Syriza: un faro en una Europa a la deriva

04 Diciembre 2012
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Mientras Grecia sigue hudiéndose en el pozo del rescate, los poderes europeos siguen insistiendo en la inevitabilidad de la crisis. Sin embargo, hay alternativas y Syriza nos muestra una salida posible.

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En el majestuoso escenario del Parlamento griego, Alexis Tsipras, el presidente del grupo parlamentario de la coalición de la izquierda radical Syriza, abre el primer encuentro de sus 71 nuevos diputados con su característica mezcla de calma y simpatía.

En ese mismo momento, los y las activistas de Syriza están organizando por todo el país asambleas de barrio, manteniendo ‘cocinas solidarias’ y mercadillos, trabajando en centros médicos sociales, protegiendo a los inmigrantes de los ataques de Amanecer Dorado –el nuevo partido fascista que obtuvo el 7 por ciento de los votos en las elecciones de junio de 2012–, generando corrientes de Syriza en la base de los sindicatos y poniendo en marcha la transición de una coalición de 12 organizaciones políticas (con 1,6 millones de votantes) a un nuevo tipo de partido.

En medio de todo esto, los activistas encuentran aún tiempo para cocinar, bailar, debatir y organizarse en un festival antirracista de tres días. Este festival anual, que celebra su decimosexta edición, fue creado por 40 organizaciones para “interceptar”, en palabras de Nicos Giannopolous, uno de sus impulsores, “el aumento del nacionalismo y el racismo a principios de los años noventa”. Por sus objetivos, principios organizativos y por la cultura plural que promueve, el festival simboliza la fuerza de la sociedad civil internacionalista que Syriza ha ayudado a construir y de la que ella es también, en gran medida, fruto. Ahora, en la organización del evento participan más de 250 organizaciones y partidos, y más de 30.000 personas de todas las edades y orígenes étnicos llenan el espacio, aún público, del parque Goudi de Atenas.

Uno de los objetivos comunes de toda esta actividad es cómo transformar el apoyo electoral ofrecido a Syriza en una fuente de poder social autoorganizado para el cambio, así como en beber de ella como senda electoral hacia el gobierno. Cuando en las elecciones generales anteriores, celebradas el 6 de mayo, Syriza se hizo con el 17 por ciento de los votos, muchos activistas no salían de su asombro. Al fin y al cabo, apenas tres años antes, con el 4,7 por ciento de los votos, la alianza solo había rebasado por poco el 3 por ciento mínimo para entrar en el Parlamento. Por eso, cuando en las elecciones del 17 de junio el voto de Syriza aumentó hasta el 27 por ciento, sus simpatizantes habían empezado a imaginar seriamente que su coalición podría llegar al gobierno.

Dimitris Tsoukalas, uno de los nuevos diputados de Syriza y en su día integrante del Pasok –el principal partido de centro-izquierda de Grecia desde su fundación, en 1974–, describe el voto como “una expresión de necesidad”. La historia reciente de Tsoukalas ilustra a la perfección el desmoronamiento del Pasok, así como el equilibrio del poder político en los sindicatos. Tsoukalas, que en su día fue presidente del sindicato de trabajadores y trabajadoras de la banca, dimitió del Pasok el día después de que el hasta entonces primer ministro, Georgios Andreas Papandreou, firmara el memorando de entendimiento sobre las reformas en materia de política económica con la Troika, formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Tsoukalas se sumó entonces a la coalición ‘No al memorando’, que se enfrentaría al Pasok en las elecciones regionales del Ática, en las que el voto del Pasok comenzó a venirse abajo, del 40 al 23 por ciento.

Tsoukalas, sin embargo, no se está dejando llevar por el éxito de Syriza y advierte de que “los votos pueden ser como la arena”. Está claro que el viento no volverá a arrastrar la arena hacia el terreno del Pasok. Pero Nueva Democracia, el principal partido de la derecha en Grecia y primero en las elecciones de junio, pudo recoger los frutos del miedo que el propio partido y toda una serie de medios de comunicación se dedicaron a sembrar ante la posibilidad de una victoria de Syriza. Está también el riesgo de que algún viento traicionero remueva la arena en dirección a Amanecer Dorado. Fundada a principios de los años noventa como una organización fascista marginal y en los límites de la legalidad, Amanecer Dorado se ha ganado en los últimos tiempos una mayor simpatía electoral y popular reavivando una tradición explícitamente fascista que busca una respuesta xenófoba y antiinmigrante a la destrucción social provocada por las políticas de la Troika.

