Presentación del libro "La nueva izquierda latinoamericana"

28 Enero 2006
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El libro nos ofrece excelentes trabajos que nos acercan a distintos procesos nacionales desde abordajes temáticos diferentes, y dos que discuten problemáticas generales. Que nos plantean problemas e interrogantes de enorme importancia para pensar América Latina y particularmente a la izquierda. El título del libro refleja este objetivo central para los editores.

La nueva izquierda latinoamericana: Sus orígenes y trayectoria futura César A. Rodríguez Garavito, Patrick S. Barrett, Daniel Chavez (ed.), abril de 2005.

Es casi imposible, en tan pocos minutos, hacer un comentario serio sobre un libro tan importante y una temática tan compleja. El libro nos ofrece excelentes trabajos que nos acercan a distintos procesos nacionales desde abordajes temáticos diferentes, y dos que discuten problemáticas generales. Que nos plantean problemas e interrogantes de enorme importancia para pensar América Latina y particularmente a la izquierda. Y el trabajo de César Rodríguez y Patrick Barrett -dos de los tres editores- que busca hacer una síntesis regional, no sólo del presente sino además comparando los cambios con el pasado. El título del libro refleja este objetivo central para los editores.

La síntesis, dicen sus autores, tiene intenciones descriptivas, no valorativas ni prescriptivas. Pero las descripciones y los análisis comparativos siempre se hacen sobre datos construidos de determinada manera, lo que implica un ejercicio de discriminación e interpretación. Y la interpretación de lo que ha ocurrido y ocurre en América Latina no se da en el vacío, es también un campo de disputa política. César y Patrick toman como punto de partida, para mirar al pasado reciente, la caracterización de la izquierda latinoamericana que hizo en 1993 el mexicano Jorge Castañeda. Aunque rechazan los pronósticos de Castañeda toman su diagnóstico. Esto constituye una camisa de fuerza para su análisis. Porque Castañeda falsifica la historia latinoamericana y la de la izquierda. Y desde allí presenta, como supuesta contraposición, un escenario aparentemente realista que le marca a la izquierda los límites de lo deseable, de lo posible y de lo recomendable. El libro de Castañeda es un manifiesto para la conversión de la izquierda al liberalismo; para desradicalizarla en sus objetivos; para hacerla dócil a los intereses de Estados Unidos y del gran capital; para despojarla del anticapitalismo y del antiimperialismo; para hacerla sentirse par, sólo adversaria política o electoral, de sus torturadores y opresores. Nada es fortuito en el libro de Castañeda, que es claramente un juego de profecía autocumplida. Es el manifiesto de una amplia estrategia conservadora para "modernizar a la izquierda" de su "primitivismo" y "utopismo" y convertirla en una "nueva izquierda" "decente" y "civilizada". Cuyo sello de calidad era primero ser anticubana, y antichavista después. Esa es la connotación que tiene en América Latina la frase "la nueva izquierda". No es un buen punto de partida historiográfico ni conceptual para pensar el presente, además de todo lo que puede decirse de Castañeda por sus acciones concretas, despreciables y despreciadas. Como Joaquín Villalobos, a quien también citan Patrick y César, un oscuro personaje asesor de contrainsurgencia de Clinton en los Balcanes, de Zedillo en la ofensiva militar contra los zapatistas, y de Uribe en el Plan Colombia. No hay una sola nota en su texto para aclarar esto, y lo recrimino sinceramente.

El libro nos plantea varios desafíos analíticos. En primer lugar, qué es lo nuevo y por qué. Tenemos que preguntarnos cuál es en realidad un cambio morfológico de procesos de más larga duración y cuáles son fenómenos totalmente nuevos. Los últimos 30 años, y no sólo 15, han sido en nuestra región de transformaciones profundas. El neoliberalismo, que no es una doctrina ni solamente un decálogo de políticas económicas, sino una profunda reestructuración del capitalismo, es el origen primero de estos cambios; a los que se suma, para la izquierda, el impacto moral e intelectual de la crisis del socialismo mal llamado real. Tampoco las distinciones que propone nuestro estimado Wallerstein entre la vieja y nueva izquierdas son explicación adecuada de los cambios en nuestra región, porque reflejan más la problemática europea que la latinoamericana, que son muy distintas.

