Rumsfeld, el Dios Vulcano

09 Noviembre 2006
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Cuando la guerra empezó a fallar en Iraq el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, dijo "son cosas que pasan", una frase crecientemente ofensiva a medida que aumenta el número de víctimas mortales en esa confrontación.

Rumsfeld siempre se ha sentido seguro de sí mismo, según sus biógrafos, especialmente porque siempre buscó protectores. Cuando empezaron a lloverle críticas el presidente George W. Bush dijo que estaba haciendo "un trabajo excelente" en una guerra que el secretario de Estado había dicho que duraría pocos meses.

Ayer el presidente norteamericano aceptó o forzó su dimisión, después que el Partido Republicano perdiese unas elecciones legislativas que han sido, en cierta forma, un referéndum sobre la presidencia y la guerra en Iraq. Al despedirse, el secretario de Defensa saliente dijo que es una guerra desconocida e incomprendida. Sin duda tiene razón pero muchos, entre ellos una larga lista de mandos militares, consideran que Rumsfeld fue el primero en no entenderla.

Esta supuesta filosofía pragmática del hacer sin entender la explicó el secretario de Defensa en 2002 cuando tuvo que responder ante el Congreso por qué la guerra ya iba tan mal. Dijo, para asombro de casi todos: "Hay cosas que sabemos que las sabemos. Hay cosas sabidas desconocidas, cosas que ahora sabemos que no sabemos. Pero también hay desconocimientos que no sabemos. Hay cosas que no sabemos que las sabemos".

Desde que llegó al Pentágono en la primera presidencia de Bush, este guerrero de la Guerra Fría quiso imponer una reforma del Ejército: más ligero, más liviano, menos efectivos, más barato y con una nueva generación de armas nucleares y de alta tecnología. Los altos cargos militares aceptaron una parte de la idea pero se resistieron a perder peso específico.

Detrás de esta reforma estaba la ideología que compartía con el actual vicepresidente Richard Cheney: Estados Unidos se había retraído después de la guerra de Vietnam y había perdido liderazgo con el multilateralismo de Bill Clinton. Había que recuperar el papel de líder mundial y hacerlo saber a los aliados europeos (en especial a los que denominó "Vieja europa": Alemania y Francia) y a las potencias que podrían ser enemigas, como China y Rusia.

Rumsfeld, que fue secretario de Defensa con el presidente Gerald Ford, había sido contrario a la política de Henry Kissinger de la distensión con la ex Unión Soviética en los años 70. Algo coherente con la visión del mundo que comparte con Cheney y otros funcionarios que ahora han estado o están en la Administración Bush.

El analista James Mann denominó a este grupo "los Vulcanos", dioses del fuego y el metal y escribió en el libro que lleva ese nombre: "Ellos están entre los convencidos que Estados Unidos no está en decadencia, que fue y debe ser la nación más poderosa y que debe promover sus valores e ideales en el extranjero (...) Los Vulcanos creen que el poder Americano y sus ideales son, en su conjunto, una fuerza de bien para el mundo".

Para alcanzar esos objetivos, Rumsfeld y Cheney pusieron en marcha una estrategia externa: guerra y represión, inclusive violando la Convención de Ginebra sobre la tortura. Y una interna: debilitar al Congreso, fortalecer el presidencialismo y aprovechar septiembre de 2001 para indicar que la sociedad estadounidense se encuentra en guerra y, por lo tanto, la Presidencia debe gobernar en estado de eterna emergencia y sin limitaciones legales.

En 1999 Rumsfeld dirigió una comisión que estableció los peligros que correría Estados Unidos si no desarrollaba su capacidad para defenderse de ataques de misiles balísticos. El informe identificó a Corea del Norte, Iraq e Irán como los países más peligrosos. Poco después Bush ganó las elecciones y Cheney impuso el nombre de Rumsfeld. A la mañana siguiente del 11 de septiembre de 2001 el secretario de Defensa puso más atención en Afganistán y en la futura guerra de Iraq que en Al Qaeda.

Defensor de la idea que Saddam Hussein tenía armas nucleares, dijo saber inclusive exactamente en qué sitios estaban, aunque se negó a decirlo a los inspectores de la ONU. Unió fuerzas con los denominados neoconservadores de la administración Bush (Richard Perle, Paul Wolfowitz) y mandó a la guerra en un país complejo y desconocido a miles de jóvenes. Los errores de la postguerra y la estrategia militar equivocada, unidas a las tensiones entre identidades en Iraq y el sentimiento contra la ocupación de Estados Unidos y Gran Bretaña hicieron el resto.

En el último año, senadores y congresistas republicanos y demócratas, altos mandos militares, periodistas y familiares de soldados pidieron su dimisión. Al presidente, y especialmente al vicepresidente, Rumsfeld les ha servido de parachoques. Ahora estarán más desprotegidos.

Al final Bush le ha entregado como ofrenda por la derrota electoral. Una ofrenda barata, porque Rumsfeld, con sus generales en rebelión, ya estaba quemado. Él quizá ha pensado "son cosas que pasan". Ahora queda por ver si los últimos Vulcanos y el nuevo secretario de Defensa, ex director de la CIA, Robert Gates, cambiarán el rumbo.

Published by Radio Netherlands