Los Estados Unidos deben anteponer la diplomacia a la guerra

01 Febrero 2017
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Estas serían las líneas de una política exterior no imperialista y verdaderamente internacionalista.

Las elecciones de 2016 y sus repercusiones aterradoras han arrastrado a millones de estadounidenses a la vorágine del racismo, la xenofobia, la histeria antiinmigrante y la islamofobia, lo que, simultáneamente, refleja y abona el terreno para una política exterior aun más militarizada, antimusulmana, antiinmigrante e impulsada por el afán privatizador y las ganancias. No sabemos todavía si la política exterior de Donald Trump reflejará su anterior devaneo con el aislacionismo o si se acercará más al rabioso intervencionismo militar deseado por muchos de los generales que ha designado. Sin embargo, aun sin conocer este dato, deberíamos identificar qué aspecto tendría una nueva política exterior no imperialista, verdaderamente internacionalista, en la que el derecho internacional, los derechos humanos y la solidaridad global sustituirían a la ‘guerra global contra el terror’. Una política así empezaría por recortar los presupuestos militares y detener las guerras, las ocupaciones y las injusticias climáticas que están generando tantas crisis mundiales de personas refugiadas.

Una nueva política exterior estadounidense debería tener una visión y alcance amplios, y reconocer que la guerra no puede derrotar al terrorismo. A pesar de algunas buenas intenciones, discursos impactantes y de renombrar ‘la guerra global contra el terror’, el presidente Obama fue incapaz de abandonarla; de hecho la intensificó significativamente con el uso de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos y más bombardeos sobre Siria, Libia, Yemen y otros lugares, además de Iraq y Afganistán. Una intensificación de esta política por parte del Gobierno de Trump solo se traduciría en un mayor fracaso.

Una política exterior progresista significa el fin de los privilegios económicos y políticos de quienes se lucran con el gasto militar. Significa anteponer la diplomacia a la guerra, rechazar el aislacionismo y reconocer las obligaciones que corresponden a la nación más rica y poderosa de la historia.

Los Estados Unidos tienen una deuda global con las personas y los países de todo el planeta, una deuda que debe saldarse mediante el recorte masivo de nuestro multimillonario presupuesto militar. Estos miles de millones —aproximadamente 54 céntimos de cada dólar de los impuestos discrecionales del presupuesto federal— deben redirigirse a las urgentes prioridades nacionales: puestos de trabajo, educación, protección ambiental, atención de la salud, etcétera. Y todavía quedan muchos millones para destinar a la ayuda no militar a pueblos y naciones en todo el mundo. Esto es importante sobre todo para los países cuyos tejidos sociales y economías han sido devastados por las sanciones y guerras libradas por los Estados Unidos. Entre otras cosas, esta nueva política exterior aumentaría inmensamente el apoyo humanitario a las personas refugiadas y desplazadas por las guerras y las crisis climáticas.

Obama rebautizó la ‘guerra global contra el terror’, pero no la abandonó; de hecho, extendió su alcance.

Si redujéramos el gasto militar, podríamos prever una política exterior que favorezca la diplomacia por encima de la guerra. Debería empezar por preservar los éxitos diplomáticos del presidente Obama: el acuerdo nuclear con Irán, la normalización de las relaciones con Cuba y el acuerdo sobre el clima de París. Todos estos éxitos son parte fundamental del legado de Obama, pero están amenazados por Trump y el Congreso, controlado por los republicanos.

Asimismo, se deberían lanzar campañas de alto perfil y bien financiadas que promuevan la diplomacia en lugar de las guerras y el militarismo con respecto a Siria y Oriente Medio en sentido más amplio, lo que reflejaría el reconocimiento —repetido pero a menudo ignorado— del presidente Obama de que “no existe una solución militar”. Para ello, habría que empezar por una retirada de las fuerzas militares y el fin de los ataques aéreos estadounidenses. Posteriormente, otras potencias regionales y globales — en primer lugar, Rusia— deberían comprometerse con el fin de la guerra en Siria. Los Estados Unidos y Rusia necesitan apoyar un alto el fuego permanente y acordar un embargo de armas universal, ejerciendo presión sobre sus respectivos aliados: Arabia Saudí, Turquía, Jordania, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y la oposición armada siria, por un lado, y los Gobiernos sirio e iraní y Hezbolá, por el otro. Si impedimos que nuestros agentes en la región envíen armas estadounidenses a Siria (y paramos la guerra saudí contra Yemen), fortaleceremos la capacidad de Washington para convencer a Rusia de que iguale esta disminución de la tensión militar.

En Israel y Palestina, una nueva política exterior basada en la justicia significaría reconocer que el ‘proceso de paz’ orquestado por los Estados Unidos, basado en la solución de dos Estados y vigente desde hace casi un cuarto de siglo, ha sido un fracaso estrepitoso. La fuerza creciente del movimiento en favor de los derechos palestinos en los Estados Unidos —y el consiguiente cambio en el discurso popular estadounidense sobre este tema fundamental— proporciona una oportunidad sin precedentes para que los líderes políticos redefinan la política estadounidense para ponerla en sintonía con la opinión pública. Los legisladores podrían confiar la diplomacia de este tema a la Asamblea General de las Naciones Unidas y terminar con el apoyo de Washington al apartheid y la ocupación israelíes, y respaldar más bien una política basada en el derecho internacional, los derechos humanos y la igualdad de todas las personas, sin favorecer a los judíos ni discriminar a las personas que no lo son.

Hasta el momento, la política exterior de Trump es en gran medida opaca. Pero nuestra propia política exterior progresista está clara: está basada en la justicia, el internacionalismo y los derechos humanos. Ninguna elección puede cambiar eso.