Más allá de la colonialidad del saber

16 Junio 2008
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La reflexión hegemónica en España sobre América Latina –esto es, la que se ha referenciado en publicaciones, centros de enseñanza, institutos de investigación o programas financiados desde el beneplácito estatal— ha tenido dificultades para entender los cambios que han operado en el continente desde comienzos de los noventa.

La reflexión hegemónica en España sobre América Latina –esto es, la que se ha referenciado en publicaciones, centros de enseñanza, institutos de investigación o programas financiados desde el beneplácito estatal— ha tenido dificultades para entender los cambios que han operado en el continente desde comienzos de los noventa. Acostumbrado el grueso de la Academia Española a unas relaciones partidistas y una comprensión ideológica que se solventaban bajo el paraguas reduccionista de la socialdemocracia o de la democracia-cristiana, la irrupción de nuevos escenarios, actores y discursos llevó a un análisis ingenuo que quería entender los cambios como pasajeros. No mejoró tampoco la comprensión con la extensión de la marea de fuerzas políticas de izquierda que tumbaban Gobiernos corruptos, paralizaban países desde un discurso de izquierda y ocupaban palacios de Gobierno, ahora por las urnas, reclamando nuevas categorías de entender y hacer América Latina. Durante décadas, fueron complacientes con lo que pasaba al sur del Río Grande. Cuando llegaron los cambios, buscaron argumentos para justificar su silencio.

Esa ciencia social lastrada prefirió finalmente readaptar conceptos viejos —como el de populismo— para intentar adaptarlos y reconstruir una explicación a la que le interesaba principalmente la descalificación. Nunca ha estado exenta la ciencia social de trabajar para el sentido común dominante —como bien contó Gramsci desde el análisis marxista y Weber desde el liberalismo—, pero la parcialidad con la que se enfrenta hoy lo que ha ocurrido en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Nicaragua, Perú, El Salvador o Paraguay —más allá de los resultados electorales— llama poderosamente la atención. Quizá también como resultado del declinar de los Estados Unidos, que deja a los europeos huérfanos en la política exterior, y de la incapacidad europea de asumir un liderazgo diferente. La conocida simbiosis entre think tanks, medios de comunicación y opinión pública se encarga de sentar las claves interpretativas repetidas de las transformaciones. Como un coletazo de bestia herida, el Departamento de Estado pretende extender la calificación de terrorista a lo que le cabría mejor el calificativo de soberano. El simple recuento actual de las noticias sobre América Latina sirve para destacar la labor de minado que se desarrolla, recordando aquella queja del honrado maestro de periodistas, Kapucinski, cuando se preguntaba dónde estaban las noticias positivas sobre África. Basten estos elementos para entender la importancia de dar a conocer en España una reflexión sobre la izquierda latinoamericana, pensada desde una nueva generación que, montada a los hombros de lo mejor de la tradición crítica americana, asume el reto de prescindir de la “colonialidad del saber” (Quijano) y se atreve a mirar las transformaciones con anteojos graduados para ver el nuevo siglo en su nuevo espacio.

Recurriendo a la imaginación politológica, una cosa que sorprende del análisis general sobre América Latina en el siglo XXI es la ausencia de los fantasmas tradicionales que recorrían el continente. Hasta la misma frontera de la anterior centuria, no resultaba difícil encontrar descalificaciones idénticas durante los últimos cincuenta años. Se trataba de un soniquete repetitivo al que le bastaba la fórmula mágica “régimen marxista-leninista” para condenar al basurero de la historia a aquellos sistemas políticos que habían caído en sitios equivocados durante la guerra fría.

De entre todos los fantasmas, el espectro cubano quintaesenciaba la referencia al mal, acompañado durante una década por la sombra de los herederos del discurso de Sandino. Cierto que en algunas ocasiones las acusaciones de “sicarios de Moscú” se desvanecían, principalmente porque no era creíble la adscripción ideológica del sujeto. Pero no dejaba de buscarse algún tipo de ubicación dentro de la pugna ideológica del siglo abandonado (baste pensar en el caso de Noriega en Panamá) para justificar la enésima intervención y la recuperación de la “democracia”, esto es, la reinstauración de un modo de organización política y de regulación económica funcional para los intereses norteamericanos y de las nuevas elites latinoamericanas globalizadas.

