Segunda carta desde Europa

13 Diciembre 2007
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Durante décadas, el turismo ha crecido hasta convertirse en una de las modas para ir de compras en el extranjero, o en otra ciudad del propio país. Hace menos de 200 años, la gente pensaba en los viajes como una manera de ampliar la educación. ¿Consideraría alguien que Lord Byron era un turista en Grecia, o que Alexis de Tocqueville fue de compras a Estados Unidos en el siglo 19? Las excursiones a los museos y a las ruinas que incluyen los paquetes turísticos se suministran repletos de guías que dan conferencias a sus rebaños con datos memorizados acerca de cuadros y esculturas. El grupo da una ojeada a “grandes cuadros” a su paso por la sección dedicada a Goya o El Greco en el Museo del Prado de Madrid. Algunos museos e iglesias alquilan audífonos por medio de los cuales los turistas escuchan el mismo parloteo --entre una misa y otra, claro está. Me maravillé de la eficiencia de una conferencia de historia del arte grabada en cinta que recibí en la iglesia de Santo Tomé, en Toledo, donde se puede ver la obra maestra de El Greco, pintada en 1586, “El entierro del Conde de Orgaz”. A una hora por carretera, al sur de Madrid, observé desde un banco a San Esteban y San Agustín --que han descendido del cielo-- ayudando a colocar el cuerpo del devoto Conde en el ataúd. No tenía que imaginar a la gente de hace cinco siglos orando desde bancos más primitivos mientras un sacerdote explicaba el milagro del entierro de Orgaz. Al igual que los antiguos feligreses, observé la obra maestra del Greco, los colores, enmarcado e imaginación. Por medio de los audífonos que transmitían la conferencia grabada, supe que El Greco en realidad pintó el mural para que cupiera en una pared de la iglesia. El cuadro muestra el alma de Orgaz, representada por un bebé en el centro, ascendiendo al cielo con la ayuda de un ángel. En realidad El Greco pintó un retrato de su propio hijo en la parte inferior izquierda. Y también se pintó a sí mismo en la última fila de los dolientes que miran a su supuesta audiencia. Encima vemos las maravillas del cielo, ángeles y querubines y el santo poder. Debajo, los buenos vecinos dicen adiós a su generoso benefactor, supuestamente un hombre devoto que dejó dinero para agrandar y decorar la iglesia de Santo Tomé, que era también la iglesia de El Greco. Cada año, en la fecha de la muerte de Orgaz, la iglesia recoge diezmos entre los vecinos. Ciertamente la Iglesia, cuya rama norteamericana se queja de cuánto dinero ha tenido que pagar a las víctimas de sacerdotes pedofílicos, no puede ni comenzar a contar sus tesoros terrenales, incluyendo algunas de más grandes obras de arte. Los cuadros que cuelgan en el Museo del Vaticano y en muchas otras iglesias en Italia, España y otros lugares producen ingresos constantes. Los guías y los que alquilan su voz para las grabaciones, así como los que escribieron los textos, se ganan la vida con los muchos millones de personas que visitan los atractivos lugares --donde las autoridades españolas han preservado edificios (ruinas) y obras de arte. Mientras mis compañeros de viaje me llamaban para ver la próxima obra de arte en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, me maravillaba de cuántos datos secos podían embutirse en una conferencia, desde el lugar y fecha de nacimiento del pintor, hasta el significado de los detalles del cuadro, e incluso unas pocas palabras acerca de las costumbres de la época, sin hacer ningún juicio crítico, por supuesto. Por gran parte de Europa se ven edificios antiguos --o parte de ellos-- así como grandes pinturas y esculturas. Pero las monarquías que pagaron por ellos hace mucho que mordieron el polvo de la historia. Por toda Italia y España uno debe reconocer lo lista que ha sido la Iglesia para contratar a grandes pintores que representaron magníficamente los mitos en las paredes y cielos rasos de las iglesias. Los judíos no adornan sus lugares de culto. Es más, sus mitos, más sencillos que los del cristianismo (solo un Testamento, no dos), dependen en gran medida de la culpa y el sobrecogimiento y el asombro del mundo natural que uno debe experimentar fuera de la sinagoga. Un amigo me mostró una sinagoga del siglo 12 en Barcelona, situada en el antiguo ghetto de esa ciudad. Pagamos 2 euros cada uno y una joven comenzó a explicarnos en un tono muy serio de conferencia cómo había sido descubierto recientemente aquel antiguo lugar de culto, y cómo se encontraron