Reflexiones: 60 años de imperio
George W. Bush llevó a Estados Unidos desde un brillante sueño hasta una incipiente pesadilla.
Veamos simbólicamente al 2008. Hace 60 años, Estados Unidos emergió como la potencia mundial. Henry Luce anunció la llegada de “El Siglo Norteamericano” aún antes de que el país entrara en la 2da. Guerra Mundial. Luce pensó que Estados Unidos debía convertirse en el misionero del mundo que propagara los valores cristianos y la democracia. La historia norteamericana había conformado un pueblo con nobles propósitos, argumentaba Luce, y tenía “la bandera más excitante de todo el mundo y toda la historia”, que flameaba hacia el “triunfal propósito de la libertad”.
Luce, propietario de un imperio editorial (Time, Life y Fortune), llamó elocuentemente a todos los norteamericanos, “cada cual según su propia capacidad y cada cual en el más amplio horizonte de su visión, a crear el primer gran siglo norteamericano.” (Life, febrero de 1941; ver también el ensayo de Philip S. Golub en Le Monde Diplomatique, octubre de 2007.) `
Así sucedió. Después de la 2da. Guerra Mundial, las condiciones soñadas por Luce se convirtieron en realidad. Estados Unidos poseía más del 50% de la capacidad de manufactura del mundo. Las potencias de Europa y Asia estaban en ruinas. Pero los políticos y los medios evitaban la palabra “imperio” para describir a la nación que usaba su dólar como la base monetaria mundial, organizaba vastas alianzas militares (OTAN, CENTO y OTASO) y que para principios de la década de 1950 había establecido bases militares en decenas de países y comenzado a almacenar armas nucleares.
Los líderes de EEUU utilizaron la “amenaza” soviética --los malvados rojos iban a invadir todos los demás países-- para justificar tal extensión de poderío. A medida que “frenaban” los deseos soviéticos de expansión, las corporaciones y bancos de EEUU invadieron prontamente gran parte del mundo no soviético. (Los medios no revelaron el hecho de que las líneas ferroviarias soviéticas no coincidían con las de sus colonias de Europa Oriental, lo que hacía casi imposible el suministro de una invasión potencial.)
Washington inventó el Plan Marshall y otros esquemas populares para ayudar a reconstruir un capitalismo floreciente en Europa Occidental (y a la vez convertir a esos países en socios menores). Tal comportamiento sí asustó en el período inmediato de postguerra a un defensivo premier soviético, Stalin, quien se negó a apoyar a los camaradas en Grecia e Irán, en aparente respuesta a las amenazas del Presidente Truman.
La Guerra Fría enfrentó al buen Oeste con el malvado Este. El comportamiento de Stalin ayudó a cimentar ese estereotipo, pero los soviéticos nunca construyeron una economía rival. Es más, no poseían corporaciones ni bancos para saquear a Europa Oriental. Ante la carencia de esas organizaciones, los soviéticos poseían pocos medios para transferir las riquezas de sus supuestas colonias.
No importa. Los hechos no cuentan en los axiomas políticos de los propugnadores de la Guerra Fría. Estados Unidos se convirtió en el protector del mundo libre. Entonces, alrededor de 1990, los soviéticos hicieron implosión. Pero las instituciones diseñadas para proteger al Occidente de la amenaza de esa maldad no solo se mantuvieron, sino crecieron. La OTAN, por ejemplo, se expandió. Es más, en 2002 Washington llegó a patrocinar un consejo OTAN-Rusia. El número de bases norteamericanas creció hasta unas 800.
En el país, la retórica de los políticos negó la existencia del imperio como el contexto de EEUU, a pesar de que los militares consumen gigantescas porciones del presupuesto (unos $700 mil millones) en momentos en los que ninguna nación ni siquiera en forma remota amenaza militarmente la seguridad de EEUU.
Los principales aspirantes a la presidencia y los líderes del Congreso siguen ignorando este hecho por temor a que el público vea al imperio desnudo. Ellos permiten que los descarados rufianes del poder --Bush, Cheney y los neoconservadores-- sigan desangrando el Tesoro debido a una caprichosa guerra y ocupación.
En las elecciones de 2008 para decidir quién gobernará el imperio, los republicanos y los demócratas ignoran la persistente toxicidad de la derrota norteamericana en Viet Nam. El “patriotismo” aún significa repetir lemas (apoyen a nuestras tropas) y rechazar el síndrome que siguió a la guerra de Viet Nam --no pelees con alguien que puede defenderse. Los republicanos aún desean revivir la reputación de EEUU. como “ganador”. (La última vez que EEUU ganó realmente una guerra --en la que el enemigo se defendió-- fue en 1945.)
La invasión de Irak y la subsiguiente ocupación ha demostrado ser más que impopular con el público. Los altos burócratas de la seguridad nacional han comenzado a expresar su profunda inquietud acerca del aprieto en que se encuentran. En 2006, varios generales retirados, altos funcionarios de la inteligencia, de la diplomacia y de la seguridad también atacaron de manera pública la política de Bush. Dirigidos por el General William Odom y el Coronel Larry Wilkerson, el ex jefe de personal de Colin Powell. Odom, quien encabezó la NSA en el gobierno de Reagan, calificó la invasión de Irak el “mayor desastre estratégico en la historia de Estados Unidos.” (Associated Press - 5 de octubre de 2005.)
