la crisis financiera asiática, son cada vez más los países en desarrollo avanzados que se niegan a solicitar préstamos a la institución o que están pagando el servicio antes del plazo establecido. Algunos de ellos –como Tailandia, Indonesia, Brasil y Argentina– están incluso declarando su intención de no volver a solicitar sus préstamos nunca más. Y dado que el presupuesto del Fondo depende en buena medida del servicio de la deuda de estos grandes prestatarios, este boicot se está traduciendo en lo que un experto califica de “enorme presión sobre el presupuesto de la organización”. Podría dar la impresión de que el Banco Mundial goza de mejor salud que el Fondo. Pero al haber sido un actor clave en la debacle de las políticas de ajuste estructural que dejaron a la mayoría de economías en desarrollo y en transición que las puso en práctica con una mayor pobreza, una mayor desigualdad y una situación de estancamiento, el Banco también está sufriendo una crisis de legitimidad. Pero puede que la crisis del multilateralismo sea más aguda en la OMC. El pasado julio de 2006, la Ronda de Doha de negociaciones para una mayor liberalización comercial se vino abajo de repente cuando las conversaciones entre el denominado Grupo de los Seis se rompieron con acritud a causa de la negativa de los Estados Unidos a ceder con respecto a sus enormes subsidios a la agricultura. El economista estadounidense y defensor del libre comercio Fred Bergsten comparó en su día la liberalización del comercio y la OMC con una bicicleta: si no avanzan, se caen. La caída de la organización que fue una vez descrita por uno de sus directores generales como la “joya de la corona del multilateralismo” podría estar más cerca de lo que parece. Por qué se ha estancado la globalización ¿Pero por qué se ha encallado la globalización? En primer lugar, los argumentos en defensa de la globalización eran exagerados. La mayor parte de la producción y las ventas de la mayoría de transnacionales sigue realizándose en el país o la región de origen. Las grandes empresas realmente transnacionales cuya producción y ventas se reparten de forma relativamente equitativa en varias regiones son apenas un puñado. En segundo lugar, en vez de forjar una respuesta común y cooperativa a las crisis mundiales de sobreproducción, estancamiento y degradación medioambiental, las elites capitalistas nacionales han competido entre sí para deshacerse de la carga del ajuste. El Gobierno Bush, por ejemplo, ha impulsado una política basada en un dólar débil para fomentar la recuperación y el crecimiento económicos de los Estados Unidos a expensas de Europa y Japón. También se ha negado a firmar el Protocolo de Kyoto para empujar a Europa y Japón a absorber la mayoría de los costes que entraña el ajuste medioambiental mundial y, de este modo, conseguir que la industria estadounidense sea comparativamente más competitiva. Así, aunque puede que la cooperación sea la opción estratégica más racional desde el punto de vista del sistema capitalista global, los intereses capitalistas nacionales se preocupan básicamente por no perder a corto plazo ante sus rivales. Un tercer factor que hay que tener en cuenta es el efecto corrosivo del doble rasero tan descaradamente demostrado por la potencia hegemónica de los Estados Unidos. Si bien el Gobierno Clinton intentó dirigir al país hacia el libre comercio, el Gobierno Bush ha predicado el libre comercio de forma hipócrita mientras practicaba el proteccionismo. De hecho, la política comercial del Gobierno Bush parece descansar sobre el principio de ‘libre comercio para el resto del mundo y proteccionismo para los Estados Unidos’. En cuarto lugar, se ha producido una gran discordancia entre las promesas de la globalización y el libre comercio y los verdaderos resultados de las políticas neoliberales, que han desembocado en mayor pobreza, desigualdad y estancamiento. Uno de los pocos lugares en que la pobreza ha disminuido en los últimos quince años es China. Pero fueron las políticas intervencionistas del Estado que administraban las fuerzas del mercado, y no las recetas neoliberales, las responsables de sacar a 120 millones de chinos de la pobreza. Además, los defensores de la supresión de los controles sobre los capitales han tenido que enfrentarse al desmoronamiento de las economías que siguieron esta política al pie de la letra. La globalización de las finanzas avanzó mucho más rápido que la globalización de la producción. Pero en lugar de ser la vanguardia de la prosperidad, resultó ser la vanguardia del caos. La crisis financiera asiática y el derrumbe de la economía argentina, que había sido una de las más fieles seguidoras de la liberalización de cuentas de capitales, fueron dos momentos decisivos de la revuelta de la realidad contra la teoría. Otro factor que ha desinflado el proyecto globalista es su obsesión por el crecimiento económico. De hecho, el crecimiento ilimitado es la columna vertebral de la globalización, el móvil principal de su legitimidad. Aunque un reciente informe del Banco Mundial sigue ensalzando el crecimiento rápido como la clave para expandir la clase media mundial, el calentamiento global, el consumo récord de petróleo y otros aspectos medioambientales están dejando claro que los índices y los modelos de crecimiento que acompañan a la globalización suponen la victoria asegurada del apocalipsis ecológico. El último factor, nada subestimable, ha sido la resistencia popular a la globalización. Las batallas