Rumbo a una Bandung de los Pueblos Multilateralismo, poder corporativo y la construcción de un Frente del Sur Global

En medio del ascenso del fascismo y de un orden capitalista en transformación, las fuerzas progresistas enfrentan una elección histórica: fragmentación o solidaridad. Inspirado en las luchas de liberación, este documento llama a construir una estrategia compartida y una acción colectiva para forjar un frente transformador del Sur Global por la justicia global.

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

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Introducción

“El Sur no conoce al Sur: qué sucede en sus países, cuáles son las ideas de sus pueblos, cuál es su potencial y cómo puede la cooperación Sur-Sur ampliar las opciones de desarrollo para todos. Cada país se ve obligado a cometer sus propios errores, sin poder aprender de la experiencia de otros en situaciones similares ni beneficiarse de la experiencia de sus éxitos.” 

- El desafío para el Sur, Informe de la Comisión del Sur

Vivimos en un mundo en transformación. A medida que el capitalismo entra en un nuevo ciclo de acumulación y el fascismo crece, las élites globales presionan para remodelar el orden mundial para que siga sirviendo a los intereses del imperialismo. Al mismo tiempo, estos cambios ofrecen una oportunidad para que los pueblos y las naciones encuentren y desarrollen nuevos caminos hacia la solidaridad internacionalista y el poder popular.

Pero esos caminos no se abrirán espontáneamente. El cambio intencional requiere estrategia, ideas y un entendimiento común, a escala global, dentro de la diversidad de actores sociales y políticos progresistas. No partimos de cero: los movimientos socialistas y de liberación nacional fueron las luchas políticas más inspiradoras del siglo pasado. Basándose en sus experiencias y aprendiendo de sus estrategias, este documento utiliza el término “fuerzas progresistas” para referirse al amplio espectro de la izquierda política, que abarca las diferentes formas adoptadas por la resistencia en nuestros distintos continentes. Resulta urgente consolidar un espacio cooperativo de diálogo y acción; de lo contrario, corremos el riesgo de ser aplastados durante otro ciclo más de explotación y opresión, atrapados en medio de luchas geopolíticas determinadas por los intereses de las superpotencias capitalistas. 

Este documento pone de manifiesto la urgencia de que todas las fuerzas progresistas del Sur global se comprometan con un plan de acción colectivo ambicioso y emancipador para cambiar el orden mundial actual. El texto es el resultado de varias rondas de consultas informales, en África, Asia y América Latina, con movimientos sociales, sindicatos, académicos activistas y otras organizaciones de la sociedad civil comprometidas con el multilateralismo. Se presentan aquí el análisis y el razonamiento que subyacen a la creación de un Frente del Sur Global (Parte I), sus retos y oportunidades (Parte II) y se subrayan algunos elementos para el desarrollo de una estrategia movilizadora global y común (Parte III).

Parte I: El (des)orden multilateral

El suelo se está moviendo bajo nuestros pies. Tanto en el Norte como en el Sur del mundo, el sistema internacional se está desmoronando. Muchos dentro de las fuerzas progresistas veían su fin más como un horizonte que como un problema. No obstante, la realidad es que ese sistema en decadencia se está hundiendo con nosotros, no por nosotros ni a causa de nosotros. En lugar de cantar victoria, oímos las campanas de la guerra.

Durante los últimos 80 años, críticas y esperanzas han compartido y disputado el espacio y el espíritu de nuestras instituciones multilaterales. El compromiso con el multilateralismo, que nunca ha sido un fin en sí mismo, permitió a los movimientos sociales, las mujeres, los pueblos indígenas, las y los campesinos y pescadores, sindicatos, organizaciones de la sociedad civil y personas migrantes y refugiadas, impulsar muchas agendas globales importantes, traduciendo sus luchas en Derecho Internacional a través de declaraciones de las Naciones Unidas, procesos de tratados, entre otros1. Sin embargo, a lo largo de ese tiempo, quedó claro que las normas de tal “sistema basado en normas” han sido sistemáticamente violadas por Estados miembros que se salieron con la suya. Se supone que todos los Estados son iguales, pero algunos son definitivamente más iguales que, por ejemplo, Irak en 2003, Libia en 2011 o Venezuela durante los primeros días de 2026.

Esos desequilibrios de poder también se han reflejado en nuestra arquitectura económica y financiera global. En lugar de privilegiar las negociaciones multilaterales, en las que el Sur podría ejercer cierto poder colectivo equilibrador, el comercio mundial ha estado regido por una red de acuerdos pluri y bilaterales que vinculan a la mayoría de los países del Sur global como socios subordinados a un Norte global cada vez más rico y financiarizado. Mientras que las demandas del Mecanismo de Solución de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS) convierten a los gobiernos del Sur en rehenes de inversiones buitres de las que sus pueblos rara vez se benefician, las instituciones financieras internacionales siguen jugando el juego del poder y del imperialismo, lo que hace imposible que los países altamente endeudados puedan concebir o seguir sus propios caminos hacia el desarrollo.

La abrumadora influencia del poder corporativo y la captura sistemática que hace de los procesos de toma de decisión dentro de las instituciones multilaterales agrava aún más este desequilibrio. Con la premisa de extender la participación de una gama más amplia de “partes interesadas” en los espacios de toma de decisión multilaterales, la “gobernanza de múltiples partes interesadas” pronto se convirtió en el llamado multistakeholderismo, un proceso de captura corporativa del multilateralismo a través de puertas giratorias, cabildeo empresarial no regulado y filantropía estratégica. Diseñado por personas como Bill Gates, con el respaldo del Foro Económico Mundial, COVAX es un ejemplo asombroso de cómo estos mecanismos permiten a las empresas sentarse junto a los Estados poderosos para decidir sobre la vida y la muerte de la mayor parte de la población del Sur global.

Dichas asimetrías entre el potencial y la realidad del multilateralismo han marcado los debates entre los activistas desde principios de este siglo. Una década después del fin de la Guerra Fría y la consolidación de la globalización neoliberal, constituían la crítica y la esperanza compartidas en las tiendas y en las mesas redondas de muchos Foros Sociales Mundiales, enmarcadas en un claro rechazo al nuevo status quo. Desde entonces, la crisis financiera de 2008, la pandemia, la profundización de nuestra emergencia climática, el genocidio del pueblo palestino y la consolidación de una ola macho-fascista coordinada de gobiernos de ultraderecha en todo el mundo han desgarrado aún más el raído tapiz de nuestro orden mundial internacional.   

