Cómo pasar la luna de miel

11 နိုဝင်ဘာလ 2008
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En sus primeros 100 días de presidencia, Obama debería deshacerse resueltamente de dos hitos, Iraq y Afganistán, y allanar el camino para concentrarse en la tarea verdaderamente titánica que le depara el futuro: transformar la economía estadounidense y mundial.
စာေရးသူ

En sus primeros 100 días de presidencia, Obama debería deshacerse resueltamente de dos hitos, Iraq y Afganistán, y allanar el camino para concentrarse en la tarea verdaderamente titánica que le depara el futuro, escribe Walden Bello: transformar la economía estadounidense y mundial.

La cosa surgió de forma bastante espontánea. La concentración en el parque Lafayette, frente a la Casa Blanca, empezó a bullir incluso antes de que John McCain pronunciara el discurso en que reconocía la derrota. La multitud allí reunida era multirracial, pero la gran mayoría era blanca. Y joven. Con sus entusiastas vítores, “O-BA-MA, O-BA-MA”, pertenecían a una generación que busca desesperadamente un motivo de esperanza. Estos jóvenes estadounidenses estaban respondiendo al llamamiento de Barack Obama que instaba a abandonar el cinismo y la política de la división que Karl Rove y los republicanos habían convertido en modalidad artística durante los últimos veinte años.

La alegría de la victoria –de una victoria contundente, además– ha desencadenado entre la gente de este extenso país un torrente colectivo de emociones que, durante unas cuantas horas y seguramente algunos días más, disipará los temores de desempleo y quiebra económica que acechan a la vuelta de la esquina. Muchas personas superaron los miedos raciales que aún perduran –en el pasado avivados con éxito por la derecha– para compartir su suerte con un afroestadounidense de 47 años que no ofrecía tanto un programa detallado como una promesa seria de lanzar a las cenizas de la historia ocho años de políticas doctrinarias de libre mercado que condujeron a la evaporación de sus empleos y comunidades.

Obama pidió a la gente que votara por sus esperanzas, mientras que John McCain intentó movilizar sus miedos. Pero el temor y la esperanza confluyeron de una forma que no dejó espacio a los republicanos: la gente motivada por la promesa de Obama de entrar en una nueva era pospartidista coincidió con la gente que temía verse abocada a la indigencia económica con otros cuatro años de la ideología republicana de la codicia. Puede que el lema más eficaz, que Obama ha repetido incansablemente todos los días durante los últimos tres meses, fuera que una victoria de McCain significaría cuatro años más de George Bush.

Catarsis


Para este columnista, aquella hora en que formó parte de la manifestación colectiva en el parque Lafayette, supuso una catarsis personal. En aquellos momentos viví la mezcla de muchos sentimientos: regocijo por que los estadounidenses hubieran elegido un presidente negro, alegría de que los vagos que habían provocado tanto sufrimiento en todo el mundo fueran finalmente botados como la basura que son, una curiosa pero agradable sensación de fiesta en un lugar en que había estado tantas veces antes para protestar contra las políticas estadounidenses y, sin duda, la esperanza subversiva de que una auténtica transformación sea, al fin y al cabo, realmente posible.

Es cierto que, para cuando terminó la campaña, la economía había desbancado a la tremendamente impopular guerra de Iraq como tema electoral clave. Pero la oposición a la guerra, más que ninguna otra cosa, fue la responsable de la abrumadora victoria de Obama en Iowa, las primarias que le dieron un impulso que ya no perdió. En aquel momento mágico en el parque Lafayette, este viejo perro antiimperialista se vio contagiado por ‘la audacia de la esperanza’, por decirlo con uno de los estribillos de la campaña; quizá, sólo quizá, aquel fue uno de esos momentos en que, tomando prestadas las palabras de Marx, todo los sólido se desvanece en el aire.

