Palestina en un mundo de lucha El papel de los palestinos en la solidaridad del Tercer Mundo

Palestina no alcanzó una centralidad política solo por simpatía, sino a través de décadas de lucha que vincularon la liberación con un proyecto antiimperialista más amplio. Dado que esa historia a menudo queda oscurecida, este ensayo se pregunta qué revela la centralidad de Palestina acerca de la solidaridad, el poder y la construcción del mundo en la actualidad.

Longread by

Wael Omar
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

Introducción

A unos meses de comenzada la guerra genocida de Israel en Gaza, una escena del documental de Jean-Luc Godard Notre Musique (2004) se viralizó. En ella, el poeta palestino Mahmoud Darwish y la periodista israelí Judith Lerner reflexionan sobre una interrogante fundamental de la política de reconocimiento: ¿De qué modo los pueblos oprimidos pasan a formar parte de la conciencia del mundo? ¿Se debe a quién es su adversario? ¿Es consecuencia de la solidaridad de quienes están más cercanos al poder? ¿O es el resultado de su propia fuerza política? 

Lerner: Mahmoud Darwish, Usted escribió en una ocasión que quien escribe la historia hereda la tierra de esa historia. Acaso, ¿no considera que los israelíes tienen derecho a esa tierra? Dice que no hay más lugar para Homero, que usted es el bardo de los troyanos y que ama a los vencidos. Habla como un judío. 

Darwish: Eso espero, porque en este momento ello es considerado positivo. Pero la verdad tiene dos caras. Hemos escuchado los mitos de los griegos y en ocasiones a la víctima troyana, a través de Eurípides. En mi caso, busco a un poeta troyano, porque Troya nunca contó su propia historia. Soy hijo de un pueblo que aún no ha sido reconocido suficientemente. Quiero hablar en nombre del ausente, el poeta troyano. ¿Sabe por qué son famosos los palestinos? Porque ustedes son nuestros enemigos. El interés del mundo en nosotros proviene de su interés en la cuestión judía. Somos desafortunados por tener a Israel como enemigo, porque tiene un sinnúmero de aliados. Y, sin embargo, somos afortunados de que Israel sea nuestro enemigo porque el mundo tiene la atención puesta en los judíos. Ustedes nos han traído derrota y a la vez renombre. 

Lerner: ¿Somos el ministerio de relaciones públicas?

Darwish: Exacto. Porque el mundo está más interesado en ustedes que en nosotros1.

Al invocar al poeta troyano, Darwish rechaza la mediación y todo intento de describir la existencia palestina a través de explicaciones que se centran en la tragedia y la monstruosidad del enemigo. Esto también implica el rechazo a recibir una voz: a volverse visible a través de la voz de una metrópolis compasiva. Lo que se está rechazando en este caso no es el reconocimiento en sí, sino el reconocimiento en condiciones establecidas en otro lado.  En cambio, Darwish reivindica el derecho de los vencidos de contar la historia.  

No obstante, cuando Darwish habla de «el mundo», hay una pregunta que vuelve a surgir y que me resulta difícil evitar. ¿Qué mundo se está invocando? Su afirmación de que al mundo le interesan más los judíos que los palestinos tiene un peso, pero el problema es que presupone un mundo único organizado en torno a la atención imperial. Si, como sugiere, la verdad tiene «dos caras», ¿podríamos, acaso, afirmar que no existe uno, sino varios mundos, como nos recuerda Fanon? ¿En qué clase de mundo deberíamos pensar cuando Palestina funciona como punto de orientación política, en vez de escenario para los planes imperialistas? Para Darwish, el reconocimiento parece implicar el ingreso en el mundo imperial en nuestros propios términos, aunque sigue siendo incierto si ese ingreso es posible. Sin embargo, ¿significaría no solamente ser aceptado en un mundo ya constituido, sino además actuar como una de las fuerzas que lo configuran? ¿Qué tipo de reconocimiento sería necesario para ello? Y ¿qué requerirá en términos políticos?