Si escuchamos muy atentamente…

Tales fallas no son eventos aislados, sino síntomas interconectados de un fracaso sistémico. Cada una de ellas contiene elementos esenciales del orden multilateral actual y apunta hacia qué debe cambiar. Si la crisis financiera de 2008 reveló las vulnerabilidades del capitalismo actual, la decisión de la mayoría de los gobiernos de rescatar a las empresas con fondos públicos, con escaso o ningún condicionante, demuestra que los negocios prevalecieron sobre la regulación democrática. Cuando los Estados recompensaron la imprudencia de los banqueros con impunidad, la población tuvo que pagar el precio con la profundización del desmantelamiento del bienestar social y de los derechos laborales. El aumento de la vigilancia y la militarización inclinaron aún más la balanza, redefiniendo estructuralmente el equilibrio entre el consentimiento y la coacción, esta vez también en el Norte global. Mientras tanto, la pandemia y la crisis del cambio climático dan testimonio de las limitaciones insuperables de las instituciones multilaterales actuales. Dado que los virus y los gases de efecto invernadero no necesitan visa, se trata de problemas globales por definición. Sin embargo, en lugar de ser orientada por la Organización Mundial de la Salud, la recuperación de la pandemia la lideraron las mismas empresas transnacionales que se beneficiaron de ella, respaldadas por los países del Norte global y con una importante financiación pública, a la vez que las soluciones a nuestra emergencia climática se han confiado a las gigantes corporaciones contaminantes que generaron y siguen beneficiándose en gran medida de la destrucción del medio ambiente.

Pero fue el genocidio del pueblo palestino el que dio el golpe definitivo a quienes en la izquierda todavía albergaban un atisbo de esperanza. El papel que está desempeñando la Corte Internacional de Justicia, así como el compromiso de países como Sudáfrica y Colombia, son avances inspiradores. Pero la realidad del hambre deliberada, la tortura y la muerte de mujeres y niños en una limpieza étnica sistemática, incesante y orquestada, cometida por Israel con el apoyo activo de Estados Unidos y la Unión Europea, nos hace preguntarnos si alguna vez habrá un sistema que gobierne por sobre la entidad sionista o el imperio estadounidense. Ya quedan muy pocas normas internacionales que puedan violar.

En todo caso, la votación del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la Resolución 2803 de noviembre de 2025 es solo el último ejemplo de cómo se ha utilizado el multilateralismo para normalizar la ocupación y el genocidio. Solo Estados Unidos ha vetado al menos seis resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU propuestas para detener los bombardeos. Tras dos años bloqueando todos los esfuerzos por defender la autodeterminación y los derechos humanos de los palestinos, Trump y otros facilitadores del genocidio – la UE y algunos gobiernos árabes – han rebautizado la ocupación como un giro hacia la paz. Con la notable abstención de China y Rusia, la Resolución 2803 legitima la reocupación de Palestina, ahora bajo el control directo de Estados Unidos y gobernada por una “Junta de Paz” que excluye cualquier representación palestina. Según la relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, esta resolución “traiciona al pueblo al que pretende proteger”. Este acuerdo de “paz”, impuesto por Trump pero ratificado oficialmente por el Consejo de Seguridad, da testimonio de la relación transaccional que el imperialismo siempre ha tenido con las Naciones Unidas: utilizarla para obtener validación, descartarla si resulta inconveniente, pero ignorarla la mayor parte del tiempo.

Para las fuerzas progresistas globales, aferrarse únicamente a los pilares de la ONU no es suficiente. Como sostiene Jeena Shah, “el objetivo principal del derecho internacional fue el de facilitar y gestionar el imperialismo”. Aunque la descolonización haya transformado radicalmente la dinámica interna de las Naciones Unidas, nuestra lucha no puede centrarse en recuperar lo que nunca se diseñó para ser nuestro. Al mismo tiempo, el segundo gobierno de Trump, epítome de la macho-facho internacional, sin duda nos hace sentir que las fuerzas regresivas están ganando por defecto. Si bien resulta evidente que el actual sistema internacional es incapaz de abordar las cuestiones más cruciales de nuestro tiempo, el trumpismo es la antítesis del multilateralismo, la verdadera encarnación de la extrema derecha autoritaria del siglo XXI impulsada por la vigilancia y las ganancias del sector de alta tecnología. Existe una necesidad urgente de transformar el multilateralismo y, para que este ofrezca resultados diferentes, debe basarse en supuestos y compromisos diferentes.

Para que la izquierda y el campo progressista puedan resistir el dominio de la fuerza impuesto de forma descarada por el imperialismo estadounidense y la globalización neoliberal, existen alternativas tanto al multilateralismo que se está desmoronando como al multilateralismo al que muchos se acostumbraron a creer que era lo máximo a que se podía aspirar. Por lo tanto, se trata tanto de reconfigurar el multilateralismo como de imaginar y construir otros procesos y nuevas instituciones para la coordinación transnacional de los pueblos y los Estados, un nuevo orden multilateral en el que el Sur global tenga voz decisiva y poder efectivo. 

Es hora de reflexionar, conectarnos y organizarnos para construir un Frente del Sur Global que pueda promover y cosechar colectivamente esas tres tareas, a escala mundial, para generar un plan de acción común y nuevos paradigmas políticos adecuados para un orden mundial que afirme la vida, la paz y la igualdad. Porque “si escuchamos con atención, otro mundo no solo es posible, sino que está en camino”2.

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

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Parte II – Construyendo un Frente del Sur Global

Establecer nuevos cimientos para un orden internacional equitativo y democrático significa que los pueblos del Sur global deben ser la fuerza motriz y los principales beneficiarios del multilateralismo. Podemos hablar de dos Sures globales: uno está dibujado en los mapas y comprende los Estados poscoloniales que aún llevan las cicatrices del imperio, que luchan por un lugar en una mesa que no construyeron, pero que aún cargan sobre sus espaldas. El otro no conoce fronteras: es el Sur que vive en las calles de Yakarta, los suburbios de París, las favelas de Río, los townships de Johannesburgo, los centros de detención de Texas. Son la clase trabajadora nacida con una deuda que nunca contrajo, que hereda una vida de lucha como los multimillonarios heredan su riqueza. El Frente Global del Sur combina a ambos. No es un bloque de naciones, sino la izquierda transnacional organizada, junto con las fuerzas progresistas, convirtiéndose en un sujeto político colectivo capaz de impulsar a los pueblos y los Estados hacia un futuro emancipador. El Frente se forja precisamente donde los Sures de los pueblos y los Estados se encuentran, chocan y descubren en qué pueden convertirse cuando marchan juntos.

