Paz, ninguna. Injusticia, toda

01 Febrero 2007
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La verdad es que hay países, regiones, lugares, que en una coyuntura histórica determinada se convierten en un paradigma de lo que no debería ser, de lo inaceptable. En este caso Darfur. Médicos Sin Fronteras, como en otras ocasiones, fue de las primeras organizaciones humanitarias en llegar, en Chad y, no sin dificultades, en Darfur desde Jartum, ya a finales de 2003, cuando en el mundo casi nadie había oído ni mencionar ese nombre. Muy pronto, las cifras de refugiados fueron aterradoras, y las historias que contaban las víctimas, suficientemente dramáticas como para activar todas las alarmas. Y la paradoja es que Darfur, muy a su pesar, en tres años ha pasado por varios paradigmas. Por ejemplo, durante mucho tiempo, lideraba el ranking de conflictos olvidados, y algunos, pocos, los sospechosos habituales, intentaron (o intentamos) denunciar la situación. Había que sacar el conflicto a la luz pública, había que exigir una mayor implicación de la comunidad internacional, de Naciones Unidas, etc. Y entonces, por obra y gracia de una visita de Koffi Annan, y el hecho de que el entonces todavía Secretario de Estado de Estados Unidos, Colin Powell, de repente denunciase el conflicto como inaceptable, todo ello puso a Darfur momentáneamente bajo los focos. De conflicto olvidado a conflicto del año. Y la verdad, según algunos de los humanitarios que han trabajado en la zona, costaría decir que es peor, si conflicto olvidado o conflicto del año. Por supuesto, la comunidad internacional decidió hacer algo, y la habitual fuerza internacional de interposición, con tropas básicamente de países de la Unión Africana, llegó sobre el terreno, unos 7.000 hombres. La verdad es que aquí topamos de nuevo con el famoso paradigma: cuando algo puede ir mal, va mal. Para empezar, el mandato de esta fuerza, que no es de imposición sino de supervisión del alto el fuego, consiste en lo siguiente: “Proteger a los civiles que encuentre ante una amenaza inminente e inmediata, dentro de los límites y capacidades de la misión, en el bien entendido que la protección de los civiles es competencia del gobierno”. Del gobierno de Sudan, se entiende. El mandato, según el Coronel R., “no nos permite ni siquiera desarmar a las milicias”. Entre tanto, las historias que circulan hablan de impunidad, de ataques y agresiones incluso dentro de los campos de refugiados. Al final, el dramatismo del caso acabó por llamar la atención del nuevo Tribunal Penal Internacional, pero su tarea no será fácil, en absoluto. El alto el fuego entre el Gobierno sudanés y alguno de los grupos rebeldes –no todos--, que penosamente se firmó en mayo de 2006, no parece haber funcionado más que esporádicamente. Y un problema adicional, como suele suceder en este tipo de conflictos, es el de sus inevitables extensiones regionales, hacia Chad desde el principio, hacia la República Centroafricana posteriormente. Chad acusa a Sudan de, con el pretexto de perseguir guerrilleros, atacar campos de refugiados en su territorio, además de algunos pueblos y aldeas. La cuestión, como siempre, es bien simple. Al final, dos millones de refugiados o desplazados, unas 180.000 víctimas según estimaciones prudentes, y para los humanitarios, el dilema habitual. Ir o no ir, quedarse o no quedarse, contar los ataques deliberados contra trabajadores de las ong, empezando por los contratados locales. Pero como escribí en estas mismas páginas hace más de dos años: “Imaginemos que nadie hubiera ido”.