Sin embargo, la década de los noventa abrió el paso a otras realidades que no podían explicarse con las categorías al uso. El caso del zapatismo fue el más emblemático especialmente cuando, en un giro sorpresivo, cambiaron la estrategia guerrillera tradicional por rifles de madera y frases llenas de adjetivos sonoros. Su irrupción en el escenario mexicano, coincidiendo con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre los Estados Unidos y México en enero de 1994, creaba un conflicto que ya no podía explicarse con las estrictas categorías de la guerra fría. Aunque sólo fuera porque el sujeto principal de la transformación eran los indígenas, algo bien lejos de las teorías sociales sobre el cambio y la transformación política radical. La “utopía desarmada” de Jorge Castañeda, la versión mexicana del “fin de la historia” de Fukuyama, se vaciaba por culpa de un imaginario que terminaría cautivando, en la figura del escarabajo rebelde “Durito”, incluso al desesperanzado Octavio Paz. Entre tanto, la caída del muro de Berlín había señalado el fin de una época, seguido por la disolución de la Unión Soviética y el estrepitoso derrumbe del discurso de la izquierda. Aunque la caída del muro de Berlín y el abandono europeo del socialismo coincidían con el Caracazo, la respuesta espontánea y ajena a cualquier teoría que enfrentó en las calles de Venezuela las medidas neoliberales de Carlos Andrés Pérez. Más adelante, el declinar de las diferentes Internacionales se veía contrastado por la emergencia del Foro Social Mundial (FSM). Allá donde en las filas de la izquierda una diferente interpretación creaba una fracción enemiga de su formación origina- ria, ahora lo relevante era lo que se compartía. Como dice Boaventura de Sousa Santos, tuvo que caerse la Unión Soviética para que el capitalismo se hiciera marxista —para que dejara de ser social y organizado— y tuvieron que caerse las Internacionales para que surgiera esa nueva izquierda que representa el FSM nacido en Portoalegre en 2000 como foro alternativo al encuentro económico de la globalización de Davos.

Esto no significa que la nueva izquierda sea homogénea. Ni mucho menos. Al tiempo que se ha entendido que no hay modelos, ni teóricos ni prácticos, replicables en el nuevo siglo, se sabe que el socialismo latinoamericano en el siglo XXI no puede entenderse sino como “socialismos”. Una izquierda que, para serlo, debe mantener un referente de compromiso con los “oprimidos”, pero que discurrirá por diferentes caminos a la hora de superar esa desigualdad, significada principalmente por el capitalismo. Sus estrategias beberán de cada historia particular, de las fuerzas acumuladas, del nivel de riqueza, de la articulación de la sociedad civil, de la salud o enfermedad del sistema de partidos, de la influencia norteamericana, del nivel de estudios, de la estructura social, de la presencia o ausencia de clases medias, de la homogeneidad social o de la existencia de grupos minoritarios, de la identidad indígena, etc. Por eso, cada caso será necesariamente un mundo particular que hablará a los otros mundos particulares desde los mínimos compartidos.

Un elemento común de toda la nueva izquierda latinoamericana tiene que ver con la resurrección de los liderazgos populares, descalificados desde los monopolios mediáticos como populismo. En países devastados por el vendaval neoliberal, con las estructuras estatales, laborales, sindicales, ciudadanas, partidistas desestructuradas, la única posibilidad de rearmar fuerzas electorales pasaba por una identificación con un líder que prestara el cemento social ausente. Liderazgos capaces de unificar, con la fuerza de la esperanza, la tradicional desunión de la izquierda y la debilidad del voto popular ante el acarreo, la compra de voluntades y el clientelismo de los partidos tradicionales —nótese que decimos “la fuerza de la esperanza”, que no del dinero, el aglutinante electoral de la derecha latinoamericana, a menudo prestado desde instancias norteamericanas dedicadas en exclusividad a esta tarea, y del que no han disfrutado fuerzas de la nueva izquierda, con la salvedad de las que han repetido victorias desde los gobiernos—.