Estas preguntas resultan pertinentes para la política antiimperialista actual. En los últimos años, Palestina ha pasado a ocupar un lugar singular en la vida política y la conciencia colectiva. Para muchos, funciona como un umbral de la solidaridad internacional y la política progresista, lo que Angela Davis denominó la «prueba de fuego»2. Al mismo tiempo, esta posición ha suscitado incomodidad y críticas. «¿Por qué es Palestina, y no otra lucha, la prueba de fuego?». Esta es una de varias preguntas que está suscitando discusión, una pregunta que impulsa a algunas personas a acusar y a otras a justificar, y que nos lleva a examinar qué tipo de centralidad es esta. ¿Cómo debemos entenderla? Y, ¿en qué hipótesis sobre la historia, la solidaridad y el mundo se basan esas suposiciones? ¿Es la centralidad en este caso un reflejo de la estructura geopolítica, de la proyección moral, de la solidaridad preferente o fácil, o de algo completamente diferente? ¿Qué significa que se declare que una lucha nos «liberará a todos», y qué tipo de política ejerce dicha afirmación? La intensidad del apego a Palestina y la represión imperial que genera, y parte de la incomodidad que su importancia provoca, sugieren que lo que está en juego no es solo la compasión o la visibilidad, sino también hipótesis más profundas sobre el modo en que las luchas adquieren fuerza política a nivel internacional. 

Si examinamos la historia del movimiento de liberación de Palestina como resurgió tras la Nakba, el ámbito «internacional» nunca fue simplemente un ámbito complementario, ni el lenguaje adicional adoptado por cuadros se basó en consideraciones estratégicas. Sino que fue una dimensión constitutiva del pensamiento palestino revolucionario en sí mismo. La «escala del mundo»3 sirvió como una de sus condiciones generativas e influyó en el modo en que se imaginó y organizó la lucha, incluso si la forma y la función estratégica del internacionalismo tenía características diferentes en facciones diferentes. 

En 1959, Fatah4 sostenía que la solidaridad internacional con la lucha no llegaría por sí sola, sino que debía forzarse mediante el trabajo palestino; debía tomarse por la fuerza, ya que «los gritos y las súplicas de rescate» tras la Nakba no habían despertado la conciencia del mundo. Y añadieron, en lo que podría parecer irónico teniendo en cuenta la posición actual de Fatah, que únicamente cuando se izaran las «banderas de la revolución, el mundo entero nos alentará»5. En 1972, el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP)6 criticó el «liderazgo» del movimiento palestino (en referencia a Fatah, por supuesto) por no haberse dedicado seriamente a cultivar alianzas y mantener una presencia sostenida en el ámbito internacional7. Sin embargo, la discrepancia no solo se refería al grado en que se había cultivado la solidaridad internacional. Tenía que ver, de modo más fundamental, con la forma política del internacionalismo. Para el FPLP, y para segmentos de la izquierda dentro de Fatah, el ámbito internacional no solo era un reservorio de apoyo, del cual podían asegurar recursos políticos y materiales. También se entendía como un lugar de convergencia de las luchas, donde los procesos de liberación de Palestina eran parte de una revolución internacional, un proyecto de creación del mundo8.

A pesar de las diferencias entre y dentro de facciones, se seguía llegando a la misma conclusión: lo internacional no era opcional. Sobre la base de una interpretación material de la política mundial, esta posición sostenía que la liberación de Palestina no era posible en el orden existente, sino que hacía falta reestructurarlo. 

No obstante, la ruptura de finales de la década de 1980 y la reorganización del poder mundial en la década de 1990, impulsada por el desmantelamiento del Tercer Mundo como proyecto político y el estrechamiento de las posibilidades políticas de Palestina en un nuevo orden internacional y en medio de la capitulación del liderazgo, implicaron la disolución de muchas instituciones palestinas que en un momento se habían encargado de organizar a las masas, la solidaridad y las alianzas, junto con muchas de las relaciones que los palestinos habían mantenido en otro momento. 

