El golpe de Estado de 1989 en Sudán dio inicio a los 30 años del régimen presidido por Omar al Bashir. Aunque muchas de las características, lemas, alianzas y figuras clave de este régimen cambiaron a lo largo de los años, hay un aspecto que ha permanecido constante: el relato del régimen sobre sus relaciones con Occidente, aun cuando esas relaciones cambiaron. Los dirigentes golpistas presentaron su proyecto político como el de un islam revolucionario que libraba una batalla contra un Occidente cristiano, cuyo objetivo era limitar la expansión del islam.4 El régimen utilizó esta narrativa para cultivar el apoyo popular y justificar tanto las decisiones tomadas por el régimen como los problemas a los que se enfrentaba. Según este relato, las protestas y los disturbios civiles —armados o no— no constituían una reacción frente al desarrollo desigual e injusto y al sufrimiento económico, sino que eran una oposición al proyecto islámico por parte de movimientos respaldados por Occidente.
Este enfoque no es ajeno a Sudán ni a la región; de hecho, se originó en la época nacionalista poscolonial, que priorizó conceptos abstractos, como el orgullo nacional y la soberanía estatal, frente a las metas enfocadas en las personas, como el autogobierno y la distribución equitativa de los recursos. Estos conceptos se utilizaron con frecuencia para enmascarar el fracaso de los Gobiernos poscoloniales a la hora de mejorar la vida de la mayoría de la población. Los proyectos políticos de base religiosa adoptaron la misma estrategia tras el declive de los proyectos políticos panárabes.
La postura del régimen sudanés con respecto a Palestina formaba parte de esta estrategia general. El Gobierno de Al Bashir declaró desde el principio su oposición a toda normalización de las relaciones con la ocupación sionista, criticó duramente los Acuerdos de Oslo y acusó a Arafat de apartarse de los principios de la Organización de Liberación de Palestina (OLP).5 Al mismo tiempo, el Gobierno sudanés siguió reconociendo a la OLP como representante oficial del pueblo palestino, que mantuvo una embajada en Sudán, y albergó oficinas de varias organizaciones y facciones de la resistencia palestina. Esta relación continuó durante las décadas siguientes, con algunas fluctuaciones. En este lapso, Israel calificó a Sudán de ‘Estado terrorista’ en sus declaraciones oficiales, debido a su acogida de la resistencia palestina, así como el papel del país en el suministro de armas a los grupos de la resistencia. Estas acusaciones fueron utilizadas por Israel para justificar una serie de bombardeos israelíes dentro de Sudán, entre ellos los ataques en 2009 y 2011 contra convoyes de camiones que presuntamente transportaban armas a Hamás, así como el bombardeo en 2012 de la fábrica de armas de Al Yarmouk, propiedad de las SAF. En respuesta a este último, el embajador de Sudán ante las Naciones Unidas (ONU) se quejó de que “Israel era el principal factor detrás del conflicto en Darfur”.6
Presentar a los sionistas, y a Occidente en general, como los protagonistas ocultos detrás de cada problema de Sudán fue una táctica que el Gobierno de Al Bashir utilizó con frecuencia. El régimen solía acusar a los partidos opositores de recibir apoyo de Occidente e Israel con el fin de desacreditarlos. Por otra parte, las marchas en apoyo de Palestina que terminaban con un discurso del presidente eran el modus operandi utilizado para avivar el apoyo al Gobierno. Estos discursos equiparaban la animadversión hacia el régimen gobernante, fuera interna o extranjera, con la animadversión hacia el islam. Cabe destacar que el relato expuesto en dichos discursos no incluía una presentación seria del proyecto islámico de construcción del Estado, ni de sus diferencias con los proyectos occidentales —y con los proyectos de la oposición sudanesa—, que permitiría a los ciudadanos evaluar las ventajas y desventajas relativas de estos enfoques contrapuestos y deducir los fundamentos materiales de la animadversión entre ambos. De este modo, el régimen trasladó el debate sobre la lucha palestina al terreno de lo metafísico/religioso o, en el mejor de los casos, de la política identitaria.
