Repensando la organización política en una era de movimientos, guerras y mercado global

20 Agosto 2006
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Conferencia inaugural de la XXII Asamblea General Ordinaria de CLACSO, Rio de Janeiro, 20 de agosto de 2006

1. Introducción: la importancia de repensar la organización política

Es un auténtico honor ofrecer esta conferencia. Para mí, CLACSO no es sólo una asociación académica con una excelente reputación internacional, sino también una de esas varias organizaciones con las que siento una conexión muy especial a través del proceso del Foro Social Mundial.

Esta mañana he tenido un pequeño sobresalto. Cuando mi compañero de desayuno, que había leído el programa, me ha dicho con mirada expectante 'así que vas a hablar sobre la guerra permanente', miré el título de la conferencia y me di cuenta de que el título original, un tanto más modesto y específico -"repensando la organización política en una era de movimientos, guerras y mercado global"- había cambiado por el título más general y ambicioso que os ha traído hasta aquí esta noche. Así que espero no defraudaros y que os lamentéis de lo mucho que podríais estar disfrutando la noche de Rio.

Para empezar, me gustaría subrayar la idea de la necesidad de repensar la organización política aunque, por supuesto, presenta una relación muy directa con la amenaza de una guerra permanente.

¿Cómo pueden salirse con la suya los gobiernos de los Estados Unidos y el Reino Unido? ¿Qué podemos aprender con esta respuesta sobre cómo detenerlos? La gran mayoría de personas en Europa está en contra de la guerra en Iraq, en contra de la guerra en el Líbano y en contra de la carrera por el poder global abanderada por la Casa Blanca. En los Estados Unidos, son también cada vez más los sectores que comparten esta postura. Este hecho refleja la grave crisis de las instituciones tradicionales de la democracia representativa. Y es también indicio de hasta qué punto estas instituciones han abandonado la órbita del poder popular. Pero también plantea un desafío -titánico y apremiante- a la izquierda y a los movimientos sociales porque, en muchos sentidos, el tiempo -desde el punto de vista ecológico, económico y de la degradación de la cultura política y la destrucción de espacios y recursos públicos- no juega a nuestro favor. La brecha entre la profundidad y el alcance de la desafección popular en Europa y la relativa debilidad de los partidos y movimientos de izquierda -con excepciones importantes, aunque con frecuencia sean momentáneas- constituye una elocuente crítica a nuestra imaginación política, muchas veces excluyente, y de nuestras formas de organización demasiado autorreferenciales. No digo esto para hacer aspavientos o inducir sentimientos de culpa, sino para obligarnos a detenernos un instante y analizar de forma crítica y constructiva nuestras formas de organización -sin negar la importancia de la política y, especialmente de la economía-, vinculándola en todo momento a las cuestiones de poder y organización popular.

En América Latina, habéis vivido una crisis permanente de la democracia representativa, aunque quizá sería más exacto decir que demasiados de vuestros compañeros y compañeras han muerto por ella. Seguramente eso explica por qué vuestros movimientos y, a veces, partidos han sido una fuente de experimentación tan rica en el desarrollo de principios democráticos que van más allá de sus formas representativas.

Así que, por un lado, tenemos una enorme frustración con respecto a los partidos políticos existentes, una profunda crisis de la democracia representativa en todo el mundo. Incluso allí donde la revolución democrática fue más radical, como Francia, la frustración con el sistema político es tan fuerte que los jóvenes toman las calles, organizando su propia democracia para defender la seguridad laboral en lugar de cabildear entre los partidos políticos.

Por otro lado, estos movimientos han conseguido algunas victorias importantes, como sería el caso del CPE (contrat première embauche o contrato de primer empleo) en Francia. Pero los movimientos no siempre han tenido esta fuerza, al menos tal como están organizados actualmente. Éste sería el caso, sobre todo, con asuntos internacionales en que las presiones antidemocráticas son especialmente poderosas. Fuimos testigos de ello con la guerra de Iraq.

