Los viejos axiomas son inapropiados para nuevas necesidades

20 Noviembre 2008
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El momento de probar a Obama y sus frases de “cambio” pronto va a llegar.

“Vagando entre dos mundos, uno muerto, el otro impotente para nacer”.

--Matthew Arnold

El momento de probar a Obama y sus frases de “cambio” pronto va a llegar. Como candidato, sabiamente no detalló las especificidades de las políticas que el país necesita o lo que realmente él piensa hacer acerca de la fracasada política exterior y una economía seriamente dañada --además de su nada radical paquete de salud pública.

Tres días después de las elecciones, el desempleo aumentó, continuaron las ejecuciones de hipotecas y uno de los pilares de la economía, General Motors (GM), rogó al Congreso que le diera dinero de rescate. Ford y Chrysler se unieron al coro de los mendigos. Ejecutivos de GM anunciaron que la compañía estaba perdiendo $2 mil millones a la semana y que solo el Congreso (los contribuyentes) podían salvar a la compañía que había extraído durante años de la misma fuente inimaginables centenares de miles de millones en ganancias --incluyendo gigantescos salarios y beneficios para los mandamases.

Los directores generales de las compañías automovilísticas se reunieron con líderes del Congreso y se comportaron como si todo el mundo supiera que ellos se merecen el dinero. Cuando la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi interrogó a estos pomposos fracasados acerca de la rendición de cuentas por los fondos que solicitaban, ella también prometió a los zares del automovilismo que el Congreso monitorearía el uso de los fondos de rescate --si es que decidía aprobarlos.

Irónicamente, ella y su contraparte del Senado compartían la suposición básica de los magnates automovilísticos de poco seso: “Un sector automovilístico saludable es esencial para la restauración de la estabilidad del mercado financiero, la salud general de nuestra economía y el sustento de la fuerza de trabajo del automóvil”, escribieron Pelosi y el líder de la mayoría del Senado Harry Reid al Secretario del Tesoro Henry Paulson. (NY Times, 8 de noviembre de 2008.)

En aquel momento, los liberales fingieron indignación por tal comentario insensible. Pero la declaración de Wilson contenía una verdad dolorosa: esta gran corporación se había convertido en un medio y un fin de la política norteamericana. Después de todo, los automóviles requieren de vidrio, goma, metales, productos químicos, tejidos para el tapizado, plástico y otros ingredientes. Fábricas pequeñas y grandes en todo el país suministraban estos artículos. Los distribuidores de autos nuevos y usados, los talleres de reparación y las fregadoras de autos dan servicio a los que usan este producto básico norteamericano. Los autos se han convertido en algo tan intrínsicamente norteamericano que Chevrolet (de GM) tiene su lugar junto al pastel de manzana y el béisbol.

¿Quien puede cuestionar la importancia de la fabricación de autos para la salud de la economía? En esos días los tres grandes fabricantes de autos controlaban la producción y las ventas --mucho antes de que VW, Toyota y otros fabricantes extranjeros comenzaran a competir con mejores productos y precios inferiores. Pero en años recientes, los jefes automovilísticos se han comportado como los idiotas de Wall Street y otros titanes que llevaron la economía de EEUU directamente al inodoro. Tomaron decisiones estúpidas, se recompensaron a sí mismos con altos salarios, regalías, beneficios y opciones de compra de acciones y se burlaron de los críticos que alertaron de que si continuaban haciendo hincapié en el SUV y en el Hummer y no trataban de fabricar un auto para los tiempos, perderían sus mercados tradicionales. Eventualmente, hasta los norteamericanos más estúpidos aprendieron que “comprar norteamericano” significaba poseer un collage de metal pesado y plástico barato tragón de gasolina, destructor de caminos y envenenador del medio ambiente. Es más, se rompían más rápidamente que los autos muy vilipendiados, pero más eficientes en cuanto a combustible y menos contaminantes.

“¿Se imaginan a esos idiotas yendo al Congreso no para defender su caso y admitir que fueron malos administradores, pero que no debemos preocuparnos porque lo harán mejor en el futuro?”, me confió un indignado miembro de la Cámara de representantes. “Estos perdedores multimillonarios vinieron aquí con un sentido de total derecho. Como si se hubieran ganado nuestro respeto infinito porque dirigieron a GM, Ford y Chrysler. Espero que alguien les dé la noticia. Ya no son el numero uno”.

Para 2008 gran parte de la industria relacionada con el automóvil ya había huido hacia mercados con mano de obra más barata y los competidores extranjeros (como Toyota) ensamblaban autos en Estados Unidos. Pero más allá de eso, piensen en lo que la carta firmada por Pelosi y Reid asumió axiomáticamente. A medida que se deteriora el medio ambiente, ¿por qué no cuestionan la continua fabricación de autos y proponen un cambio al transporte masivo y vehículos más sostenibles?

