Por una alimentación segura

24 Marzo 1999
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¿Qué es la seguridad alimentaria? La respuesta del Banco Mundial sería "la posibilidad de que todas las personas puedan conseguir, en todo momento, comida suficiente para llevar una vida activa y sana". La FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura) iría mucho más lejos: "se entiende por seguridad alimentaria que la comida esté siempre disponible, que todas la personas puedan conseguirla en cantidad, calidad y variedad adecuadas desde un punto de vista nutricional y aceptada dentro de cierta cultura".

El hambre no es un problema técnico

Esta última definición, algo utópica, pone en tela de juicio que un país, incluso rico y socialmente ejemplar, pueda garantizar a sus ciudadanos una "seguridad alimentaria" total. Sin embargo, algunas decisiones políticas la fomentan más que otras.

Aunque la inmensa mayoría de las víctimas del hambre se encuentren en los países llamados del tercer mundo, también las hay cuando falta protección social en los países llamados desarrollados. Prueba de ello es la existencia de organizaciones caritativas, como los "Restaurantes del corazón" en Francia1 y otras comparables en los demás países europeos.

En nuestros días, el hambre no es un problema técnico y ni siquiera, salvo algunas excepciones, un problema de escasez absoluta de alimentos. La seguridad alimentaria depende más bien de la distribución de tierras e ingresos. El Banco Mundial y la FAO tienen razón al insistir sobre la noción de accesibilidad. Incluso en los países más pobres y más castigados por crisis alimentarias, no se dan muchas víctimas de hambre en las esferas de los negocios, del ejército o de los altos funcionarios...

Las desigualdades han aumentado en estos últimos quince años, tanto entre el norte y el sur como dentro de cada país, limitando cada vez más el acceso a la comida. Todos los índices hacen temer que en el próximo siglo las disparidades económicas sigan creciendo de forma más exacerbada.

Los informes sobre desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), así como los informes sobre comercio y desarrollo de la Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (CNUCED) demuestran regularmente que la mundialización enriquece a los ricos y empobrece a los pobres, ya se trate de regiones, países o individuos.

Las cosechas mundiales de cereales han aumentado en más de un 40% desde 1980, acercándose hoy al récord de 2.000 millones de toneladas, y sin embargo, el porvenir alimentario del planeta no es muy halagüeño. Demasiados países han descuidado a sus agricultores, capaces de cultivar productos para el autoabastecimiento.

Al contrario, los programas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial les han llevado, u obligado, a desarrollar el cultivo de productos para la exportación. A causa de esto, deben recurrir a los mercados cerealistas mundiales, en los que se comercializa apenas el 5% de las cosechas.

Mientras que un país autosuficiente en cereales no tiene nada que temer, el que depende de las importaciones expone a su población a graves peligros. Cualquier fluctuación del nivel de existencias mundiales de cereales puede hacer que los precios se pongan por las nubes y que millones de personas no puedan acceder al gran mercado alimentario mundial.

Otra sombra en el horizonte: por mucho que las cosechas batan records, la tasa de crecimiento de la población2 sobrepasa por ahora la tasa de crecimiento de las cosechas. Así pues, no resulta sorprendente que el hambre crónica siga siendo la realidad cotidiana de al menos 800 millones de seres humanos. Son millones también los que no comen lo suficiente como para llevar una "vida activa y sana". La inseguridad alimentaria afecta al menos a la cuarta parte de la población mundial.

Una cuestión de medios

En este contexto, preguntarse si "el mundo" podrá alimentar a una población de X miles de millones de personas en el futuro es una pregunta casi sin sentido. "El mundo" es capaz de alimentar a 6.000, 8.000, 10.000 millones de personas con tal de que se pague el precio tanto financiero como político. Todo depende también de lo que se entienda por "alimentar". ¿Se trata de proporcionar una ración calórica de base, con una pequeña dosis de proteínas vegetales, o de una cocina variada y rica en carnes (es decir en calorías concentradas)?

De todas formas, los que pueden acaparan las calorías disponibles. La mejora de la renta nacional se acompaña siempre, estadísticamente, de un aumento del consumo de carne. Si cada habitante del planeta Tierra tuviera un régimen cárnico, habría que triplicar la producción en el próximo siglo.