Los orígenes del cambio

Por el momento, sin embargo, han sido Syriza y la izquierda quienes han alcanzado los logros más sustanciales a raíz de la crisis de la deuda griega. ¿De dónde viene esta organización política que se arraiga en los movimientos y que está a la vez seriamente empeñada en reestructurar el Estado? ¿Cuál es su carácter organizativo y cultural?

No es ahora el momento de análisis categóricos. Las estructuras del nuevo partido deberán ser discutidas por sus militantes y simpatizantes, recién llegados y veteranos, durante los próximos seis meses. Pero sí es posible, aprendiendo de su historia, esbozar la personalidad con la que se aventura en esta nueva fase. Y todas las personas con las que hablé en Grecia insistían en que los principios fundamentales no deben cambiar.

Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical, fue fundada en 2004, después de que una nueva generación de jóvenes activistas del partido de izquierdas Synaspismos, entre los que estaban Alexis Tsipras y Andreas Karitzis, un coordinador político clave, asumieran con éxito la cúpula del partido. Esta generación se había formado con el movimiento altermundialista de la primera década del siglo, y sobre todo con las grandes manifestaciones de Génova en 2001 y los Foros Sociales Europeos, entre ellos el que tuvo lugar en Atenas en 2006. La experiencia de los foros sociales, de hecho, fue decisiva para distanciar la cultura predominante de la nueva izquierda griega de toda lealtad a una ideología concreta, abrazando en su lugar el pluralismo, la colaboración democrática, la apertura y la convicción en la importancia de proponer una alternativa.

Esta cultura creció en terreno fértil. Los y las jóvenes activistas e intelectuales que ayudaron a fundar Syriza pertenecían a la primera generación que rechazaba el capitalismo tras la caída de la Unión Soviética y que llegaba a la izquierda sin estar ya comprometida con alternativas ‘reales existentes’. Su implicación en distintos movimientos y luchas fue parte de un proceso que buscaba desarrollar una alternativa en lugar de promover un modelo ya elaborado por otros.

Sabían que gobernar desde arriba no funcionaría, pero tampoco sabían qué era lo que sí podía funcionar. “Intentamos encontrar otro camino”, explica Karitzis. “Creo que necesitas el poder político del Estado, pero también es decisivo lo que estás haciendo en los movimientos y en la sociedad antes de asumir el poder. El 80 por ciento de los cambios sociales no pasan por el gobierno.”

Synaspismos ofreció el espacio ideal para este intento de crear un nuevo tipo de socialismo, un proceso práctico pero basado en principios sólidos. Synaspismos era el resultado de numerosas divisiones internas en los sectores comunistas, que buscaban romper con el estalinismo y, a la vez, alejarse de toda conciliación con el capitalismo. En general, los jóvenes de la nueva cúpula fueron bienvenidos por los camaradas más veteranos, que ya habían involucrado a Synaspismos en el movimiento altermundialista.

Syriza da una gran prioridad a apoyar y propagar redes que sistematizan las prácticas de apoyo mutuo informal profundamente arraigadas en la sociedad griega.


Partiendo de la fuerte convicción de que la izquierda radical debía apostar por la colaboración, Synaspismos siguió trabajando con las organizaciones con las que había preparado el Foro Social Europeo en Atenas. Entre ellas había otras organizaciones políticas (maoístas y trotskistas, por ejemplo) y redes ecologistas, feministas, de homosexuales y de derechos sociales. Todas ellas acabaron confluyendo para formar Syriza bajo la bandera que representa a la coalición: verde, roja y morada. Fuera se quedó, con los brazos cruzados y seguro de su cada vez más imaginaria fortaleza interna, el Partido Comunista Griego (KKE) y su dogmatismo aparentemente inamovible. En aquel momento, el KKE contaba con el 7,5 por ciento de los votos. Sin embargo, en las elecciones de junio de 2012, el porcentaje había caído hasta el 4,5 por ciento. (Hay indicios de que los afiliados más jóvenes están volviendo la mirada hacia Syriza, ya que el KKE parece ser una organización poco propensa a cambiar.)