Es cierto que no podemos cambiar el mundo ocupando cargos -asumiendo el 'poder'- en el seno de las instituciones existentes. Ésa es la lección que nos enseña el agotamiento de la democracia liberal y social. El poder transformador se encuentra principalmente fuera de esas organizaciones. Está arraigado en las relaciones sociales, culturales y económicas de la vida cotidiana y en la aparición, desde fines de los años 60, de los nuevos movimientos emancipatorios en todos los ámbitos de la sociedad, impulsada, desde fines de los años 90, por una nueva oleada de movimientos. Pero, para que este poder transformador pueda prosperar, es necesario acabar con la guerra, y la acción reguladora debe apoyar las iniciativas ciudadanas por el cambio. En otras palabras, los movimientos sociales pueden llegar hasta determinado punto. Los gobiernos nacionales siguen en pie, aunque su poder se haya visto reducido de forma drástica y las relaciones que mantienen entre sí y con las instituciones internacionales se hayan visto reconfiguradas por completo. El orden político y económico dominante se reproduce, en parte, a través de la sumisión ciega de dichos gobiernos.

La izquierda siempre está intentando utilizar cualquier palanca de poder a su alcance, dentro y fuera de las instituciones, para que los gobiernos rompan con el poder de los Estados Unidos -o de las instituciones financieras y económicas internacionales- y respalden nuevas alianzas internacionales. Con frecuencia, transita por caminos allanados previamente por los movimientos sociales.

Tomemos el ejemplo de la derrota de la Constitución Europea en Francia, un hecho que supuso relacionarse con las instituciones. Gracias a aquello, se consiguió frenar notablemente el impulso de neoliberalismo y militarismo en Europa. Este éxito fue posible gracias al trabajo continuado de movimientos sociales como Attac en las instituciones culturales, económicas y educativas de la sociedad francesa, así como al auge del Foro Social Europeo, que dio vida y credibilidad a la idea de otra Europa. Esa relación con las instituciones para hacer fracasar la Constitución, a su vez, facilitó las cosas para que los movimientos juveniles pudieran cantar victoria sobre los contratos laborales de Chirac. Así, podemos ver que existe una dialéctica abierta entre la acción de los movimientos y la relación pragmática con las instituciones políticas desde una posición de autonomía.

Sencillamente, no disponemos del tiempo necesario para contar únicamente con la construcción gradual y a largo plazo de fuentes de poder alternativo. Esa estrategia da por sentado el 'a largo plazo'; asume que se dan las condiciones -el tiempo- para que se vaya desarrollando, paulatinamente, una sociedad alternativa. Pero debemos trabajar de manera simultánea con diversos calendarios.

2. El marco de un diálogo

Me gustaría abordar el tema de mi charla planteando el marco de un diálogo entre Europa y América Latina en lugar de limitarme a hablar desde el Norte. En experiencia de muchas personas de izquierda en Europa, el compromiso con partidos, movimientos y debates teóricos y estratégicos en América Latina, así como todo lo aprendido de ellos -sin idealizarlos, espero- ha tenido una importancia capital en la formación de nuestras ideas políticas. Y ahora parece que, cuando todos estamos buscando abiertamente estrategias y formas efectivas de organizarnos para el socialismo -o como fuera que llamáramos a la lucha por la justicia social-, resultaría muy útil que hiciéramos de este diálogo algo más sistemático.

En mi caso, este diálogo empezó en los pasillos de un departamento de sociología, al toparme con un joven investigador de la Universidad de Rio que estaba realizando una tesis en que comparaba el Partido Laborista británico con el Partido dos Trabalhadores brasileño. A principios de los años 90, yo estaba buscando con afán modelos y formas de organización política que trascendieran las opciones presentadas en el Reino Unido, así como en el resto de Europa, que, aunque históricamente siempre fueron más radicales que el laborismo británico en determinado sentidos, estaban igual de centradas en las tradiciones, igual de agotadas, de los partidos comunistas.

Así fue como me fascinó saber más del PT, que por aquel entonces parecía haber inventado una forma de organización política más radical que la socialdemocracia. Esa organización se había visto influida por las raíces del partido, que ahondaban en los movimientos populares, y se había radicalizado con la lucha contra la dictadura y con las tradiciones de educación popular y autoorganización. (El Partido Laborista británico también se originó a partir de los movimientos sindicalistas, pero sobre una base muy sectorial y economicista. Su posición quedó definida, por lo general, a través de acuerdos establecidos entre la dirigencia de los sindicatos y los parlamentarios, mientras que las bases sindicales eran tratadas como fuentes pasivas e inanimadas de votos y financiación.)