Para las personas de la generación posterior, los efectos del nuevo orden mundial son recurrentes en lo que queda del Tercer Mundo. He escuchado con frecuencia historias de palestinos nacidos después de la década de 1980 sobre encuentros durante viajes en los cuales alguien de una generación anterior, al enterarse de que eran palestinos, respondía sorprendido: «¿Dónde han estado? Los hemos estado esperando». La recurrencia de estas historias en diferentes zonas geográficas brinda fuerza analítica a este argumento: indicar un hecho recurrente que no registra ausencia, sino interrupción. La pregunta («¿Dónde han estado?») recuerda las relaciones políticas que otrora conectaban a movimientos, instituciones y luchas, así como comunidades, amigos, parientes lejanos y amantes- relaciones que no desaparecieron, sino que fueron separadas por la fuerza. Ello apunta al problema de cómo una presencia política que en un momento circuló en estos mundos se retiró, y lo que implicaría reconstruirla. 

Es en este contexto que es preciso considerar la importancia renovada de Palestina en la política de izquierda contemporánea. La centralidad de Palestina suele enmarcarse como una función de la geopolítica estructural o como el producto de la compasión generada por otros. Ambas son importantes, pero ninguna es una explicación suficiente por sí sola. La pieza faltante de este rompecabezas es el papel activo que desempeñaron los estudiantes, trabajadores, fedayínes e intelectuales palestinos en configurar el modo en que viajaría su lucha -un proceso que dejó huellas políticas e institucionales en poblaciones, movimientos, instituciones y geografías. El argumento que esbozo en este artículo es que la centralidad actual de Palestina no puede entenderse a menos que se preste atención a esta historia de trabajo político, en la cual el internacionalismo no era un horizonte abstracto, sino un campo de práctica política producido históricamente. 

El artículo continúa como sigue: la primera parte sitúa la cuestión de la centralidad internacional de Palestina mediante una reflexión dialéctica de estructura y praxis, pasando por diferentes debates teóricos y una descripción de la fundación del movimiento nacional palestino. En lugar de separar la teoría de la historia, se da seguimiento al modo en que los argumentos sobre estructura, praxis y capacidad política se establecieron en la práctica, a medida que la política palestina cobró forma a nivel regional e internacional. La segunda parte trata sobre la labor organizativa de Palestina en la historia, centrándose en el modo en que la lucha pasó a formar parte de las infraestructuras e imaginarios revolucionarios más allá de la propia Palestina, cuando organizaciones palestinas, entre finales de la década de 1960 y mediados de la década de 1980, apoyaron movimientos de liberación y Estados poscoloniales en Asia, África, América Central y del Sur, y Europa. La tercera parte aborda el momento actual, examinando el modo en que se está explicando ahora la centralidad de Palestina, cuestionada e impugnada por algunos, y qué revela sobre los principales modos de entender la solidaridad, la organización y el internacionalismo hoy en día. El artículo se pregunta cómo los diferentes modos de explicar la centralidad de Palestina son un reflejo de hipótesis más amplias sobre la capacidad política colectiva, la estructura y las condiciones en las cuales se imagina que es posible la lucha internacionalista.

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

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Primera parte. Imperialismo y resistencia: fuerza política y praxis en condiciones de imperio

La estructura imperial y las condiciones de la lucha

La centralidad de una lucha en el imaginario político contemporáneo no puede reducirse a la visibilidad o la circulación, especialmente cuando el capital y el poder transnacional del Estado se esfuerzan por retener las condiciones mismas de su apariencia. Cuando es considerada únicamente a través de la política de representación, la centralidad parece simplemente un efecto, secundario y con poco sustento analítico. En cambio, el peso político se acumula mediante las fuerzas de producción y las relaciones forjadas históricamente. Estas relaciones condicionan si una lucha suscita respuesta y alineamiento. La popularidad como objeto de representación -el modo en que una lucha es percibida o narrada- es importante principalmente porque es un indicador de la presión que ya se está acumulando, no de su origen.

