Un atentado contra la política y la democracia

18 ဇူလိုင်လ 2005
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Mariano Aguirre

Un atentado contra la política y la democracia
Mariano Aguirre
El correo digital, 12 September 2001

Véase ese artículo en inglés

La cadena de atentados múltiples en EEUU va a imponer un cambio radical en la política global. Desde ahora en adelante las excepciones se volverán reglas: todos podemos ser víctimas, todos somos sospechosos. Consecuentemente habrá un amplio consenso social en favor de la represión preventiva, el control social, y las represalias dentro y fuera de la Ley.

Estos ataques ponen de relieve varias cuestiones sobre el terrorismo. La política como actividad para cambiar la realidad ha perdido su función en las últimas décadas. Hacer política era convencer, planificar, gobernar e inclusive manipular y mentir en función de alcanzar objetivos económicos y establecer otros modelos de organización social. Había, por lo tanto, fines para los que se buscaba apoyo social. Se necesitaba contar con la gente.

En las sociedades democráticas la política se ha convertido en marketing: los ciudadanos cuentan para votar pero los poderes públicos y los mismos partidos no quieren que actúen demasiado. En las sociedades con gobiernos y estructuras autoritarias la gente sirve para dar su adhesión incondicional o es una enemiga. En este marco, la política ha perdido peso a la vez que se ha vuelto más espectacular, una necesidad reforzada por la identificación entre política y medios de comunicación. Grandes podios, costosas campañas, potentes bombas. Para tener impacto no bastan los discursos, hay que actuar con decisión, especialmente contra los enemigos. Esta desmovilización social ha ido acompañada por el auge de liderazgos personales.

El uso irregular de la violencia siempre tuvo una misión propagandística. Los manuales de guerrilla de los movimientos de liberación nacional de los años 60 en el Tercer Mundo reivindicaban el uso de la fuerza contra los enemigos con el fin de movilizar a las sociedades. El uso selectivo de la fuerza era, según la teoría, una herramienta educativa de las sociedades oprimidas.

El terrorismo moderno no busca la movilización social organizada por determinadas causas, ni quiere ganar los corazones y las mentes de los posibles aliados. Consecuentemente no hay confrontación entre proyectos sociales. Se trata de golpear espectacularmente, esperar las reacciones de la otra parte, y volver a golpear. Esto provoca una mortal y perverso juego entre élites ya que mientras los terroristas atacan sin contar con la gente; los poderes estatales responden muchas veces de forma arbitraria y haciéndose fuertes en el fácil discurso de la represalia.

Estos atentados muestran que uno o varios grupos, posiblemente del mundo islámico, han perdido el control de sus acciones: matan a personas inocentes, destruyen infraestructura y presionan en favor de que haya más violencia y menos diálogo, sea en Oriente Próximo o en otras partes del mundo. Abren la puerta, además, a que EEUU y quizá Israel no solamente no cambien su política conservadora en Oriente Medio sino que, además, se fortalezan en esa posición y reaccionen de forma radical en diferentes ámbitos: ni una sola negociación por parte de Sharon; desarrollar el proyecto del escudo antimisiles por parte de Bush. Controlar a los antiglobalizadores en todo el mundo.

De esta forma el ciclo violento de las calles de Israel y Palestina se proyecta de forma global. Es posible que en los próximos días Washington realice uno o varios ataques con el fin de mostrar su fortaleza. Pero, además, desde ahora se inaugura una nueva época de control social y de sospecha sobre todos los ciudadanos, especialmente de algunos países. La privacidad y el movimiento van a quedar bajo el Estado de queda.

Como pasan con los atentados terroristas en otros contextos -como los que realiza ETA en España- el resultado es que el objetivo que dicen perseguir sus autores se aleja cada vez más hasta hacerse imposible de alcanzar. Los crímenes que se acaban de cometer en EEUU son injustificables en sí mismos, entierran las posibilidades de paz en situaciones como la palestino-israelí, son una tentación para el autoritarismo y atentan contra la política y la democracia como forma de convivencia.