Además, el PT parecía haber inventado formas de democracia que rompían con el tratamiento instrumental que los partidos comunistas hacían de los movimientos al tratarlos como frentes. Parecía más bien respetar la autonomía, la creatividad y el poder característicos de los movimientos sociales, ya fuera el movimiento de los sin tierra, los movimientos sociales urbanos o los movimientos sindicales.

La realidad, como muy bien sabemos ahora, ha resultado ser muy distinta. Muchas de las presiones de las instituciones estatales y electorales que se pusieron en marcha para marginar al radicalismo del Partido Laborista británico han tenido el mismo efecto sobre el PT, aunque sea con las características peculiares del Estado brasileño en el contexto de las instituciones neoliberales internacionales, de una dirigencia especialmente vulnerable, a pesar de la retórica, a las lisonjas y las presiones de estas instituciones y de las limitaciones políticas con las que tuvo que trabajar.

Pero aprender de los problemas del PT no consiste en repetir, con color sudamericano, las mismas lecciones que aprendimos con la experiencia del Partido Laborista o de otros partidos obreros europeos. No podemos entender la situación como si fuera la repetición de un patrón familiar o asumiendo que los actores de la izquierda en el Sur se encuentren con los mismos fracasos y limitaciones con que se ha enfrentado previamente la izquierda en el Norte.

El proceso que nos permitirá entender la experiencia del PT y aprender de ella requiere que profundicemos en todas nuestras estrategias para construir una organización política transformadora. Sólo así podremos explicar cómo un partido con todas las condiciones formales de democracia interna, con una marcada cultura y práctica local de una democracia radical, con auténticas experiencias de compartir el poder en lugar de monopolizarlo, con una fuerte tradición de impulsar las capacidades de los activistas y las personas en lugar de poner toda su confianza en un único dirigente, puede acabar tan corrompido a raíz de alcanzar un éxito electoral (limitado).

Se podría decir que el PT cumplía con todos los requisitos establecidos por los actuales marcos teóricos para el cambio político radical y, sin embargo, no se ha iniciado ni una sola dinámica que conduzca a dicho cambio. La experiencia exige un replanteamiento drástico de nuestras teorías, de modo que no sólo aprendamos de la derrota, sino también de todas las novedades y estrategias de aquellos que se han visto directamente afectados por ella, es decir, miembros y ex miembros del PT, y activistas de los movimientos (sobre todo del MST, que conservó un notable grado de autonomía del PT).

No siempre es agradable afrontar la derrota y el fracaso. Entre la izquierda europea hay una fuerte tendencia que se resiste a hacerlo con respecto a América Latina, dedicándose a buscar pruebas de experiencias positivas, tratando a América Latina como una fuente de inspiración, sobre todo cuando las cosas no andan bien en Europa y el resto del mundo.

Pero, de hecho, la experiencia brasileña nos reta a realizar un análisis más crítico y profundo sobre cómo preparar estrategias de cara a las instituciones del Estado, cómo desarrollar formas de liderazgo que sean más coherentes con el idea de la democracia participativa, y qué políticas seguir dentro de las instituciones sin dejar de apoyar el crecimiento de fuentes de contrapoder, incluidas nuevas fuentes institucionales de poder público.

Me limito simplemente a utilizar esta experiencia personal de un diálogo concreto y un encuentro continuado con la izquierda latinoamericana para ilustrar la importancia y el desafío que supone un diálogo entre dos experiencias que son parecidas y, al mismo tiempo, distintas.

Tanto en América Latina como en Europa está surgiendo un patrón de relaciones entre movimientos y representación política, basado en experiencias que van desde las de los gobiernos de izquierda en América Latina a la situación de las minorías de izquierda en coaliciones de gobierno y otras representaciones de la izquierda en Europa. El diálogo y el proceso de enriquecimiento mutuo entre los dos continentes ha resultado tener una gran influencia en Europa. Y considero que hacer que este proceso sea más sistemático sería una fuente de poder.

