Sobredosis de conexión

06 Diciembre 2007
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La omnipresencia de las tecnologías de la información y la comunicación empieza a ser preocupante. Conectamos, pero no vinculamos. Estamos informados, pero no nos sentimos ligados. Ése es nuestro problema.
Ocurre muchas veces que lo que uno sueña acaba convirtiéndose en realidad, y que esa materialización resulta muy distinta de lo que nos habíamos imaginado. Los inicios de la era de Internet presagiaban grandes novedades en las dinámicas de comunicación. Y realmente, nuestras vidas han cambiado radicalmente en lo referente al acceso, tratamiento y almacenaje de la información. Y es evidente, asimismo, que las facilidades de conexión en cualquier lugar se han acrecentado hasta lo indecible, resolviendo problemas que hasta hace poco tiempo resultaban inabordables. Pero estos nuevos recursos están alterando de manera tan profunda nuestra cotidianidad que empiezan a aparecer fenómenos que revelan abuso de la conexión, síndrome de conectividad, sobredosis de información y exceso de acceso. La omnipresencia de las tecnologías de la información y la comunicación empieza a ser preocupante, y está generando ya situaciones de adicción, de desconexión de lo real, de alteración de situaciones y de relación con personas que revelan una falta de dominio del recurso. Hace unos días el periódico Le Monde recordaba que ya en el año 2002 el Fórum de los Derechos en Internet reclamaba un "derecho a la desconexión". Y cada vez hay más gente que comenta el estrés que representa la constante presencia de los artilugios que te mantienen conectado lo quieras o no. Más gente que vive con tensión el no estar conectado de manera casi permanente. ¿Me estaré perdiendo algo? ¿Alguien o algo muy significativo pretende conectar conmigo y yo estoy aquí perdiendo el tiempo comiendo con mis padres, charlando con mi vecina, alargando el café con el camarero del bar o entreteniéndome con el pesado del quiosquero que pregunta por la salud de mi tía? Hasta ahora uno podía tener la ilusión de que podía quedarse tranquilo si apagaba su teléfono móvil o no consultaba su ordenador, pero es cada vez más evidente que proliferan artilugios que siguen manteniéndonos conectados lo queramos o no. Los llamados tags RFID, o etiquetas de identificación por radiofrecuencia, están extendiéndose de manera imparable en los sistemas de almacenamiento y logística de productos comerciales, apertura y cierre de mecanismos, acceso a dossiers sanitarios o educativos, y muchos otros sectores y utilidades. Las etiquetas RFID tienen diversas ventajas: son pequeñas, pueden ser incorporadas o adheridas a personas, animales o productos, y al contener antenas que las mantienen conectadas por radiofrecuencia, permiten un constante seguimiento e identificación. En la mayoría de los casos no requieren energía, y su superioridad con relación a otros sistemas, por ejemplo los infrarrojos, es que no precisan que emisor y receptor entren en contacto directo. Los problemas empiezan con las dudas sobre quién procesa toda esa información, con qué finalidad, con qué controles... Y todo ello junto con la evidente explosión de videovigilancia que deja poquísimos espacios libres de la potencial mirada de ojos ajenos. Hay personas y lugares (espacios de terapia, salas de arte...) que han decidido usar distorsionadores de frecuencias para bloquear el uso de los móviles en el entorno el que buscan aislamiento y concentración, logrando así por la fuerza lo que no consiguen con la sugerencia. Se vende en Internet un mando a distancia universal que permite apagar a voluntad cualquier televisor que moleste especialmente en un establecimiento o espacio, público o privado. Todo ello viene, además, aderezado por una publicidad omnipresente, que contamina y banaliza todo lo que toca; una publicidad que genera la constante sensación de que todo los que nos rodea está clamorosamente aquejado de obsolescencia. Con lo cual, la salida es la constante búsqueda de la novedad, de las nuevas incorporaciones y gadgets que convierten nuestros apenas estrenados objetos en algo que nos acaba resultando antediluviano pasados solamente unos días. Es cada vez más difícil acabar una canción, oír entera una noticia. Todo se fracciona y se facilita. Y ello es sobre todo así en el mundo de las comunicaciones. La fuerza del cambio está en conseguir mayores capacidades de conexión, más solapamientos de sistemas de comunicación (teléfono, e-mail, GPS, radio, televisión...) en formatos cada vez más compactos y más transportables. La consecuencia es que en todas partes estás localizable, en todas partes puedes trabajar, en todas partes puedes operar, en todas partes puedes saber, en todas partes estás al lado. Y se reducen los espacios y momentos de privacidad, de introspección, de reflexión. Todo es igualmente y anodinamente urgente. Y lo que quizá es verdaderamente importante desaparece en una lluvia constante de mensajes y señales. Vivimos en una especie de bulimia económica, con constante sensación de que tenemos que conseguir lo último y de que, una vez conseguido, acabamos sintiendo inmediatamente la reacción de que hemos obtenido lo penúltimo. Empiezan a surgir propuestas de reacción ciudadana y de guerrilla de insubordinación a esta sobredosis de consumo y conexión. Desde aquellos que proponen un día a la semana sin e-mails, hasta los que tratan de organizar una huelga de consumo o que, sin tapujos, proponen acabar con todos los RFID con que uno se encuentre. Los médicos y psicólogos apuntan que crecen las disfunciones provocadas por sobredosis de Internet, y se han detectado un par de casos de personas con muertes aparentemente motivadas por obsesivas e indefinidas partidas de videojuegos. Asistimos a crecientes daños y víctimas colaterales del consumismo (Bauman). Nos esforzamos en seguir un ritmo de consumo que define nuestro estatus, y ello provoca ansiedades, ausencias y fugacidades con las personas cercanas que mitigamos buscando regalos con los que compensar los desencuentros generados. Y mientras, los nuevos desheredados son los que no consumen, los que no están conectados. Lo que nos define es lo que consumimos y nuestra capacidad de conexión. Lo que define a una persona de éxito es su capacidad para no estar nunca aburrido, nunca desconectado. Conectamos, pero no vinculamos. Estamos informados, pero no nos sentimos ligados. Ése es nuestro problema.