¿Qué debe hacerse? En los años 60-70, se proclamaba que la "Revolución Verde"3 solucionaría todos los problemas alimentarios y acabaría con el hambre. Este sistema de cultivo, que requiere equipamientos costosos, y a menudo importados del extranjero en el caso de los países en vías de desarrollo -irrigación, abonos químicos, herbicidas, pesticidas, semillas industriales, tractores-, no convenía a los campesinos pobres. Sin recursos, muchos de ellos se marcharon a las ciudades. Esta "revolución" ha acabado además con la biodiversidad, con los peces de los arrozales, ha salinizado los suelos, contaminado los ríos cuyas aguas eran potables, etc.

Hoy en día, una nueva generación de "tecnocreyentes" nos anuncia con el mismo fervor que el futuro pertenece a los Organismos Genéticamente Modificados (OGM), que alimentarán milagrosamente al mundo. A estas personas, no les preocupa en absoluto que el control de estas semillas esté en manos de algunas empresas transnacionales, nada filantrópicas.

Los OGM podrían además provocar desastres ecológicos aún más graves que los que produjo la Revolución Verde. Ciertas semillas de OGM están programadas para destilar poco a poco un herbicida; otras resisten a los herbicidas utilizados por el agricultor. Pero la agricultura es una actividad compleja. Las características introducidas en los OGM pueden comunicarse a otras plantas o interferir con microorganismos del suelo, y crear superpredadores o malas hierbas superresistentes por selección natural.

Las consecuencias de la mundialización acentúan la inseguridad alimentaria en un ámbito totalmente diferente. Las crisis financieras de esta década han transtornado numerosos "mercados emergentes", arruinado a miles de pequeñas y medianas empresas locales, creado un paro masivo y provocado alzas de precios de productos de primera necesidad. A causa de esto, han vuelto a aparecer graves problemas alimentarios, sobre todo en México, Rusia e Indonesia.

La multifuncionalidad de la agricultura

El tratamiento que dará la Organización Mundial del Comercio (OMC), durante las negociaciones de Seattle de diciembre de 19994, al controvertido tema de la agricultura también tendrá un gran impacto5. Pocas cuestiones levantan tantas pasiones y enfrentamientos. Por un lado se encuentran los que consideran que los productos alimenticios deben tratarse como los demás. Para estos países y sus empresas, el modelo del futuro alimentario del planeta es un enorme supermercado global en el que cada uno venderá lo que produce mejor y más barato que su vecino, y comprará todo lo demás, según el principio sacrosanto de la ventaja comparativa. Es la postura de Estados Unidos y del "Grupo de Cairns" (Argentina, Australia, Brasil, Canadá, Chile, Indonesia, Nueva Zelanda, Paraguay, Tailandia...), que combate el principio de las ayudas que proporciona la Unión Europea a su agricultura.

Frente a ellos, los países europeos -entre ellos Francia-, Japón y algunos países del sur rehúsan poner en el mismo plano productos agrícolas e industriales. Insisten en el carácter particular de la agricultura: su "multifuncionalidad" que preserva la diversidad biológica, protege el medio ambiente, hace vivir a los pueblos y a las pequeñas ciudades, y frena el éxodo rural masivo. Esta agricultura también permite al consumidor estar más cerca del productor, en vez de comprar productos alimenticios en el supermercado mundial.

Este enfrentamiento entre países en la OMC es mucho más que una pelea comercial; es también la elección de un tipo de civilización. Los pequeños agricultores y las granjas familiares, ya sean del norte o del sur, no podrán resistir frente a la competencia de los grandes productores cerealistas con grandes capitales que podrán invertir fácilmente en todos los mercados del mundo vendiendo por debajo de los costes de producción de los agricultores locales. Cuando todos los agricultores se hayan arruinado y marchado a la ciudad, no habrá ninguna garantía de que los precios de las importaciones no suban, agravando la inseguridad alimentaria.

Para nosotros, que tenemos la suerte de poder comer hasta hartarnos, la agricutura artesana y las pequeñas explotaciones agrícolas preservan también la diversidad y la variedad de nuestra comida. ¿Cómo vivir en un mundo que se precipita hacia la uniformidad alimentaria? El día en el que todo el mundo dependa del supermercado mundial, ya no habrá seguridad alimentaria ni placer gastronómico.

Tradicción: Label France