En ambos continentes se da una lucha constante -aunque puede que en América Latina sea más dramática y de mucha mayor relevancia para el proceso político-, a veces explosiva, a veces soterrada, entre las organizaciones -movimientos y partidos- que intentan ampliar el control popular y la igualdad política y las instituciones estatales, partidistas y económicas que se muestran hostiles hacia la democracia. Se trata de una lucha en que se están inventando y manteniendo nuevas formas de organización política, aunque, en ocasiones, éstas sean derrotadas o resulten ser insostenibles.

La resistencia al neoliberalismo y sus consecuencias para el Sur ha radicalizado y trascendido las formas organizativas tradicionales heredadas o imitadas de la izquierda europea del siglo XX. Esto no es una mera consecuencia de los extremos de la opresión. Es también el resultado de lo incompleto de las revoluciones liberales en América Latina y del hecho de que amplios sectores de la población no se han incorporado a la forma cotidiana que tiene la mayoría, aunque sin entusiasmo, en Europa.

Es también resultado de la influencia de las tradiciones democráticas locales tal como se expresan, por ejemplo, en la filosofía y las prácticas de los pueblos indígenas en Bolivia o Chiapas, y de innovaciones intelectuales concretas, como las tradiciones radicales de la educación popular y la teología de la liberación, o la tradición del compromiso intelectual que tan bien representa CLACSO y que no tiene ningún un equivalente claro en Europa.

A partir de nuestras experiencias compartidas, aunque distintas, desearía plantear los siguientes problemas sobre los que se podría entablar un diálogo que ninguno de nosotros podría llevar adelante en solitario.

A. El problema de cómo mantener una dinámica transformadora en los gobiernos de la izquierda, o en los que participa la izquierda, en los ámbitos local y nacional, y la relación y papeles relativos de los movimientos y los representantes políticos. Esto incluiría la cuestión de qué tipos de campañas electorales sientan las bases de ese tipo de dinámica transformadora, no de ponerla en marcha, y el tipo de políticas que, aunque disten mucho del socialismo, sigan fortaleciendo las posibilidades transformadoras y la autoorganización popular democrática. En relación con este último punto, estaría la cuestión de qué tipos de políticas respaldan la organización popular democrática, manteniendo su capacidad autónoma para conseguir el cambio social y no fomentando relaciones clientelistas con la sociedad civil. De hecho, aunque planteo este tema aludiendo a la izquierda y al gobierno, sería igualmente aplicable a las estrategias asumidas por la representación política de la izquierda en la oposición.

B. La importancia y las posibilidades de desarrollar estrategias y fuentes de contrapoder regionales/continentales en todos los ámbitos, desde el gubernamental y municipal al de los movimientos sociales, pasando por los sindicatos. Me refiero en este punto al desarrollo de fuentes de poder transformador efectivas y sostenidas que se basen en proyectos alternativos para la sociedad y la economía (en América Latina, el ALBA sería el ejemplo más destacable), y no sólo a alianzas coyunturales que derroten a los Estados Unidos en momentos concretos, sea en la OMC o en la ONU, aunque, desde luego, no niego la importancia de dichas alianzas.

C. Las estrategias institucionales y culturales para fortalecer la democracia, en el contexto de la crisis de las instituciones políticas representativas, y las condiciones bajo las que sea posible poner en práctica y mantener formas más directas de control popular. ¿Qué lecciones podemos compartir sobre las condiciones en que la democracia participativa contribuye a la creación de fuentes autónomas de poder popular democrático? ¿Y cómo podemos distinguir esas formas de la invocación retórica a la democracia participativa que pretende legitimar el desmantelamiento o el vaciamiento de la democracia representativa, un proceso que se está produciendo mediante la privatización en el Reino Unido? ¿O la reducción de la democracia participativa a una forma disfrazada de clientelismo, lo cual supone un peligro en algunos casos latinoamericanos? ¿Y qué lecciones nos aportan las experiencias de ambos continentes para desarrollar los principios de un control popular más directo, que vaya más allá del contexto local, en que la democracia participativa se ha desplegado con fuerza, y alcance contextos regionales, nacionales e incluso internacionales?

D. Problemas de dirigencia emancipatoria y transformadora. ¿Cómo podemos desarrollar una forma de dirigencia que contribuya a desarrollar el potencial creativo de todos nosotros, y que no se aferre al monopolio individual del poder ni lo fomente? Y es que el caudillismo no es un problema exclusivamente latinoamericano. ¿Qué tipos de estructuras organizativas y qué tipos de cultura política permitirán abordar estos problemas? ¿Qué se puede aprender de las innovaciones de los movimientos sociales, desde el feminismo al movimiento altermundialista, que surgieron como respuesta al callejón sin salida en que se encontraba la política tradicional, incluida la política de izquierdas? Durante más de treinta años, estos movimientos han estado experimentando, con más o menos fortuna, con diversas formas de compartir el poder y crear estructuras de organización y dirigencia no jerárquicas, igualitarias y flexibles.

E. La cuestión de desarrollar la infraestructura de los movimientos sociales más allá de los movimientos sindicales (pero incluyendo la transformación de los sindicatos). ¿Cómo pueden los movimientos sociales, en una época de precariedad y diversidad, convertirse en fuentes sostenidas de poder e innovación? ¿Cómo estamos pasando de la era de las grandes organizaciones obreras a descubrir nuevas fuentes de fuerza colectiva? Estoy pensando en las redes de trabajadores precarios, de grupos sociales excluidos -migrantes, trabajadores domésticos, obreros que se enfrentan a la privatización, okupas, comunidades que sufren la especulación inmobiliaria- que cada vez son más efectivas y están mejor organizadas, muchas veces a escala internacional y, en ocasiones, en alianza con algunos sectores sindicales. También estoy pensando en el papel de los medios alternativos, incluida la forma en que las nuevas tecnologías de la información están ayudando a pasar de una fase marginal y artesanal a otra en que se proporciona un medio flexible de expresión popular para la diversidad de la izquierda transformadora. ¿Y cuál es el papel de la educación y el autodesarrollo de los movimientos? En este sentido, parece que los movimientos europeos tienen mucho que aprender de movimientos como el MST, aunque no sea sólo en respuesta a la falta de tierras por lo que están surgiendo movimientos que intentan crear, desde la cotidianeidad, las relaciones de una nueva sociedad como parte de su resistencia al orden dominante.

3. Breve presentación de la izquierda europea

No obstante, antes de iniciar un diálogo, debemos presentarnos. Sin duda, todos vosotros tendréis vuestras propias experiencias con la izquierda europea y habréis realizado vuestros propios análisis que, seguramente, serán más ricos que los míos. Pero si me lo permitís, me gustaría aprovechar esta ocasión para repasar brevemente la situación de la izquierda en Europa, con el objetivo de presentárosla en toda su diversidad y desorden -en otras palabras, su 'complejidad'-, como un sujeto con el que entablar un diálogo y mantener un intercambio mutuo y analítico de experiencias. Y, para hacerlo, me centraré en cómo la izquierda se está reinventando tras el fracaso o el agotamiento de la socialdemocracia y el comunismo existente actualmente, impulsada por diversas generaciones de movimientos, más o menos nuevos, o híbridos de nuevos y viejos movimientos.

Este repaso puede ser útil, entre otras cosas, porque en Europa la izquierda y el movimiento obrero han sufrido derrotas muy graves a consecuencia del neoliberalismo de los años 80. Las victorias de Reagan y Thatcher determinaron la forma en que finalizó la Guerra Fría, asegurando la imposibilidad de que surgiera una socialdemocracia renovada a partir de los procesos de la glasnost y la perestroika en Rusia. Analizando lo que sucedió en perspectiva, también rompieron muchas continuidades en la evolución de los nuevos movimientos, lo cual provocó la pérdida de muchas de las ideas e innovaciones emergentes de fines de los años 60 y 70. Se trataba de innovaciones muy valiosas, fruto de situaciones en que 'todo era posible' y en que la gente defendía y creía en ideas como 'la imaginación al poder'.

Ahora necesitamos muchas de esas innovaciones, no para observarlas y admirarlas, sino para seguir construyendo a partir de ellas. Se trataba de innovaciones que perseguían crear una izquierda popular y participativa, acabando con las jerarquías, con las instrumentalidades, con los monopolios de poder que en los años 50 y 60 estaban destruyendo a la izquierda en la imaginación popular. Sin embargo, desde las derrotas de los años 80, no es sólo que la ideología del mercado haya acabado dominando a la socialdemocracia. Algunas de las viejas tradiciones conservadoras también se han afianzado en la izquierda radical.

