Watergate y los escándalos modernos

09 Septiembre 2009
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Para 2012, los profesores universitarios mirarán fijamente a los ojos vacíos de sus estudiantes cuando se refieran a las inexistentes armas de destrucción masiva y la tortura rutinaria de sospechosos de terrorismo.

Para 2012, los profesores universitarios mirarán fijamente a los ojos vacíos de sus estudiantes cuando se refieran a las inexistentes armas de destrucción masiva y la tortura rutinaria de sospechosos de terrorismo. Al igual que la Guerra de Viet Nam (un estimado de 4 millones de vietnamitas y más de 55 000 norteamericanos muertos) y Watergate, estos escándalos ocurrieron, piensan los estudiantes, poco después de la era greco-romana.

Por allá por 1973, personal de la Casa Blanca penetró en el cuartel general del Partido Demócrata en el complejo de oficinas Watergate. En 1969, Seymour Hersh reveló una historia tapada por el Pentágono. Soldados norteamericanos habían asesinado a civiles en la aldea vietnamita de My Lai. En 1972, los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein del Washington Post investigaron un sencillo “robo” en las oficinas del Partido Demócrata en Watergate. Después de la toma de posesión de Nixon, su reportaje se convirtió en el gran escándalo de la era. El público se enteró de cómo Nixon operaba un gobierno secreto, con “plomeros” que trabajaban para CREEP (Comité para Reelegir al Presidente). Esta enigmática escuadra investigaba “filtraciones” penetrando en oficinas. Un alijo secreto de dinero situado en la caja fuerte del entonces Secretario de Comercio Maurice Stans apoyaba sus travesuras. Stans dirigía el Comité de Finanzas para Reelegir al Presidente. El escándalo creció cuando Garganta Profunda --que luego se reveló como Mark Felt, el número 2 del FBI-- dio pistas a Woodward, tales como que Nixon grababa en secreto todas sus conversaciones.

El Congreso investigó, descubrió el encubrimiento y altos funcionarios de la Casa Blanca fueron a la cárcel, incluyendo el Jefe de Personal de la Casa Blanca H. R. Haldeman y el principal asesor presidencial John Ehrlichman. Adicionalmente, las cintas de Nixon confirmaron la participación del Fiscal General John Mitchell en la planificación de reuniones para la penetración en Watergate y subsiguientemente para el encubrimiento. En 1972 Mitchell trató de evitar la publicación de un artículo en The Washington Post sobre su relación con otro alijo secreto de dinero destinado a obtener materiales comprometedores acerca de los demócratas. “A Katie Graham [Katherine Graham, la directora del Post] se le van a trabar las tetas en un gran tornillo de banco si publican eso.” (El Post suprimió “tetas”.)

Nixon renunció avergonzado en 1974. El Escándalo de Watergate provocó un proceso gubernamental que produjo remedios contra la corrupción. Los criminales fueron a prisión.

Desde entonces, los escándalos han significado noticias principales con poder de permanencia. Tanto el Presidente Reagan como el Vicepresidente Bush estaban implicados en el escándalo Irán-Contra de la década de 1980 (vendiendo misiles a Irán y usando las ganancias para los contras anti-sandinista, algo específicamente prohibido por el Congreso). Ninguno de los principales conspiradores pagó el precio.

En 2009, un político sexualmente excitado sucumbió a las tretas de una arpía argentina. La ardiente latina atrajo al republicano Gobernador Mark Sanford de Carolina del Sur, un hombre súper centrado en los valores familiares, al igual que una interna judía de la Casa Blanca con labios de colágeno había seducido previamente a Bill Clinton. Como si fuera.

Las noticias del siglo 21 prefieren titulares lujuriosos antes que aburridas guerras, presupuestos o impuestos. Los escándalos sexuales políticos ofrecen placer indirecto. Los políticos importantes pasan al modo errante --o deslizan algo de él dentro de algo de ella.

“El escándalo es nuestra industria del crecimiento”, escribió Mark Danner. “La revelación de fechorías no desemboca en la investigación definitiva, castigo y expiación, sino en más escándalo. Escándalo permanente”. (The New York Review of Books, 4 diciembre de 2008.)

Para septiembre, las flaquezas del Gobernador Sanford se desvanecieron al igual que las del Senador Ensign (republicano por Nevada) y su soborno de seis cifras a la esposa de su asistente. Los medios volvieron su mirada a un escándalo menos convincente: la tortura. Antiguamente un crimen de guerra, la tortura ha evolucionado hasta convertirse en un “tema”, como observó Danner, “algo que uno puede soportar a cada lado de. Algo con lo que podemos vivir”.

Las fotos de 2004 en Abu Ghraib y el informe del General Taguba acerca de la tortura indicaron que la autorización para torturar vino desde lo más alto --Presidente, Vicepresidente, Secretario de Defensa, con una débil justificación redactada por un lacayo leguleyo de la Casa Blanca. A diferencia de Watergate, el Congreso no investigó la tortura. Sin embargo, el intrépido Hersh reveló importantes detalles de la sórdida historia de Abu Ghraib. Unos pocos soldados de bajo rango fueron acusados.

Las mentiras de Bush y de Cheney, destinadas a engañar a la nación para llevarla a la guerra en Irak y Afganistán, quedan como “viejas noticias” o historia. Incluso los hechos del mes pasado se han desvanecido hacia una tierra de nadie, donde la información cae como perpetuo granizo para entumecer la mente humana. Hace años, quizás en la época de sus padres o de sus abuelos, el periodismo significaba investigar al gobierno y a las corporaciones, las sedes del poder, las fuentes de la corrupción y las mentiras.

Los actuales escándalos distraen. El imperio ha comenzado su descenso hacia el caos. El Congreso aprueba enormes sumas para pelear en guerras inganables contra oponentes tecnológicamente inferiores, y se retuerce sus manos colectivas debido al gasto en decenas de millones de norteamericanos que se preocupan por satisfacer necesidades básicas.

Después de Watergate, los medios continuaron su perpetuo romance con los escándalos, pero ignoran los grandes --“nuestras guerras”--incluyendo la del terror. Los que nos metieron en ellas sin razón legal alguna han dejado su legado. ¿Puede rechazarlo Obama y sacarnos de Afganistán? Hará falta algo más que otro escándalo para crear el valor --y las condiciones-- para que él lo haga.