Puede que el espacio de cambio más significativo se encuentre en el campo de la economía, donde la gente de Bush ha establecido unas medidas de intervención pública que odian con pasión, pero que se vieron obligados a imponer ante la falta de otras salidas. Las elecciones han puesto en manos de Obama la enorme misión de pasar de políticas concebidas para estabilizar el capitalismo a políticas para fomentar el bienestar de los ciudadanos. La cuestión no es si hay espacios para el cambio, sino si Obama irá más allá y dará pasos transformadores sobre la propiedad y el control de la economía. ¿Presenciaremos el simple regreso a un anticuado keynesianismo o nos dirigiremos por fin hacia un régimen democrático y social que someta realmente el mercado a la sociedad? Que se diga de él que se ha rodeado de demócratas neoliberales como Larry Summers, Robert Rubin y Paul Volcker es motivo de preocupación, pero aún no de alarma. Obama sabe que el voto fue un referendo en contra del neoliberalismo, ya sea del tipo de Reagan, más doctrinario, o del tipo de Clinton, más pragmático.

Política exterior


La política exterior es otra cuestión. Una de las cosas clave que Obama subrayó una y otra vez durante la campaña es que Iraq era la guerra equivocada y que Afganistán era el lugar en que poner los límites a Al-Qaeda y sus aliados, los talibanes. Para neutralizar las estrategias de McCain y la derecha durante la campaña, seguramente consideró que estas afirmaciones eran inevitables desde el punto de vista táctico, al igual que sus terribles declaraciones prosionistas. Pero traducir esta retórica electoral en políticas supondría provocar una catástrofe. Enviar más soldados a Afganistán, un país que tiene uno de los mejores terrenos para la guerra de guerrillas, no funcionará. Y comprar con sobornos a algunos comandantes de los talibanes, como hizo el general David Petraeus con algunas de las tribus suníes de Iraq, tampoco funcionará, ya que los talibanes son una fuerza muy cohesionada ideológicamente, en que el fundamentalismo islámico y el nacionalismo afgano cumplen la misma función que el comunismo y el nacionalismo desempeñaron en Vietnam. Afganistán, en otras palabras, ya no se puede estabilizar, ni con poder blando, ni con poder duro, ni con los dos juntos. El destino de los británicos y de los soviéticos, que tuvieron que huir del país envueltos en el manto de la derrota y la vergüenza, está mirando fijamente a los ojos de los Estados Unidos. La única alternativa consiste en romper, romper claramente y ahora, y retirarse con un mínimo de honor y orden.

Durante la campaña, Obama demostró ser un pragmatista que estaba dispuesto a exponerse a la impopularidad al retractarse de sus propias palabras con el fin de lograr un objetivo estratégico. Fue ése el caso en que se desdijo sobre la financiación pública de su campaña. La caída en aquel momento fue muy ligera, ya que los progresistas entendieron que la meta era ganar las elecciones y que la tremenda lluvia de aportaciones económicas a través de internet era clave para superar la ventaja financiera de la que han disfrutado tradicionalmente los republicanos. Cumplir con su promesa de retirarse de Iraq siguiendo un estricto calendario y cambiar de opinión sobre Afganistán despertará la ira de la derecha. Pero en un momento en que a la mayoría de la población poco le importa la “credibilidad estadounidense”, las consecuencias serán manejables. Teniendo en cuenta que sólo el coste de la guerra de Iraq está alcanzando el billón de dólares, las razones económicas para salir de Oriente Medio en una coyuntura de crisis interna cobran bastante fuerza.

Los primeros 100 días de la presidencia de Obama serán, como de costumbre, una luna de miel con el pueblo estadounidense. Ése sería el momento ideal para deshacerse de dos hitos –Iraq y Afganistán– que al Gobierno Bush le encantaría endilgarle y romper la coalición que lo llevó hasta la Casa Blanca. Este paso le allanará el camino para concentrarse en la tarea verdaderamente titánica que le depara el futuro: transformar la economía estadounidense y mundial. Pero tiene que actuar rápido, aprovechando los días embriagadores de su romance con el pueblo estadounidense y la desorientación de la derecha.

¿Lo hará? Seguramente no. Pero no olvidemos que una de sus principales bazas ha sido su capacidad para cambiar de rumbo y sorprender.