Por suerte, recuperar estos enfoques y seguir innovando a partir de ellos no es una cuestión de voluntarismo o fuerza de voluntad, ya que los nuevos movimientos ya han desarrollado nuevos estímulos para la imaginación y nuevos recursos sociales en reacción a las consecuencias de la supremacía del neoliberalismo. Estoy pensando en el movimiento altermundialista y en su uso creativo de las nuevas tecnologías, aunque también en la aparición, gracias al movimiento por el software libre, de una conciencia crítica entre todos aquellos que trabajan con las nuevas tecnologías. Estoy pensando también en el movimiento contra la guerra y sus raíces en comunidades musulmanas. Y en los movimientos de jóvenes trabajadores precarios como el que vimos en Francia. De hecho, Fanon dijo -aunque no puedo recordar la cita exacta-, que 'a medida que cada grupo se deshace de su opresión, se generan nuevos enfoques de posibles alternativas antes suprimidas'. Sin duda, el reconocimiento de estos enfoques e innovaciones debe ser un proceso consciente de investigación y diálogo y, tal como sostiene Boaventura de Sousa Santos, de traducción.

Pero volvamos a la cuestión de la izquierda europea. En realidad, no podemos hablar, en sentido estricto, de una izquierda europea como un sujeto organizado coherente. Pero sí podemos aludir a cómo un proceso de interconexión y de apertura a las influencias transnacionales -como parte de la búsqueda de nuevas ideas y como un medio de acción más efectivo frente a un enemigo cada vez más transnacional- ha sido fundamental para la reinvención de la izquierda desde 1968 hasta la actualidad. Este proceso ha hecho uso de todos los medios de comunicación y viaje disponibles, desde hacer dedo y panfletos a vuelos aéreos de bajo coste (con todas sus contradicciones ecológicas) y la web. En ocasiones, se ha centrado básicamente en ideas: la influencia de la izquierda antiautoritaria alemana en los años 70 o los autonomistas italianos en los años 70 y 80; los debates internacionales en el seno del feminismo. A veces, se ha visto impulsada por determinados acontecimientos: París 1968, Berlín 1989, Génova 2000 y los diversos foros sociales, desde Florencia a Atenas. A veces, ha sido una cuestión de utilizar las instituciones políticas mediante fuertes alianzas de la izquierda en el Parlamento Europeo; a veces, de participar en redes concretas, como las de feministas socialistas europeas, campañas contra los misiles de crucero y Pershing, y el activismo antirracista; a veces, un proceso de crear vínculos dentro de las ciudades. Ahora, cada vez hay más debate sobre un sujeto europeo consciente, que incluiría la formación de un partido de la izquierda europea.

Todo este pensamiento sobre un sujeto europeo no está vinculado exclusivamente a las instituciones europeas en su forma actual. La derrota de la Constitución Europea representó un momento importante en el desarrollo de un sujeto europeo, fruto del convencimiento de que otra Europa es posible.

Uno de los reveses en el desarrollo de un sujeto paneuropeo ha sido el fracaso de llegar con creatividad a las fuerzas de resistencia, a menudo invisibles, en el Este. Esto es, en parte, síntoma de un problema más amplio de autorreferencialidad visible en la izquierda y, en parte también, un indicio de conservadurismo, una tendencia de buscar a 'gente como nosotros', una falta de voluntad de intentar entender algo completamente nuevo y para lo que poco nos han servido nuestras categorías de análisis habituales.

Hubo un momento en los años 80 cuando un movimiento pacifista paneuropeo, que protestaba contra los misiles Pershing de la Unión Soviética y los misiles Cruise de los Estados Unidos, dio lugar a una colaboración entre movimientos cívicos del Este y el Oeste. Esta colaboración prosperó a fines de los 80 y parecía prometer que sería duradera. Pero el huracán de destrucción neoliberal marginó hasta tal punto a los disidentes democráticos y contra la globalización empresarial del Este, que los contactos sostenidos y regulares se hicieron muy difíciles. La situación sólo cambió cuando estallaron las protestas altermundialistas a ambos lados del viejo telón de acero y surgió una nueva base de colaboración. Últimamente, parece que ésta se ha retornado más permanente, aunque sigue siendo precaria, a través del Foro Social Europeo.