debajo ruinas romanas. Ella sonaba casi pomposa cuando declaró que bajo la fe hebrea las mujeres y los hombres estaban segregados. Nos mostró donde estaba situado la torá encuadernada en cuero. El local, en el que no cabrían más de treinta personas, ahora contiene una menora (candelabro) de hierro forjado, con espacio para siete velas. Los judíos, explicó la guía, construyeron hasta cinco sinagogas, aunque solo queda la Sinagoga Principal. En 1995 el dueño de la propiedad la puso en venta para un bar o un café, pero los conservadores del pasado de la ciudad compraron el edificio y los restauraron. Impresionante, pensé. Pregunté a la guía, que tenía un claro acento argentino, por qué había ido a Barcelona. “Para estudiar”. ¿Estudiar qué? “Comunicaciones de moda.” ¿Comunicaciones de moda? ¿Qué es eso? “Todavía no lo sé. Lo estoy descubriendo a medida que estudio.” ¿Y la antropología que tuvo que aprender para darnos esta conferencia? “ES parte del trabajo”, y sonrió. Nos mostró el lugar donde podíamos comprar tarjetas postales y otros recuerdos para demostrar a los amigos en casa que habíamos visitado realmente este santuario. ¡Cómo choca el vistoso presente comercial con el aburrido pasado comercial, especialmente en los vecindarios judíos donde aún existen vestigios, como los milkves (baños rituales judíos)! Los baños de los hombres han sido reemplazados por una tienda de muebles, pero el cielo raso aún conserva algunos arcos originales del período antiguo. Si se miran cuidadosamente las puertas del baño de mujeres se podrán ver los espacios donde se colgaban los mezuzas, pequeñas cajas de metal en las que se guardaban oraciones enrolladas apretadamente. En las paredes del ghetto aún se ven unas pocas inscripciones borrosas en hebreo. Algunos judíos regresaron a Barcelona o emergieron de siglos de vida religiosa clandestina —especialmente después de la muerte de Franco en 1976. Vi una tienda que anunciaba productos kosher. En Roma, en el sector judío hay una tienda que se llama MC Kosher —donde la comida rápida se deriva solamente de animales cuyo sacrificio ha sido supervisado por un rabino, lo que garantiza la calidad religiosa de cada suculento bocado. Los turistas pasan por estas áreas “históricas” que ellos “tienen” que ver, buscando comprar artículos (tarjetas postales, grabados, cualquier cosa) para demostrar a amigos y familiares que han visto una vieja sinagoga en el propio Vaticano. Una anécdota cuenta de una vieja pareja de judíos que regresó de Roma y contaba a los amigos acerca de su gran experiencia en la Ciudad Santa. “¿Vieron al Papa?”, pregunta un amigo. ¿Que si lo vimos? Comimos con él.” “¿Y?” “Él me gustó. Ella no me cayó tan bien.” Una desafortunada pareja norteamericana a punto de abordar un crucero de Barcelona hacia el Caribe sufrió el síndrome del equipaje perdido. Sí, perdido en o por los cielos amistosos. Escuché por toda Europa a los norteamericanos que se quejaban de retrasos, equipaje perdido, insultos del personal de la línea aérea, asientos estrechos —mientras caminábamos por las antiguas ruinas y mirábamos los lugares donde se celebraban las carreras de carros y donde cuelgan las grandes obras maestras. Llegué a la conclusión de que el turismo ha sustituido a los viajes. Ha extendido ingeniosamente el dominio del gran valor espiritual de ir de compras. “Cuando le enseñe este mantón a mi amiga Cecile”, dijo una mujer después de comprar un pañuelo de seda para el cuello de un vendedor ambulante en Venecia, “no va a creer que se pueden conseguir estas gangas aquí. Seda legítima y solo 10 euros”. “Vosotros, los que han sabido lo que es adorar Unos pocos objetos queridos, tristemente sabrán Que tales despedidas rompen el corazón que amablemente esperan curar”. Así escribió Byron en 1812. (La peregrinación de Childe Harold) Más tarde, observó: “Lo que el Cielo ha hecho por esta tierra deliciosa: ¡Qué frutos de fragancia se sonrojan en cada árbol! ¡Qué importantes prospectos se extienden por las colinas! Pero el hombre los mancilla con mano impía”. Byron parece un medioambientalita prematuro, un viajero que busca las raíces de su legado inglés. Hoy un hombre así daría mala reputación al turismo. Tocqueville conoció a Estados Unidos antes de que los centros comerciales y Wal-Mart dominaran el paisaje. Conoció a “un país donde tienen libertad de palabra, pero todos dicen lo mismo”. En 2007, el lema norteamericano parece ser: “Libérense del estrés y la ansiedad. No actúen de manera política: Compren. ¡Aquí y en el extranjero!”