Una guerra basada en la fe

25 Julio 2007
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Mientras que los hechos muestran que su política en Irak esta fracasando, Bush sigue confiando en la "fe" para continuar.
Washington D.C. se ha ganado su reputación en todo el mundo como la ciudad donde nada tiene tanto éxito como el fracaso —véanse a Bush y Wolfowitz como ejemplos. Pocos “realistas” dicen la verdad, especialmente en asuntos de política pública. Pero el Presidente Bush ha descubierto una nueva manera de eludir la verdad: la fe. El tiene fe en que los militares norteamericanos ganarán en Irak, a pesar de la impresionante serie de hechos que provocarían que creyentes menos fervientes flaquearan. Su estilo de operación —clasificar todo y no hablar a nadie más que a reporteros absolutamente leales y a Dios— contrastan grandemente con la era Nixon-Kissinger. Nixon grabó sus conversaciones criminales, las cuales demostraron que él sabía lo del encubrimiento de la entrada subrepticia en Watergate. A principios y mediados de la década de 1970, el Dr. Henry Kissinger sirvió a Nixon y luego a Ford como Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional. Él invitaba a la prensa más importante a sesiones regulares de “información de antecedentes”. Kissinger utilizaba esas sesiones, como me explicó en 1975 el difunto Larry Stern, de The Washington Post, “para urdir una perfecta red de mentiras y verdad, de manera que los medios no tuvieron la más mínima idea de lo que él se traía entre manos.”. Por ejemplo, Kissinger juró que él no había ordenado a la CIA desestabilizar a Chile al mismo tiempo que ordenaba desestabilizar a Chile. En 1975 un subcomité del Senado presidido por Frank Church (demócrata por Idaho) demostró que Kissinger mintió. El legendario I. F Stone recomendó a los reporteros que no asistieran a esas sesiones —a no ser, les dijo “que ustedes quieran escuchar mentiras”. Un reportero de The New York Times en la década de 1970 dijo que Kissinger telefoneaba al editor del Times en Washington a las 5 de la tarde y le recomendaba qué noticia usar como principal al día siguiente. Y Max Frankel generalmente seguía el consejo de Kissinger. Una historia apócrifa dice que desesperados reporteros contrataron a un psiquiatra de Washington y le consiguieron credenciales como periodista para que se hiciera pasar por reportero. Después de varias sesiones con K, el psiquiatra dijo a los reporteros: “Miren, cuando Kissinger une sus manos como un escolar vienés, o juega con sus lentes, o se frota los muslos con las manos, ustedes deben tomar esos gestos como evidencia de veracidad. Cuando abre la boca para hablar, está mintiendo.” Los principales mentirosos de hoy tienen un menor cociente de inteligencia, pero la clase dirigente republicana y de la Casa Blanca ha inundado con mentiras a los obsequiosos medios de mentiras al por mayor, especialmente después del 11/9. Durante todo 2002 y hasta la invasión de Irak en marzo de 2003, Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Powell et al inundaron al Congreso y a los medios con mentiras para justificar una guerra que Dios dijo a Bush que tenía que comenzar con Irak y sí, mantener desde entonces a los militares norteamericanos en una interminable e inútil operación de derramamiento de sangre. Es de esperar que el Papa asegure que la Iglesia Católica es la única mediadora de la salvación, como hizo a principios de julio, mientras que las diócesis de EEUU pagaban cientos de millones de dólares a personas que habían sufrido abusos sexuales de parte de sus salvadores. Pero cuando Bush aseguró al mundo “se puede ganar la lucha en Irak” —después de admitir que el gobierno de al-Maliki que él ha creado no ha aprobado las pruebas básicas— solo los verdaderamente morbosos podrían reír. (AP, 145 de julio.) El candidato Bush prometió que no “construiría naciones”. Es verdad, su agresión interminable no ha construido nada. Juró que encontraría a Osama bin Laden, pero en su lugar alejó a los militares del supuesto malvado del 11/9. Él y Cheney han asegurado innumerables veces que Saddam Hussein acopió y seguía acopiando armas importantes cuando los informes de inteligencia anteriores y desde entonces no encontraron ninguna. Es más, los informes de inteligencia demostraron que al Qaeda no existía en Irak hasta que Bush invadió el país. En vez de debilitar el fundamentalismo en la región, Bush lo fortaleció. Sin embargo, los medios continúan reportando obsequiosamente la teoría de Bush acerca de la “culpa”, en la cual los iraníes tienen la responsabilidad por las armas mortales utilizados contra las tropas norteamericanas. Bush también abofeteó verbalmente a Siria por que esta se negó a cerrar el aeropuerto de Damasco “a los bombarderos suicidad que viajaban a Irak”. Estas andanadas verbales pertenecen a la fe de Bush, ya que los hechos demuestran que el mayor número de bombarderos suicidas provienen de Arabia Saudí, un país al que la familia Bush fielmente llama su aliado. La más ridícula aseveración basada en la fe se centra en el gobierno iraquí creado por EEUU. Funcionarios de EEUU —y Hillary Clinton— culpan a este títere de los problemas que confrontan las fuerzas de EEUU. ¿Cómo podemos retirar nuestras fuerzas, pregunta retóricamente Bush, si el gobierno iraquí que él creó no cumple los “parámetros” claves que él creó como exigencia congresional? El 12 de julio Bush reportó "algún progreso” en 