Estamos llegando a estas sociedades muy tarde, cuando los sectores más neoliberales de la Unión Europea y de los Estados Unidos ya han convertido a sus instituciones estatales en aliados serviles, y cuando las multinacionales europeas ya han trasladado allí su producción con unas condiciones de explotación abusiva. En realidad, en Europa del Este y Rusia hay una creciente conciencia crítica, pero existe también un elevado grado de resistencia a las instituciones políticas. A veces, esto se manifiesta de una forma muy sutil, sin descartarlas como canales con los que entablar relaciones en el futuro, pero subrayando en primer lugar la creación de una conciencia crítica pública y trabajando con redes transnacionales para consolidar puntos comunes de desafección, como serían aquellos relacionados con la privatización y el medio ambiente.

La otra frontera europea a la que tampoco se ha prestado la atención adecuada, y que ahora está asumiendo una importancia capital, es la que nos separa del sur, especialmente con el mundo árabe. Es cierto que hace ya mucho tiempo que la izquierda hizo suya la cuestión de Palestina, pero lo hizo como un asunto de solidaridad ante la injusticia, considerándola como una lucha que está 'allí', 'en el extranjero', y no como un problema que afectaba directamente a nuestra situación en Europa.

La izquierda europea vivió un anticipo del problema del fundamentalismo islámico -un problema que se ve alimentado por la injusticia permanente a la que Israel somete a los palestinos, con la ayuda de los Estados Unidos y, en gran medida, también de Europa- con el caso de la fatwa emitida contra el escritor Salman Rushdie. Este asunto adquirió un nuevo tinte durante el conflicto de los Balcanes, cuando ciertas elites enfrentadas manipularon un origen étnico y una identidad de baja intensidad hasta el punto de construir nuevas lealtades y causas. Ahora, la 'guerra contra el terrorismo' ha reforzado el fundamentalismo en Occidente y en Oriente Medio. En consecuencia, la agenda de la izquierda en algunas zonas de Europa se está ampliando para ocuparse no sólo de cuestiones de derechos humanos, en defensa de aquellos perseguidos en nombre de la seguridad, sino también de la política de la religión.

A todas estas cuestiones se está enfrentando una izquierda que se está renovando drásticamente, sacudida y agitada por movimientos encabezados por una generación que está subjetivamente libre de los legados de la Guerra Fría y que está creando sus propias visiones de un mundo alternativo sin bases ideológicas. Éste es precisamente uno de los factores que los distingue de los movimientos de los años 70 que, aunque no fueran ideológicos en sí mismos, sí estaban en constante interacción con influyentes organizaciones de la izquierda que, sin duda, lo eran. Estos movimientos contemporáneos están integrados por gran número de redes e iniciativas, y sería arriesgado intentar hacer un resumen en tan breve espacio de tiempo. Pero una de las características que tienen en común, al menos en Europa, es el acento que ponen en el proceso de organización como forma de expresar, ilustrar y desarrollar los valores de la sociedad que desean crear. Por ese motivo, entre estos movimientos se detecta un marcado escepticismo hacia los partidos políticos, con su tan arraigada cultura de la instrumentalidad. Pero también pueden ser pragmáticos y, cuando los partidos se muestran receptivos, ellos corresponden.

No hay un único patrón que permita explicar la evolución más reciente de la izquierda en Europa, pero sí se observan algunas similitudes en Europa Occidental. Por ejemplo, entre mediados y fines de los años 90, en Italia, Noruega, Portugal y Escocia surgieron nuevos partidos, se renovaron drásticamente otros ya existentes y se produjeron realineamientos innovadores. El proceso coincidió (seguramente no por casualidad) con la espectacular aparición de las primeras movilizaciones y la autoidentificación con el movimiento altermundialista. Es así como han surgido nuevas formaciones políticas, como Rifondazione Comunista, el Partido de la Izquierda Socialista de Noruega -cuyos orígenes se remontan a fines de los 60-, el Bloco Esquerda en Portugal y el Partido Socialista Escocés, que están luchando por establecer un nuevo tipo de partido político. Uno de los rasgos distintivos de su retórica y objetivos, y en cierta medida de su realidad, ha sido la ruptura con la idea del partido como líder del proceso de transformación social. Esto supuso una auténtica toma de conciencia de la realidad: que abrirse al radicalismo y, sobre todo, al internacionalismo de los movimientos emergentes que estaban marcando el ritmo de una nueva forma de acción política, y que reconocer que ellos eran simplemente un actor más entre otros muchos, era la única posibilidad de que los partidos políticos continuaran desempeñando un papel efectivo.