Cuando, nueve años y muchos movimientos después de la puesta en marcha del Foro Social Europeo, las fuerzas a favor del cambio convergieron en la plaza Syntagma de Atenas, los integrantes de Syriza también estaban allí. Yanis Almpanis, un miembro de Syriza que participa activamente en la Red por los Derechos Sociales y Políticos, explica cómo participaron en las primeras manifestaciones contra la austeridad: “Varios grupos pequeños comenzamos a reunirnos en la plaza, ya fuera porque nos conocíamos o porque estábamos de acuerdo con lo que estaban reivindicando los demás”. Había también principios compartidos –como, por ejemplo, no permitir que se corearan consignas en contra de los inmigrantes– a los que se recurría para encontrar soluciones prácticas en las discusiones generales. El primer día, por ejemplo, mucha gente llegó a la manifestación con banderas griegas y no permitió que se desplegaran banderas de partidos. Tras unos días y muchos debates, surgió la idea de tener banderas de varios países, entre ellos los protagonistas de la llamada ‘primavera árabe’. “Aquello cambió por completo la imagen de la acción”, comenta Almpanis. “Así es como se construye un movimiento radical y político.”

Fue esta inmersión en los valores de los movimientos sociales, además de la revuelta que se desencadenó en 2008 por el asesinato de Alexandros Grigoropoulos a manos de la policía, lo que llevó a mucha gente a decidir que Syriza era el instrumento político en que se podía confiar para ayudar a Grecia a librarse del memorando. “Syriza siempre ha estado con nosotros”, dice Tonia Katerini, de la coalición Ciudad Abierta. Este es un sentimiento que escuché una y otra vez.

Cuando Tsipras declaró que Syriza estaba preparada para formar un gobierno que detuviera las políticas del memorando y rompiera con el viejo orden dominante, unió la rabia con la esperanza. El Parlamento está a cierta distancia de la plaza Syntagma. Syriza se estaba comprometiendo a abrir un canal de poder y energía que fluyera en ambas direcciones, de las plazas y la sociedad al Parlamento, y viceversa.

Una solidaridad politizada

En su trabajo fuera del Parlamento, Syriza da una gran prioridad a apoyar y propagar redes que sistematizan las prácticas de apoyo mutuo informal profundamente arraigadas en la sociedad griega. Hay, por ejemplo, comedores solidarios que están directamente relacionados con los productores de los alimentos, profesionales de la medicina que responden a la crisis del sistema sanitario creando centros médicos sociales, ayuda para realizar acciones cuando a alguien le cortan la luz y asesoramiento jurídico en los tribunales para afrontar casos de impago de hipoteca. La participación de Syriza en este trabajo se debe en parte a que es muy consciente del peligro que plantea Amanecer Dorado. Andreas Karitzis subraya que si la izquierda “no construye nuevas conexiones sociales, habrá otro que lo haga”.

Los sectores fascistas ya están creando su propia infraestructura social, reservada exclusivamente a los griegos, y pasando a la acción directa para expulsar a los inmigrantes.


En efecto, los sectores fascistas ya están creando su propia infraestructura social, reservada exclusivamente a los griegos, y pasando a la acción directa para expulsar a los inmigrantes. El 23 de junio, por ejemplo, un grupo de matones de Amanecer Dorado asaltó varias tiendas de comestibles regentadas por paquistaníes en el barrio obrero de Nikea, cerca del puerto del Pireo, amenazándoles con que tenían una semana para irse “o si no...”. Syriza había obtenido el 38 por ciento de los votos en Nikea (el apoyo electoral a Syriza fue más elevado en los barrios de clase trabajadora y entre los menores de 35 años) y, después del asalto, el partido ayudó a organizar una marcha para apoyar a los comerciantes paquistaníes en la que participaron 3.000 personas.

Estas redes de solidaridad, en las que Syriza es solo un actor más entre muchos otros, funcionan sobre una base explícitamente democrática y de autogestión. “Invitamos a la gente a participar, a involucrarse en la organización; les explicamos que la solidaridad consiste en dar y recibir”, explica Tonia Katerini.