Para forjar un frente unificado se requiere la construcción de valores comunes basados en el respeto por la autodeterminación de los pueblos y los diferentes procesos sociales de los países y las regiones. La construcción de nuestra emancipación colectiva implica el diálogo entre una amplia diversidad de experiencias humanas y formas de ser y de vivir. A través de un compromiso humilde y productivo con otras culturas y procesos políticos, debería ser posible forjar la cultura de un nuevo internacionalismo en el que los valores, la literatura y las narrativas hegemónicas occidentales no sean la regla para medir la diversidad de todas las experiencias humanas. Esto implica la necesidad de “desoccidentalizar” y “desnorteanizar” el vocabulario político, las ambiciones y las estrategias de la izquierda.  

Como proceso, el Frente del Sur Global promueve la coordinación estratégica de las fuerzas sociales progresistas de todas partes del mundo, reuniendo a quienes luchan contra el imperialismo, la extracción de valor y la opresión. Convertirse en un Frente exige el diseño ecuménico de nuestras trincheras, pero nunca puede significar comprometer nuestros principios fundamentales. La disidencia, la contestación y la disputa son intrínsecas a la política precisamente porque nacen de las muy diversas experiencias humanas vividas, de nuestras relaciones con nuestras comunidades, con la naturaleza, con el Estado, con el poder. Componer intereses dentro de una diversidad de trayectorias y culturas políticas significa permitir que nuestras propias posiciones sean cuestionadas, enriquecidas, fortalecidas e incluso cambiadas. Esta dialéctica de fertilización cruzada implica un enfoque no sectario y una visión clara de quién está realmente al otro lado de las barricadas. Esto significa trabajar junto con movimientos sociales y partidos políticos, así como con organizaciones de la sociedad civil, intelectuales e individuos comprometidos con el cambio social radical.

Pero construir un Frente del Sur Global también significa entender a los Estados como espacios de disputa y como actores cruciales para atender a las necesidades de sus pueblos. Aunque en muchos casos los Estados se han convertido en mecanismos de opresión y dominación, capturados por las élites gobernantes, la construcción de un Frente del Sur Global no puede ignorar el poder que los Estados progresistas pueden movilizar. Trabajar con y dentro del Estado, siempre que sea posible, es, por lo tanto, otro pilar importante para construir un Frente del Sur Global, especialmente teniendo en cuenta su papel destacado en el orden multilateral actual. A día de hoy, el régimen multilateral puede tanto limitar como ampliar las oportunidades que tienen los movimientos sociales para enfrentar la desigualdad en el acceso a derechos y en la distribución de recursos dentro de sus territorios. Si los Estados están ahogados en deudas o se ven atrapados en procesos productivos destructivos por acuerdos comerciales, quedan muchos menos recursos en general para que puedan satisfacer las necesidades de sus pueblos. A pesar de las contradicciones inherentes al trabajo con el Estado, una alianza de este tipo puede aprovechar diferentes fuentes de poder, escalas de acción y conocimientos especializados para construir una estrategia global capaz tanto de resistir al imperialismo como de generar alternativas a este. Sin embargo, para hacer realidad dicho potencial, la construcción de un Frente del Sur Global depende de los recursos, las capacidades y la influencia que el proprio Sur global pueda aportar. Si el Sur llega a conocerse y a trabajar con el Sur, la coyuntura actual ofrece oportunidades tangibles.

Oportunidades a mano

Impulsados por la revolución digital y la “transición energética”, los cambios estructurales en la economía mundial repercuten directamente en la distribución de la riqueza y del poder geopolítico. Por un lado, la incorporación de tecnologías de vanguardia en nuestros modos de producción requiere mucha más energía y capital para reproducir el capitalismo que antes. Pagar por la revolución digital – incluida la tecnología de inteligencia artificial y la infraestructura relacionada – significa que nuestras economías avancen aún más en la financiarización y la desregulación de la producción y los derechos laborales, ampliando las grietas en el circuito del capital que han llevado a crisis económicas estructurales. Por otro lado, se está produciendo una nueva y agresiva carrera por los minerales para fabricar baterías y turbinas eólicas para alimentar los centros de datos y los vehículos eléctricos. Esto se ha traducido en guerras para garantizar el suministro constante de materias primas a las potencias occidentales y en una nueva ola de acuerdos de libre comercio e inversión para limitar las políticas y la regulación soberanas. En este contexto, dejar las cosas como están significa que el Norte siga cosechando los beneficios, mientras que el Sur sigue aumentando su deuda y contando los muertos.

Al poseer la mayor parte de las reservas minerales y de la mano de obra disponible, el Sur podría aprovechar mejor sus activos. Existe un desequilibrio material entre el Norte y el Sur globales, y es hora de que el Sur comprenda y actúe en función del poder de su riqueza. En todo el Sur hay suficientes recursos y complejidad productiva para satisfacer sus necesidades reales: empleo, infraestructuras, alimentación, salud, educación. Desde una perspectiva económica, un Sur integrado podría alcanzar la misma complejidad tecnológica que el Norte, pero con mercados más grandes y muchos más recursos disponibles para llevar a cabo la transición que nuestro planeta y nuestros pueblos tan desesperadamente necesitan.

Si los pueblos de China, India, Brasil, Sudáfrica e Indonesia combinaran y coordinaran sus capacidades y conocimientos especializados, por ejemplo, el mundo podría estar determinado por el Sur global. Al deshacerse de paradigmas y marcos que solo benefician al Norte, como los regímenes de propiedad intelectual y los mecanismos de solución de controversias entre inversores y Estados, el Sur podría fomentar un salto tecnológico que enfrentara no solo el cambio climático, sino también los retos en materia de salud, educación, distribución de tierras y alimentación, por nombrar algunos. Además, la provisión de medios de vida sostenibles podría revertir los programas de exportación de mano de obra para que los trabajadores pudieran contribuir a sus propias sociedades, al tiempo que las políticas de repatriación de cerebros podrían permitir a los Estados del Sur acceder a conocimientos técnicos de vanguardia de industrias productivas y sociales clave. La realización de este potencial depende, empero, del reconocimiento de que el poder del Sur global es colectivo y que solo colectivamente el Sur puede liberar sus capacidades y su futuro en sus propios términos.