Claro que el neoliberalismo triunfó, en eso sí tiene razón Castañeda. No fracasó: llevó a cabo todos sus objetivos, con trágico éxito. Transformó todas las relaciones sociales y de poder a favor del capital, es una contrarrevolución capitalista neocolonial radical. Lleva a cabo la mayor expropiación de riqueza, mediante la sobreexplotación del trabajo formal e informal, usando intensamente al Estado para transferir ingresos de las mayorías a la minoría (nada que se parezca al laissez faire), y de todos estos pobres nacionales al capital transnacional; y saqueando territorios y recursos naturales. Cambió profundamente la estructura de clases, las desposeídas, las dominantes y los sectores medios; no las hizo desaparecer como pretenden algunos análisis. Y se impone mediante la exacerbación de la dominación conservadora y excluyente. Es lógico que los rechazos, resistencias y rebeldías se multipliquen en una diversidad de expresiones sociales notable.

Los objetivos de la reestructuración neoliberal son los mismos en toda la región, porque a ésta se le asigna un papel específico subordinado en la reproducción del capitalismo mundial, cada vez más subordinado. Es un solo capitalismo y por lo tanto un solo neoliberalismo (no varios o unos menos malos que otros); pero las diferencias de aplicación y de resultados -que las hay- tienen que ver con las riquezas a saquear en cada país, y con la capacidad y efectividad de las resistencias sociales y políticas en cada uno. El análisis de estas capacidades y resultados tiene que partir de la contradicción concreta entre dominantes y dominados, no puede hacerse un análisis autorreferido de la izquierda, como si existiera en un vacío. Por eso no es adecuado hacer generalizaciones ni clasificaciones partiendo solamente de los rasgos exteriores de la existencia y la práctica de la izquierda, que están condicionadas por esas contradicciones concretas.

El análisis de lo social y lo político es uno de los enormes desafíos del presente, y también de las reflexiones propuestas en el libro. La conceptualización de lo social y lo político no es un subproducto espontáneo de los "datos". Remite a concepciones teóricas distintas para definir qué se entiende por social y por político y cuáles son sus relaciones entre sí. Más, todavía, si se extiende esta distinción a una izquierda social y otra política. Plantear que sólo lo que está directamente referido al Estado es político, es adoptar los reduccionismos liberales. Y parten de éstos tanto quienes afirman que la política es sólo la que se da en el marco institucional, como quienes niegan la política en general pensando en ella de esa misma manera. Así, aunque no se diga y se proclame lo contrario, lo social queda residualmente convertido en la no-política. Así es imposible ver la naturaleza política de algunos fenómenos sociales que inciden sobre el poder de los dominantes aunque no se procesen directamente en el Estado. Por ejemplo, los conflictos directos entre capital y trabajo, los conflictos con los medios de comunicación o con la cúpula de la Iglesia, e incluso la disputa teórica.

También faltan criterios analíticos para distinguir entre rechazo al neoliberalismo e izquierda. La ampliación de las contradicciones generadas por el neoliberalismo contiene una enorme potencialidad antisistémica. Pero, ¿toda expresión de crítica, o de defensa de la existencia personal o grupal, es automáticamente una expresión de izquierda? Las confusiones en este plano no sólo son analíticas, sino que también llevan a errores políticos, sea porque se excluyan ciertas manifestaciones no convencionales, como por incluirlas a todas. Lo social suele mirarse desde la manifestación de los datos exteriores, pero desde allí tampoco se capta su complejidad. Todos reconocemos que los movimientos sociales se han multiplicado y que sus temáticas y orientaciones se han diversificado, lo que también expresa una enorme potencialidad emancipatoria, para enfrentar las más diversas formas de opresión. Pero, ¿tienen todos los movimientos sociales la misma capacidad de representación de los conglomerados humanos que comparten esos intereses y necesidades? La eclosión de movimientos sociales ¿ha aumentado de manera efectiva la representación social de todos los jodidos? ¿Hay, acaso, una correlación mecánica entre la eclosión de movimientos sociales y la gestación de una fuerza real de nuestros pueblos para enfrentar la explotación, el saqueo, la dominación? Sin duda ha crecido enormemente, pero todavía no hay equivalencia entre movimientos sociales y representación social, y entre ésta y la fuerza social de los oprimidos. Y, por eso, es mayor la crítica al neoliberalismo que la capacidad de hacerlo retroceder en todas sus manifestaciones. La insuficiente fuerza social es una insuficiente fuerza política, porque ésta da cuenta de la capacidad de frenar, modificar o revertir la fuerza de los otros. Esto explica, incluso, que nuestros pueblos busquen compensar su debilidad social frente al capital reforzándola políticamente a través de gobiernos que lo enfrenten y lo limiten. Están esperando que la izquierda asuma desde los gobiernos la representación política de sus intereses.

