Más guerra menos desarrollo

21 Diciembre 2007
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Comentario a propósito del Plan Colombia II, de la “Estrategia de cooperación internacional” propuesta por el gobierno colombiano, y de la cooperación europea.

El presupuesto de la ayuda estadounidense para Colombia en 2008 parece haber entrado ya en su última ronda. De aprobarse –como probablemente sucederá- la propuesta del Congreso estadounidense, Colombia recibirá en el marco del Plan Colombia II, 545,6 millones de dólares.

De este monto, un 56 por ciento está destinado a lo militar, y un 44 por ciento a la ayuda social y económica. En 2007, la proporción era de 77 y 23 por ciento para lo militar y lo social-económico respectivamente. Diversos sectores oficiales y de opinión, tanto en EEUU como en Colombia, han destacado la nueva proporción de los montos de manera positiva. Esta proporción más equilibrada no sólo concuerda con las nuevas tendencias de la mayoría democrática en el Congreso estadounidense, sino que podría entenderse como una señal del éxito de la política de la ‘seguridad democrática’ del gobierno del presidente Uribe.

La seguridad en Colombia habría avanzado tanto, que el país estaría ahora en condiciones de dedicarse menos a la guerra y más al desarrollo. Colombia estaría entrando en una fase de ‘consolidación’ de los logros obtenidos hasta el momento. Pero, qué se oculta verdaderamente tras este ‘nuevo equilibrio’.

En primer lugar, que es menos equilibrado de lo que parece. Tal como lo viene documentando desde hace una década el Center for International Policy, no todos los gastos de la ayuda militar destinada a Colombia caen bajo la supervisión del Congreso. Una parte de esta ayuda es pues ‘invisible’, y si se la contabilizara, resultaría entonces que para 2008, el componente militar sería en realidad del 65 por ciento.

En segundo lugar, que el problema no está en el equilibrio de los fondos sino en el concepto mismo de combinación de zanahoria/garrote sobre el cual se fundamenta el Plan Colombia. Una proporción más balanceada de los fondos no corrige el hecho básico de que la ayuda al desarrollo sigue atada a los programas de seguridad.

No sólo en Colombia sino en otras partes del mundo, la experiencia de la combinación de acciones militares con acciones sociales ha terminado por lo general en el fracaso. En lo que a Colombia concierne, la puesta en marcha del Plan Colombia II ha creado una situación paradójica. En su interés de promocionar los ‘éxitos’ de la primera fase del Plan, el gobierno insiste en que lo que viene ahora es una etapa de fortalecimiento de la democracia y desarrollo social, pero en vez de incrementar su presupuesto para la inversión social, ha incrementado de manera desproporcionada su presupuesto militar, con repercusiones negativas para la primera.

Las perspectivas para 2008 siguen así a la sombra del esquema ineficaz que combina la guerra y el desarrollo, pero ahora con más recursos domésticos para la guerra. El gobierno colombiano ha incorporado en su estrategia la llamada Doctrina de Acción integral (DAI), un esquema que borra la frontera entre lo civil y lo militar, lo que aumenta en consecuencia la vulnerabilidad de la población civil.

Lobo con piel de oveja

Fue este esquema el que el gobierno colombiano presentó recientemente ante los gobiernos de 24 países (la mayoría europeos), los bancos multilaterales y el sistema de la ONU, con el fin de obtener el respaldo financiero necesario para seguir con su implementación. Esta solicitud se produjo en el marco de la Conferencia sobre la cooperación internacional para Colombia que tuvo lugar en Bogotá el 30 de noviembre último.

Dicha conferencia fue la tercera de una serie de encuentros relacionados con el carácter de la cooperación internacional, y particularmente la cooperación europea, para Colombia. La primera conferencia se realizó en Londres-2003 (PDF), la segunda en Cartagena-2005 (PDF) , caracterizándose ambas por promocionar de manera prioritaria la construcción de una política pública de paz.

Si la UE y los países miembros son consecuentes con su convicción de una solución negociada al conflicto, deberían mirar con ojos más críticos la llamada estrategia de ‘consolidación’ del gobierno de Uribe para los próximos años. Bajo la apariencia de un plan de desarrollo se oculta en realidad un plan de guerra que dificultará aún más las posibilidades de una paz negociada.

Un verdadero lobo con piel de oveja. Para los países europeos no debe pasar desapercibido que, bajo este esquema, algunos programas clave de la UE como los Laboratorios de Paz quedarán vinculados a la política de defensa y seguridad democrática, desvirtuándose el objetivo con el que se concibieron estos laboratorios.

Si la cooperación internacional se desliza al terreno de la defensa y la seguridad, el riesgo es que incluso la ayuda humanitaria pueda usarse para legitimar operaciones militares. Involucrar a la población civil en planes militares va en detrimento de los derechos humanos, a la vez que le niega a Colombia una oportunidad para la paz.