Wilkerson la llamó “un error de proporciones históricas.” (Washington Post – 19 de enero de 2006.) Zbigniew Brzezinski, ex jefe del Consejo de Seguridad Nacional cuando Carter, describió a Irak como una “calamidad histórica, estratégica y moral.” (Comité Senatorial de Relaciones Exteriores – 1 de febrero de 2007.)
Estos ataques del establishment subrayan la ineficacia, la arrogancia y la incompetencia de Bush --así como su abandono del tradicional sistema de alianzas-- por perder la hegemonía de EEUU en el Medio Oriente y en el Golfo. Los críticos de la política de Bush temen que Irak puede haber debilitado seriamente a las fuerzas armadas norteamericanas, La entidad que es el baluarte principal del imperio. Brzezinski dijo al Congreso que las guerras de Bush en Irak y Afganistán han socavado la “legitimidad global de Estados Unidos”.
Después que Estados Unidos abandonó Viet Nam con el consabido rabo entre las piernas, las revoluciones llegaron al poder en Nicaragua y Granada --tradicionales patios traseros. De manera similar, las tribulaciones de los militares norteamericanos han ido de la mano con los éxitos de la izquierda en Latinoamérica. Los electores en Venezuela. Bolivia, Ecuador, Argentina e incluso Guatemala y Paraguay dieron señales no solo de su disgusto con las políticas económicas norteamericanas, sino incluso demostraron también su falta de respeto por el poderío de EEUU.
En 1959 solo Cuba se atrevió a actuar de manera desobediente; otras naciones conocían el precio de tal rebelión: la invasión o la desestabilización por medio de la CIA. De manera similar, la amenaza del “Eje del Mal” de Bush en 2002 no funcionó con Corea del Norte o Irán. Bush tuvo que negociar con un régimen que él había declarado “prohibido”. Es más, China, que ahora tiene la ventaja de ser un importante acreedor de EEUU, también emergió como un primordial participante asiático.
Hace sesenta años, Washington hizo planes para instalar un primitivo sistema de defensa en Europa Occidental. Bush quiere extender ese sistema a Polonia y a otros de los países recién “liberados”. Pero algunos de los viejos aliados se ofenden. Regímenes serviles como Arabia Saudí hasta se atreven a objetar algunas políticas norteamericanas. En la otrora monopolizada esfera de la ONU y otras instituciones financieras mundiales, Washington ya no puede dictar tan fácilmente sus términos.
El mundo ha sido testigo de cómo George W. Bush llevó a Estados Unidos desde un brillante sueño hasta una incipiente pesadilla. Bajo su mandato el dólar ha perdido valor. Sus pandilleros de la Seguridad Interna han maltratado a turistas potenciales que quieren usar el dólar devaluado para obtener “gangas”. Una joven islandesa que trató de entrar en Estados Unidos --anteriormente simbolizado por la Estatua de la Libertad--, fue encarcelada por más de 24 horas, tratada de manera poco hospitalaria y deportada groseramente. La Seguridad Interna aseguró que una década atrás se quedó en EEUU tres días más de lo permitido por su visa.
Este tipo de anécdota se mezcla por todo el mundo con reportes e imágenes del comportamiento de EEUU en Irak --las fotos de las torturas en Abu Ghraib circularon ampliamente. Para la elite del poder en EEUU, George W. Bush y sus socios neoconservadores han hecho del mundo un lugar muy perturbador.
Los líderes norteamericanos han asumido durante sesenta años que habían reemplazado a sus primos británicos como la elite mundial; como los que mandan en la nueva potencia dominante ellos tienen una misión entregada por Dios y la historia para mantener la estabilidad y hacer las reglas de la economía.
Mi difunto profesor William Appleman Williams, en una conferencia acerca de los líderes de EEUU, dijo que ellos sufrían de “visiones de omnipotencia”. Debido a que poseen un aplastante poder económico y militar creen que pueden triunfar eternamente. Pero no lo hicieron en Corea en 1953, ni en Viet Nam en 1975. En 2008, un drenaje diario socava la Tesorería a medida que las fuerzas militares norteamericanas en Afganistán e Irak no pueden superar --a enorme costo-- las condiciones adversas que ningún militar podría esperar lograr.
El colapso soviético en 1990 provocó el ascenso de los neoconservadores y exigió que Washington se convirtiera en la nueva Roma. Al comenzar la conquista de Irak, llevarían el orden norteamericano a todo el Medio Oriente. No ha resultado así y la democracia no es lo que Estados Unidos quiere llevar allí.
Los aspirantes presidenciales de ambos partidos ignoran este hecho. Ninguno enfrenta el problema del papel que un Estados Unidos debilitado debiera desempeñar en el mundo emergente del siglo 21, cuando la economía norteamericana ya no brinda el pilar de estabilidad económica, cuando sus militares tecnológicamente omnipotentes no logran derrotar a enemigos peor equipados. Mientras aumenta el calentamiento global y las reglas de la ONU, creadas por Estados Unidos para que otras naciones las cumplan, han perdido prestigio, ¿qué debiera hacer Washington?
Los republicanos --con la excepción del libertario Ron Paul-- quieren más militares. Se han convertido en un mal chiste. ¿Pero Hilllary? ¿Y Barack? ¿John? ¿Es prematuro preguntarles después de solo 60 años de Siglo Norteamericano? ¿O en lugar de la imaginación y valor políticos de EEUU las respuestas vendrán del exterior?