Es necesario coordinar estrategias, integrar las cadenas de producción dentro y entre regiones, y construir una alianza estratégica entre todos los países y pueblos que han sido oprimidos y excluidos de los beneficios de la hegemonía occidental. Estos acuerdos de cooperación tendrían que ser radicalmente diferentes de lo que han podido ofrecer las instituciones de las Naciones Unidas y de Bretton Woods. Basada en un claro mapeo de sus recursos colectivos y, lo que es más importante, en un claro mapeo de las necesidades de sus pueblos y de nuestro planeta, la integración económica del Sur global es el único camino disponible para diseñar vías de desarrollo verdaderamente sostenibles: no depredadoras y que dependan exclusivamente de sus propios esfuerzos y recursos.

Ya existen importantes iniciativas, tanto de movimientos sociales como de Estados del Sur global, para diseñar colectivamente alternativas al desmoronamiento de nuestro orden económico y geopolítico. Hay esperanza y hay potencia en iniciativas como el proceso de Nyeleni; la Asamblea Internacional de los Pueblos; el nuevo marco comercial centrado en la soberanía alimentaria y los derechos de las y los campesinos y trabajadores rurales liderado por la Vía Campesina; la serie de estudios y propuestas del Instituto Tricontinental para redefinir el desarrollo desde una perspectiva del Sur global; las propuestas de la Internacional Progresista para un Nuevo Orden Económico Internacional del siglo XXI; y los marcos jurídicos nacionales e internacionales diseñados desde abajo en el seno de la Campaña Global para Recuperar la Soberanía de los Pueblos, Desmantelar el Poder Corporativo y Detener la Impunidad. Los pensadores del Sur también han sido muy activos en la comprensión del Sur en el capitalismo contemporáneo, como en el análisis de Leda Paulani sobre el Capitalismo 4.0, o en la concepción de nuevas vías hacia un desarrollo integrado, tales como la propuesta de Fadhel Kaboub para “El trato del siglo», la desglobalización de Walden Bello, las ideas de Jomo Kwame sobre el potencial de la ASEAN + 3 y la integración monetaria africana de Ndongo Sylla.

En lo que se refiere a los Estados del Sur global, es importante comprender que las transformaciones del capitalismo actual se reflejan en una distribución del poder geopolítico significativamente diferente de la que dio lugar a la Conferencia de Bandung y al Movimiento de Países No Alineados, primeros experimentos de coordinación del Sur global que no llegaron a desarrollar todo su potencial. Heredando este legado, a nivel regional, la coordinación de los procesos revolucionarios panafricanistas en el Sahel ofrece un ejemplo inspirador de determinación y resistencia anticolonial en este siglo. A nivel internacional, el BRICS ha desempeñado un papel importante como espacio en el que se comparten y coordinan propuestas, centrándose en la cooperación tecnológica y científica, así como en las finanzas y la coordinación política. A pesar de sus muchas contradicciones, al coordinar estrategias dentro de nuestras instituciones en ruinas y desarrollar las suyas propias, el BRICS es, de facto, el bloque contrahegemónico más desarrollado con condiciones para imponer la mayoría de los cambios necesarios para la construcción de un multilateralismo verdaderamente participativo y emancipador.

El potencial del BRICS para desafiar y transformar al multilateralismo es ampliamente reconocido, pero la alianza también deja al descubierto algunos de los grandes retos que tenemos para construir un futuro emancipador. En primer lugar, existen claros desequilibrios materiales entre los Estados del Sur, especialmente, aunque no solo, respecto a China. En segundo lugar, a pesar del importante cambio de poder económico y político que se ha producido en las últimas décadas, Estados Unidos y sus aliados mantienen una supremacía militar indiscutible sobre todos los miembros del Sur global juntos. En tercer lugar, existen importantes divisiones ideológicas que separan a los gobiernos del Sur, también, aunque no solamente, dentro del BRICS. Por último, si un multilateralismo emancipador debe basarse en las necesidades de los pueblos y en los límites de nuestro planeta, la integración de las voces interregionales o subnacionales dentro de las instituciones internacionales no es una tarea sencilla ni, necesariamente, una opción obvia para los líderes del BRICS.   

Desafíos por delante

Las complejas capacidades financieras y tecnológicas de Asia, las importantes y diversas reservas minerales de África y la biodiversidad de América Latina son recursos cruciales. Tales activos regionales, aunque importantes y a menudo complementarios, no se traducen necesariamente en un poder político equivalente para los Estados del Sur global. Más importante aún, cada una de esas regiones presenta importantes desequilibrios materiales que, en muchas ocasiones, han sido explotados por los países más poderosos de la región en detrimento de los países más pequeños o con menos recursos. ¿Cómo asegurar que, en lugar de cambiar estructuralmente nuestras relaciones económicas, algunos países no se centren simplemente en ascender por la escalera del desarrollo ellos solos?

La integración regional es clave en este sentido. Aunque para muchos en la izquierda ha sido un sueño largamente anhelado, también constituye un camino pragmático e ineludible para transformar las cadenas de producción mundiales y regionales, para que puedan reflejar y compensar las diferentes capacidades y disponibilidades de recursos entre los países. En este contexto, también es fundamental diseñar estructuras de cooperación regional que garanticen que el desarrollo sea necesariamente emancipador y no subimperialismo extractivista. La participación popular en las coaliciones regionales del Sur global pone de manifiesto las tensiones y contradicciones entre el poder corporativo y los derechos de los pueblos, donde es necesario cuestionar las lógicas mismas del capitalismo.3

China complejiza aún más esta ecuación. Comprender las ambiciones y los límites de la política interior y exterior china, al igual que la forma de influir en ellas, será determinante para la construcción de un multilateralismo Sur-Sur transformador. Desde una perspectiva progresista y emancipadora, no podemos negar que el camino chino, aunque no sea perfecto ni necesariamente replicable, comenzó con una revolución popular que ha logrado cambiar sustancialmente la vida de su pueblo. Gracias a la cuidadosa coordinación de sus agentes económicos, tanto dentro como fuera del país, China ha logrado cambiar su papel dentro de una rígida división internacional del trabajo, sacando a millones de personas de la pobreza. Hay lecciones que aprender de su planificación, sus estrategias de desarrollo soberano y su apoyo popular sostenido – porque hay apoyo popular – y cualquier narrativa que sugiera que 1.400 millones de personas viven bajo un régimen exclusivamente coercitivo es, en el mejor de los casos, ingenua y, en el peor, racista. No es de extrañar que muchas fuerzas progresistas vean a China como un aliado natural en la búsqueda del desmantelamiento del poder hegemónico occidental y del capitalismo neoliberal.

