La ONU y las crisis humanitarias
![]() La ONU y las crisis humanitarias Mientras las tropas británicas prosiguen con su misión en Sierra Leona, el secretario general de la ONU solicita a la comunidad internacional que aporte fuerzas para una misión de mantenimiento de la paz en la República Democrática del Congo. Las crisis internas precisan esfuerzos externos: mientras que la ONU recibe solicitudes para garantizar la seguridad en Líbano después de la retirada israelí, la administración de la ONU pide que los países de la OTAN que participaron en la guerra de Kosovo en 1999 muestren el mismo entusiasmo que pusieron en bombardear para aumentar el número de policías que se precisan para garantizar la seguridad interna. Una de las mayores paradojas de la política internacional en la actualidad es que hay cada vez más crisis internas y menos compromiso externo. El arco de la crisis va desde Colombia hasta Afganistán pasando por Sri Lanka y Sierra Leona, pero la respuesta de la denominada comunidad internacional es moderado cuando no totalmente pasivo. Cuando en un Estado constitucionalmente constituído ocurre una crisis se movilizan recursos para paliarla. Pero el sistema internacional tiene una organización débil y pobre (la ONU) y un régimen jurídico universal que los Estados individuales usan o dejan de lado según su conveniencia particular. El secretario general de la ONU, Kofi Annan, hizo un dramático llamado a la comunidad internacional en septiembre del pasado año para que aumentase el compromiso en defensa de las violaciones masivas de los derechos humanos. Su discurso estuvo situado entre las crisis de Kosovo, Timor Oriental y Chechenia, tres casos en los que hubo diferentes formas de respuesta. En Kosovo, la OTAN y los países que la lideran decidieron dar una respuesta ejemplar a Serbia. En Timor Oriental se esperó demasiado y la reacción vino solamente cuando los paramilitares pagados por Indonesia habían arrasado y asesinado. Y ante la brutal operación rusa en Chechenia no hubo ninguna reacción para no desestabilizar los gobiernos de Boris Yeltsin y Vladimir Putin. Desde que a principios de la década de los 90 hubo un cierto entusiasmo entre algunos gobiernos a favor de ceder poder a la ONU para realizar operaciones de paz hasta ahora las cosas han cambiado mucho. Las conclusiones extraídas de las crisis de Somalia, Ruanda, Bosnia y Kosovo han llevado a los gobernantes de EEUU y a varios aliados europeos a considerar que el denominado intervencionismo humanitario debe estar controlado por ellos y nunca por el secretario general de la ONU. El interés nacional de proteger a los propios soldados y los recursos económicos eventualmente invertidos en las situaciones de crisis es algo que no sólo quieren definir los gobiernos sino que dentro de algunos países hay pugnas entre un intervencionismo humanitario limitado y uno absolutamente inexistente. Hace pocos días, por ejemplo, un representante republicano en el Congreso bloqueó los fondos destinados a las tropas de EEUU en Bosnia. Su idea es que Europa debe aumentar su contribución en efectivos y dinero. En caso contrario EEUU debería retirarse de Bosnia, en contra de la política del presidente Bill Clinton y aunque se reanude la guerra. La tendencia dominante en este momento es la de hacer poco para gestionar las crisis y al mismo tiempo acentuar las críticas a la ONU. Uno de los autores de moda en este campo, Michael Ignatieff, abogó recientemente en el New York Times (15 de mayo, 2000) a favor de que la ONU abandone sus misiones de paz con cascos azules. "Cuando la paz deba ser mantenida, escribió, se requieren guerreros capaces de combatir bajo un fuerte mandato que les permita implicarse en combate con municiones, artillería e inteligencia y una sola línea de mando que responda a un gobierno nacional o a una alianza regional". Este alegato a favor de que EEUU o la OTAN lideren las operaciones no solamente contrasta con la voluntad pacífica que debe regir en primer lugar las acciones humanitarias sino que además, en términos prácticos, contrasta con la inhibición que tanto Estados y organizaciones como la Alianza Atlántica tienen para intervenir en otras situaciones que no sean aquellas en las que tienen la victoria asegurada. Más que nunca se precisa una acción coordinada, moral y política, para defender a las poblaciones en peligro. Ls organizaciones internacionales y las humanitarias cumplen una importante tarea, pero se precisa el compromiso diplomático, económico y en algunos casos coercitivo de los Estados y de las organizaciones multilaterales. Los Estados pueden prestarlo dando el poder a la ONU, legítimo y universal por encima de intereses particulares para la gestión de eventuales (y en última instancia) acciones de fuerza. Pero mientras los Estados más fuertes quieran conservar el control y, a la vez, la ONU tenga que gestionar con pocos efectivos mal preparados y casi nada de fondos crisis tan complejas como la de Sierra Leona entonces los desastres se convertirán cada vez más en catástrofes progresivamente incontrolables. |

