Mentalidad de fortín

10 Abril 2007
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Desde 1948 a los Acuerdos de Oslo, Israel ha violado repetidamente los derechos de los palestinos. ¿Por qué hay tan pocos israelíes que se opongan a estas políticas? Achin Vanaik fue a Israel en busca de respuestas y encontró una mentalidad de fortín.
Mi visita a Israel (Tel Aviv, Haifa), Jerusalén y los Territorios Ocupados coincidió con el anuncio de la formación del gobierno de Unidad Nacional de Hamás y Al Fatah. La respuesta inmediata de Israel y los Estados Unidos resulta pasmosa por su descarada arrogancia y su hipocresía moral. Ambos países se refugiaron en las vergonzosas exigencias del Cuarteto formado por la Unión Europa, los Estados Unidos, la ONU y Rusia (exigencias que se redactaron originalmente en el Departamento de Estado estadounidense) de que el nuevo gobierno debe renunciar a la violencia, cumplir con los anteriores acuerdos palestino-israelíes y reconocer el derecho de Israel a existir. Israel mantiene la ocupación militar ilegal más larga de toda la historia moderna, que se sostiene sobre las formas más abiertas e institucionalizadas de brutalidad y violencia sistemáticas, y aún así se pide al ocupado que renuncie a la violencia, no al ocupante. Israel ha sido el principal culpable del incumplimiento de los Acuerdos de Oslo, expandiendo incesantemente sus colonias ilegales en los Territorios Ocupados y violando innumerables resoluciones de la ONU, como la Resolución 194 sobre el derecho al retorno de los refugiados palestinos (que, además, fue la que tuvo que aceptar para convertirse en miembro de la ONU). Aún así, Israel pretende culpar del fracaso de los Acuerdos de Oslo a los líderes palestinos, a los que tilda de ‘poco razonables’, cuando todo el mundo debería ya saber que esos acuerdos eran, básicamente, la forma de Israel de subcontratar parcialmente la ocupación a la Autoridad Nacional Palestina controlada por Al Fatah, y de ganar tiempo para seguir apropiándose de tierras en los Territorios Ocupados. Es decir, para crear nuevos “hechos sobre el terreno” que, según exige Tel Aviv (con el beneplácito de los Estados Unidos), se deben aceptar como base a partir de la que mantener próximas ‘negociaciones de paz’. Israel exige un reconocimiento del mismo pueblo contra el que practicó una limpieza étnica en 1948 para nacer como Estado, pero nunca pedirá disculpas por haber perpetrado esos actos. Esas disculpas serían, de hecho, el significado político-simbólico crucial tras la demanda palestina de que Israel reconozca el derecho al retorno de los refugiados. La cuestión demográfica de adónde volverán realmente los palestinos es, en comparación, algo menor y fácilmente negociable. Lo irónico del caso es que la OLP reconoció en los Acuerdos de Oslo el derecho de Israel a existir pero, por su parte, sólo consiguió que se la reconociera como representante legítima de los palestinos. Nunca obtuvo el reconocimiento formal del derecho de los palestinos a contar con un Estado verdaderamente independiente y territorialmente viable y contiguo basado en las fronteras de 1967, una posibilidad que el muro del apartheid se está encargando de destruir para siempre. El reconocimiento de Israel por parte de la OLP supuso tirar por la borda su activo diplomático más importante a cambio de lo que ha resultado ser una catástrofe absoluta para los palestinos. Hamás, muy acertadamente, no piensa cometer el mismo error, y se reserva ese reconocimiento a las negociaciones sobre el estatus final, cuando se devuelva la justicia a los palestinos. Hamás ha preguntado, con toda la razón: ¿qué Israel debemos reconocer? ¿Un Israel confinado territorialmente a las fronteras de 1967 o el que está exigiendo mucho más y sigue sin especificar los límites de su codicia territorial? El siniestro juego político-diplomático que está orquestando el eje Israel-Estados Unidos, respaldado implícita o explícitamente por una serie de países de Europa, pasando también por Rusia, China y la India, consiste en arrancar aún más concesiones de un pueblo palestino cuya difícil situación no parece tener ninguna importancia para la mayoría del mundo. A pesar de ello, Israel, la fuerza militar más poderosa de la región que cuenta con el apoyo del país con mayor poder militar del mundo entero, no cesa de repetir que su existencia se ve amenazada. Lo que siempre me había intrigado era cómo y por qué los