Una pesadilla de Obama

15 Enero 2009
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Mi deseo para las resoluciones de Año Nuevo de Obama: ¡Elimine el imperio! No más ayuda militar para Israel, exija que Israel se comporte de manera responsable bajo el derecho internacional; salga de Irak y Afganistán --enseguida. Sí, Obama ha prometido repetidamente incrementar el papel de EEUU en Afganistán después de más de ocho años de fracasos. Pero en vista de los hechos, podría retractarse de sus promesas. En el otoño de 2001, Bush y sus aliados invadieron a Afganistán. La llamada Alianza del Norte, apoyada por fuerzas aéreas y terrestres de Estados Unidos, tomó Kabul, el tristemente célebre Talibán desapareció --probablemente esté en Pakistán. ¡¡Hurra!! Entonces un mal olor comenzó a filtrarse a través de la victoria de Bush. Aún antes de que el héroe del football Pat Tillman fuera golpeado por hombres de su propia unidad --“¿fuego amistoso?”--, fuerzas rebeldes en el seno de esa fraccionada nación musulmana habían enviado su mensaje ¡Márchense! La guerra de Bush ya dura más de ocho años, casi el doble de la participación de EEUU en la 2da. Guerra Mundial. El entusiasmo de los militares aún no puede ver la luz al final del túnel de Khyber. ¿Entonces por qué Obama debe jugarse su reputación para ganar y además reconstruir ese país, mientras Estados Unidos atraviesa su peor descenso económico desde la década de 1930? Obama relata una de sus pesadillas a un asociado en quien confía. Comienza con el Presidente Bush que recibe un premio por desprestigiar la democracia. William Randolph Hearst entrega el certificado que cita el aporte de Bush a la muerte masiva, la destrucción, la tortura y la mentira. Surge Pat Buchanan para aconsejar a Obama. “Usted puede salvarse y salvar al país. Liquide al Imperio”, susurra (como el eco de su columna del 13 de octubre, distribuida nacionalmente). “El Imperio Norteamericano se ha convertido en una enorme extravagancia”, murmura de manera engatusadora. “Con los mercados norteamericanos en picada y la desaparición de la riqueza, ¿qué hacemos con 750 bases y tropas en más de 100 países?” “La estrategia de la Guerra Fría se desvaneció hace dos décadas”, ladra él, “pero los inventores militares continúan diseñando estrafalarios programas como una nueva y vasta defensa de misiles en Europa contra posibles ataques iraníes en alguna fecha futura, así como aviones, barcos y armas nucleares mejoradas que tienen tanto que ver con la defensa de EEUU como los fosos y los puentes levadizos”. “En vez de jugar con juguetes caros y peligrosos, ¿por qué no enviamos al personal de Investigación y Desarrollo del Pentágono (que debiera reducirse en 95% junto con una reducción general del 50% de todo el Pentágono) a leer historia?”, continúa Pat. Los investigadores podrían dar lecciones a partir de las experiencias de las fuerzas imperiales británicas del siglo 19 que invadieron Afganistán e inventaron un gobierno títere, como el de Hamid Karzai de Bush, que controla en la actualidad varias manzanas de Kabul. El populacho afgano asaltó los restantes súbditos de Su Majestad. La bandera británica se retiró a la India. Gran Bretaña perdió unos 16 000 soldados ante los insurgentes. Al igual que la elite de Washington, los genios aprenden con lentitud, si es que aprenden. Pat termina con su sermón en sueños. Él se transmuta en Tony Blair, que aparece vestido como porrista. “Mataremos a Osama bin Laden y conquistaremos al Talibán. Sí, podemos, sí podemos”. Obama pregunta a Blair acerca de la localización de bin Laden y por qué el Talibán ha regresado para controlar grandes porciones del país, e incluso obtener la recompensa de grandes cosechas de opio. El Talibán, aconseja ahora un apagado Blair, ya no necesita entrenar a terroristas. Es más, los terroristas encuentran lugares donde entrenarse en ciudades inglesas y en Internet. Pueden comprar ingredientes para explosivos en ferreterías o tiendas para la agricultura --no vaya a ser que alguien olvide donde obtuvieron sus explosivos los bombarderos cristianos de Oklahoma City (antes del 11/9). Timothy McVeigh aparece en el sueño. “Pero usted fue ejecutado por su participación en 1995 en el sabotaje al edificio federal de Oklahoma City”, protesta Obama. McVeigh sonríe y susurra: “Señor Presidente