La rebelión de Génova

17 Noviembre 2005
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La globalización es un proceso histórico, no es el resultado de un acto como encender la luz de una habitación. Hoy estamos más globalizados que hace veinticinco años y dentro de cincuenta lo estaremos mucho más. Que el mundo es un hecho global ¿quién lo puede discutir? Se trata de una transformación permanente que no sabemos cuándo podrá llegar a completarse, por cuanto su esencia es la extensión de actividades a través de un planeta diverso. La comunicación y la informática representan bien este fenómeno, aunque no debe olvidarse que en su día el telégrafo, el automóvil, la radio y el teléfono, impresionaron igualmene. Tal vez son los mercados financieros el auténtico mercado global, ya que, como nos recuerda Giovanni Arrighi, "las transacciones de divisas fueron en 1996 sesenta veces mayores que las del comercio".

 En todo caso la globalización ha devenido en un término de moda, de uso extendido incluso entre gente común. Como consigna es una nebulosa mal empleada pero políticamente eficaz. Los intelectuales del neoliberalismo y con ellos los gobiernos y políticos defensores de esta versión extrema del capitalismo, nos hablan de globalización como de lo moderno, sinónimo de un progreso imparable, frente a los que se han manifestado en Génova, gentes primitivas que miran hacia el pasado. Ellos utilizan hábilmente la consigna, separándola de su significado real allá donde debieran decir globalización neoliberal. En la medida en que hablan del continente y no del contenido les resulta fácil manipular el lenguaje afirmando que el movimiento antiglobalización es una reliquia ideológica que predica el aislamiento de los países y el proteccionismo a ultranza. Pero, en realidad, los manifestantes de Génova luchan contra la versión actual de la globalización, no contra esa tendencia hacia la universalización que es un hecho indiscutible, aunque no se representa, como bien afirma Ignacio Ramonet, de manera armoniosa como en una fábula de Walt Disney.

 El movimiento contra la globalización neoliberal no se revela pues contra el hecho de un mundo cercano y conectado, pues él mismo es fruto de la superación de las distancias. Así, ha dicho un representante de Hemen eta Mundua: "Iremos a donde vayan las reuniones del G8, si es a las montañas del Canadá, allí estaremos" Tan hermosas palabras quieren decir que toda una solidaridad, globalizada, de muchos países y de todos los continentes estará presente en Canadá, algo impensable hace cincuenta años.

Este movimiento es antisistémico, ese es el fondo de la cuestión.

Un movimiento que por antineoliberal es anticapitalista y que nos invita a creer que otro mundo es posible. Aquí está el verdadero debate y no en la trampa de globalización si o no.

 La globalización neoliberal depende de la desregulación progresiva de los mercados, aun a costa de la soberanía nacional de los países. Convertir al mundo más que en una geografía en un mapa económico, en el que gigantescas corporaciones transnacionales dedicadas especialmente a la especulación financiera se configuran como un gobierno planetario en la sombra. Como modelo de acumulación acapara los mercados por medio de fusiones, adquisiciones, patentes, etc, a costa de los capitales nacionales de menor tamaño. Las acciones de las grandes transnacionales incrementan su valor sin producir riqueza real, simplemente en tanto que movimiento especulativo.

 La globalización neoliberal predica la liberalización de los mercados, eliminando fronteras. Pero en realidad el mercado actual es el más monopólico de la historia económica de la humanidad. El mismo GATT reconoce que apenas llega al 10% el mercado mundial que puede llamarse mercado libre. Los países ricos reclaman la apertura completa de los mercados de los países pobres, pero protegen sus productos y los subsidian para impedir la entrada de productos procedentes del llamado Tercer Mundo. Unos pocos globalizan y los más son los globalizados, como lo muestra el hecho de que la quinta parte más rica del mundo posee el 80% de los recursos del planeta y el que de una población mundial de 6 mil millones, apenas 500 millones de personas viven confortablemente. Estos datos incuestionables son interpretados por los ideólogos del neoliberalismo como una transición hacia un mundo mejor, pero no dicen si habrá que esperar veinte años más o un siglo. Lo cierto es que el neoliberalismo no ha hecho otra cosa que abrir más la brecha de la desigualdad mundial: en 1960, la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre, a escala mundial, era de 34 a1; en 1990 la diferencia aumentó de 60 a 1; en 1997 la diferencia era ya de 74 a 1. Esta tendencia imparable, radicalmente injusta, desmiente la palabrería del G8 que actúa al servicio de los intereses de las grandes corporaciones. De ahí que las palabras del presidente norteamericano "la protesta perjudica a los pobres", en alusión a los manifestantes de Génova, producen asco, y son una prueba del cinismo de esa banda de gobernantes que se reúne fastuosamente para dar apoyo a una globalización sectaria.