La estrategia anticolonial ha seguido desde hace mucho tiempo un orden de política similar. Amílcar Cabral insistía en que la liberación nacional debía partir de la realidad material, en lugar de ideales abstractos o tácticas desconectadas de nuestro entorno9. Al reflexionar sobre una huelga de trabajadores portuarios en Bissau que fue reprimida por las fuerzas portuguesas, Cabral sostuvo que los métodos que son eficaces en las economías industriales no funcionan en las sociedades agrícolas, donde la mano de obra urbana no puede influir en la mayoría rural. En esta línea de pensamiento, la estructura marca el terreno de la acción, pero no lo agota. Frente a las afirmaciones de que la guerra de guerrillas solo puede tener lugar en las montañas, el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) convirtió a los ríos de Guinea en arterias de movimiento, comunicación y sorpresa10.

Los intelectuales palestinos en los años 60 abordaron la lucha en términos similares, de Abd al-Wahhab Kayyali y Fayez Sayegh a Ghassan Kanafani. Analizaron el sionismo no como una excepción, sino como una expresión estructural de la estrategia imperial. La revisión de este análisis resiste los gestos que excepcionalizan al sionismo. Kayyali ubicó a Palestina en un arco más largo de interés imperial, al entenderla como un corredor estratégico que vincula a África y Asia11. Kanafani concretó este razonamiento en su análisis de la revuelta de 1936-1939, al referirse al oleoducto de Kirkuk-Haifa construido en 1934, que los británicos consideraban un activo imperial fundamental12. La defensa del oleoducto dentro de Palestina por grupos armados sionistas con apoyo británico puso de manifiesto un acuerdo de seguridad práctico para proteger la infraestructura imperial. Aquí, la propia existencia de Israel parece no ser tanto un resultado nacional, religioso o étnico, sino la consolidación de un puesto de avanzada imperial.

A principios del siglo XX, Palestina se convirtió en un sistema imperial organizado en torno a rutas de transporte, acceso marítimo y extracción, donde el petróleo pasó a ser central a partir de 1920 mediante acuerdos como el Acuerdo de la Línea Roja13. Como señala Kayyali, la motivación estratégica de la existencia de un Estado judío fue muy anterior al sionismo político y definitivamente no estaba impulsado por un sentimiento «filosemita» (en palabras de Kayyali)14. Las colonias de asentamientos sirvieron en reiteradas ocasiones como instrumentos de proyección estratégica en el extranjero y como formas de mitigar las presiones internas, de la deportación de sindicalistas británicos a Australia al exilio en Argelia de revolucionarios de la Comuna de París15.

El valor de Israel para el imperio implicaba, de manera intencional, una dependencia permanente del patrocinio del imperio. Gran Bretaña controlaba el ritmo de la construcción del Estado sionista para asegurar, y justificar, su dependencia de su presencia en Palestina; del mismo modo, Estados Unidos se aseguró de que Israel siguiera siendo un «órgano extraño» en la región para mantener su dependencia del apoyo y la protección estadounidenses, asegurando así la subordinación a su patrón16. Mientras que el modelo estadounidense se consolidó después de 1967, de 1948 en adelante una alianza con Israel ya se percibía como fundamental desde el punto de vista estratégico a fin de garantizar los flujos de petróleo y energía17, habida cuenta de que rutas clave para transportar petróleo de Asia Occidental al Mediterráneo atravesaban el territorio que ocupaba18. Una lógica que ya estaba visible en ese entonces culminó más tarde con el suministro de apoyo militar y económico a Israel como estrategia de largo plazo para el mantenimiento del imperio, lo cual profundizó la incorporación de Israel en la economía estadounidense. En la década de 1990, esta integración había alcanzado un punto tal que la línea que distingue a Israel del capital estadounidense se había vuelto «ambigua»19. Esta integración, y su papel actual, no puede entenderse como algo separado de la centralidad de los combustibles fósiles y la arquitectura regional del poder imperial20.