18 objetivos que supuestamente el gobierno de al-Maliki debía cumplir. Ante las agudas preguntas de los reporteros que señalaban contradicciones en su posición con Irak, Bush se aferró a la fe. “Creo que la estrategia militar que tenemos va a funcionar, eso es lo que creo”, dijo a un reportero. Unos pocos le hicieron preguntas duras relacionadas con las discrepancias entre sus declaraciones previas acerca de Irak —desde “Misión Cumplida” en mayo de 2003 hasta “estamos avanzando en la seguridad de Bagdad” en 2007. Bush dependió de la palabra “creer”, a tal punto que la usó 21 veces durante su conferencia de prensa de una hora. Bush obligo al Primer Ministro Nouri al-Maliki a pasar pruebas. Luego Bush anunció que al-Maliki había desaprobado por no haber obtenido una legislación que tratara de la amnistía y por no garantizar que “los ingresos por los recursos petroleros de Irak se distribuyan equitativamente entre los grupos étnicos iraquíes”. La marioneta norteamericana también suspendió el examen para “establecer un fuerte programa de desarme de las milicias con el fin de garantizar que las fuerzas de seguridad respondan solo al gobierno central y sean leales a la Constitución de Irak y brindar autoridad a los comandantes iraquíes para que tomen decisiones tácticas y operacionales, en consulta con los comandantes norteamericanos, sin intervención política, incluyendo la autoridad para perseguir a todos los insurgentes y todas las milicias”. Maliki tampoco pudo cumplir con el objetivo que le exigía que garantizara que las Fuerzas Iraquíes de Seguridad hicieran cumplir la ley de manera imparcial”. ¿Qué hace un fracaso? Bueno, en el aso de al-Maliki, se rebeló —verbal y brevemente. Respondiendo a Bush, Maliki aseguró que las fuerzas iraquíes eran competentes y que las tropas de EEUU podían marcharse “cuando quisieran”. Un vocero de al-Maliki acusó a Bush de avergonzar a su nuevo aliado. Dijo que los militares norteamericanos violaban derechos humanos y trataban a su país como un “experimento en un laboratorio norteamericano”. Por supuesto, tenía razón. La insubordinación de Maliki duró un día. Yassin Majid, un asesor de Maliki, explicó que el Primer Ministro había malinterpretado y que Estados Unidos debiera continuar apuntalando a las fuerzas iraquíes de seguridad “codo a codo con la retirada”, la cual no debiera suceder de inmediato. (AP, 16 de julio.) Al-Maliki alegó que su gobierno necesitaba “tiempo y esfuerzo” para cumplir con los objetivos de Bush, “en particular desde que el proceso político está enfrentando la seguridad, la economía y las presiones de los servicios, así como la interferencia regional e internacional”. Pero tenía “total confianza de que somos capaces, con la ayuda de Dios, de asumir por completo la responsabilidad de la seguridad si las fuerzas internacionales se retiran en el momento que les plazca.” Tales tonterías esconden hechos y conclusiones a los que han llegado el “establishment” conservador el pasado 13 de noviembre cuando “miembros del bipartidista Grupo de Estudios de Irak… escuchó al Presidente Bush dar lo que un miembro del panel llamó una ‘visión churchiliana’ de ‘victoria’ en Irak y defender al primer ministro del país Nouri al-Mariki”. (Woodward WP, 12 de Julio.) En realidad Bush se jactó de que “está emergiendo un orden constitucional”. “Posteriormente … el director de la CIA Michael V. Hayden …dijo que ‘la incapacidad del gobierno para gobernar parece irreversible’.” Según el informe de Woodward, Hayden “no podía señalar ningún un hito o punto de control donde podamos darle vuelta a esto. El gobierno es incapaz de gobernar”, dijo Hayden. “Hemos gastado mucha energía y riquezas creando un gobierno que sea balanceado, pero no puede funcionar”. El Grupo de Estudio de Irak sugirió que a no ser que Maliki muestre “sustancial progreso” en asuntos de seguridad y reconciliación nacional, Bush debe retirar su apoyo. La comisión de la elite de Washington, encabezada por James Baker y Lee Hamilton, representó un claro mensaje: la política de Bush amenaza los intereses de los ricos y poderosos. Bush, aferrado a la “fe” en enero, anunció su escalada de tropas para obtener la victoria militar. A diferencia de Kissinger, el Director de la CIA Michael Hayden habló de manera directa: “Hemos puesto todas nuestras energías en crear el centro, y el centro no puede lograr nada”. La sombría evaluación de Hayden coincidió con lo que la mayoría de los observadores concluyeron en sus visitas a Irak. Bush culpa a al-Qaeda —como una vez culpó a Saddam Hussein. Pero Hayden le dijo que el Ministerio del Interior de Irak, “escuadrones uniformados de la muerte, supervisores de cárceles y centros de torturas” comparten la responsabilidad de la violencia diaria”. La fe de Bush en la “oleada de tropas” se parece a la creencia del Rabino de Chelm en la paja. Cuando él vio arder el establo del pueblo, el Rabino ordenó a su rebaño que lanzara paja a las llamas. Descartó a los dudosos porque su fe absoluta en Dios reforzó su decisión. La paja provocó que las llamas disminuyeran momentáneamente. El Rabino sonrió. Pero segundos más tarde aumentaron aún más. “Más paja”, gritó el Rabino. “Más tropas”, grita Bush. El “establishment” que contribuyó a su campaña ahora se retuerce colectivamente las manos y se preocupa por su fortuna —si EEUU se queda o se retira de Irak— mientras el Rabino de Chelm preside desde la Casa Blanca. Progreso semanal