Cuando hablan los diablos
¿Hasta dónde es factible seguir creyendo sensatamente que las actuales políticas de control de la oferta de drogas son eficaces y justas?
Los gobiernos de los países productores -en este caso los de los países andinos- se ven frenados por su propia impotencia y obligados a servir sin cuestionar la causa de la lucha antidrogas. Las buenas relaciones con Estados Unidos tienen prioridad, situación que los pone en un estado permanente de fuerte presión ante la imposibilidad real de implementar las exigencias de la comunidad internacional. El panorama se ha hecho más complejo en los últimos años, debido a la peligrosa confusión entre el control del tráfico de drogas y la lucha contra el terrorismo. El Perú no ha escapado a este esquema 'narcoterrorista' impulsado desde Washington para el resto del mundo.
La región andina ofrece buenos ejemplos de lo perjudicial e inútil que son las actuales políticas de control de drogas. Las consecuencias para el medio ambiente de la actual política antinarcóticos aplicada en Colombia; el caos social y económico en que se halla sumido Bolivia y que no obedece solamente al problema del gas sino a las crisis desatadas por las fallidas políticas para la coca; la mezcla explosiva que se ha ido generando en el Perú por una combinación de fuerzas alrededor del problema de la coca y la imposición del silencio a las voces detonantes. Washington y el resto del mundo están haciendo oídos sordos a las voces que claman desde las plazas de las ciudades y pueblos de la región. El modelo aplicado hasta ahora se ha agotado. Fuera de que no hay un único modelo aplicable para todos.
Enfrentar los problemas de fondo con el respaldo de un aparato burócrata militar montado especialmente para implementar las políticas de control de la oferta -como los operativos de erradicación-, sólo ha obtenido exactamente lo contrario de lo que se ha propuesto: acrecentar aún más el desastre humano, social, político y medioambiental, además de que se está destruyendo un recurso natural de alto valor medicinal y cultural como es la hoja de coca.
En el Perú particularmente, el debate público es casi inexistente, a no ser que éste se encuentre recluido a la manera como se guardan las antiguedades de las épocas preincaicas. La gente todavía parece no haberse puesto de acuerdo en la definición de narcotraficante. Mientras que cualquiera que sanamente abogue a favor de la coca puede ser tildado de narco, a los verdaderos narcos muchas veces no hay quien se atreva a identificarlos. Los medios de comunicación peruanos, que podrían ser una voz importante para dar a conocer hechos relevantes de la realidad peruana y servir como medio de expresión de un debate serio sobre el problema de las drogas, a menudo callan e incluso distorsionan la información. A tal punto que parecería que en el Perú estuviera prohibido cuestionar la manera como el gobierno desarrolla sus políticas de control de drogas. En estos momentos se encuentran depositados en la biblioteca nacional peruana los ejemplares de un libro sobre la legislación peruana antidrogas cuya venta o distribución están prohibidas.
Según los últimos datos de la ONU, los cultivos de uso ilícito se incrementaron en el Perú en un 14% en 2004 . En el Alto Huallaga, el incremento llegó a ser de 24%. Pero, más preocupante que este aumento en si mismo es que más de la mitad de los nuevos cultivos -52% por ciento- se encuentra en "otros lugares", fuera de zonas tradicionalmente conocidas como de cultivo, lo que implica que se ha producido una intensa dispersión, y más desplazamientos hacia zonas ambientalmente vulnerables.
Iniciativas de gobiernos locales, como el proyecto de ordenanza aprobado recientemente por unanimidad en el Cusco, deben servir como punto de partida para el diseño de políticas novedosas y pacificadoras. Esta iniciativa reconoce la producción tradicional y legal de la hoja de coca sin tope en determinados valles, y tiene como principal objetivo promover la industrialización de esta planta con fines medicinales, científicos, alimenticios, y para el chaccheo de la población.
Es tal el ambiente inquisitorial en el Perú respecto al debate sobre las drogas, que los autores de la obra aquí reseñada se han autodenominado 'los diablos'. Se trata de figuras reconocidas del escenario cocalero peruano, entre los cuales productores, pero también académicos y especialistas, estos últimos tan arrinconados y censurados como los mismos productores. El aporte de esta obra será sin duda de gran valor para dar inicio a un debate y a una apertura que conduzca a la reforma de las políticas del control de drogas en el Perú.