“W”: Bush ultra ligero

30 Octubre 2008
Article
En tiempos en que necesitamos la capacidad analítica de Marx, Oliver Stone nos brinda Freud. En su filme biográfico unidimensional W no llegamos a comprender cómo un presidente no precisamente brillante logró sortear procedimientos cuidadosamente diseñados y logró la salvaguarda del complejo militar-industrial. En su lugar, Stone nos ofrece un pastiche de escenas biográficas, desde los días de borracheras escandalosas de Bush en la Universidad de Yale hasta su ascenso a la Oficina Oval y la fatídica decisión de invadir a Irak. En este intento cinematográfico por seudo-psicoanalizar a Bush, Stone alude a su premisa edípica: W adora y simultáneamente resiente a su más que exitoso padre y madre intolerante. Estas alusiones cinematográficas de una familia rica y disfuncional, martillazos visuales dirigidos a la cabeza del público, de alguna manera se supone que nos ayuden a entender como este fracasado crónico alcanzó el cargo más alto del país y lo llevó a invadir Irak. Después de que Bush Padre pierde las elecciones de 1992, un furioso W le dice a Papi: “Tenías que haber llegado hasta Bagdad sin parar”. Esto molesta a sus padres y entonces Stone va rápidamente hasta 2003, con W declarando su deseo de no permitir a Saddam que provoque su fracaso político. El motivo para invadir Irak --demostrar a su padre que él puede triunfar en la Casa Blanca-- se convierte al mismo tiempo en la internacionalización de la pérdida política de su padre y el hecho de que Papi se sienta orgulloso de él. En otras palabras, el filme elude la responsabilidad de W. A diferencia de los reyes trágicos de Shakespeare, W no comprende las consecuencias de mentir y manipular para llevar el país a la guerra. En una escena, después de que el jefe de inspectores de armamento de EE.UU. David Kay informa a W y compañía que Saddam no tiene ADM, mientras comen pastel de pacana, W, interpretado por Josh Brolin, desata su furia sobre sus asesores, como un niño al que le da una perreta, en vez de un comandante en jefe que acepta la responsabilidad por sus acciones. En dos horas, Stone apenas toca su defensa de la tortura y la desvergonzada violación de las libertades básicas. El siniestro Dick Cheney (Richard Dreyfuss), le entrega un memorando no muy apetitoso a W para que lo estudie mientras come un sándwich de pavo –para que autorice a la CIA a usar “técnicas mejoradas de interrogatorios” (v.g. privación sensorial, permanencia de pie, “submarino”) en detenidos bajo custodia norteamericana. W eructa: “Son solo tres páginas. Lo leeré luego”. Un chiste que no provocará muchas risas entre los detenidos en Guantánamo y Abu Ghraib, ni tampoco carcajadas en las prisiones secretas en todo el mundo de la “guerra al terror” de Bush –a no ser entre los sádicos torturadores y guardias. Es más, en vez de dramatizar por qué y cómo Cheney sorteó los controles y balances internos dentro del aparato de seguridad nacional, W ofrece una seudo versión caricaturesca y en astracán de hechos críticos que llevaron a la guerra y la carnicería. Como resultado, Stone presenta a Jeffrey White (Colin Powell), Scott Glenn (Donald Rumsfeld) y Thandie Newton (Condi Rice) como imitadores en el programa “Saturday Night Live”, como si actuaran en una larga parodia en vez de personajes totalmente logrados de un filme. Stone trata de hacer una comedia con una situación trágica, pero el material es inherentemente no gracioso para un público que paga la factura de las guerras, ni para los veteranos heridos --mucho menos para los pueblos de Irak y Afganistán. La tragedia contiene elementos de humor. Es más, la vida mezcla los dos. Pero Stone quiere garantizar que entendamos su gran chiste y por tanto abruma al público con golpes a la cabeza. Ocasionalmente el público dejó entrever una risita, pero las discusiones que pudimos escuchar después de ver el filme llegaron a la conclusión de que el filme cae en ese desagradable género (como la gente que quiere una cerveza, pero teme ganar mucho peso): “ligero”. El intento de Stone por trasladar una versión “ultra ligera” del complejo de Edipo de Freud a la política contemporánea de la Casa Blanca, choca con los propios personajes. Sí, Edipo Rey y familia tienen cierto paralelo con los patricios Bush, el equivalente de la realeza norteamericana. Abuelo Prescott fue conocido por el senador de Connecticut ligado a Hitler. George H: W: Bush (Padre), o “Papi”, una presencia republicana perenne de jefe de la CIA a Presidente. Traten de imaginar a Mami “habla claro” Barbara como una reina trágica. Ella mostró su carácter en un hecho que tuvo lugar después de que concluye el filme (2004). Mientras los inventores republicanos de historias trataban de diluir las dramáticas ausencias de su hijo W durante el Huracán Katrina y sus consecuencias asesinas en 2005, Babs visitó centros de asistencia en Houston --como el complejo Astrodome-- y en alta voz expresó su preocupación de que “mete miedo” porque los refugiados “quieren quedarse en Texas. Todo el mundo está apabullado por la hospitalidad. Y tantas