¿Puede la izquierda que gobierna representarlos realmente si no asume que la lucha contra el neoliberalismo es la lucha contra el capitalismo? Este no es un problema filosófico para pensar las alternativas, sino de sobrevivencia de nuestros pueblos y de nuestros países como tales. En América Latina, quien de verdad quiera ser reformista tiene que ser, necesariamente, anticapitalista y antiimperialista. Y ¡cuidado! porque ya hay un anti-neoliberalismo de derecha para que las alternativas al neoliberalismo dejen intacto al capitalismo: es el denominado "Consenso Posliberal", elaborado desde 1997-98. Por eso me opongo a que nosotros hablemos de "posliberalismo", legitimando inconscientemente ese proyecto conservador.

Otra cosa, como bien plantea el libro, es cómo hacerlo, cómo enfrentar al capitalismo. El problema es cómo ir debilitando los núcleos y cimientos de la reproducción del capitalismo con las fuerzas que hoy se tienen. Y este no es un asunto de "posibilismo" sino de construcción de lo posible, lo que exige gestar fuerza social y política popular. Este es el verdadero desafío de la izquierda, y este también es el criterio con el cual analizar y comparar su desempeño y perspectivas. Este es precisamente uno de los signos del proceso bolivariano, y del cubano (no tratado en el libro), que los hace referentes ineludibles para la izquierda latinoamericana.

La verdad es que necesitamos mejorar nuestras capacidades teóricas y metodológicas, porque la realidad es menos evidente de lo que parece, y mucho más fluida de lo que aportan las clasificaciones. Y ya para concluir, tomemos en este sentido el caso del EZLN, tan citado en el libro. Observemos la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. De la idea poética, pero imprecisa, de "un mundo en el que quepan todos los mundos" -desideratum del pluralismo y la tolerancia- ahora se excluye de manera explícita a uno: el de la burguesía. El derecho a la diferencia, que los zapatistas saben que sólo se ejerce plenamente si hay igualdad social, es congruentemente asumido como anticapitalismo. De la idea genérica de que "izquierda" son todos los oprimidos por serlo, se precisa que la izquierda lo es si es anticapitalista. Y se lanza a construir una fuerza política nacional bajo otra concepción de la política que la liberal dominante. El EZLN no es un partido si por éste se entiende solamente un actor en las instituciones del Estado, lo que, ya he dicho, es muy reduccionista; pero tiene todos los atributos de un partido: tiene una dirección central, es disciplinado a partir de su destacada democracia interna, tiene programa, y está cumpliendo la función de un partido de izquierda, que es representar los intereses populares, convocarlos, promover su organización independiente y favorecer su articulación; aunque no participe en elecciones. Pues bien, durante muchas décadas, así era una parte importante de lo que hoy algunos llaman "la vieja izquierda". Y estoy hablando del EZLN, paradigma de lo que el libro denomina "la nueva izquierda".

Como se ve, todavía hay mucho para debatir. Todavía hay que vencer el dogmatismo del antidogmatismo, y se requiere mayor agudeza para ver florecer lo nuevo de lo nuevo. Este libro es formidable porque no sólo nos permite conocer a fondo procesos fundamentales en nuestra región, sino porque es un disparador de reflexiones desde las coincidencias, las dudas y también las discrepancias, lo que es una imprescindible interpelación a la autocomplacencia. Gracias.

Notas sobre Castañeda:

Justifica las dictaduras y el exterminio de la izquierda con la reaccionaria teoría de los dos demonios, que inculpa a la izquierda que luchaba por la igualdad y la justicia de ser responsable de las respuestas de los poderosos con dictaduras, y además encubre que ellas han sido la condición para la imposición a sangre y fuego del neoliberalismo. Es tan perverso que las dictaduras terminan por ser el instrumento de un acto civilizatorio. Porque una vez limpiado el terreno de la infantil osadía de los pueblos de haber luchado, la democracia pudo triunfar.