Estas son algunas de las condiciones estructurales que influyeron en la lucha palestina y su importancia central para la política revolucionaria en todo el mundo, pero no determinaron su trayectoria. Considerarlas decisivas reduce la historia a un sistema cerrado en el cual se supone que los ámbitos económico, político e ideológico están plenamente alineados. En contraste con ese enfoque, Samir Amin destaca el concepto de «subdeterminación»: como demuestra en su explicación de la expansión histórica del Islam, las formaciones políticas e ideológicas se desarrollan con relativa independencia de la base económica y su modo de producción21. Es precisamente a través del desequilibrio y la fricción entre estos ámbitos que la intervención política resulta posible.

Dispersión, contradicción y reorganización política

Si el sionismo era parte de la estructura imperial, la política palestina después de 1948 tuvo que reconstruirse en condiciones que no eligió. La derrota y el despojo no solo destruyeron la base territorial de los palestinos, sino que además reorganizaron la vida política palestina en una geografía de dispersión bajo el régimen de Estados árabes. La fragmentación en Gaza, Cisjordania, Jordania, el Líbano, Siria y el golfo fracturaron la continuidad organizativa. Como consecuencia de ello, la actividad política se trasladó a los circuitos translocales, más allá de las fronteras y en tierras fronterizas22, en lugar de en un espacio nacional consolidado.

Esta dispersión cobró forma en el contexto del nacionalismo árabe creado por la formación del Estado poscolonial y la geopolítica de la Guerra Fría. A medida que los regímenes poscoloniales se consolidaron, el poder del Estado se convirtió en la principal fuente de legitimidad política, acumulación y coerción23. El nacionalismo árabe convirtió a Palestina en una causa central, mientras que limitó la capacidad del movimiento nacional palestino para participar en la resistencia armada desde países vecinos o para organizarse en función de clase o nacionalidad, como fue el caso de Gaza en la década de 1950. El resultado fue una formación contradictoria: la elevación simbólica de la lucha junto con las limitaciones materiales, a medida que los horizontes políticos se mediaban a través de intereses estatales que movilizaban a las poblaciones internas en torno a la causa palestina, mientras que buscaban contener y gestionar su dirección política.

Estas limitaciones generaron las condiciones materiales en las cuales surgieron nuevas formas de organización palestina. La vigilancia y el control político en los Estados en la primera línea alentaron a activistas, especialmente al «grupo de El Cairo»24 a mudarse a las economías en expansión del golfo, donde el trabajo asalariado, la movilidad y las remesas se convirtieron más tarde en recursos para la causa25. Fue en este contexto que surgió Fatah (en 1958–1959), que insistía en la autonomía palestina e intentaba aislar la adopción de decisiones de los regímenes árabes. Mientras tanto, el Movimiento Nacionalista Árabe fue creado por estudiantes palestinos expulsados de Siria e Irak, que fueron recibidos por Nasser. Sin embargo, la derrota de 1967 puso de manifiesto los límites de la custodia árabe e impulsó a miembros del Movimiento Nacionalista Árabe a establecer el FPLP como una organización específicamente palestina26.

En este contexto, la Organización de Liberación de Palestina (OLP), fundada en 1964 bajo los auspicios de la Liga Árabe, funcionó inicialmente como un instrumento de gestión estatal de la creciente y disruptiva resistencia armada palestina, en lugar de una expresión de autonomía palestina. En círculos palestinos, la OLP era considerada ampliamente como un órgano gestionado por el régimen que carecía de legitimidad independiente. Sin embargo, esta posición fue cambiando. Tras la famosa Batalla de Karameh (1968),27 la lucha armada ganó popularidad y permitió que facciones tomaran el control de la organización. En 1969, Fatah era la principal agrupación, mientras que el FPLP era la segunda facción más grande de la OLP28. Por consiguiente, la organización se convirtió en un centro político palestino -disputado y desigual, pero que ahora tenía legitimidad y ya no era desestimado como un «instrumento árabe». 