Las redes no sustituyen el Estado del bienestar. “La gente se enfrenta a problemas de supervivencia”, comenta Andreas Karitzis. “Nosotros no podemos solucionar esos problemas, pero podemos ayudar a socializarlos. Estas iniciativas solidarias pueden ser una base para luchar por el Estado de bienestar. Por ejemplo, el personal médico que participa en los centros médicos sociales también lucha en los hospitales para conseguir más recursos y garantizar el tratamiento gratuito. La idea es cambiar la mentalidad de las personas sobre qué pueden hacer, desarrollando, con ellas, su capacidad para ejercer poder”. De este modo, consolidar el voto de Syriza supone también prepararse mejor para el gobierno: “Si dentro de unos meses llegamos al gobierno, la gente estará más preparada para luchar por sus derechos, para asumir el control de los bancos y muchas otras cosas”.

Preparándose para el gobierno

El quehacer en la oposición parlamentaria como oportunidad de prepararse para el gobierno es algo que también motiva a los integrantes de Syriza que están trabajando más cerca del Estado. Aristides Baltas, coordinador de la comisión de programa de Syriza, habla sobre el trabajo que están desarrollando diputados, expertos, funcionarios y organizaciones cívicas a través de varios comités para proponer políticas alternativas. “A través de los miembros de Syriza que son empleados públicos de primera línea –y Syriza obtuvo más del 50 por ciento de los votos del funcionariado– estamos identificando los obstáculos, aprendiendo a quién recurrir y entendiendo cómo canalizar las ideas del personal que está comprometido con el bien público”, afirma.

Estos comités, que son abiertos y mantienen vínculos con los movimientos sociales, buscan ser una forma neutralizar la tendencia de las instituciones parlamentarias a distanciar a los representantes de incluso los partidos más radicales de los movimientos para los que persiguen ser un recurso político. Baltas, activista y profesor de Filosofía de la generación más veterana de Synaspismos, el mayor partido de la coalición Syriza, coordinó la redacción de un detallado programa de 400 páginas en que participaron tanto integrantes de Syriza como simpatizantes de todos los ámbitos sociales y políticos. Este proceso ayudó a la coalición a fortalecer su convicción en las soluciones positivas y a afrontar con confianza una posible entrada en el gobierno. Uno de los cuatro apartados del programa trata, de hecho, sobre ‘la reestructuración del Estado’.

Baltas resume el plan que Syriza está preparando para poner en práctica en todos los ministerios. Se trata de una ambiciosa estrategia para democratizar un Estado que está corrupto institucionalmente. Y representa también un desafío directo a las ambiciones de la Troika, que aboga por modernizar el Estado griego a través de las privatizaciones. Así, los comités de Syriza se están preparando para acabar con los bastiones de la corrupción y abrir el trabajo de todos los ministerios a las capacidades, hasta ahora ignoradas, de los empleados públicos, fomentando y potenciando la honestidad que, según Baltas, caracteriza por lo general a los profesionales del servicio público.

Con los gobiernos del Pasok y Nueva Democracia, cada ministro designa a 40 o 50 asesores que lo controlan todo. Esto, dice Baltas, “es una estructura letal, que sofoca toda posible iniciativa y genera puntos de corrupción en todo el sistema. Nosotros prescindiríamos de esa masa de asesores. Convocaremos una asamblea general de todas las personas que trabajan en el ministerio y les explicaremos la nueva situación, y fomentaremos sus iniciativas para conseguir que el Estado responda a las necesidades del pueblo”. La idea, prosigue, es animar a las personas “a participar, a generar ideas. Esta será la primera vez que suceda algo así en Grecia”.

Viejos retos, nuevos espacios

Además de todos estos preparativos para el gobierno, tanto dentro como fuera del Parlamento, los y las activistas son conscientes del peligro de perder sus raíces sociales, de convertirse en “otro Pasok”. En la formación del nuevo partido, una de las prioridades comunes consiste en crear, en palabras del diputado Theano Fotiou, “una estructura para que las personas siempre puedan estar conectadas con el partido, aunque no estén afiliadas a él, ya sea para criticarlo o para aportar nuevas experiencias”.

En otros lugares, uno de los factores que fomenta el distanciamiento de los representantes parlamentarios de partidos radicales y afines a los movimientos está en los recursos que les otorga el Estado, mientras que el partido –y muchas veces los movimientos– pierden a cuadros clave debido a la rutina parlamentaria. Syriza recibirá 8 millones de euros (casi el triple de su presupuesto actual) como resultado de su éxito electoral, y el Parlamento asigna cinco asistentes a cada diputado. ¿Cómo aplicará Syriza su acento en las luchas sociales en la distribución de estos recursos?