Al mismo tiempo, China no ha asumido explícitamente el liderazgo en esta reformulación colectiva de las estructuras económicas y políticas mundiales4. Como potencia económica global en ascenso, arraigada en tradiciones políticas diferentes, existe el riesgo de que China se mueva de manera pragmática hacia el nuevo capitalismo digital bajo en carbono como solo un actor más del mercado, reproduciendo potencialmente prácticas coloniales e imperiales. Aún no está claro hasta qué punto el país estaría dispuesto a invertir activamente en la construcción de un internacionalismo popular, hacia un orden mundial verdaderamente democrático. ¿Puede China ser el motor dinámico de tal esfuerzo sin convertirse en una nueva potencia hegemónica guiada únicamente por sus propios intereses? Resulta fundamental, por lo tanto, comprender cuáles son los intereses fundamentales de China y hasta qué punto está dispuesta a ceder en las negociaciones con otros Estados del Sur global para permitir sus desarrollos de forma emancipadora y soberana. Por último, es imperativo tener en cuenta las distintas relaciones que China mantiene con cada una de las regiones del Sur: mientras que para algunas ha sido un motivo de esperanza, para otros los desequilibrios de poder son mucho más evidentes y potencialmente conflictivos, como ocurre en el Mar de China Meridional, donde la creciente presencia militar tanto de Estados Unidos como de la OTAN agrava aún más las tensiones.

Los desequilibrios militares entre el Norte y el Sur

La peligrosa escalada militar mundial que lideran Estados Unidos y la OTAN es el segundo reto al que un Frente del Sur Global deberá hacer frente. El reciente compromiso de la alianza de aumentar el gasto militar de sus países al 5% de su PIB es la cara visible de una carrera armamentística que crece de manera exponencial y transforma tecnológicamente el abrumador arsenal militar de la OTAN. Después de Estados Unidos, China es el segundo país que más gasta en defensa, pero sus gastos representan tan solo alrededor del 1,6% de su PIB, lo cual contrasta claramente con Occidente. Sin embargo, mucho más relevante es observar que, mientras Estados Unidos tiene alrededor de 750 bases militares en cerca de 80 países de todo el mundo, China tiene oficialmente una sola, en Yibuti. En este contexto debemos entender la invasión estadounidense de Venezuela y los ejercicios militares conjuntos cada vez más provocativos de Estados Unidos con sus aliados en el mar de la China Meridional. El asombroso contraste entre la capacidad militar del Sur y del Norte globales es probablemente el reto más importante para cualquier transformación sustantiva hacia la democratización de nuestro orden mundial.

Cuando entra en juego la realpolitik, ¿qué capacidad de resistencia tendrían los pueblos y países del Sur global para mantener sus estrategias emancipadoras colectivas frente a ejércitos contrarrevolucionarios respaldados por las potencias occidentales? ¿Hasta qué punto pueden las fuerzas progresistas mantener su posición cuando las grandes empresas tecnológicas interfieren en los procesos democráticos, cuando hay golpes políticos contra los gobiernos del Sur o el asesinato de sus líderes? Igualmente importante es comprender cuánta transformación están dispuestas a aceptar las potencias imperiales antes de entrar en una guerra mundial a gran escala. Para abordar estos desequilibrios, más que contar las armas nucleares que pueda tener el Sur, es imperativo construir estrategias colectivas, involucrando orgánicamente a todas las fuerzas progresistas dispuestas a transformar sustancialmente nuestra realidad5. Si los procesos políticos se desarrollan y aplican de arriba hacia abajo, puede que baste una tendencia en TikTok para acabar con nuestras democracias, sin que se dispare ni un solo tiro.

El enemigo interno

Es importante, asimismo, reconocer al otro bloque contrahegemónico que disputa nuestro futuro, a saber, la Internacional Reaccionaria. Coordinando a los líderes macho-fascistas del Sur como Nayib Bukele, Javier Milei y Jair Bolsonaro con sus homólogos del Norte global como Donald Trump, Victor Orbán, Giorgia Meloni y Benjamin Netanyahu, este bloque está muy bien financiado, coordinado internacionalmente y es experto en manejar los medios de comunicación.6 Al igual que el discurso progresista, muchos también denuncian la globalización neoliberal, pero con propuestas políticas radicalmente diferentes, basadas en la exclusión, el militarismo y la xenofobia, incluso dentro del BRICS.

Para abordar estas cuestiones, Walden Bello propone cláusulas democráticas y de derechos humanos Sur-Sur basadas en refuerzos positivos y negativos. Es muy importante marcar una línea en estas cuestiones, pero también es difícil establecer una base de referencia sustantiva y mecanismos para hacerla cumplir, dados los importantes desequilibrios de poder no solo dentro del BRICS, sino en todo el Sur global. Teniendo en cuenta el uso político y unilateral de las cláusulas sobre derechos humanos y democracia en las relaciones Norte-Sur, así como la complicidad del Norte en las violaciones de los derechos humanos, ¿cómo pueden decidirse y aplicarse colectivamente estos refuerzos propuestos?

Una forma de enfrentar este problema es incluir procesos y espacios que garanticen, dentro de un multilateralismo liderado por el Sur, la participación significativa, con un claro poder de decisión, de los movimientos sociales, sindicatos, campesinos y campesinas, pueblos indígenas y otros grupos y comunidades relevantes afectados por las decisiones que se tomen a nivel multilateral. Mientras la geopolítica ortodoxa westfaliana asume que los Estados reflejarán en sus políticas exteriores el resultado de los debates y de las disputas de poder subnacionales, un multilateralismo centrado en los pueblos debe incorporar explícitamente estas voces, ya que cualquier decisión será mejor y mucho más legítima si se basa en las experiencias vividas por aquellos que se verán más afectados por ella. Es fundamental respetar la autodeterminación, pero ha llegado el momento de que la autodeterminación no sea solo un derecho de los Estados, sino también un derecho exigible de los pueblos7. Igualmente importante es que estos espacios también conecten estructuralmente las luchas sociales, fertilizando de forma cruzada la comprensión que tienen los pueblos de sus propias realidades compartidas, mejorando sus estrategias y potenciando su poder transformador.