Electo, usted no pasó el entrenamiento básico del Ejército en Fort Benning, Georgia, donde le enseñan a uno todo acerca de explosivos. Yo soy un ‘experto en supervivencia’. Algunos nos llaman terroristas, pero sabemos que las armas son necesarias para mantener los alimentos y otras necesidades a salvo de los vándalos, a medida que la economía de EEUU emigra al Sur. Desprecio al gobierno por su política de masacre en Waco (contra los dementes religiosos) y en Ruby Ridge (donde mataron a colegas expertos en supervivencia). Hay muchos más como yo por ahí. Mis camaradas compraron enormes cantidades de nitrato de amonio en la Cooperativa Mid-Kansas en McPherson, Kansas. Eso es un fertilizante que hace explosión bajo condiciones apropiadas. Unos pocos detonadores y algún líquido para hacer estallar el fertilizante y bum, allá vuela el edificio federal. Cuídese del Ejército Republicano Ario”, advierte McVeigh. “También planean la venganza contra el Gobierno. Y recuerde, lo hice con menos de $10 000 sin entrenarme en Afganistán”. El sueño pasa a Afganistán, donde soldados soviéticos mueren a manos de gente decidida a resistir. (Aproximadamente 15 000 soldados del Ejército Rojo murieron de 1979 a 1988, cuando los soviéticos se retiraron. La humillación aceleró la implosión de la Unión Soviética.) En el sueño Obama da gritos a los servicios de inteligencia por decirle menos de lo que ya él sabe. “Hemos fracasado hasta ahora en Afganistán”, chilla. “¿Por qué he jurado repetidamente aumentar la presencia de EEUU en esas arenas movedizas? ¿Por qué no puedo aprender?” Corea, Viet Nam, Irak --guerras perdidas que los veteranos no pueden explicar con hechos ni lógica a sus hijos. En el sueño, las tropas norteamericanas matan a los del Talibán que resurgen como zombis. “Ustedes no pueden ganar”, canturrean. “No pueden entendernos y nunca podrán. Permaneceremos aquí y ustedes se marcharán --si no lo hacen ahora, entonces en un año, dos, diez, veinte. No importa. Sus B-52 se marcharán. Nosotros permaneceremos”. El General Petraeus le dice al durmiente Obama que necesitará más que los 54 000 soldados que tiene ahora, además de las topas de los aliados, a medida que los devotos miembros del Talibán usan las ganancias de la droga para comparar armas con qué matar a los norteamericanos. Desde el punto de vista militar, le informa a Obama, el Talibán se ha hecho más fuerte de lo que era en 2001. Ahora asedia la mitad del país y tiene santuarios en Pakistán. “Golpes aéreos”, aconseja un viejo neoconservador bushista que aparece en el sueño. “Esperen”, grita Buchanan, “los golpes aéreos norteamericanos ya han matado a tantos civiles afganos que hasta el presidente títere Karzai tuvo que condenar los ataques. Al tratar de bombardear al Talibán, nuestros pilotos han convertido en enemigos al pueblo de aldeas afganas y en Pakistán. Hasta nuestras rutas de suministros se han vuelto peligrosas. Lo leemos en nuestra prensa”. Aparecen los generales con el Secretario de Defensa Gates. “¡Denos cuatro años más!”, solicitan confiadamente, “y tendremos una fuerza afgana en la que podremos depender”. Los zombis talibanes les responden. “Sí, quédense cuatro años más y seguramente nuestro pueblo cambiará mágicamente de opinión, olvidarán su historia y se enamorarán de su maravilloso capitalismo democrático que sirve tan bien al pueblo”. Se ríen a carcajadas. Obama recuerda algunos versos del poema de Rudyard Kipling, “El Joven Soldado Británico,” que él aprendió en la escuela secundaria: “Cuando te hieran y te abandonen en las llanuras de Afganistán, Y las mujeres vengan a cortar en pedazos lo que queda, Solo toma tu fusil y vuélate los sesos Para acudir a tu Dios como un soldado”. El Presidente Electo despierta. Su asociado le pregunta de qué manera va a interpretar su sueño. ¿Retirará las tropas de EEUU o ignorará las palabras y las imágenes y realizará su escalada? La decisión de Obama tendrá un impacto en todo el mundo. En las aldeas y ciudades de Pakistán, los desperdigados militantes de Al-Qaeda esperan por una escalada de las tropas norteamericanas. Aumentarán el reclutamiento. Que vengan los diablos extranjeros, exclaman, y convertiremos al inteligente Obama en una versión del estúpido Bush. Sí, él prometió el cambio. Veremos.
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.