En el escenario político sudanés de los últimos 30 años no hubo un relato de peso que sirviera de alternativa al que presentaron los islamistas en apoyo de la lucha palestina. La izquierda, en gran medida, abandonó el tema. En el caso del Partido Comunista de Sudán, este abandono formaba parte de la decadencia teórica y material generalizada que sufrió el partido tras las severas medidas que el Gobierno militar tomó contra la agrupación en 1971. El grado de decadencia de los esfuerzos propalestinos del partido en las décadas siguientes fue tal que cuando el GtS llevó a cabo sus gestiones de normalización en 2020, el partido, en el intento de mostrar su oposición a ese proceso, tuvo que remontarse a la década de 1960 para encontrar párrafos en su literatura que comprobaran tal posición, anterior a sus años de decadencia. En términos más generales, el abandono de la causa palestina por parte de la izquierda y otros grupos significó que en 2020 solo los islamistas recientemente derrocados tenían la capacidad de crear un movimiento limitado de protesta contra la normalización. Esto permitió al GtS calificar de dogmática a toda oposición a su política exterior —de una forma que recordaba a la táctica del régimen anterior analizada anteriormente— y contraponer esa oposición dogmática a “la valentía y el compromiso del nuevo Gobierno del GtS para combatir el terrorismo, construir sus instituciones democráticas y mejorar las relaciones con sus vecinos”.7 De este modo, los argumentos de los islamistas y de la GtS se retroalimentaban.
La metafisicalización de la lucha palestina, es decir, el proceso de trasladar la cuestión palestina al ámbito de lo metafísico/religioso, es una herramienta que utilizan diferentes sistemas y Gobiernos con el fin de alejar a la gente de un debate material sobre la liberación y la libertad. Limita la capacidad de los movimientos de solidaridad con Palestina en los países de mayoría musulmana para emprender esfuerzos genuinamente emancipadores. Tales esfuerzos abordarían la causa palestina como una cuestión del derecho de la población a su tierra y sus recursos. Esto, a su vez, permitiría una solidaridad real y, también, formar vínculos materiales con las luchas de otras poblaciones oprimidas.
Cabe mencionar que la metafisicalización es también una herramienta útil para el proyecto sionista con el fin de aprovechar el compromiso interno impulsado por la religión, así como el apoyo externo. Es absolutamente lógico que una herramienta de este tipo, que tiende a distorsionar la realidad de la lucha palestina, pueda ser de gran beneficio para los sionistas, ya que disfraza hechos importantes. Es igualmente lógico que esta herramienta tenga consecuencias negativas para los oprimidos, ya que desconecta a la solidaridad y a las alianzas de la realidad material de su sufrimiento y sus luchas.
El movimiento popular propalestino que surgió en el Norte global a partir de octubre de 2023 se basa en gran medida en el rechazo de la gente a los crímenes que se infligen contra los palestinos como seres humanos y que son transmitidos en directo. Sobre esta base, no sorprende que se hayan popularizado y promovido discursos que exploran las conexiones entre Palestina y otras injusticias y luchas en curso, como las del Congo y Sudán. Esto, a su vez, provocó el rechazo de muchas personas del Norte global a las actuales estructuras políticas y económicas imperiales, y reavivó los debates sobre las políticas coloniales y neocoloniales de sus Gobiernos. Cabe señalar que no se producen narrativas y conexiones similares con la misma frecuencia o coherencia en zonas que históricamente han mostrado un fuerte apoyo a Palestina, como los países de mayoría musulmana. Dentro de estas zonas, entre las que se incluye Sudán, la solidaridad con Palestina está, por el contrario, generalmente vinculada a la retórica metafísica existente sobre el conflicto entre musulmanes e infieles. Este enfoque se ve favorecido por los discursos de los medios de comunicación, políticos e intelectuales prosionistas del Norte global, que hacen hincapié en una alianza del Norte global e Israel contra una alianza del Sur global y Palestina, y que se presentan como un enfrentamiento entre la democracia y el terrorismo. Este marco reitera la dicotomía entre naciones civilizadas e incivilizadas que se planteó durante la época de la colonización directa hasta mediados del siglo XX. Este apoya la comprensión culturalista de la lucha palestina: se mezcla con sentimientos de islamofobia y desconecta esa lucha de la realidad de los intereses políticos y económicos en juego. De conformidad con esta metafisicalización, la opinión pública de los Estados de mayoría musulmana quita prioridad a las posturas que no se alinean con las agrupaciones culturales de las naciones, como la falta de apoyo real a los palestinos por parte de los Gobiernos de Estados de mayoría musulmana, las protestas multitudinarias en apoyo a Palestina en los países del Norte global, así como el apoyo oficial a Palestina por parte de los Gobiernos del Sur global fuera del mundo musulmán.