Sin embargo, la Internacional Reaccionaria no es más que la cara visible de un problema más profundo y estructural. En todo el Sur global, las élites nacionales llevan mucho tiempo cambiando la soberanía por privilegios, actuando con demasiada frecuencia como correas de transmisión de la dependencia neocolonial, alineándose no con sus propios pueblos, sino con la reproducción de una división internacional del trabajo violenta, racista, extractivista y desigual. Las élites nacionales del Sur global han desempeñado en ocasiones un papel positivo en el camino hacia la liberación de sus Estados, pero también son ellas las que garantizan que la extracción continúe y la resistencia sea reprimida. Cada vez vemos menos a las élites nacionales defendiendo proyectos soberanos; en lugar de ello, sostienen el modelo extractivo y venden los activos nacionales al capital transnacional, funcionando cómodamente como agentes de intereses extranjeros. Al beneficiarse de este papel en las cadenas de producción internacionales, se convierten inmensamente ricos. Por lo tanto, cualquier proyecto serio para la soberanía del Sur debe tener en cuenta al enemigo interno: la lucha de clases que siempre ha sido un instrumento para el mantenimiento de los vínculos de dependencia, y las burguesías locales cuyo poder se basa precisamente en la perpetuación de los privilegios y las desigualdades.

La construcción de un Frente del Sur Global se basa en el entendimiento de que hay más motivos para unir que para dividir a los pueblos y Estados del Sur. Hay retos sin precedentes que enfrentar, y sin duda la lista es mucho más amplia que la que se ha esbozado en esta sección. Sin embargo, estos son puntos de partida que las fuerzas progresistas deben tener en cuenta en el desarrollo de este futuro colectivamente concebido, lo que requerirá ambición, líderes políticos valientes y movimientos sociales fuertes. Estos retos no deben ser motivo para la inacción. Al contrario, la mayoría de las veces sus soluciones están integradas en la propia resistencia cotidiana. 

Parte III – Estrategias para desarrollar una agenda común

La construcción de un Frente del Sur Global comienza por ver las cosas de manera diferente. El poder que ejerce la América Invertida sobre cada adolescentes latinoamericano de izquierda es un claro ejemplo de ello. El dibujo de tipo infantil de Torres García, que muestra un mapa invertido de América del Sur, transmite con una imagen sencilla lo fácil y lo desafiante que es cambiar nuestra forma de ver el mundo. Para actuar juntos debemos aprender a pensar juntos, desde el Sur y para el Sur. Porque el vocabulario y la imaginación política están muchas veces enmarcados por teorías formuladas muy lejos de las experiencias y los territorios del Sur global. Para que el mundo atienda a las necesidades y aspiraciones de los pueblos del Sur, los procesos e instituciones que rigen nuestras relaciones internacionales deben reflejar sus múltiples facetas. Es urgente que el Sur piense y hable por sí mismo, priorizando sus narrativas y dando visibilidad a sus diferentes realidades materiales.

Lo que ocurre es que la definición de “Sur global” no es ni estática ni precisa. Si bien existe un claro reconocimiento de una realidad compartida de opresión, derivada de su inclusión subordinada en la división internacional del trabajo, “Sur global” es el nombre de una lucha. El Sur, que abarca algunas de las economías más grandes del mundo, habla más de la exclusión de estos países de los espacios de toma de decisiones multilaterales que de una identidad macroeconómica concreta. En definitiva, el Sur global no puede determinar las estructuras internacionales que afectan al bienestar de sus pueblos, sujetos tanto a la extracción de valor como a constantes perturbaciones externas. Al combinar muchos de los países del “segundo” y “tercer” mundos, así como la mayoría de los llamados “países periféricos” o “en desarrollo”, el Sur global también habla de la alteridad, de aquellos excluidos de las definiciones hegemónicas capitalistas de lo que es bueno, bello y sabio. 

El Sur también comparte un pasado de grandes civilizaciones, una historia de resistencia, de luchas anticoloniales de liberación, así como profundas heridas causadas por los ajustes estructurales impuestos más recientemente por el neoliberalismo. A pesar de la falta de una definición clara, el “Sur” es una identidad geopolítica y geoeconómica poderosa, que en todos los aspectos debe ocupar un lugar central en la construcción de un futuro sin cadenas. Pero cualquier estrategia exitosa para y por el Sur global debe comprender su relación con el Norte global y también su presencia en el Norte global.

El Sur global en el Norte

¿Cuál sería el rol del Norte global en la construcción de este nuevo internacionalismo? Por supuesto, comprender en profundidad su papel es una tarea que corresponde a los propios movimientos y activistas del Norte global. Sin embargo, cabe mencionar que, si bien las desigualdades y el empobrecimiento global en esta era tienen una fuerte presencia geográfica en el Sur, también existe una desigualdad significativa y creciente en el Norte global. Si a nivel mundial el 0,001% más rico controla tres veces más riqueza que el 50% de toda la humanidad junta, en Estados Unidos, un país desarrollado en términos macroeconómicos, 35,9 millones de personas vivían en la pobreza en 2024. Durante ese mismo año, la Unión Europea contabilizó 93,3 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social8, lo que supone un asombroso 21% de su población. Aunque es necesario revisar radicalmente las relaciones racistas y neocoloniales entre el Norte y el Sur, también hace falta reinterpretar en profundidad las desigualdades extremas y la composición de clase de las sociedades del Norte global.