de Seattle en 1999, Praga en 2000 y Génova en 2001; la multitudinaria marcha mundial contra la guerra del 15 de febrero de 2003, cuando el movimiento altermundialista se transformó en el movimiento mundial antiguerra; el fracaso de la conferencia ministerial de la OMC en Cancún en 2003 y su casi fracaso en la de Hong Kong de 2005; el rechazo popular en Francia y los Países Bajos al texto neoliberal y progobalizador de la Constitución Europea en 2005; todas éstas han sido coyunturas críticas de toda una década de lucha mundial que ha hecho retroceder al proyecto neoliberal. Pero estos prominentes acontecimientos no eran más que la punta del iceberg, la suma de miles de luchas contra el neoliberalismo y la globalización en miles de comunidades de todo el mundo en que han participado millones de campesinos, trabajadores, estudiantes, pueblos indígenas y muchos sectores de la clase media. Tocada, pero no hundida Puede que la globalización empresarial esté tocada, pero no está hundida. Aunque desprestigiadas, muchas políticas neoliberales y proglobalización siguen vigentes en numerosas economías debido a la falta de políticas alternativas creíbles a ojos de los tecnócratas. Como las negociaciones en la OMC se encuentran en un callejón sin salida, las grandes potencias comerciales están centrándose ahora en los tratados de libre comercio (TLC) y los acuerdos de asociación económica (AAE) con los países en vías de desarrollo. Estos acuerdos son, en muchos sentidos, más peligrosos que las negociaciones multilaterales de la OMC, ya que a menudo exigen mayores concesiones en términos de acceso a los mercados y una aplicación más estricta de los derechos de propiedad intelectual. Sin embargo, las grandes empresas y las potencias comerciales ya no tienen las cosas tan fáciles. Se está desplazando a neoliberales doctrinarios de posiciones clave para dar paso a tecnócratas pragmáticos que, en no pocas ocasiones, subvierten en la práctica políticas neoliberales debido a la presión popular. En lo que respecta a los TLC, el Sur Global está tomando plena conciencia de los peligros que entrañan y está empezando a oponer resistencia. Gobiernos sudamericanos clave, bajo la presión de sus ciudadanos, hicieron descarrilar el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) –y el gran plan de George W. Bush para el hemisferio occidental– durante la conferencia de Mar del Plata en noviembre de 2005. Además, uno de los motivos por los que mucha gente se oponía al primer ministro Thaksin Shinawatra durante los meses que precedieron al golpe de Estado en Tailandia era su prisa por cerrar un acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos. De hecho, en enero de este año, unos 10.000 manifestantes intentaron irrumpir en el edificio de Chiang Mai (Tailandia) donde estaban negociando representantes estadounidenses y tailandeses. El Gobierno sucesor ha aplazado el TLC entre los Estados Unidos y Tailandia, y los movimientos que luchan por detener estos tratados en otros lugares han encontrado motivo de inspiración en el éxito de la iniciativa tailandesa. La batida en retirada de la globalización neoliberal es especialmente acusada en América Latina. Bolivia, explotada durante décadas por gigantes extranjeros de la energía, ha nacionalizado bajo la presidencia de Evo Morales sus recursos energéticos. El presidente argentino Néstor Kirchner dio un ejemplo de cómo los Gobiernos de países en desarrollo pueden hacer frente al capital financiero cuando obligó a los acreedores del Norte a que aceptaran sólo 25 centavos por cada dólar que Argentina les debía. Hugo Chávez ha iniciado un ambicioso programa de integración regional, la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA), basado en una auténtica cooperación económica en lugar de en el libre comercio, con poca o nula participación de las transnacionales del Norte, y que se rige por lo que el propio Chávez describe como algo que va “más allá de la lógica del capitalismo”. La globalización en perspectiva Desde la perspectiva actual, la globalización no parece haber sido una fase nueva, superior, del capitalismo, sino más bien una respuesta a las crisis estructurales subyacentes a este sistema de producción. Quince años después de que se nos presentara a bombo y platillo como la ola del futuro, la globalización parece no haber sido tanto una “nueva y osada fase” de la aventura capitalista como un intento desesperado del capital global por escapar del estancamiento y los desequilibrios que aquejaron a la economía mundial de los años setenta y ochenta. La caída de los regímenes socialistas centralizados de Europa Central y Oriental desvió la atención de esta realidad a principios de los años noventa. Muchos de los integrantes de círculos progresistas pensarán que la tarea que debemos enfrentar consiste en “humanizar” la globalización. No obstante, la globalización ya ha entrado en decadencia. Hoy día, la multiplicación de conflictos económicos y políticos recuerda –si es que recuerda a algo– al período que siguió al fin de lo que los historiadores denominan la primera era de la globalización, que se extendió entre 1815 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. La tarea más apremiante no es dirigir la globalización empresarial hacia una dirección “socialdemócrata”, sino gestionar su retirada de forma que no deje el mismo caos y los mismos conflictos desbocados que marcaron su desaparición en la era anterior. Copyright 2006 Foreign Policy in Focus