A pesar de que aún existían diferentes organizaciones guerrilleras palestinas, la consolidación de la OLP permitió a los palestinos emerger como sujeto político. Fue un vehículo que los llevó al mundo de los Estados, las organizaciones internacionales y la diplomacia. Ello no resolvió todas las contradicciones: la expansión del frente internacional en ocasiones funcionaba en formas complementarias, mientras que otras veces profundizaba la puja entre el internacionalismo revolucionario armado y la diplomacia. Mientras tanto, los Estados árabes intentaban negociar con los líderes palestinos y disciplinar sus horizontes políticos: Egipto y Siria brindaron apoyo militar y logístico, mientras que fijaron límites a la actividad guerrillera independiente; Jordania impuso los límites más estrictos, mientras que el Líbano ofreció un terreno más permisivo, pero políticamente frágil para la acción armada; Irak y Libia ofrecieron apoyo vinculado al posicionamiento regional; y las redes del golfo proporcionaron una base material fundamental.

A finales de la década de 1960, la política palestina se había reunificado mediante dispersión, limitaciones y trabajo de organización sostenido, lo cual no solo aseguró su capacidad armada y la presencia institucional, sino también una postura dentro de los sistemas estatales revolucionarios y poscoloniales sobre la cual se podía trabajar.

La política palestina no «regresó» simplemente después de 1948 gracias a la mera voluntad. Se reconstruyó en condiciones determinadas por la derrota, la dispersión y el dominio de otros Estados. El orden regional convirtió a Palestina en una causa muy cargada, mientras que limitó a los palestinos como actores políticos independientes. El panarabismo conllevaba esta contradicción: elevaba a Palestina en el discurso y el simbolismo, mientras que funcionaba como un mecanismo mediante el cual se limitaba y a la vez se ampliaba la política palestina.

La misma estructura que crea un espacio para la organización también controla sus límites. En este sentido, el movimiento de la dispersión a la organización, del trabajo en facciones a la captura institucional, no puede describirse como una emancipación lineal de las limitaciones. Se trata del problema de la transición en sí, y de la forma de desarrollo histórico como una lucha por el modo en que la fuerza política puede existir dentro de relaciones que la propician y restringen a la vez.

Ese modo de interpretar la historia rechaza nociones de inevitabilidad y evita circunscribir los análisis históricos al romanticismo nacionalista o el fatalismo materialista29. Aquí, la conciencia no determina el movimiento histórico: se forma dentro de estructuras que distribuyen la capacidad, legitimidad y la coerción. La actividad autónoma funciona en condiciones que no se eligen, mientras que las contradicciones se vuelven históricamente eficaces únicamente cuando son enfrentadas en la lucha, en momentos cuyos resultados siguen siendo inciertos e internamente contradictorios30. Por consiguiente, en sus comienzos, la OLP no puede entenderse simplemente como una imposición externa, o surgida de la actividad voluntarista de los Estados árabes. Fue creada para gestionar una contradicción. Los Estados árabes brindaban recursos ideológicos y materiales, mientras que a la vez vigilaban, prohibían, expulsaban y disciplinaban. Estos procesos formaron un único movimiento contradictorio, en lugar de diferentes realidades.

La contradicción evolucionó cuando los intentos de gestionarla provocaron el efecto opuesto, cuando la contención produjo organización, cuando la «mediación» árabe produjo autonomía. Lo que pasó a ser decisivo después de 1967 (alrededor de 1968-1969) no fue la aparición repentina de un sujeto, sino el momento en que el despliegue retórico y público dejaron de ser suficientes para mantener la contradicción. Esta debía ser reemplazada material e institucionalmente hacia el control palestino sobre las decisiones y los recursos. La captura palestina de la OLP constituyó la maduración de esta contradicción: la transferencia de autoridad política de un órgano administrado por los países árabes a un liderazgo palestino disputado. Esta fue una transformación dentro de la estructura, forzada por la unidad de limitación y posibilidad organizada mediante el panarabismo.