de estas personas aquí en la Arena, saben, de todas maneras eran desfavorecidos, así que esto… esto (risita) está funcionando bien para ellos”. (NY Times, 7 de septiembre de 2005.) En el filme, Barbara (Ellen Burstyn) aparece como una perra de lengua suelta y reprochadora, a quien no le importa Junior y solo se preocupa por los estados de ánimo y la reputación del pobre Papi. El enfoque dramático del filme se centra en cómo Junior solucionará su complejo de Edipo. Nos llena de comentarios visuales y auditivos con el mensaje de que Junior debe lograr que Papi se sienta orgulloso de él, demostrar al Gran Papi lo que el vale y no “arruinar el prestigio de la familia Bush”. Así que después de una epifanía posterior a la resaca, casarse con Laura, una linda demócrata liberal que lee, no bebe cerveza y aún así se enamora de un idiota cuya ira lo lleva a chocar su auto contra la puerta del garaje de ella, surge el verdadero W. Él aún tiene la fantasía de atrapar elevados en los jardines --su gran sueño, como Stone recuerda visualmente al público-- y estar mano a mano con su Regio padre. A estas alturas, los entendidos en el pueblo habrán olvidado que un oráculo anuncia su destino al padre de Edipo, Layo: “condenado a perecer a manos de su propio hijo”. El viejo rey trató de matar a Edipo cuando era un bebé, pero un pastor encontró al niño que finalmente es adoptado por el rey Pólibo de Corinto. No se preocupen, W no matará a su padre (a diferencia de lo que esa comadreja de Saddam trató de hacer, como Bush dijo en confianza a reporteros antes de la guerra de Irak), solo lo decepciona. Anteriormente en el filme, el público ve cómo el graduado de Yale lucha por trabajar en una plataforma petrolera en Texas sin tomar un trago. La escena pasa a planos de Papi (James Cromwell) regañando a su hijo. ¿Por qué no puede él aprender una ética de trabajo, tener alguna ambición, ser como Jeb? “Tenemos que cumplir nuestros compromisos”, le dice a W. ¿Pero para qué esforzarse si una llamada telefónica de Papi hace que lo acepten en Yale y en la Escuela de Negocios de Harvard? Stone presenta a la familia de Bush como que desciende del nivel de “más allá del bien y del mal” de Nietzsche a un lugar que uno pudiera llamar “por debajo del bien y del mal”. La banalidad de esta familia privilegiada casi desafía la forma dramática. Los reyes y príncipes de Shakespeare tenían defectos de carácter que los llevaban a decisiones erróneas de proporciones cataclísmicas. W combina la bajeza del Rey Ubu de Alfred Jarry, un gobernante que entendía que su trabajo era robar el dinero en el reino (Enron y los otros compinches magnates petroleros) con Nerón, quien jugaba al golf de video mientras sus ciudadanos se ahogaban en Nueva Orleáns. La familia Bush equipara su sentido de privilegio con su ADN, como la intención de Dios fuera que nacieran en lecho de oro y de esa manera disfrutaran para siempre los placeres terrenales sin tener responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Al igual que Tom y Daisy Buchanan de F. Scott Fitzgerald, ellos son el epitome de la “gente descuidada” que “destrozaba cosas y criaturas y luego se refugiaba en su dinero o su propia y vasta despreocupación”. A la larga, el W de Stone clasifica entre los últimos por el barómetro de perspicacia, dramatizando a un presidente que ya hemos conocido por las conferencias de prensa, discursos del Estado de la Unión y la ocasional entrevista; un hombre que carece de curiosidad, atropella el idioma, ama la libertad y reza (por su propio éxito). Las escenas con su predicador (Stacey Keach) indican la banalidad de la experiencia de “renacer”. Los dos hombres rezan juntos, ¿pero para qué? ¿Ganar unas elecciones? ¿No perder una guerra? ¿Encontrar ADM? Con su presentación antes de las elecciones, W subraya el impacto de la naturaleza inconsecuente de Bush en los asistentes al cine/electores. Pero no da un paso sustancial en el examen de una de las administraciones más destructivas de la historia, y mientras lo hace, arrojar luz sobre el camino que los norteamericanos, la República que no da más, pueden tomar de ahora en adelante. El filme debiera haber provocado preguntas acerca de la naturaleza material de la presidencia, la sustancia del hombre que prometió un país más “humilde”, “planes claros y positivos”, alguien que “cambiaría el tono de Washington a uno de cortesía y respeto” y que calificó a Cheney de “hombre de integridad y buen juicio”. En vez de claridad y preguntas, Stone ofrece un drama padre-hijo en el que ambos carecen de carácter. Sabemos que tenemos un presidente que apenas oculta el desprecio por los críticos y adversarios, y un vicepresidente que él permitió que subvirtiera el basamento de la nación. Tragedia, quizás. ¿Comedia? Algunos reirán de un schlomozel que nos convierte a todos en schlemiels. (Un schlomozel bota la sopa: Al schlemiel se le echan encima.)
Saul Landau es miembro del Institute for Policy Studies e investigador asociado del Transnational Institute. Es autor de Un mundo de Bush y de Botox y realizador deAquí no jugamos golf.