Las FARC no eran la única opción para Tanja

25 Septiembre 2007
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Que una estudiante europea en su deseo de ‘hacer algo’ se haya dejado seducir por las prácticas extremas de la guerrilla colombiana no tiene nada que ver con la crítica del abandono estatal y de la ineficacia de ciertas políticas del gobierno colombiano.

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Con motivo de la revelación de la participación de la joven holandesa Tanja Nijmeijer en las filas de las Farc, en Holanda se ha comenzado a especular sobre el rol que han podido jugar en este hecho algunas organizaciones europeas de izquierda vinculadas con Colombia. Es decir, grupos que tienen actividades en Colombia, o que realizan labores de monitoreo de la situación de los derechos humanos (dado el largo conflicto que vive el país), o de instituciones que se dedican al examen crítico de diversos aspectos de la realidad colombiana. Como si el hecho de cuestionar determinadas políticas del gobierno colombiano significara también una identificación con el extremismo de las guerrillas.

Nada más alejado de la realidad. Diversas entidades internacionales de derechos humanos, como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, entre otras, vienen haciendo públicos desde hace años los registros de crímenes contra la población civil atribuibles a las Farc. Cualquier análisis de la realidad colombiana no podría por ningún motivo desconocer estos datos. Desgraciadamente en un país como Colombia, en donde se desarrolla desde hace décadas un complejo conflicto, las Farc son sólo uno de los actores de la violencia. Las estadísticas por violaciones a los derechos humanos que ofrecen las entidades internacionales implican no sólo a esta guerrilla sino, incluso en mayor medida, a los grupos paramilitares (en muchos casos en colaboración con el ejército) y directamente al ejército colombiano.

La estrategia antinarcóticos conocida como ‘Plan Colombia’, lanzada por el gobierno colombiano en 2000 con el fuerte apoyo financiero de Estados Unidos, ha sido desde entonces en Holanda y en Europa el centro del debate sobre la problemática colombiana. Dado que el Plan Colombia hacía hincapié en los aspectos militares en vez de hacerlo en los aspectos sociales, muchas ONG, holandesas y europeas, manifestaron abiertamente su oposición a que Bruselas expresara su apoyo a este Plan. En parte, gracias a esta presión, la Unión Europea en su momento optó por distanciarse del Plan Colombia prefiriendo canalizar por otras vías los fondos antinarcóticos destinados a Colombia. Tal gesto fue sin duda una expresión clara de desacuerdo con el excesivo componente militar del Plan.

No se puede decir que la crítica al Plan Colombia, cuyas operaciones militares se dirigían específicamente contra las Farc, representara por esto un apoyo a las Farc. Era un apoyo a la búsqueda de una salida negociada al conflicto. Casi siete años de Plan Colombia –unos 6.000 millones de dólares- no han logrado debilitar considerablemente a las Farc, en cambio sí han conseguido empeorar las condiciones de vida de la población civil que habita las regiones en guerra. El Plan Colombia sólo ha servido para alimentar el fuego del conflicto excluyendo las vías del diálogo. No son las armas sino la inversión social lo único capaz de derrotar a las Farc.

De otra parte, la persistencia de una guerrilla como las Farc, vinculada a las actividades del narcotráfico y responsable de delitos de lesa humanidad, ha sido nefasta para el desarrollo en Colombia de una corriente de izquierda democrática con posibilidades electorales, como sucede en otros países del mundo. Como las Farc provienen de la izquierda, cualquiera que se proclame de izquierda corre el riesgo de ser asociado con la guerrilla y en consecuencia ser visto como potencial guerrillero, lo que en estas épocas significa además, potencial terrorista. Los sectores gobiernistas se valen de este recurso para desprestigiar a los partidos de oposición, a los sindicatos de trabajadores, e incluso a organizaciones independientes de la sociedad civil como las organizaciones de derechos humanos.

Por su lado, cualquier expresión de simpatía de parte de las Farc hacia un partido de izquierda puede traducirse en el hundimiento de dicho partido, tan deteriorada está la imagen de la guerrilla entre la gente. Y si bien entre los líderes del Polo Democrático –un nuevo partido de izquierda que a pesar de lo anterior ha tomado auge en los últimos años- hay algunos ex guerrilleros que se acogieron a amnistías a comienzos de los noventa, las actividades del Polo son perfectamente transparentes y no tienen nada que ver con las Farc ni con ningún grupo armado. A pesar de su pasado revoltoso, Joschka Fischer fue ministro en Alemania, y en Uruguay, el ministro de Ganadería es un ex guerrillero tupamaro.

¿Acaso se podría responsabilizar a alguien del hecho de que Tanja Nijmeijer haya terminado en las Farc? ¿Tendrá la culpa la perspectiva de una vida monótona en una pequeña ciudad holandesa, que ella menciona con desprecio en alguna parte de su diario, o los panfletos de los círculos altermundialistas de Groningen, o las brigadas de jóvenes que viajan a los países en conflicto a acompañar a la población desprotegida, como han insinuado otros? ¿O la campaña contra el Plan Colombia? Que una estudiante europea en su deseo de ‘hacer algo’ se haya dejado seducir por las prácticas extremas de la guerrilla colombiana no tiene nada que ver con la crítica del abandono estatal y de la ineficacia de ciertas políticas del gobierno colombiano.

Si la comprobación de la injusticia y la miseria en el campo colombiano –como lo menciona Tanja en una entrevista de 2001- llevara a los jóvenes progresistas a involucrarse en la guerrilla, las Farc estarían llenas de estudiantes extranjeros. El hecho de que haya, al parecer, un grupo de jóvenes europeos activos en los campos de entrenamiento de las Farc no es señal de que la juventud europea de izquierda se esté dejando ingenuamente convertir al extremismo militarista. Especialmente en estos años en que el movimiento altermundialista –los llamados antiglobalistas- se caracteriza por su rechazo a toda forma de lucha armada.

Los grupúsculos radicalizados que subsisten en algunos países europeos, particularmente los países escandinavos, como lo señala un artículo de la semana pasada en este periódico, son más una excepción que la regla. Siempre ha habido y siempre habrá jóvenes en el mundo que se dejan tentar por prácticas extremas. Lástima que en su deseo de ayudar a resolver el drama colombiano, Tanja Nijmeijer no hubiera optado por apoyar a organizaciones que promueven la paz, o la ayuda a los millones de desplazados internos que huyen de la violencia.