Guerrillera y democrática. Hay un antes y un después de este acto civilizatorio de las dictaduras: el "antes" es una izquierda primitiva y patológica que después de la revolución cubana es predominantemente guerrillera, y que es la que provoca el terror de Estado. El "después" viene en los noventa, Chile mediante, cuando por fin la izquierda madura, se hace democrática, liberal, y hasta descubre las delicias de hacer dinero. Desde luego que esto es una burda falsificación de la historia. Después de la revolución cubana hubo varios movimientos guerrilleros, en su mayoría foquistas, con bastante presencia o estridencia. Pero, para empezar, la lucha armada no fue la vía que articulara las demás luchas de masas en la década de los sesenta y parte de los setenta. Y además, esas experiencias no son comparables a la lucha armada de los ochenta en Centroamérica, que sí articula las luchas de masas contra los gobiernos dictatoriales y represivos.

DDHH. Libertad. Que desde los noventa por primera vez la izquierda se preocupe por las libertades democráticas y los derechos humanos, es otra patraña: la nuestra ha sido una región de masacres y represión, lo que se intensificó desde los años sesenta por el ascenso de las luchas populares, y la izquierda se ha pasado luchando por la libertad, contra los asesinatos y encarcelamientos, contra la clausura de periódicos, etcétera. Claro está que después de las dictaduras la dimensión del problema es mucho más grande; pero los movimientos de derechos humanos latinoamericanos no lo son en los cánones liberales y abstractos con que Castañeda y otros quieren presentarlos. Porque bajo esta óptica, es tan derecho humano del empresario explotar a los trabajadores en ejercicio de su derecho a la propiedad, que el derecho a la vida, a comer, de los dominados.

Salinas. Es también una burla que, en la taxonomía de la izquierda, Castañeda incluya como socialdemocracia al PRI de Salinas de Gortari, el mayor reestructurador neoliberal de México y responsable de más de 600 asesinatos de militantes del recién creado PRD. Nada en Castañeda es fortuito. Trabajó lealmente con Salinas en México con ese propósito. Participa junto con otros en la estrategia conservadora para neutralizar a la izquierda, que es desplegada desde comienzos de los ochenta, entre otros, por el Diálogo Interamericano con el protagonismo de Fernando Henrique Cardoso, para cooptar los que creían despojos de la izquierda.

La defunción del marxismo, al que se le responsabilizaba del utopismo de la izquierda, de su estrechez de miras, de la violencia. La utopía estaba desarmada no sólo en términos militares sino también ideológicos. Con la URSS había muerto también el marxismo. Y para Castañeda, la prueba más fehaciente de que la civilización había derrotado al primitivismo era el inminente derrumbe de la revolución cubana, que él esperaba en pocos meses por la hecatombe económica tras la desaparición de la URSS. Se equivocó. Siete años después quiso concretar ese sueño obsesivo, ya como Canciller de Fox y como siervo de Bush, arrastrando a México a la mayor vergüenza, en lo poco que le quedaba de decencia en su imagen pública internacional.

Hay que admitir que la estrategia conservadora para "modernizar" a la izquierda tuvo efectos políticos e ideológicos que no hay que desestimar. Actuó con eficacia sobre una izquierda perpleja ante los brutales cambios de esas décadas, que no entendió ni analizó adecuadamente su propia derrota y la del llamado socialismo real. Y que no pudo distinguir entre el marxismo y los marxismos latinoamericanos, que en muchas de sus versiones eran adhesiones ideológicas a la filosofía de la praxis, al anticapitalismo, a la meta socialista, pero en términos teóricos eran vulgarizaciones del marxismo. En lugar de autocrítica sobre los errores la izquierda hizo un deslinde vergonzante. Sobre estas debilidades operó la derecha, ofreciéndole el liberalismo, el más conservador por cierto, para llenar los vacíos. La derecha pontificó como una "nueva izquierda" a la que renegara vergonzantemente de su pasado de lucha; que fuera tan tolerante y pluralista que se sintiera colega institucional de sus opresores y torturadores; que creyera en el fin de la historia, que aceptara el capitalismo como si sólo se tratara de una economía de mercado; que abjurara del antiimperialismo y fuera anticubana primero y antichavista después; que se creyera responsable del populismo, esa alianza antioligárquica en la que la burguesía subordina políticamente a los grupos populares a cambio de atender algunos de sus intereses. Es contra esa "nueva izquierda" que un sector de "izquierda nueva" les dice: "que se vayan todos".