En la era del calentamiento global, yuxtaponer las palabras “automóvil” y “salud” como lo hacen en su carta parece incongruente --aunque dentro de treinta años alguien diseñe un auto capaz de funcionar con nitrógeno.

Los Padres Fundadores crearon dos Cámaras de forma que los Miembros de una (el Senado) pudieran pensar a largo plazo. Desafortunadamente, los contemporáneos émulos de

Solón han absorbido la truncada orientación futura de la sociedad de la gratificación inmediata y seis años parece ser lo más que cualquiera de ellos puede atreverse a avizorar.

Nadie en el poder ha enfrentado el evidente reto medioambiental. Al Gore, que ahora se encuentra fuera de la política competitiva, periódicamente dicta sermones acerca del tema. Sus ensayos vibran de sinceridad, pero permanecen vagos cuando se trata de dictar las medidas duras que se necesitan para enfrentar la crítica situación que él presenta.

Si el Congreso piensa que el rescate de los magnates de la fabricación de autos, que no se lo merecen, ayudará a restaurar el equilibrio económico, entonces también pudieran financiar experimentos destinados a hacer volar a los cerdos. Aunque se incluya alguna responsabilidad en el rescate congresional a la industria del automóvil --no que sea probable que lo hagan-- entregar dinero a una tecnología anticuada y dañina lógicamente parece ser contraproducente.

¿Podrá comenzar el Presidente Obama a enfrentar estas y otras antediluvianas suposiciones?

En el campo de la política exterior, la élite aún tiene la convicción de que “Somos el Número 1”. Esta suposición proviene del siglo 20, cuando Estados Unidos poseía la economía más formidable del mundo y, asumía gran parte del mundo, una poderosa maquinaria militar renuente a ir a la guerra contra un enemigo que pudiera devolver el golpe.

El mundo sabe ahora que la superior tecnología y capacidad combativa norteamericanas han dado como resultado guerras perdidas (excepto contra la mínima Granada y el impotente Panamá) y derrochado recursos, incluyendo vidas. Después de la invasión a Irak, el mundo también supo que una sociedad con EEUU significa subordinación a los caprichos edípicos del Presidente o a su simple arrogancia.

Después del 20 de enero, el Presidente Obama tendrá que definir el papel de Estados Unidos en el mundo, al igual que tendrá que pensar de qué manera el gobierno dirige la economía de EEUU --y no el regreso a la declaración de Wilson en 1953. (“Lo que es bueno para GM, es bueno para EE.UU.”)

Estados Unidos ya no dirige a un mundo libre. Es más, la propia significación de las palabras “mundo libre” en 2008 debiera confundir a todos los expertos de asuntos internacionales.

Si Obama opta por una nueva versión del Nuevo Trato, tratará de utilizar el dinero del rescate de Wall Street y de las compañías automovilísticas en obras públicas que se necesitan desesperadamente. Necesitará hacer un gran múltiplo de las inversiones hechas por Roosevelt en la década de 1930 para la reparación de acueductos y platas de tratamiento de aguas negras, reparación de carreteras, diques y puentes, restauración de los fundamentes de la educación y la salud y el transporte público. La salud del medio ambiente tendrá que ser el nuevo pergamino en el que se inscriban las nuevas políticas.

Un nuevo e inteligente Presidente someterá a escrutinio los axiomas que ahora subyacen en el lenguaje relacionado con el papel de EEUU en el mundo. ¿No es hora ya de olvidar la tontería del axioma “Somos el número uno” --un concepto sin sentido en una era de gran amenaza al medio ambiente y de economías vinculadas? El sentido práctico de #1 significa presupuestos de defensa aún más altos que producen armas que no se necesitan para defender al país.

Vean cuan rápidamente los expertos de la economía de libre mercado abandonaron sus preciados dogmas. Los que demandaron el rescate de Wall Street y ahora de la industria del automóvil habían demandado firmemente la desregulación, de manera que la invisible mano del mercado pudiera gobernar sus negocios. En cuanto los negocios comenzaron a fracasar, llegaron como mendigos indignados a exigir ayuda del gobierno para los negocios financieros y manufactureros que ellos mismos ayudaron a que fracasaran.

En vez de simplemente hacerse cargo de las áreas financieras y manufactureras, el gobierno parece decidido a prestar a estos arrogantes cabezas huecas el dinero del contribuyente --debido a que los liberales en el Congreso quieren prevenir más enormes pérdidas de empleos. Pero los autos tuvieron su silgo --el 20. El medio ambiente del presente ha enviado señales ominosas acerca de continuar empleando tecnología que depende de los combustibles fósiles y provoca demenciales congestiones del tráfico, contaminación auditiva y muerte.

Debido a que la gente --incluyendo a la más poderosa-- no cuestiona los axiomas, Obama se enfrentará a una tarea hercúlea. Parece estar preparado.