Este aspecto del liderazgo ha sido el más utilizado por los medios y la derecha europea y norteamericana para intentar derribar a los Gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana. Los ataques recibidos por Hugo Chávez, Evo Morales, Lula da Silva, los Kirchner, Rafael Correa, Daniel Ortega, Michel Bachelet, Fernando Lugo, Ollanta Humala o Andrés Manuel López Obrador (ataques prácticamente idénticos) contrastan con los elogios a Álvaro Uribe, Vicente Fox o Fernando Calderón, pese a ser estos los presidentes de los dos países donde más activistas políticos y sociales, periodistas, sindicalistas y disidentes (de cualquier tipo de poder) son asesinados, o donde se han demos- trado las vinculaciones del Gobierno con los paramilitares y el narcotráfico. La acusación de terrorista es la excusa urgente encontrada para solventar la pérdida de vigor de la acusación de comunista. Cómplice de terroristas estuvo a punto de ser acusada España por sacar las tropas de Iraq en 2004. Y le corresponde a los medios construir la caricatura de los liderazgos latinoamericanos para brindar su comprensión como algo peligroso.

El caso emblemático de Venezuela, donde el estilo desmesurado del presidente Chávez se adapta mal a los gustos occidentales, hace saltar las costuras de la objetividad mediática (y de la izquierda bienpensante), más amable con sátrapas como el rey Mohamed VI de Marruecos, con las dictaduras de los Emiratos Árabes, con Israel o con el genocida Bush y su equipo neocon que con un presidente que ha tenido que perder unas elecciones para que el coro de los descalificadores deje de poner en duda el respeto a la democracia en el país caribeño.

En el mismo sendero de la manipulación está la diferenciación de Var- gas Llosa entre una izquierda vegetariana —la que no cuestiona el sistema— y la izquierda carnívora —la que ha tocado estructuras de poder—, pretendiendo fragmentar el viento compartido de cambio en el continente. Europa necesita diferenciar entre una “izquierda buena” y una “izquierda mala”, con el fin de debilitar la acción común y la integración regional (por cierto, impulsada por la “izquierda mala”) y, sobre todo, para recuperar la influencia perdida por las tradicionales organizaciones vinculadas a la Internacional Socialista o la cambiante Internacional Democristiana, Centrista o Liberal. Algo que está a la altura de esa diferenciación académica entre revoluciones de colores y problemas de ingobernabilidad, dependiendo el uso de uno u otro de si las protestas provienen de los sectores de clase media y alta o de sectores populares, de si se trata de conflictos con corbata y traje o conflictos con poncho, chompa o franelas.

En un momento de rearticulación de las relaciones internacionales, con los Estados Unidos arrastrando los costos de la aventura demente y terriblemente dañina de Iraq (lo que implica que la Embajada estadounidense ha dejado de ser la variable independiente que determinaba el rumbo de la región latinoamericana), con una Unión Europea enmarañada en su falta de concreción democrática, con una China avanzando con la fuerza de su poderío económico, con un cambio profundo del panorama político en el continente americano (acompañado de ausencia de dictaduras y con crecimiento económico) es momento de repensar el Sur desde el Sur. Es lo que se brinda en este trabajo que, esperamos, ayude en nuestro país a que una nueva visión de América Latina empiece a abrirse paso lejos de nostalgias colonialistas o perezas intelectuales y alimente el esfuerzo de una nueva generación de latinoamericanistas que beben de un esfuerzo crítico que, pese a no ser hegemónico, siempre ha mantenido el pulso a la hora de entender el, ahora, novísimo continente.

Este articulo es prólogo de La nueva izquierda en América Latina
Daniel Chavez, César Rodríguez Garavito y Patrick Barrett (eds.) Junio de 2008