 La globalización neoliberal dilapida los recursos de todos, industrializa la agricultura y produce transgénicos que convierten el mercado global en un McDonald´s que intoxica, envenena los ríos, los mares, la tierra y el aire, asesina los bosques, todo para generar más dinero sin que caiga la tasa de ganancia. Se trata de un sistema codicioso basado en una idea inconfesable: es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Exactamente es contra esta globalización que lucha el movimiento reunido en Génova y antes en Barcelona, Porto Alegre, Davos, Praga, Seatlle. Todavía más: nunca como hasta ahora se había hablado tanto de la pobreza, de los derechos económicos y sociales, de la democracia integral y participativa, de las desigualdades espectaculares que han estallado entre los países del Norte y del Sur, y todo ello gracias a este movimiento antineoliberal tan lleno de solidaridad y de espíritu de lucha. Un movimiento diverso que no responde a un centro político mundial, sino a múltiples expresiones de base, algunas organizadas en redes. Y que contiene una pluralidad de ideas que lo enrriquece, unidas por el nexo del rechazo a un mundo peligroso por injusto.

 La globalización neoliberal es violenta. Su violencia, extremecedora, puede resumirse en un hecho: 11 millones de niños mueren al año por hambre y enfermedades perfectamente evitables. Es una violencia que no aparece como tal, en la medida en que, generalmente, no se manifiesta con armas. Sus armas asesinas son sus políticas que condenan a las mayorías del planeta a la exclusión. Esos señores reunidos en un palacio de Génova son infinitamente más violentos que los manifestantes más radicales que lo hicieron en su contra. Son criminales de traje y corbata que hablan de legalidades y reglamentos, de macroeconomía y de acuerdos para la libertad absoluta de los movimientos de capitales, mientras limitan el libre movimiento de las personas y de los trabajadores, y eluden la globalización de los derechos humanos, de la ecología, y de los derechos económicos y sociales del conjunto de la humanidad.

 Pero esta violencia sistemática trata de lavar su rostro mediante gestos virtuales:

a través del G8, el sistema dominante se permite "perdonar" una parte de la deuda externa a los 23 países más endeudados. Es como un comercial televisado para consumo de las masas de los países ricos, proyectado de manera demagógica. No se dice que este acto de perdón impone la aceptación de severas medidas de ajuste estructural y que sólo los países pobres que lleguen a la meta de los máximos sacrificios podrán alcanzar un grado de condonación. Lo presumible es que, como ya ha explicado profusamente OXFAM-Bélgica, estos países terminen su singladura más empobrecidos y endeudados todavía por nuevos préstamos. La cosa es clara: la deuda externa es un instrumento de dominio estructural al que los países ricos no van a renunciar.

 La globalización neoliberal se presenta cada vez más como un sistema político basado en la desaparición de lo político. Presentándose como apolítica esta globalización ejerce una alta política. Su racionalidad económica esconde políticas muy concretas: el mercado dicta y los gobiernos administran lo que dicta el mercado.

Pongamos un ejemplo: el anunciado Tratado Puebla-Panamá, subsistema del ya existente entre México, Estados Unidos y Canadá (Tratado de Libre Comercio), se presenta como una oportunidad de crecimiento económico para toda la región centroamericana; en la práctica es el golpe de gracia contra Centroamérica como proyecto político y social. Este último quedará sometido a los intereses de las transnacionales prestas a hacer de la región un espacio bajo su dominio: Agricultura sin agricultores, despliegue sin límites de la industria de la maquila, recursos naturales en manos externas, mutilización de territorios, democracia minimalista sin participación ciudadana, pobreza creciente y mayor desigualdad, todo esto es la agenda del Tratado Pueba-Panamá. Una política que se presenta como un asunto de economía, bajo la coartada de incorporar a la región al mercado global.

 El movimiento contra la globalización neoliberal es una rebelión moral. Una rebelión que supera a los partidos políticos y a los movimientos tradicionales, por que unos y otros están demasiado hipotecados por su modo de actuar en los meandros del sistema. Es un movimiento que organiza a la sociedad civil de los de abajo y que, paradógicamente, está revalorizando lo político desde nuevos valores, uno de los cuales es la coherencia entre el discurso y la acción, haciendo del compromiso por otro mundo posible un estilo de vida. El pensamiento crítico y el debate; la confrontación y la desobediencia civil; una agenda de reivindicaciones como la condonación de la deuda externa y la aplicación de la tasa Tobin (sobre los movimientos de capitales); y la convergencia de movimientos en pie de igualdad, son por ahora otros tantos valores de este singular movimiento que ante la crisis del neoliberalismo demanda una nueva alternativa postcapitalista. Carlo Giuliani encarnaba este sentimiento y esta idea de que otro mundo es posible.