Estos partidos, y los activistas de los movimientos que los han apoyado, siempre con prudencia y pragmatismo, se enfrentan a nuevos desafíos derivados del hecho de representar, dentro de las instituciones políticas, una política mucho más radical de la que nunca se podría poner en marcha en las instituciones actuales. Los movimientos altermundialista y contra la guerra, además de muchos otros, también están afrontando sus propios problemas, conscientes, sobre todo después del 11-S y de la 'guerra contra el terrorismo', de que no pueden abandonar sin más la esfera de las instituciones políticas. Hay otras cuestiones a las que la izquierda europea debe plantar cara; cuestiones que ya hace años que afrontáis en América Latina, sobre todo desde los últimos reveses en Brasil y los avances en Bolivia. Así que voy a acabar planteando un par de temas que cada vez nos resultan más apremiantes y sobre los que tanto podríamos aprender mediante una colaboración profunda.

El primer tema es cómo desarrollar una relación entre los movimientos sociales y sindicales y la izquierda en el gobierno -y, en general, la izquierda en las instituciones-, combinando un apoyo crítico con una autonomía clara y consciente. La importancia de esta autonomía radica en que constituye el pilar de dos tareas: en primer lugar, desarrollar las propias perspectivas estratégicas a largo plazo del movimiento, más allá de cuestiones tácticas de gobierno inmediatas y, en segundo lugar, para que el movimiento desarrolle y ejerza sus fuentes características de poder, y actúe así sobre algunas de las restricciones que limitan las opciones de la izquierda en el gobierno.

El segundo tema conlleva profundizar la democracia de los partidos políticos, más allá de las instituciones formales. ¿Cómo se puede crear una conciencia democrática? ¿Cuáles son las condiciones culturales para la democracia? En este sentido, existe una relación inexplorada entre las luchas para democratizar el Estado y el estado de democracia dentro de un partido. (A veces, en Brasil, y puede que también en Italia, se da la paradoja de que la administración de izquierda del Estado es mucho más democrática que la organización de los partidos bajo cuyo gobierno han tenido lugar estos cambios.) El quid de la cuestión es que, tanto en América Latina como en Europa, nos enfrentamos a la necesidad de una segunda fase de democratización de los partidos. En otras palabras, tenemos partidos que han roto de forma importante con los modelos socialdemócratas y leninistas para desarrollar estructuras más pluralistas y abiertas a la influencia de los movimientos, y en que los dirigentes y los representantes parlamentarios deben, al menos formalmente, rendir cuentas. Pero cada vez está más claro -por ejemplo, con el PT y, a una escala mucho menor, con el Partido Socialista Escocés- que esta estructura formal de rendición de cuentas, de los derechos de las tendencias, no son suficientes, que debemos seguir explorando otras posibilidades para practicar una auténtica cultura de la democracia. ¿Qué se puede aprender de los movimientos en este sentido? ¿Hasta qué punto las formas de organizarse de las redes se pueden aplicar a los partidos, rompiendo así con la concentración del poder? ¿Y puede que una buena dosis de autoconciencia crítica -el tipo de atención al poder del inconsciente practicado por el movimiento de mujeres- pueda ayudar a frenar el encumbramiento de dirigentes más allá de todo control democrático?

Estamos abordando todas estas cuestiones en un contexto en que el movimiento altermundialista ha logrado victorias importantes al deslegitimar el papel de la OMC y exacerbar los conflictos internos que la están llevando a desaparecer, y en que el movimiento contra la guerra forma parte de las pesadillas políticas de Tony Blair y George Bush. Sin embargo, nuestros medios de representación política, y de hacer un seguimiento de estas victorias parciales en los ámbitos nacional y continental, siguen siendo muy débiles. Un diálogo autoconsciente entre la izquierda de dos continentes donde las condiciones políticas son lo bastante parecidas como para que los argumentos fluyan, pero lo bastante distintas como para que nos paremos a pensar, contribuirá sin duda a desarrollar unas herramientas estratégicas que necesitamos con apremio.