Pendiente abajo e indignados

19 Marzo 2009
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La gente tiene que empezar a preguntar acerca del presupuesto militar de la misma manera que pregunta por el rescate de los bancos. 

“Creo que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestra libertad que los ejércitos permanentes. Si el pueblo norteamericano permite alguna vez que los bancos privados controlen la emisión de su moneda, primero por medio de la inflación y luego por la deflación, los bancos y las corporaciones que florecerán en torno (a los bancos) privarán al pueblo de toda propiedad hasta que sus hijos despierten sin techo en el continente que sus padres conquistaron.”

-- Thomas Jefferson, 1802

“Es peor de lo que muchos imaginan”, me confió un miembro del Congreso al referirse a la espiral descendente de la economía. “Acabamos de dar esos cientos de miles de millones a los banqueros para que ellos los dieran en préstamo y no los prestaron y todavía quieren más. Los banqueros no saben lo que están haciendo y Tim Geithner (Secretario del Tesoro) no sabe qué está haciendo él. Todos sabemos que es la crisis económica más aguda de nuestro tiempo”.

Mientras se desarrolla el arcano proceso presupuestario de Washington –cada senador y representante tratando de obtener algo para su distrito o estado--, los pobres debieran comenzar a preocuparse. Ya han perdido su hogar o están a punto de perderlo, así como el empleo y el cuidado de salud. Las clases pudientes atienden su mayor preocupación: sus propiedades, que están priorizadas en su guía moral muy por encima de la vida y el bienestar de los que tienen poco o nada.

Los restantes amos del universo en Wall Street aún se aferran a la idea de su propia infalibilidad. “El Duce siempre tiene razón”, decía Mussolini de sí mismo --antes de que los guerrilleros lo colgaran.

Extrañamente los capitalistas creen en el capitalismo y han hecho todo lo posible por propagar la palabra. Sus promotores públicos convencieron a muchos trabajadores de que el capitalismo y la bandera norteamericana van de la mano. El capitalismo significa libertad, así que la sola idea de nacionalizar a los bancos --olvídense del socialismo-- les parece algo similar al Holocausto.

Los grandes banqueros y sus hermanos de las corporaciones se han ligado al poder político, un escalón por debajo, sencillamente lanzando dinero a los políticos que lo atrapan ávidamente. También financian a tanques pensantes cuyos expertos luego explican al crédulo público por qué Estados Unidos necesita de la guerra perpetua --para propagar la libertad (el capitalismo).

Cuenten las víctimas de esta asunción displicente. Desde la guerra de Corea (1950-1953), fuerzas de Estados Unidos han derrocado por la fuerza y la violencia --o intentado hacerlo-- a gobiernos en Viet Nam, Laos, Camboya, Chile, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua, Brasil, Irán e Indonesia y alentaron golpes militares en incontables naciones del Tercer Mundo.

Hasta el colapso de la Unión Soviética a principios de la década de 1990, la batalla contra el comunismo servía de justificación para las intervenciones. Los Rojos han sido reemplazados desde entonces por el demonio de los Terroristas. Por tanto, Afganistán e Irak se unen a las naciones víctimas, y Pakistán se acerca poco a poco a incluirse en la lista.

Las guerras cuestan la vida a incontables miembros de las Fueras Armadas de EEUU y a muchos nativos más --en nombre de la protección de la libertad. Cuestionar la validez de servir en cualquier de las guerras --Corea, Viet Nam, el Golfo Pérsico-- se convirtió en el equivalente de cuestionar la propia bandera.

La mantra que rodea el inicio de toda nueva guerra sigue siendo la misma. El Presidente pide a los jóvenes que peleen porque la libertad de la nación está en peligro. Una vez dichas las palabras mágicas, el Presidente chupa dinero a los contribuyentes para "ganar” la noble lucha. El lenguaje oficial asume que “nosotros” somos buenos y los que se oponen a nosotros malos.

Escuchen lo que el Gral. David Petraeus, comandante de las fuerzas de EEUU en el Medio Oriente dijo a los participantes norteamericanos y europeos en una conferencia acerca de la seguridad: “Para ganar en la guerra Afganistán-Pakistán, necesitamos identificar y separar a los ‘irreconciliables’ de los ‘reconciliables’, buscando crear las condiciones conviertan a los ‘reconciliables’ en parte de la solución, aún mientras matamos, capturamos o expulsamos a los irreconciliables”. (Comentarios en la 45ta. Conferencia de Seguridad de Munich, 8 de febrero de 2009.) ¡Imaginen a un general británico en 1776 haciendo comentarios similares a sus oficiales en relación con el populacho de las colonias norteamericanas!