Andreas Karitzis responde: “La mayor parte de los nuevos fondos deberían ir a lo que podemos hacer en los barrios. Por ejemplo, a emplear a personas que puedan difundir iniciativas como los centros médicos sociales, explicar qué funciona y qué no, o a personas que puedan conectar a la gente de la ciudad con gente que está produciendo alimentos en el campo. Y a mejorar la capacidad de construir estas relaciones por internet. Este es el tipo de cosas que estamos discutiendo, además de fortalecer la capacidad del partido en el Parlamento”. De los cinco asistentes asignados a cada parlamentario, dos trabajarán directamente para el mismo diputado; otro será destinado a un comité de políticas y los otros dos se dedicarán a trabajar en los movimientos y en los barrios.

Otro de los retos a los que se enfrenta el partido surge del hecho de que la inmensa mayoría de la cúpula de Syriza está compuesta por hombres, aunque cuente también con la presencia de algunas mujeres de peso. Sissy Vovou, una de las 200 personas que integran el órgano rector de Syriza y participante de la Red de Mujeres de Syriza, explica que hay una tendencia a tratar la igualdad de las mujeres como “algo que debería de esperar hasta que estemos en el gobierno”. Sin embargo, se está desarrollando una nueva dinámica. Un tercio de los diputados de Syriza son mujeres, elegidas a través de un sistema proporcional basado en listas abiertas; es decir, han sido votadas por su liderazgo en las circunscripciones locales. Y dejaron muy claro, en aquella primera reunión parlamentaria inaugurada por Alexis Tsipras, que la igualdad de las mujeres no es una cuestión que pueda esperar.

Hay también nuevas fuentes de radicalismo que se están haciendo evidentes en los sindicatos. El fulminante derrumbe del viejo orden político está desencadenando un terremoto potencial en los sindicatos, cuyas estructuras están estrechamente vinculadas con los viejos partidos del Pasok, el el Partido Comunista Griego y Nueva Democracia. Las consecuencias para Syriza de estos cambios y del desarrollo de sindicatos independientes radicales, sobre todo en Atenas, donde vive más de la mitad de la población del país, aún no están claras. Pero sí abren la posibilidad de que surja un fuerte sindicalismo de base que, a su vez, podría reforzar el carácter radical de Syriza, especialmente si llega al gobierno.

Finalmente, hay también un desafío para nosotros y nosotras. El auge de Syriza, acompañado de la derrota de Sarkozy en Francia, ha espoleado el rechazo a las medidas de austeridad en toda Europa y ha desplazado el equilibrio de fuerzas en la Unión Europea. Pero para cambiar las cosas, no basta con aplaudir y marcharse. La catástrofe evitable impuesta al pueblo griego empeora día a día y Syriza tiene claro que el memorando no se puede frenar únicamente con la resistencia a escala nacional.

La forma más eficaz de solidaridad en toda Europa pasaría por aprender de Syriza cómo construir en nuestros propios países nuevos tipos de organización política que sean lo bastante abiertas y flexibles como para que todas aquellas personas que desean una alternativa al capitalismo basada en valores que muchos caracterizaríamos como socialistas, pero sin un modelo concreto en mente, puedan transformarse en una gran fuerza política y popular.

Syriza ha demostrado cómo esta política de base en los movimientos se puede combinar con una intervención disciplinada en el sistema político para defender –y reconquistar– los derechos sociales y políticos fundamentales que los partidos predominantes tratan ahora como algo prescindible. Su trayectoria, que se forjó necesariamente al calor de la expresión más extrema de austeridad neoliberal, podría servir de inspiración para toda Europa. De este modo, se remodelaría la geografía política de todo el continente y, en Grecia, Syriza podría no solo ser un faro para la izquierda, sino también llegar a buen puerto.

Hilary Wainwright es editora de la revista británica Red Pepper (www.redpepper.org.uk) e investigadora adjunta del Transnational Institute (www.tni.org/es).

Para más información:
Union Solidarity International : http://usilive.org/es/campaign/greece/
Greek Solidarity Campaign : http://www.greecesolidarity.org/
Otra vía para Europa : http://www.anotherroadforeurope.org/index.php/es/
Web de Syriza : http://www.syriza.gr/