Crisis capitalista y crimen corporativo
![]() Crisis capitalista y crimen corporativo Siguen derrumbándose las reputaciones de empresas que antes fueron las niñas bonitas de Wall Street, y todavía no se ve el fin. Pero hay algo cierto: ya frágil antes del caso de Enron, la legitimidad del capitalismo global como sistema dominante de producción, distribución e intercambio se erosionará más, incluso en el corazón del sistema. En el 2000, durante el punto más alto de la llamada "Nueva Economía", una encuesta realizada por Business Week encontró que el 72 por ciento de estadounidenses pensaban que las corporaciones incidían demasiado en sus vidas. Es probable que hoy esta cifra sería mucho más alta. De la misma manera que la sobre valoración de las acciones de las empresas punto com condujo a su derrumbe en el 2000-2001, el fraude corporativo fue un elemento esencial de la "Nueva Economía". Para entender esto, hay que empezar con dos acontecimientos centrales en la dinámica del capitalismo global de los años ochenta: el capital financiero se convirtió en la fuerza de la economía global, y la sobre capacidad o sobreproducción de la economía real, hizo crisis. En las últimas dos décadas experimentamos la des-regulación de los mercados financieros, con la eliminación progresiva de las barreras al movimiento de capital entre países y sectores. Por ejemplo, la Ley Glass-Steagall que prohibía a las instituciones financieras que operen simultáneamente como bancos comerciales y de inversión. El resultado fue un tremendo incremento de actividad especulativa que convirtió al sector financiero en el más rentable de la economía global. Tan rentable fue la especulación, que además de actividades tradicionales como préstamos y la compra-venta de bonos y acciones, los años ochenta y noventa vieron el desarrollo de instrumentos financieros cada vez más sofisticados como "futuros", "swaps" y "opciones. Sobre todo vimos un incremento espectacular en el llamado comercio de derivaciones, en el cual las ganancias no provenían de los activos comerciales sino de la especulación basada en calcular el riesgo inherente en la producción de los bienes como el maíz, trigo, carne de cerdo, etc. Lo atractivo del mundo financiero comparado con otros sectores de la economía, como el comercio y la industria, fue subrayado por el hecho de que a finales de los años noventa, el volumen de transacciones de los mercados de divisas alcanzó más de $1.2 billón (1.2 millones de millones) en un solo día, lo que iguala el valor del comercio de bienes y servicios del mundo entero en un trimestre. Con el sector especulativo inundado de dinero, mucho de él proveniente de fuera de EE.UU., el financiamiento de las empresas industriales dependía cada vez más de enormes cantidades de crédito y de la venta de acciones, en vez de depender de ganancias retenidas. Este dependencia fue más marcada aún a finales de los 90, mientras el auge de los años de Clinton empezaba a perder fuerza. Este auge había producido un agudo incremento de la inversión global, que condujo a una tremenda sobre-capacidad. A finales de los 90, los indicadores eran claros. La capacidad productiva de la industria de computadoras de EE.UU. subía en 40 por ciento por año, mucho más allá de las proyecciones de la demanda. La industria automotriz mundial vendía sólo el 74 por ciento de los 70.1 millones de automóviles que fabricaba cada año. Hubo tanta inversión en infraestructura global de telecomunicaciones que según informes sólo se utilizaba el 25 por ciento de la capacidad de las redes de fibra óptica. Las minoristas también sufrieron: gigantes como KMart y Wal-Mart sufrieron un tremendo exceso de espacio. Había, como lo expresó el economista Gary Shilling, "sobre-oferta de casi todo" Parece que las ganancias del sector corporativo de EE.UU. dejaron de crecer después de 1997, conduciendo a una ola de fusiones entre grandes empresas, algunas motivadas en eliminar a la competencia, otras por la esperanza de una rentabilidad renovada a través de algún proceso místico llamado "sinergia". Las más prominentes de estas uniones son la de Daimler Benz-Chrysler-Mitsubishi, la compra de Nissan por Renault, las fusiones de Mobil y Exxon, y de BP - Amoco- Arco, la enorme "Alianza Estrella" de la industria aerolínea, a de AOL - Time Warner, y la compra por parte de Worldcom del proveedor de servicios telefónico de larga distancia, MCI. De hecho, muchas fusiones terminaron consolidando los costos sin agregar rentabilidad, como fue el caso, por ejemplo, de la muy celebrada fusión entre AOL y Time Warner. Donde no pudieron efectuarse fusiones, dominó una competencia asesina, produciendo quiebras como la de la gigante minorista K-Mart. Con márgenes de ganancias muy reducidos o incluso inexistentes, la supervivencia significaba una mayor dependencia al financiamiento