Los “reconciliables” son los que Estados Unidos puede comprar o intimidar para que colaboren con sus objetivos políticos. Algunas personas los llamarían traidores. Más tarde, cuando las fuerzas de EEUU se retiren y los “amistosos” se conviertan en parias en su propio país, el gobierno de EEUU pudiera aceptar traer a unos pocos de ellos a Estados Unidos --como hicieron con algunos miembros del pueblo hmong después de la guerra de Viet Nam.

Bush envió tropas a Afganistán en octubre de 2001 para encontrar y matar a Osama bin Laden; de alguna manera la misión pasó a ser la de obligar a los afganos a aceptar un orden diseñado por EEUU. Esto no ha funcionado en Corea, Viet Nam ni en ninguna otra parte adonde las tropas de EEUU han tratado de exportar nuestro modo de vida --ahora hundiéndose-- a pueblos de diferentes culturas. Pero ha costado mucho.

El hecho discordante, no mencionado en los medios norteamericanos, es que Estados Unidos, con su vasta superioridad tecnológica y poder militar no ganó en Corea o Viet Nam, abandonó todo y corrió en Laos y dejó a Camboya en tal estado que el sangriento Khmer Rouge pudo hacerse del poder allí y masacrar a un porcentaje de la población. De manera similar, los “expertos” en política de Washington no reflejan el hecho de que los golpes militares apoyados por la CIA dejaron pocas ventajas permanentes. Es más, las consecuencias de los golpes de la CIA en Irán y Guatemala todavía están en evolución.

Los golpes en Brasil y Chile erosionaron el poder militar en estos países y llevó a la presidencia a socialistas que han desafiado a Washington --algo que no se hubiera permitido hace 50 años. Pero, ¿cuántos de los poderosos en la capital de la nación hacen la pregunta mientras llega el momento del presupuesto: podemos darnos el lujo de seguir gastando en guerras que nunca ganamos cuando el estado de nuestra economía está casi en colapso?

El actual presupuesto militar mantiene “268 bases en Alemania, 124 en Japón y 87 en Corea del Sur. Otras están desperdigadas por todo el mundo en lugares como Aruba y Australia, Bulgaria y Bahréin, Colombia y Grecia, Djibutí, Egipto, Kuwait, Qatar, Rumania, Singapur y, por supuesto, Bahía de Guantánamo, Cuba --para solo mencionar algunas. Entre las instalaciones que se consideran imprescindibles para nuestra seguridad nacional están un centro de esquiar en los Alpes Bávaros, centros turísticos en Seúl y Tokio y 234 campos golf que el Pentágono administra en el mundo entero”. (David Vine, “Los Costos del Imperio: ¿Realmente Podemos Pagar 1 000 Bases en el Extranjero?” FPIF, 10 de marzo.)

Como me aseguró el congresista, “lo único que puede detener este derroche militar es que el público se entere de todo lo que estamos botando en esas tonterías en el extranjero. Dios mío, nos va a costar más billones de dólares de lo que vamos a ver en esta ronda de rescates. La gente tiene que empezar a preguntar acerca del presupuesto militar de la misma manera que pregunta por el rescate de los bancos: ¿realmente estos gastos nos mantienen estables?”

Los ricos y poderosos piensan fundamentalmente en preservar y aumentar su fortuna y su poder. El Presidente Obama debe comprender cuando llegue el momento que según los poderes de emergencia de su cargo, él no solo tiene la autoridad para confiscar nuestras riquezas, sino también tiene acceso a todas las riquezas de los hombres más ricos de Estados Unidos para enfrentar esas emergencias que amenazan el bien común.

Se ha hecho evidente para millones de personas que la nación se enfrenta a una grave crisis. Hace un año, ¿quién hubiera previsto que el Congreso iba a rescatar a los bancos y a los monstruosos gigantes de los seguros, que GM estaría al borde de la bancarrota y que nuestro mítico modo de vida se convertiría en un chiste para millones de familias que han perdido su hogar por hipoteca?

Pronto muchas personas preguntarán: Si rescatamos a los bancos, entonces, ¿por qué no los controlamos --o somos sus propietarios? Los banqueros lo echaron a perder. ¿Por qué les van a dar nuestro dinero? Quizás cuestionen hasta por qué el Congreso debe seguir financiando con tres cuartos de un billón de dólares anuales a una enorme institución militar que no ha ganado una verdadera guerra desde 1945.