Las personas migrantes y refugiadas que viven y trabajan en el Norte son la cara más visible de lo que llamamos el Sur global en el Norte. Como parte intrínseca de la reproducción del capitalismo actual y a la reestructuración global del trabajo, esas personas están incorporadas en las sociedades del Norte global realizando las tareas pesadas que la globalización neoliberal no ha podido externalizar directamente a los países del Sur. Por lo general, trabajan en las áreas de la construcción, la agricultura, la salud y los cuidados, las plataformas petrolíferas, el transporte y los sectores de servicios, siendo tratados como un apéndice, un anexo de sociedades que, por lo demás, serían consideradas prósperas. Sucede que, aunque se les invisibilice y criminalice sistemáticamente, la mano de obra migrante y refugiada contribuye de manera sustancial tanto a las economías de los países de acogida como al PIB de sus propios países de origen: en 2024, por ejemplo, las remesas extranjeras representaron el 8,7% del PIB de Filipinas, el 11,4% del de Senegal, el 19,1% en Guatemala y el 3,6% en México.

En efecto, los principales instrumentos multilaterales que protegen los derechos humanos de las “personas en movimiento” (Convención sobre los Refugiados, de 1951; Convención contra el Racismo, 1965; y Convención sobre los Migrantes, 1990) han sido desmantelados por marcos como los Pactos Globales de la ONU de 2018, el Pacto de la UE sobre Migración y Asilo de 2024 y la “Ley de la Bella y Enorme Medida Legislativa” de los Estados Unidos de 2025. Los migrantes y los refugiados son considerados cada vez más como terroristas, como delincuentes, como individuos cuya humanidad puede ser borrada legalmente mediante regímenes de categorización cada vez más estrictos. Las personas de ascendencia árabe y africana se ven afectadas de manera desproporcionada, y a menudo son tratadas como amenazas para la seguridad. Las políticas migratorias racistas se están extendiendo cada vez más allá del control fronterizo, afectando la vida cotidiana de hombres, mujeres y niños migrantes cuyos nombres se consideran sospechosos o cuyo color de piel es el “incorrecto”, lo que da testimonio de la continuidad entre el colonialismo y los controles de inmigración.

No obstante, hay respuestas inspiradoras. La resistencia del pueblo palestino y la Sumud frente a la continua ocupación sionista y el genocidio han puesto al desnudo la complicidad y el imperialismo de EEUU y la UE, catalizando un renovado internacionalismo centrado en el cambio sistemico. Los movimientos y redes de migrantes y refugiados, así como las organizaciones antirracistas y antiislamófobas, están desempeñando un papel importante en el Norte global al impulsar una solidaridad hacia la acción radical, alejándose del filantropismo performático, a tal punto que los movimientos sociales globales están asumiendo cada vez más las luchas de los migrantes como agenda central en sus luchas, como es el caso, por ejemplo, de los movimientos por la soberanía alimentaria, la salud colectiva y la antimilitarización. La organización política de los migrantes y refugiados puede considerarse una gran protesta global contra la insostenibilidad del capitalismo, así como un recordatorio aleccionador de lo profundamente inconcluso que está el proceso de descolonización.

Estas dinámicas también repercuten en los procesos electorales y parlamentarios. Ante el empobrecimiento y la exclusión, es la extrema derecha la que está ganando adeptos. Tanto Estados Unidos como Europa han otorgado un segundo mandato a Trump y a Von der Leyen, y muchos países europeos han dejado de lado a los partidos socialdemócratas en favor de partidos fascistas y de extrema derecha, poniendo de manifiesto la culminación lógica de décadas de globalización neoliberal. Por lo tanto, se plantean importantes cuestiones estratégicas para las fuerzas progresistas del Norte. Fundamentalmente, este escenario exige un análisis exhaustivo no solo de los impactos del neoliberalismo, sino también de las bases sobre las cuales reconstruir sus infraestructuras sociales, alejándose del extractivismo neocolonial en el Sur global.

Para la izquierda del Norte, es imperativo desarrollar una comprensión más radical del internacionalismo. Al tiempo que las alianzas con las luchas del Sur global siguen siendo cruciales, como en el caso de la lucha por la autodeterminación de Palestina, cambiar sustancialmente la forma en que se gobiernan los países del Norte tendrá un impacto mucho mayor y más duradero en el Sur que los programas discrecionales de ayuda al desarrollo. Se trata de desmantelar el capitalismo y el imperialismo desde dentro, rompiendo con un modelo que sacrifica los derechos sociales y la responsabilidad democrática para proteger las ganancias y el poder mediante la militarización, la exclusión, la extracción y la guerra. Básicamente, para el Norte global, la tarea empieza por aprender a vivir sin imperio.

El Sur global en el Norte puede ser determinante para el cambio sistémico. Incluye a las personas migrantes y refugiadas, los negros, los pueblos indígenas, las comunidades marginadas y las minorías sociales, así como a la clase trabajadora blanca empobrecida y privada de derechos, cuyas vidas tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea han sido devastadas por la reestructuración neoliberal. Su tarea consiste en construir economías de solidaridad y democracia en el Norte que puedan prefigurar las relaciones postcapitalistas, desmantelando activamente las estructuras racistas y coloniales sin descuidar las debidas reparaciones. Se trata de que el Norte se comprometa con un nuevo internacionalismo que sitúe el cambio sistémico en el centro de la transformación global, desde las entrañas de la bestia.

Elementos de una estrategia común

La construcción de un Frente del Sur Global exige mecanismos concretos de coordinación, canales de comunicación claros y una alineación estratégica entre contextos muy diversos. Desde Yakarta hasta Johannesburgo, desde São Paulo hasta Manila, las fuerzas progresistas se enfrentan a batallas inmediatas diferentes, pero comparten los mismos adversarios estructurales: el imperialismo, el poder corporativo, la militarización y la internacional macho-fascista. El reto consiste en conectar estas luchas sin aplanar su especificidad, coordinar sin imponer uniformidad, construir poder a partir de la realidad de las múltiples luchas. Se trata de construir un horizonte colectivo, una voz común capaz de articular intereses compartidos y dar forma a las agendas políticas a nivel nacional, regional y global. 

Esta sección describe algunos elementos de dicha estrategia, no como un plan detallado, sino como una invitación, un marco que debe ponerse a prueba, adaptarse y perfeccionarse colectivamente a través de la práctica. Identifica tres espacios interconectados en los que debe desarrollarse la labor de construir el poder de los pueblos: entre los movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil; dentro y junto a los Estados y los partidos políticos; y a través de redes de pensadores, comunicadores y educadores populares. Cada uno de ellos es solo una pieza de un mosaico que, en conjunto, puede forjar una visión y estrategia común como exige el desarrollo de un Frente del Sur Global.