israelíes de toda condición (con la excepción de una pequeña minoría) podían ser tan insensibles e indiferentes y no sentir vergüenza por lo que está haciendo su país. Mi visita a la zona me dio la respuesta. Israel es un Estado fortín con una mentalidad de fortín. Los israelíes se ven a sí mismos como víctimas porque hay fuerzas poderosas (principalmente internas pero también externas) que ayudan a crear, a sostener y a adornar el mito del eterno victimismo de Israel y los judíos. Un Estado construido sobre el principio de que es el único lugar que ofrece un refugio seguro para los judíos sólo puede justificar su brutalidad y opresión de los no judíos que viven en él (es decir, de los palestinos de los Territorios Ocupados y de los que tienen ciudadanía israelí) alegando que éstos son un peligroso ‘enemigo’, real o potencial, al que se debe controlar y subordinar. Esta inversión psicológica de la posición de victimarios y víctimas se encuentra en varias estructuras. El servicio militar obligatorio de los jóvenes israelíes (tan evidente en los trenes durante el fin de semana) y la presencia de guardias armados en los centros comerciales y en las estaciones de tren de Tel Aviv y otras ciudades no es una necesidad vital en materia de seguridad. Pero sí lo es para mantener la creencia de que Israel se encuentra bajo un constante asedio. Casi todos los judíos israelíes tendrán algún familiar, más cercano o más distante, que haya sido herido o haya muerto en guerras y acciones militares (provocadas, en su gran mayoría, por ellos mismos, pero eso es ya otro cantar). Toda posibilidad de que la coexistencia entre judíos y palestinos en un mismo territorio conduzca a un tipo de interacción humana que podría contrarrestar este mito se está eliminando con el establecimiento de estructuras que segregan la vida cotidiana entre las dos comunidades. El ex presidente Carter ha reconocido recientemente que Israel es un Estado de apartheid, una certera caracterización por la que ha sido muy criticado. Pero se refiere a lo que Israel está haciendo en los Territorios Ocupados. Menos conocido es el caso de cómo se convierte a los ‘árabes israelíes’ en ciudadanos de segunda. Israel, a diferencia de Sudáfrica, no práctica una segregación abierta, es decir, en lugares públicos como restaurantes, lavabos, autobuses, etc. Lo hace en aquellos ámbitos de la vida que realmente cuentan. Más del 90% de la tierra es propiedad del Estado, y aunque históricamente se haya robado a los palestinos, éstos ni siquiera la pueden arrendar. Hay todo tipo de estatutos que dan un tratamiento preferencial a los judíos en materia de sanidad, educación, vivienda pública y empleo. Se prohíbe también la participación política de cualquier partido que rechace el carácter sionista (su identidad judía) y desee convertir a Israel en un Estado secular. Ningún partido que sueñe siquiera con existir puede osar acusar a un Estado con tal exclusividad religiosa de ser antidemocrático. En el sistema educativo público, los palestinos y los judíos van a escuelas primarias y secundarias separadas, con programas distintos y donde las clases se imparten también en idiomas distintos (árabe o hebreo), aunque el gobierno central controla todo lo que se enseña. Los profesores palestinos enseñan hebreo, pero son pocos los judíos que aprenden o enseñan árabe. De hecho, aunque puede que más del 40% de los judíos sean árabes, la mayoría de ellos intenta ‘desarabizarse’ (niegan, desprecian, censuran su herencia cultural) para ‘encajar’ como corresponde en la sociedad israelí. Pero los cursos de historia en las escuelas son los mismos, y reflejan la desesperada necesidad de negar o diluir su pasado presionista, del mismo modo que la educación paquistaní debe negar o diluir su pasado preislámico. Y al igual que Pakistán y la negligencia con que trata patrimonios históricos como Mohenjodaro y Harrapa, las autoridades israelíes municipales (por ejemplo, en Haifa) y centrales han descuidado, incluso diezmado, obras arquitectónicas y lugares de gran belleza e interés histórico de origen otomano y árabe para ‘judeizar’ el país. Es sólo la fuerte tradición oral lo que aún permite a las familias palestinas seguir transmitiendo a las generaciones más jóvenes su historia sobre la limpieza étnica de 1948 y sobre la realidad anterior a ese funesto año. Versión editada de este artículo por The Telegraph (Calcuta) Traducción de Beatriz Martínez Ruiz