¿Ser demócrata es ser de izquierdas?

14 Octubre 2007
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El debate sobre el futuro de la izquierda en Europa supone replantear el ejercicio de la política como instrumento de transformación social.
Ante la afirmación de que la respuesta a la crisis de identidad de la variopinta izquierda europea es la creación de un "partido democrático", de amplios y difusos perfiles, convendría saber si el problema es de nombre o de contenido. Parece impensable referirse al futuro de la izquierda en Europa sin anclar ese debate en la democracia y su profundización. Pero conviene aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de democracia. Aceptemos que deben existir unas reglas mínimas sobre las que fundamentar un ejercicio democrático (Asamblea legislativa y representativa, no discriminación e igualdad de voto, libertad de elección entre alternativas que compiten, principio mayoritario y garantías para las minorías, responsabilidad del Gobierno), pero sabiendo que la existencia de esas reglas no implica el que se consigan los fines que desde siempre han inspirado la lucha por la democratización de nuestras sociedades; es decir, la igualdad no sólo jurídica, sino también social y económica. Esa aspiración fue la razón de ser de los movimientos democráticos desde que se alteraron los principios teocráticos y autoritarios del poder. Los "levellers" en Inglaterra o los "egaux" de Babeuf, por retrotraernos a los orígenes, no se conformaban con el principio representativo como nuevo elemento constitutivo, sino que pretendían hacer realidad la aspiración igualitaria, la aspiración democrática. Lo que ha ocurrido en los últimos años es un creciente desapoderamiento de la capacidad popular de influir y condicionar las decisiones, y tenemos el peligro que de las aspiraciones democráticas -"las promesas de la democracia" (Bobbio)- nos acaben sólo quedando los ritos formales e institucionales. Nos quedamos con las reglas, desaparecen los valores. Dice Albert Hirschman que un régimen democrático consigue legitimidad cuando sus decisiones emanan de una completa y abierta deliberación entre sus grupos, órganos y representantes. Pero eso es cada vez menos cierto para los ciudadanos, cuando son las corporaciones y lobbies económicos los que influyen y presionan a unas instituciones que no disponen de los mecanismos de que disponían para equilibrar ese juego. Crece la "exclusión política" al crecer las situaciones de exclusión social (que reducen el ejercicio de ciudadanía), y porque crece la sensación de inutilidad del ejercicio democrático-institucional en esa "democracia de baja intensidad" -con fuertes limitaciones de las capacidades reales de los gobiernos en el nuevo escenario de mundialización económica-, o porque los actores político-institucionales están cada vez más encerrados en su universo autosuficiente. La reserva de legitimidad de la democracia se va agotando, cuando su aparente hegemonía como "único" sistema viable y aceptable de gobierno parece mayor que nunca. En el contexto actual de cambio de época, la democracia es, pues, una expresión que explica menos, al estar permanentemente en boca del FMI, del Banco Mundial, de la ONU, o de protagonistas tan dispares como Bush, Chávez, Sarkozy, Morales, Putin, Aznar o Ibarretxe. Y lo cierto es que, si tratamos de recuperar su sentido primigenio y complejo, la democracia y la aspiración igualitaria que contiene, no es algo que pueda asumirse por ese variopinto conjunto de actores e instituciones pacíficamente y sin contradicciones. La ciudadanía aumenta su escepticismo-cinismo en relación con la actividad político-institucional, y en esa línea, la relación con políticos e instituciones tiende a volverse más utilitaria, más de usar y tirar, con pocas esperanzas de influencia o de interacción "auténtica". El debate sobre el futuro de la izquierda en Europa adquiere, pues, nuevos significados. El tema no es cómo recuperar o mantener el poder, y si ayuda para ello el llamarse "partido democrático"; lo significativo es replantear el ejercicio de la política como instrumento de transformación social. La pregunta sería ¿cómo avanzamos hacia un mundo en el que los ideales de autonomía, emancipación e igualdad puedan cumplirse de manera más satisfactoria, manteniendo además la aceptación de la diversidad como elemento estructurante en un escenario indefectiblemente globalizado? La respuesta es "democracia". Una democracia que recupere el sentido transformador, igualitario y participativo. Y que, por tanto, supere esa visión utilitaria, formalista, minimalista y encubridora muchas veces de profundas desigualdades y exclusiones que tiene ahora en muchas partes del mundo. Recordemos que capitalismo y democracia no han sido nunca términos que convivieran con facilidad. La fuerza igualitaria de la democracia ha casado más bien mal con un sistema económico que considera la desigualdad como algo natural y con lo que hay que convivir de manera inevitable, ya que cualquier esfuerzo en sentido contrario será visto como distorsionador de las condiciones óptimas de funcionamiento del mercado. No queremos con ello decir que democracia y mercado son incompatibles, sino que no pueden convivir sin tensión. Una tensión que surge del carácter eminentemente conflictivo y antagonista de la política que no puede desgajarse de la división social, cuando, en cambio, muchas veces se trata de minimizar ese conflicto o de silenciar las voces discordantes con un aparente consenso universal con la "democracia". Puede haber consenso con los que defiendan los valores ético-políticos de libertad e igualdad para todos, pero seguirá existiendo conflicto político sobre la interpretación concreta de esos valores, y sobre los efectos desestabilizadores de las condiciones subordinadas y desiguales de partida. Desde la izquierda, se ha de llevar el debate de la democratización a esferas que parecen hoy blindadas: qué se entiende por crecimiento, qué entendemos por desarrollo, quién define costes y beneficios, quién gana y quién pierde ante cada opción económica aparentemente objetiva y neutra. Desde un punto de vista más estrictamente político, lo primero es entender que la política no es sólo institucional. Y lo segundo es que política quiere decir capacidad de dar respuesta a problemas colectivos. Por tanto, parece importante avanzar en nuevas formas de participación colectiva y de innovación democrática que no se desvinculen del cambio concreto de las condiciones de vida de la gente. Bienvenido el partido demócrata en Italia o en Europa si ese cambio de nombre no es una "rendición" a una realidad que se acepta como es, con sus jerarquías consolidadas, con sus desigualdades entendidas como "naturales". Bienvenido si logra recuperar el sentido primigenio y transformador de la palabra "democracia". Pero me temo que las cosas no están yendo por esos derroteros. Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona.