Después del shock
De Polonia a Iraq, de China a Nueva Orleáns, el neoliberalismo ha florecido sobre el fértil terreno de lo que Naomi Klein denomina “capitalismo de desastre”. Klein conversó con Oscar Reyes acerca de su nuevo libro, The Shock Doctrine (Doctrina de shock) y sobre nuevas formas de resistencia. La entrevista se realizó originariamente para la revista Red Pepper, publicación que forma parte del proyecto Eurotopia.
-¿Cómo ha pasado de escribir acerca de la cultura de las marcas y las fábricas recuperadas en Argentina a historiar el “capitalismo de desastre” en Iraq y otras partes del mundo?
-Cuando comenzó la guerra de Iraq yo vivía en Buenos Aires, y filmábamos una escena en el techo de una fábrica ocupada. Ese es el origen de The Shock Doctrine. El análisis de la guerra de Iraq que se hacía en Argentina y en muchos otros puntos de América Latina era “eso fue lo que nos sucedió a nosotros”: el neoliberalismo se impuso en América Latina a sangre y fuego, y ahora lo imponían en Oriente Medio de la misma forma. Estar allí en ese momento y ver la guerra a través de un prisma latinoamericano me llevó a plantearme esta mirada histórica al empleo real de shocks para imponer terapias de shock.
Observar la guerra desde América Latina también le añadía otra dimensión al asunto. Estábamos allí porque Argentina atravesaba un momento muy impresionante de rechazo nacional al Consenso de Washington, ese modelo económico que promueve las políticas de privatización, el vaciamiento de los servicios públicos y, finalmente, la remodelación del estado según los intereses de los inversionistas foráneos. En el mismo momento en que Argentina, que había sido una discípula modelo del neoliberalismo, rechazaba ese modelo económico, éramos testigos de su imposición en Iraq mediante la fuerza bruta.
En esa época escribí mi primera columna sobre Iraq, que titulé “Privatisation in Disguise” (Privatización disfrazada). Trataba sobre el hecho de que el rechazo global al neoliberalismo había conducido a la escalada de la fuerza para imponerlo. Súbitamente, y al mismo tiempo que en las reuniones de la OMC, el FMI y el Banco Mundial se seguía manteniendo el tipo del consentimiento, la perspectiva preponderante se convertía en “ni se preocupen por pedirlo; limítense a echar mano a lo que quieran en el campo de batalla de la guerra preventiva”.
Por eso, cuando comencé a escribir este libro no consideré que cambiaba de tema. Estaba convencida de que lo que hacía era documentar la transición del libre comercio “light” al libre comercio aplicado por la fuerza, de las presiones y la imposición casi pacífica del modelo a la imposición mediante la violencia descarnada de lo que denomino “capitalismo de desastre”. Ese uso de la guerra preventiva y los grandes desastres naturales para construir estados corporativos sobre las ruinas se desarrolló en la situación más antidemocrática que pueda imaginarse: cuando las poblaciones en cuestión se encontraban desperdigadas, desorientadas, en estado de shock.
Creí que escribiría un libro acerca de un cambio, pero cuando repasé la historia del neoliberalismo, me percaté de que en todas las coyunturas claves en que esa ideología dio un salto adelante –incluidos Chile en 1973, China en 1989, Polonia en 1989, Rusia en 1993 y la crisis económica asiática en 1997 y 1998– se puso en juego la misma lógica de explotar un momento traumático.
–En la introducción a The Shock Doctrine afirma que el aserto de Milton Friedman de que “sólo una crisis –real o percibida– produce un verdadero cambio” es la racionalidad táctica central del capitalismo contemporáneo. Pero muchos marxistas han expresado ideas similares al señalar que las crisis son oportunidades para el cambio. ¿Cree que esta concepción es peligrosa, o que las crisis también son una fuente potencial de transformaciones positivas?
–Me parece peligroso decir, sea desde la izquierda o desde la derecha, que las cosas tienen que empeorar para que puedan empezar a mejorar. Ese es el punto en que la izquierda pierde su identidad humanista básica y casi comienza a deleitarse con las pérdidas de vidas y el dolor humano, porque producirán el gran cataclismo. Tanto la izquierda como la derecha han padecido ese tipo de razonamiento, pero la derecha ha estado en ascenso al menos durante los últimos treinta y cinco años, así que es la que en la actualidad saca provecho de las crisis.
La obra de Milton Friedman es una respuesta al keynesianismo y al desarrollismo, y no al marxismo. Más específicamente, la tarea que emprendió fue la de oponerse a lo que percibía como la exitosa explotación por parte de los keynesianos de la crisis que desembocó en la Gran Depresión, el crack de los mercados en 1929, que llevó a la imposición del New Deal y otros proyectos semejantes en diversos lugares del mundo. Según Friedman, como le expresó en una carta a Pinochet, ese fue el momento en que la historia tomó un rumbo equivocado. Friedman rebatió la idea de que la Gran Depresión hubiera sido provocada por la existencia de mercados no regulados, y argumentaba que, por el contrario, era hija de su excesiva regulación. También analizó el hecho de que las fuerzas keynesianas tuvieran sus ideas listas para aplicarse en la práctica cuando se produjo esa crisis. Creo que se hace necesario entender el proyecto global de la derecha como un intento para emular esa previsión, mediante el uso de think tanks corporativos muy generosamente dotados de fondos, a manera de hornos que mantengan calientes las ideas hasta que se desaten las crisis.
Aplicar esa idea al caso de Argentina también resulta interesante, porque el derrumbe de la economía a fines del 2001 es lo que abrió el espacio al surgimiento de alternativas. De hecho, ese era el tema de nuestro filme The Take (La toma): los maravillosos e inspiradores experimentos democráticos que estaban ocurriendo en algunas fábricas cuyos trabajadores, en vez de permitir que cerraran sus puertas, las estaban volviendo a poner en funcionamiento.
Si bien la crisis era importante en el caso del experimento argentino, la manera de pensar de los involucrados era muy diferente a la de los partidarios de la terapia de shock y el “borrón y cuenta nueva”, que siempre sueñan con una página en blanco para empezar de cero. Las personas cuyas historias recogíamos en Argentina tenían una idea completamente diferente: la de empezar de lo poco y no de la nada. No era una ideología de borrar todo lo anterior y comenzar de nuevo, sino de comenzar a partir de donde se encontraban, de los restos oxidados de antiguos proyectos económicos, y de juntarlos para crear algo nuevo. Esta es más bien una perspectiva de “labor de retazos” que tiene en su centro las vidas y la dignidad humanas. Algunas de las alternativas económicas más interesantes del momento comparten esa idea de “partir de lo poco”, que creo que es hija de las lecciones aprendidas de los errores previos de la izquierda totalitaria.
–Usted menciona la sustitución de la terapia de shock por la de shock y amendrentamiento, pero también se advierten algunos intentos de suavizar la imagen del neoliberalismo. Jeffrey Sachs, el economista pionero de la terapia de shock, tituló su último libro The End of Poverty (El fin de la pobreza). ¿Se trata solamente de un cambio semántico?
–Son muchos los que creen que Sachs ha renunciado a su pasado de campeón de la terapia de shock y que ahora se muestra arrepentido. Pero si se lee The End of Poverty con más atención, se advertirá que sigue defendiendo las mismas políticas, sólo que afirma que debe haber un colchón mayor para quienes están en la peor situación.
El verdadero legado del neoliberalismo es la brecha de los ingresos. El neoliberalismo destruyó los mecanismos que disminuían la brecha entre ricos y pobres. Los mismos que crearon ese violento abismo quizás puedan decir ahora que debemos hacer algo por los más desprotegidos, pero aún no tienen nada que decir sobre las personas ubicadas en los estratos intermedios, que lo han perdido todo.
No se trata más que de un modelo cuya base es la caridad. Jeffrey Sachs afirma que define a los pobres como las personas cuya vida está en riesgo, las que viven con un dólar al día, las mismas de las que se habla en los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Por supuesto que esa es una situación que hay que enfrentar, pero que quede claro que hablamos de “nobleza obliga”, y de nada más.
–¿Existen las herramientas necesarias para reconstruir una sociedad más justa?
–Existen muchas, y somos testigos de con cuánta saña son atacadas en estos momentos de desorientación. Nada más hay que mirar lo que ha ocurrido en Nueva Orleáns en el período transcurrido desde el paso de Katrina. La ciudad se transformó en un laboratorio de esos think tanks de derecha financiados por las grandes empresas. The Shock Doctrine comienza con el análisis de una columna de opinión publicada por Milton Friedman tres meses después de la ruptura de los diques en Nueva Orleáns, en la que llama a la privatización de las escuelas de la ciudad. Y eso es lo que ha sucedido, según una forma específica de privatización favorecida en los Estados Unidos que recibe el nombre de charter schools (arrendamiento de escuelas).
Dos años después del paso de Katrina, las viviendas subsidiadas que permitían a las personas de bajos ingresos vivir en el centro de Nueva Orleáns en vez de tener que exiliarse a los márgenes de la ciudad, son las que se planea demoler para transformarlas en condominios. La idea original que dio origen a las mayores instalaciones de salud pública de la ciudad, como el Charity Hospital, era la de cerrar la brecha, aunque lo cierto es que ya sufrían varias décadas de abandono.
Esos son los puentes, y son los puentes los que primero bombardea esta ideología: la vivienda pública, las instalaciones de salud pública, las escuelas públicas. El mensaje fundamental de mi libro es que se nos ha dicho que nuestras ideas ya fueron puestas a prueba y fracasaron, pero eso no es cierto. Nuestras ideas funcionan, pero tienen un costo. Son muy buenas para el crecimiento económico, pero reducen las superganancias, y es por eso que ha habido un intento tan agresivo de mostrar que son un fracaso.
–Usted parece referirse también a la degradación y el cierre de los espacios públicos, pero lo cierto es que esto puede ir más allá de la explotación de los acontecimientos traumáticos. Considere, por ejemplo, los preparativos para los Juegos Olímpicos. No es un shock, pero el megaevento que son los Juegos termina siendo aprovechado para desplazar a varias comunidades y transformar los barrios que ocupaban en emporios de las clases adineradas.
-Ese es un buen ejemplo, y se ajusta a la idea de los estados de excepción. Leszek Balcerowicz, el ex ministro de finanzas que trabajó con Jeffrey Sachs para imponer la terapia de shock en Polonia en 1989, dijo que la ideología avanza en momentos extraordinarios de la política. Para él, esos momentos extraordinarios eran los del final de una guerra y los de transición política extrema. Pero tiene usted toda la razón cuando dice que hasta las Olimpiadas pueden desempeñar ese papel, porque son momentos de excepción en que nuestras ciudades ya no son nuestras y se aplican otras reglas. Eso es lo que está sucediendo en este momento en Vancouver como parte de los preparativos para la Olimpiada de Invierno del 2010. Es interesante, porque hay dos estados de excepción que están transformando esa ciudad. El primero es la creciente participación canadiense en la guerra de Afganistán, y el segundo son las Olimpiadas de Invierno. Es una combinación de deportes y armas.
–¿Qué signos de esperanza ve en el mundo actual?
–El proyecto ha cerrado el círculo. Comenzó en Argentina, en el techo de una fábrica ocupada. Les eché una ojeada a esos momentos extraordinarios de la política, cuando surge el sueño de una verdadera alternativa, de una tercera vía no laborista entre el comunismo totalitario y el capitalismo salvaje. Al revisar esas coyunturas, me percaté de que el sueño que ha surgido una y otra vez es el de las cooperativas.
Esa idea nunca ha fracasado, porque nunca ha sido probada en la práctica. Solidarnosk nunca tuvo oportunidad de poner a prueba su verdadero programa económico en Polonia antes de que esos sueños fueran traicionados por la terapia de shock. En Rusia fue muy evidente la decisión de no rehacer democráticamente la economía, a pesar de que el 67% de los rusos manifestó que la manera que preferían de privatizar las compañías del estado era que se las entregaran a los trabajadores en calidad de cooperativas de obreros.
Me parece enormemente esperanzador percatarme de que esas ideas que nos dicen que son poco prácticas no han fracasado. La impresión de que nuestras ideas ya están desacreditadas es la fuente fundamental de la debilidad de la izquierda. Es eso lo que nos hace vacilar en los momentos claves. Rastrear esos mundos perdidos a lo largo de nuestros últimos treinta y cinco años de historia demuestra que lo que las mayorías querían en Sudáfrica, Polonia, Rusia y China no fracasó, sino que fue aplastado. Fue aplastado por los tanques de guerra y por los tanques de pensamiento.
Saber cómo funciona el shock nos puede ayudar a enfrentarlo. Cuando los prisioneros entienden cómo funciona la técnica de interrogatorio de shock, son capaces de resistir sus métodos. Creo que lo mismo se aplica en una escala masiva. Las sociedades que han sacado lecciones de sus traumas previos –y muchas sociedades latinoamericanas caben en esa descripción– son más resistentes al shock, y se hace más difícil explotarlas en momentos de trauma.
Lo que presenciamos en Argentina –con el derrumbe de su economía y los ciudadanos impedidos de acudir a sus bancos– fue tan traumático para los argentinos como la Gran Depresión. El presidente declaró el estado de emergencia el 19 de diciembre del 2001, diciendo “permanezcan todos en sus casas, el país está amenazado, confíen en mí”. El pueblo salió en masa a la calle armado de cazuelas y lo depuso. Si se le pregunta a cualquier argentino por qué lo hicieron, le dirá que ya les había sucedido antes y que no iban a dejar que les sucediera de nuevo. Lo que quieren decir es que saben cómo funciona el shock, y no estaban dispuestos a retornar a un estado de temerosa aceptación regresiva de quienes ocupaban posiciones de autoridad. Ese ejemplo es para mí una fuente de esperanza.
Traducción de Esther Pérez
