Los campos de adormidera afganos en la mira de la política de drogas

17 Julio 2002
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El opio ha sido desde siempre un componente de la economía afgana, sirviendo como moneda y fuente de ahorro de campesinos.

El opio ha sido desde siempre un componente de la economía afgana, sirviendo como moneda y fuente de ahorro de campesinos. El opio ha florecido en el país durante siglos, se cultivó durante el período del rey Zahir Shah - que acaba de retornar a Afganistán - así como durante los turbulentos años de la invasión rusa y de las guerras de los muyahidin. En 1999 Afganistán producía 4.000 toneladas de opio al año, es decir, casi tres cuartos de la producción mundial.

Pero, en el contexto de la guerra a las drogas de los años 90, ser el mayor productor de opio en el mundo no resultaba un título precisamente muy honroso. Los talibanes se propusieron entonces eliminar los cultivos emitiendo un decreto de prohibición en el verano del 2000, cuya argumentación moral pareció resultar más efectiva que miles de millones de dólares invertidos en programas de erradicación en otras partes del mundo. En un año el área de adormidera cultivada pasó de 82.515 hectáreas en el 2000 a 7.606 en el 2001. La realidad es que no fueron los argumentos morales sino los del mercado - la sobreproducción y saturación de mercados en esos momentos - los que le facilitaron la vía a la prohibición talibán.

Ante la necesidad de adquirir una nueva imagen internacional, algo similar a lo supuestamente logrado por la prohibición de los talibanes ha intentado el gobierno interino afgano de Karzai. Pero, mientras los talibanes anunciaron su prohibición en julio del 2000, tres meses antes de la época de siembra (noviembre), el gobierno interino anunció la suya en enero, después de que los cultivos ya estaban plantados. Es decir, cuando ya los campesinos se habían endeudado con créditos obtenidos de prestamistas a quienes pagan luego con la cosecha.

En momentos en que Afganistán necesita el apoyo internacional para la reconstrucción del país y necesita buscar la reconciliación entre los diferentes grupos étnicos, ¿por qué haber puesto al gobierno de Karzai entre dos fuegos, de un lado la presión internacional de la ONU, Estados Unidos y los países e instituciones donantes, y de otro los múltiples intereses de los grupos tribales locales? Las erradicaciones forzadas de los cultivos de adormidera decretadas por el gobierno interino sólo han servido para encender una chispa más a los conflictos étnicos de un país en donde las diversas facciones armadas se disputan una posición ventajosa en la próxima asamblea nacional ("loya jirga") de junio.

En países como Afganistán la economía de las drogas ilícitas es un tema que no puede ser abordado separadamente sino que está íntimamente relacionado con asuntos de desarrollo y asuntos de seguridad. Este es un principio reconocido y aceptado por la comunidad internacional. Bajo la presión de algunos donantes europeos, el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID) ha tenido que aceptar este enfoque: una política de drogas para Afganistán, si se quiere que sea efectiva, debe tener en cuenta también los conflictos endémicos de la región, el subdesarrollo y el drama de los refugiados. No obstante, las políticas de este organismo no han sido consecuentes al insistir, como se está haciendo ahora, en las erradicaciones forzosas de los cultivos de adormidera.

No se puede erradicar a cualquier precio. La comunidad internacional debería entender que la solución al problema de las drogas no está en atacar la producción en un país, y mucho menos en un país de condiciones tan críticas como las de Afganistán. Si se hiciera a un lado la histeria que se ha generado alrededor de esta cosecha, se percibiría más claramente que una interrupción de la cosecha lo único que lograría sería una ruptura momentánea en el mercado, el cual se regeneraría de nuevo con nuevas cosechas allí o en otros países. Una interrupción de la cosecha no representaría tampoco una solución al problema de la adición en Europa.

Esta puede ser una oportunidad para rectificar en la actitud intransigente que han mantenido hasta ahora los países donantes con respecto a los cultivos, y considerar incluso la posibilidad de comprar la cosecha a precios de mercado con el fin de evitar que caiga en manos de las mafias de narcotraficantes y termine en las calles de las ciudades europeas. Si la opción de comprar la cosecha no es viable, entonces que se deje en paz la cosecha en pro de los intereses más amplios de la reconstrucción.