La captura de la OLP no significó simplemente garantizar un centro palestino: hizo posible la escala en la cual la lucha podía volverse eficaz, ya que un centro político otrora organizado mediante la representación cambiaba de función y adquiría la capacidad para intervenir más allá de su terreno inmediato. En este sentido, la política palestina parecía ser menos una cuestión limitada al ámbito nacional, no debido a un alejamiento de esa escala, sino debido a que la contradicción ya no podía contenerse únicamente a esa escala.

Esta no es la historia de palestinos que «ingresan» al internacionalismo, como un escenario externo que ya estaba plenamente formado, sino de una lucha política y de su sujeto político que surge y actúa mediante contradicciones, a medida que el ámbito internacional pasó a influir en el terreno de la estrategia para la liberación nacional, donde la conciencia nacional siguió desarrollándose junto a la conciencia panárabe e internacionalista.

En Guinea-Bissau, los recursos limitados restringieron la participación imperial, lo cual permitió al Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde enfrentarse al poder colonial portugués de manera más concentrada. En las condiciones palestinas, esta relación se revirtió: la inserción profunda en los circuitos imperiales generó exposición, en lugar de aislamiento. Por lo tanto, el enfrentamiento no se desató contra un único poder colonial, sino contra lo que Kafari denominaba la «trinidad de enemigos» integrada por el liderazgo reaccionario local, los regímenes árabes y el nexo sionista-imperialista31. Las limitaciones funcionaban en múltiples escalas y propiciaban diversas formas de resistencia, en lugar de limitarlas a un ámbito específico.

«Detrás del enemigo en todos lados»32: la internacionalización de la lucha

En la década de 1960, la célebre declaración del Che Guevara sobre la necesidad de crear «muchos Vietnams» no aludía únicamente al resultado de la revolución vietnamita, sino que era un reconocimiento de que esta había contribuido a avivar la conciencia y mantener la posibilidad revolucionaria en el Tercer Mundo33. En sus memorias, la revolucionaria palestina Leila Khaled recuerda que «junto con los argelinos, los vietnamitas» fueron una fuente de inspiración fundamental, y explica que los palestinos se dieron cuenta de que debían «aprender los secretos de los vietnamitas». Ello implicaba, ante todo, aprender a construir un partido revolucionario que estuviera ideológica, estratégica y organizativamente unificado. En retrospectiva, Khaled escribe: «Podíamos hacerlo. Teníamos que hacerlo»34.

Estas lecciones no se asimilaron en forma abstracta: se forjaron mediante encuentros directos en campos de entrenamiento, espacios estudiantiles, oficinas políticas y entornos diplomáticos en Argelia, que en los años sesenta funcionaban no solo como canales para obtener armas y recursos, sino también como espacios de vida común. Aquí, los militantes palestinos convivían con camaradas africanos, latinoamericanos y asiáticos. Fue aquí que el Che Guevara, al encontrarse con militantes de Fatah, se mostró perplejo de que los palestinos aún no hubieran iniciado una lucha armada formal, y los instó a hacerlo y les prometió el apoyo de Cuba35.

A partir de allí, las conexiones se ampliaron en el mundo revolucionario. Se comenzó a recibir apoyo de Cuba, Vietnam, China, la Unión Soviética y Angola, entre otros. Las mismas infraestructuras que trasladaban fusiles Kalashnikov también circulaban ideas y transportaban libros, panfletos y escritos políticos de Marx, Lenin, Fanon, Mao, Ho Chi Minh y Cabral. El materialismo histórico y las teorías de la guerra de guerrillas, el nacionalismo revolucionario y la guerra popular se absorbieron, debatieron y revisaron, e influyeron en el modo en que los palestinos entendían el sacrificio, la resistencia y la derrota no como finales, sino como fases de una lucha histórica mundial más amplia. Lo que se denominó en el momento el «nuevo palestino» o fida’i cobró forma a través de estos circuitos y encuentros, como lo demuestra la producción intelectual, los testimonios de militantes y los relatos cotidianos.