El primer espacio tiene la tarea de construir vínculos sólidos entre los pueblos y los movimientos del Sur global, conectando las luchas locales con las dinámicas internacionales e identificando los puntos de convergencia que permiten la acción colectiva. Esto requiere creatividad, apertura y voluntad política, un proceso arraigado en luchas concretas que se viven de manera diferente en cada país. ¿Cuáles son las luchas más significativas para cada sociedad? ¿Cómo se desarrolla la intersección entre los diferentes frentes de lucha en cada uno de los continentes? En Brasil, por ejemplo, la justicia racial, la igualdad de género, los derechos de los pueblos indígenas, el empleo y la protección laboral, la distribución de la riqueza y de la tierra, y la violencia (estatal) conforman una configuración muy específica de luchas. ¿Cuáles son las fuerzas sociales que determinan los frentes de lucha en, por ejemplo, Indonesia o Sudáfrica? De la diversidad de realidades similares en todo el Sur puede surgir la esencia de una voz política compartida.

El segundo espacio implica un acercamiento estratégico con los Estados del Sur global, la movilización complementandose con una labor sostenida de incidencia y campañas públicas. Esta parte de la estrategia incluye el trabajo con las capitales y las coaliciones Sur-Sur, como el BRICS, el G77 y el Movimiento de Países No Alineados a nivel mundial; o la Unión Africana, la ASEAN y la CELAC a nivel regional. El trabajo de la Campaña Global dentro del proceso del Tratado Vinculante de la ONU, que fomenta la coordinación de los países del Sur global en torno a disposiciones legales elaboradas a partir de la realidad de las violaciones de derechos humanos cometidas por las empresas transnacionales, puede enseñar lecciones importantes sobre los límites y, especialmente, sobre el potencial del acercamiento de los movimientos sociales con los Estados. A pesar de sus numerosas contradicciones, estos ámbitos políticos pueden ofrecer oportunidades estratégicas para promover demandas comunes y reforzar la coordinación política.

Otra dimensión de ese espacio es el trabajo con los partidos políticos y los parlamentarios, esencial para traducir las demandas sociales en poder institucional. En América Latina, por ejemplo, el Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla, el Congreso Panamericano y la Red Futuro proporcionan importantes plataformas para la coordinación regional de los programas de los partidos progresistas. Es fundamental intercambiar tales lecciones entre las regiones, creando alianzas globales de representantes progresistas del Sur, como las iniciativas organizadas recientemente por la Internacional Progresista con el Grupo de La Haya y Nuestra América

El tercer espacio exige la coordinación entre pensadores, intelectuales y medios de comunicación. Esto incluye la creación de redes de intelectuales y expertos del Sur en disciplinas clave, así como el fortalecimiento de los think tanks arraigados en las realidades del Sur. Dichas iniciativas deben complementarse con esfuerzos de formación política colectiva intencional, para comprender el pasado, el presente y el futuro desde una perspectiva progresista, recuperando el pensamiento y la cultura del Sur, como el trabajo que desarrollan el Instituto Tricontinental y Focus on the Global South. Recientemente inaugurada, la Transnational Academy es una contribución concreta a este esfuerzo, en la que, junto con nuestros aliados, el TNI fomenta procesos de formación política colectiva. Para la segunda mitad de 2027, se está diseñando un curso para impulsar el análisis, la estrategia y la movilización desde una perspectiva del Sur, con la finalidad de que el Sur conozca mejor al Sur. En conjunto, estas iniciativas pueden profundizar nuestro conocimiento colectivo, influir en el debate público y reforzar los cimientos intelectuales de un proyecto común del Sur.

Los tres espacios de lucha confluyen en el frente antiimperialista y antifascista, tarea urgente para nuestra generación. Mediante la movilización constante, la coordinación política y la producción intelectual orgánica, esta estrategia nos permitirá construir un futuro diferente mientras resistimos.

Mirando hacia adelante

A lo largo de 2025, el TNI ha promovido consultas en todas las regiones del Sur global con muchos aliados cercanos para comprender su lectura de la coyuntura actual y las estrategias que contemplan para un nuevo orden multilateral. En la mayoría de las conversaciones, el diagnóstico fue similar: a pesar de las incertidumbres, o precisamente por ellas, nuestra coyuntura actual presenta muchas oportunidades que las fuerzas progresistas deben explorar de manera seria y colectiva. Los retos han variado en cierta medida en cuanto a su importancia entre las distintas regiones, pero ha quedado claro en todos los casos que necesitamos desarrollar una voz – un “coro” de voces plurales – y una estrategia común para forjar el futuro. Para guiarnos en ese sentido, se han mencionado de manera recurrente algunas cuestiones como temas centrales9 que deben explorarse más a fondo con el fin de diseñar estos múltiples tapices en una unión de luchas desde los Sures del mundo.

¿Cómo podemos cumplir con las altas aspiraciones de nuestros pueblos y movimientos? A lo largo de 2026, junto con movimientos sociales, sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil, el TNI participará en un proceso colectivo de formación política, encuentros de movilización y acción, con el fin de contribuir a la consolidación de una identidad política colectiva y desarrollar una estrategia y un plan de acción comunes. Partiendo de los aprendizajes de una agenda viva del Frente del Sur Global, trabajaremos para conectar la diversidad de voces políticas, luchas y tradiciones hacia una Bandung de los Pueblos, en 2027.

 Hace setenta años, la Conferencia de Bandung marcó el nacimiento de la cooperación Sur-Sur, reuniendo a 29 Estados asiáticos y africanos recién independizados para abordar la descolonización, el desarrollo y el imperialismo. Creemos que la energía simbólica y política que proyectó Bandung 70 años hacia el futuro es más que una inspiración, es un llamado a la emancipación en esta nueva era. Sin embargo, una Bandung de los Pueblos debe abarcar no solo a los Estados, como lo hizo en 1955; tampoco solo a África y Asia, sino también a América Latina, el Caribe y la inmensa diversidad de movimientos sociales, fuerzas políticas y luchas populares de los muchos Sures del mundo. Es Bandung porque encarna la promesa transformadora de una estrategia común Sur-Sur. Está en español para enfatizar la inclusión de América Latina. Pero, sobre todo, es “de los Pueblos” porque el poder popular debe impulsar este nuevo multilateralismo, a ser fundado en la solidaridad internacionalista y la democracia genuina.