Esta ausencia de prioridad puede atribuirse a la falta de un marco alternativo y coherente que explore críticamente los intereses políticos y económicos de, por ejemplo, los Gobiernos de los países de mayoría musulmana, y cómo se relacionan con o contradicen a los intereses de las poblaciones de estos países. La ausencia de un marco de este tipo en el discurso público lleva a que no se identifiquen los intereses en común con las poblaciones oprimidas que están por fuera del grupo cultural.8
La izquierda sudanesa tiene la tarea esencial de subsanar esta deficiencia con un análisis progresista y emancipador de la lucha palestina. Lamentablemente, esta tarea crucial en gran medida se ha abandonado en Sudán, quizá debido a la presunción de que el público ya está ubicado del lado correcto de la cuestión. Sin embargo, la historia reciente revela que incluso las posturas más justas, cuando no se basan en un análisis material sólido, son vulnerables a la manipulación por parte de la propaganda oportunista e interesada. Esto es evidente en la historia reciente de Sudán. Tras decenios de un régimen dictatorial que dependía en gran medida de la propaganda islamista, después de que la revolución de 2018 la derrocara bajo el lema “libertad, paz y justicia”, diferentes fuerzas contrarrevolucionarias utilizaron el asunto de la solidaridad con Palestina en su propio beneficio, como ya se comentó. Así, las fuerzas del régimen anterior presentaron a la causa palestina como una lucha islámica (metafisicalizando esa causa), y al nuevo Gobierno como un régimen antiislámico debido a su política de normalización de la ocupación sionista. En el marco simplificado de musulmanes contra infieles, esto justificaba el llamamiento al retorno del ‘Gobierno islámico’. Al mismo tiempo, las fuerzas contrarrevolucionarias del nuevo Gobierno de transición intentaron controlar y limitar los sentimientos revolucionarios y los debates críticos sobre su política, por lo que pintaron la solidaridad con Palestina como un vestigio dogmático del régimen derrocado. Aunque ambos discursos contrarrevolucionarios se retroalimentaban, lo que faltaba era un discurso de solidaridad progresista y revolucionario. Los partidos de izquierda establecidos no lograron presentar y defender una posición revolucionaria, por diversas razones, entre ellas su participación en la alianza contrarrevolucionaria del Gobierno de transición y su abandono de la cuestión de Palestina en manos de los islamistas. Las nuevas fuerzas de la revolución, ya fueran los comités de resistencia o el público en general, sufrieron el fuerte impacto de la propaganda del GtS, que se equiparaba a sí mismo con la revolución, lo que les dificultaba criticar las políticas del GtS, la normalización incluida. Así, aunque hubo algunos gestos retóricos e iniciativas menores en apoyo de Palestina entre las fuerzas de la revolución, estas no lograron adoptar un discurso revolucionario que fuera sólido y coherente sobre la cuestión.
Controlar el marco metafísico de la lucha palestina fue beneficioso para las fuerzas contrarrevolucionarias, ya sea que estuvieran a favor o en contra de Palestina. Esto ofrece un claro ejemplo de cómo la falta de un análisis revolucionario y materialista priva a las personas y comunidades de la oportunidad de desarrollar una comprensión más profunda y matizada de los sistemas interconectados de opresión, por no hablar de la capacidad de superar y reemplazar esos sistemas.