Mentir sabía que era pecado

13 Junio 2008
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Scott McClellan consideró que la traición por parte de Karl Rove y Scooter Libby era la traición fundamental. Sí, Bush y Cheney habían mentido para provocar la guerra con Irak, lo que le molestaba, pero no en la medida del comportamiento traicionero de sus íntimos amigos. Los ex bushistas, McClellan había observado, pueden obtener la venganza y el perdón escribiendo un libro. (Qué sucedió:la Casa Blanca de Bush y la cultura del engaño de Washington.) McClellan, el inocuo ex Secretario de Prensa de Bush –de julio de 2003 a abril de 2006— se une a un grupo creciente de desertores-autores que se sintieron desilusionados o traicionados por Bush y Cheney. El ex Secretario del Tesoro Paul O'Neill se sorprendió –en letra impresa— de la sorprendente ignorancia de Bush acerca de la economía y de la arrogancia en Irak. Richard Clarke denunció airadamente a los bushistas –y en especial a Condi Rice cuando ella era Asesora de Seguridad Nacional— por su complacencia y total inacción en cuanto el terrorismo antes del 11/9. Todos aparecen como modernas versiones de la muchacha irlandesa de Tom Lehrer, la cual mató a toda su familia. Pero "cuando al fin llegó la policía, Ella no negó sus travesuras, Para hacerlo tendría que mentir, Y mentir ella sabía que era pecado." Para los bushistas, la mentira constituía el método principal de comunicación con el público, la prensa y el Congreso. Pero cuando Rove y Lobby mintieron a Scotty acerca del papel que ellos habían jugado en filtrar a la prensa el nombre de la ex oficial de la CIA Valerie Plame, cometieron el pecado imperdonable. No lo fue mentir para comenzar una guerra ilegal en Irak, o para institucionalizar la tortura. "Nosotros no torturamos", dijo Bush después de haber aprobado la tortura". McClellan sabía que Bush había prometido despedir a cualquiera que filtrara un nombre clasificado. ¿Sabía Scotty que cuando Bush hizo esa promesa no incluía a Rove y a Libby? Es más, la función de ellos era la de filtrar, no la de ser plomeros. Imagínense, pobre Scotty, sus fraternales compañeros lo engañaron, él reportó sus engaños a la prensa como si fueran hechos, y luego descubre que el propio Bush autorizó las filtraciones que le convenían políticamente –como fue el caso de Valerie Plame, esposa del ex embajador Joseph Wilson, el cual descubrió las mentiras de Bush y Cheney acerca de que Saddam Hussein estaba tratando de comprar torta amarilla de uranio a Níger. La ira de la desilusión brota en un libro, con la cual McClellan no solo se venga, sino también gana un montón de dinero y obtendrá grandes emolumentos durante años dando conferencias. Él advierte acerca de la "cultura del engaño", la única forma de operar que los bushistas han utilizado para contaminar el entorno ya muy contaminado en el que opera la política de EEUU. Él nos dice lo evidente: "Washington se ha convertido en el hogar de la campaña permanente". Describe lo que leemos y vemos diariamente en los programas de "noticias" como "un juego interminable de politiquería basado en la manipulación de gradaciones de la verdad, verdades parciales, manipulación de la verdad y exageraciones". Grandes revelaciones, Scotty, aunque se haya dicho y escrito anteriormente cientos de veces. Los bushistas ahora fingen sorpresa por las revelaciones de McClellan, como si los que engañan hubieran sido engañados, un nivel mayor de traición del que practicó la pandilla que llegó a la guerra por medio del engaño. Fraternidad, lealtad y confianza se convirtieron en valores privilegiados en el camino al poder imperial. Pero una vez logrado este, el poder dicta la dedicación, nunca a los principios o a "nosotros, el pueblo", sino a mantener el poder, a aumentar y consolidar el poder. Algunos académicos e ideólogos aún se aferran a frases como "esparcir la democracia" como una misión histórica de la nación norteamericana. Lo que muestra el libro de McClellan, una vez más, es que Bush esparce la democracia como el exceso de mayonesa en un emparedado. Él juró que teníamos que invadir a Irak para evitar que Saddam Hussein compartiera sus ADM con Al Qaeda --una mentira. Luego aseguró que las ADM no eran pertinentes, pero que el mundo estaba mejor sin el déspota. Y no olviden la democracia –mientras comenzaba a destruir sistemáticamente su significado con intervenciones telefónicas no autorizadas e institucionalizando la tortura. Bush, como su aspirante discípulo John McCain, insiste en que una retirada de EEUU de Irak, inmediata o a corto plazo, entregaría la victoria a Al Qaeda, a pesar de que sus informes de inteligencia dicen que Al Qaeda se ha debilitado mucho en Irak y que realmente nunca significó una gran amenaza para los ocupantes norteamericanos. Al igual que Henry Kissinger, Bush es capaz de decir cualquier cosa. A diferencia de Kissinger, quien inventó a fin de manipular, Bush aparentemente no permite que la verdad pase por su mente cuando habla. Esa sería una tarea demasiado compleja para él. El pobre McClellan comprendió que Bush y los otros compinches en la fraternidad del poder habían jugado con él; probablemente se reían mientras lo veían repetir sus mentiras a la prensa y al público. Scotty no tenía razón para creer a Bush, a no ser por su instinto, que evidentemente dirigía su intelecto. Él atribuye al instinto de Bush sus errores de política, en vez de atribuir motivos viles al peor presidente norteamericano de la historia, un hombre que llegó al cargo bajo la sombra del fraude, que llevó a la nación a dos guerras estúpidas y sangrientas que serán muy difíciles de terminar, independientemente de quién gane en noviembre, hundió a la economía en la deuda, el déficit y el caos y fracasó ante el reto más evidente que cualquier líder tendría que enfrentar: cuando Katrina golpeó a Nueva Orleáns: tardó cinco días en sobrevolar la zona. McClellan asegura que el gran error de Bush fue no despedir al traicionero Rove por filtrar el nombre de Plame --no por orquestar la campaña pública de engaño que Bush y Cheney usaron para llevar a la nación a la guerra. Ni McClellan ni la mayoría de los famosos de la prensa hacen las grandes preguntas --las que pudieran sembrar la duda en las máximas que guían la política de Estados Unidos. La magnitud obscena del presupuesto de defensa, lo que significa que las prioridades de la nación pasan sin que sean escudriñadas por el secretario de prensa y la prensa. La suposición que todos aprendemos en la escuela elemental y en la secundaria --"somos un gobierno de leyes, no de hombres"--atrae poca atención por parte de los medios o del enlace de la Casa Blanca con los medios, que se supone diga la verdad. El Departamento de Defensa y su inflado presupuesto no nos han defendido desde la 2da. Guerra Mundial, la última vez que otra nación atacó a Estados Unidos. Los principales medios no han educado a los ciudadanos desde… bueno, usted pueden deducirlo. Cuando Bush asegura que está extendiendo la democracia, pocos se ríen en los medios. La democracia significa el respeto por la voluntad del pueblo –incluyendo por los que en Gaza eligieron a Hamas, y por los que en Irán y Venezuela eligen a Ahmadinejad y a Chávez. Los que quedan de la vieja guardia de Bush ahora insultan a McClellan. Dicen que este "mal perdedor" está confundido. Cierto, en su libro el pobre Scotty se queja de que lo engañaron, en vez llorar por los muertos y los heridos en Irak y por los millones de norteamericanos que tendrán que pagar durante generaciones por el engaño y la locura de una administración de la cual él fue el portavoz oficial.
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.