La Guerra de los seis días

06 Junio 2007
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Hoy sigue siendo legítimo preguntar a Israel: ¿dónde acaba vuestra pretensión territorial? Por Pere Vilanova
La tercera de las guerras que han librado árabes e israelíes en algo más de medio siglo, más conocida como Guerra de los Seis Días, empezó hace cuarenta años una madrugada de un cinco de junio. Su resultado fue militarmente espectacular en el corto plazo, y sus resultados políticos un problema monumental en el largo plazo. Pero a la hora de hacer un balance, uno se topa con una paradoja que nace de un gran malentendido. El mundo actual abunda en conflictos de todo tipo, de promedio se pueden contabilizar entre treinta y cuarenta por año. Unos muy conocidos, otros más complicados de interpretar. Pero para el analista medio, el conflicto entre palestinos y judíos israelíes, es complicado de manejar. La razón es sencilla: sea cual sea el perfil de tu audiencia (lectores de artículos, oyentes, estudiantes, asistentes a mesas redondas, seminarios y conferencias), sobre este conflicto todo el mundo tiene una opinión, un punto de vista. Estará mejor o peor fundamentado desde un punto argumental, pero que suele ser profundamente emocional, cargado de pasión. Con lo cual, la influencia que uno pueda tener en términos de opinión es limitada. O, francamente, nula. Por ello, y pensando únicamente en lectores movidos por la curiosidad, quizá sea legítimo recorrer a recuerdos personales, impresiones, alguna anécdota. 1967, pocas semanas después del fin de las hostilidades, recorrí con un amigo Israel de punta a punta y una parte limitada de Cisjordania. A Gaza no iría hasta unos años después, pero he visitado la zona con regularidad durante los últimos cuarenta años. Visto en perspectiva, aquella guerra de 1967 cerraba el ciclo fundacional del Estado de Israel, la etapa provisional. Y como me comentó en su día un general israelí que había tenido altas responsabilidades en inteligencia militar, “aquello marcó el pico máximo de nuestra superioridad militar y el inicio de nuestro declive en iniciativa política”. Me dijo también que desde 1967, y durante veinte años, ningún gobierno israelí fue capaz de tomar una decisión en relación a los territorios ocupados. Hasta que en 1987 la primera Intifada les pilló completamente por sorpresa (me lo reconoció con insistencia) y les recordó que el tiempo no trabaja necesariamente a favor del más fuerte. Pero también es cierto que 1967 marcó el despertar de la autonomía política palestina, hasta entonces tutelada y manejada por Egipto y Siria en base a sus intereses de Estado. La OLP realmente sólo empieza a existir al calor de aquella derrota árabe. A la vez, desde 1967, ya ningún gobierno árabe tendrá realmente en su agenda (retórica aparte) ir a la guerra contra Israel por la cuestión palestina. La guerra de 1973, fue una decisión egipcia (que arrastró a Siria) para recuperar el Sinaí y el Golán, nada que ver con la causa palestina. Puedo dar fe de que, sin embargo, todos los gobiernos israelíes, desde 1967, han desplegado una estrategia sistemática, milimetrada, de desposesión territorial palestina, incluyendo también el control del agua. Es verdad que la implantación de asentamientos salta significativamente a partir de 1977, cuando la derecha gana por primera vez las elecciones, tanto en Jerusalén y su área metropolitana, como en toda Cisjordania. Y no hay que olvidar que ningún gobierno israelí, desde 1948, ha aceptado precisar cual es su frontera internacional occidental. Ni siquiera la que reclama aunque no este dibujada. Sabemos cual es la frontera que reconoce con Líbano, Egipto y Jordania, sabemos que parte de Siria ha anexionado (ilegalmente según Naciones Unidas), pero no sabemos la que falta: ¿el Jordán? ¿el actual muro en fase avanzada de construcción?, ¿la que dibujaba el fallido acuerdo de Camp David en julio del 2000, la “última oportunidad perdida”? Y cuando un país que es una potencia militar y económica regional indiscutible, persiste en no aclarar sus pretensiones territoriales, se dan las condiciones para que el problema siga abierto. La prueba es que en la misma sociedad israelí, excepto la extrema derecha ultrareligiosa (distinta de la extrema derecha laica) que reclama el “gran Israel” hasta el Jordán, ningún líder, ninguna fuerza política, se atreve a decir “aquí empieza y acaba Israel territorialmente hablando”. Con ello se dilapida un importante capital político, como me decía el viejo general: Naciones Unidas, la comunidad internacional, la Unión Europea, incluso Estados Unidos, pero sobre todo, la propia Autoridad Nacional Palestina, todos ellos reconocen ahora como fronteras internacionales de Israel la línea de separación vigente hasta el 4 de junio de 1967. Es mucho. Es reconocer como fronteras legítimas, no las del Plan de Partición de Naciones Unidas de 1947, sino las que resultaron de la primera guerra árabe –israelí. La gestión del factor tiempo, en un conflicto con tal asimetría de poder entre las partes, es responsabilidad sobre todo de Israel. La “ni anexión definitiva, ni devolución de los territorios” que practicó entre 1967 y 1987, fue una no política, que es una mala forma de hacer política. Hoy, después de varias guerras, dos intifadas y un proceso de paz fallido entre ambas, y muchos miles de muertos después, sigue siendo legítimo preguntar a Israel: ¿Dónde acaba vuestra pretensión territorial? Después de cuarenta años, sigo escuchando un estruendoso silencio. © El Periodico