de Wall Street, que caía, cada vez más, bajo la influencia de bancos híbridos, comerciales y de inversión, como el JP Morgan Chase, Salomon Smith Barney, y Merrill Lynch, que agresivamente han venido compitiendo para armar paquetes de financiamiento. Debido a la falta de rentabilidad, algunas empresas tomaron la ruta de transar la promesa de futuras ganancias por efectivo en el presente, algo que los creativos gerentes de inversiones han hecho muy bien en el sector de la alta tecnología. Fue esta técnica aparentemente innovadora de comerciar ilusiones la que produjo el incremento estratosférico en los valores de las acciones del sector de alta tecnología, en el cual se perdió toda relación con el estado real de las compañías. Por ejemplo, el valor de las acciones de Amazon.Com experimentaron un repunte constante aun cuando la compañía todavía no había logrado ser rentable. Otras ofertas de acciones perdieron toda conexión con la producción y sirvieron principalmente como mecanismos para inflar los precios de las acciones y permitir que los capitalistas de riesgo y los gerentes con opciones de acciones se enriquezcan de la venta temprana, después de lo cual la empresa era abandonada a su suerte, hasta la quiebra. Pero al fin y al cabo, comerciar ilusiones tiene sus límites. La realidad intervino en el 2000, eliminando $4.6 mil millones de la riqueza de los inversionistas de Wall Street, una suma que, como señaló Business Week, representó la mitad del PIB estadounidense y cuatro veces la cantidad perdida en el "crack" de 1987. Aunque su auge fue extendido artificialmente en tres o cuatro años por la locura del punto com, la economía de EE.UU. finalmente entró en recesión en el 2000. Y precisamente debido a que la realidad se ocultó durante tanto tiempo tras la ilusión de prosperidad, será necesario mucho tiempo para rectificar, suponiendo que sí es posible rectificar, los enormes desequilibrios estructurales que se desarrollaron. Al final, no fue posible soslayar el hecho de que la hoja de cuentas de una empresa tenía que mostrar más ingresos que egresos para continuar atrayendo a los inversionistas. Ésta era la realidad sencilla pero dura que condujo a la proliferación de elegantes técnicas de contabilidad como la del gerente financiero de Enron, Andrew Fastow, cuyos "partnerships", mecanismos para mantener grandes costos y pasivos fuera de la hoja de cuentas, así como a los más crudos métodos de Worldcom que disfrazaron gastos corrientes como gastos de capital. En el contexto de la desregulación y el tratamiento benigno al sector privado que acompañó a la propuesta neoliberal dominante de "dejar en paz" a los empresarios, no era difícil que tales presiones incursionen en el espacio entre la dirigencia y la junta directiva, entre los analistas de bolsa y los corredores de bolsa, los auditores y los auditados. Ante el espectro de una economía que caía y menos dinero para todos, los observadores y los observados echaron al traste la pretensión de ser gobernados por un sistema de controles, y se unieron para promover, mientras fuera posible, la ilusión de prosperidad, y así mantener el flujo financiero de los inversionistas que no sospechaban nada. Sin embargo, no fue posible mantener este frente unido durante mucho tiempo, puesto que aquellos prevenidos de la situación real fueron tentados de vender antes de que la masa de inversionistas se enteraran de lo que pasaba. Al final, la perspicacia comercial se redujo a deducir cuándo vender, tomar el dinero, y correr ... y evitar el enjuiciamiento. El Ejecutivo General de ENRON, Jeffrey Skilling, quien vio plenamente lo que venía, renunció y huyó con los $112 millones que consiguió por la venta de sus opciones accionarias unos meses antes del otoño. Dennis Kozlowski de Tyco, no tuvo la misma suerte. Insatisfecho con los $240 millones que ya consiguió, todavía intentaba ordeñar su vaca financiera cuando la compañía colapsó; está ahora acusado de evasión de impuestos. Sin duda se desenmascararán más culpables, y quién sabe, al final la lista de personajes odiosos puede incluir hasta a George W. Bush y Dick Cheney. Pero vale la pena recordar que mientras abundan los villanos, el problema central es la dinámica del sistema capitalista global impulsado por un sector financiero desregulado, y esto no es algo que se pueda alejar con piedades georgianas como "no hay capitalismo sin conciencia," o resolver con soluciones elegantes como el "buen gobierno corporativo". Entretanto, los inversionistas extranjeros huyen de EE.UU., el dólar está a la baja, y el problema de sobre-capacidad es mayor que nunca. La mezcla de esta crisis estructural de la economía cada vez más profunda con la crisis de legitimidad del capitalismo neoliberal promete un futuro muy volátil. Traducción: Beatriz Martinez Copyright 2002 Focus on the Global South |