En una mesa redonda sobre Palestina y Vietnam celebrada en 1973, a la que asistieron importantes figuras militares, cuadros palestinos y actores políticos y mediáticos árabes, la victoria de Vietnam fue interpretada como un proceso combinado, que se basó en dos elementos interconectados: una ampliación regional del campo de batalla y una internacionalización de la lucha36.

Desde este punto de vista, la lucha armada palestina comenzó a asumir una forma internacional específica, y ello no solo fue importante desde el punto de vista táctico, sino también político. La lucha armada afirmó la existencia palestina, construyó instituciones políticas y proyectó la capacidad palestina en ámbitos transnacionales, reconfigurando las infraestructuras revolucionarias internacionalistas. El surgimiento de un actor político palestino autónomo reconocible, la OLP, dependía no solo de la cohesión interna, sino también de su capacidad de intervenir fuera de sus fronteras37. Por consiguiente, la lucha armada no era un elemento secundario de la política exterior palestina, sino uno fundamental. A partir de la década de 1950, la formación de guerrilla palestina vinculó la lucha armada directamente con la construcción de alianzas y la obtención de reconocimiento en el Tercer Mundo38.

Esta externalización de la lucha no fue una simple reubicación: fue una reorientación estratégica. Tras la guerra contrarrevolucionaria de Jordania en 1970-1971, que llevó a las fuerzas palestinas al Líbano, las operaciones externas se volvieron cada vez más importantes a medida que las incursiones transfronterizas se volvieron menos factibles. Mientras que el FPLP inició esta fase mediante secuestros de aviones en 1968, el uso de esa táctica se extendió después de su salida de Jordania, y Fatah la continuó, con el conocido ataque durante los Juegos Olímpicos de Munich. Ambos intentaron demostrar su fuerza y pertinencia a su población, a nivel regional e internacional. Bajo el liderazgo de Arafat, esta decisión fue adoptada por presión de las corrientes de izquierda y populistas de Fatah, a pesar de sus objeciones. Para el FPLP, tales operaciones tenían el objetivo de romper con el aislamiento impuesto y de colocar a Palestina por la fuerza en la agenda internacional como parte de una guerra más amplia contra las fuerzas imperiales39.

Es así que el escenario mundial se convirtió en un teatro de la lucha, que marcó un pasaje decisivo de las zonas fronterizas a los aeropuertos, embajadas y las redes de circulación del orden internacional. Si bien la OLP no fue la primera en abordar el dominio interestatal, Chamberlin demuestra cómo las tácticas y estrategias utilizadas por la organización no tenían precedentes y constituyeron la primera «insurgencia globalizada»40. Mientras que los cubanos habían popularizado el modelo rural del foquismo, creado en torno a un pequeño cuadro de vanguardia, los argelinos habían llevado la guerra de guerrillas a la ciudad41 y en Guinea-Bissau y Cabo Verde la lucha se dio en los ríos, en lugar de las montañas 42. Tras una trayectoria similar de basar la guerra en sus propias condiciones de exilio y dispersión, los palestinos cambiaron de terreno, pasando de «los bosques a los cielos»: el secuestro de aviones era una de varias tácticas utilizadas43. El campo de batalla en sí se había trasladado.

La guerra de guerrillas en el contexto palestino de exilio y dispersión se vio obligada a aceptar la distancia, velocidad y visibilidad, de modo que el exilio terminó funcionando no solo como una condición impuesta a la lucha, sino como uno de sus principales terrenos estratégicos. 

Estas operaciones lograron colocar nuevamente a Palestina en el campo revolucionario internacional, combatir las nociones de derrota, atraer a reclutas palestinos y árabes (así como jóvenes de otras partes del mundo que se sumaron a sus campamentos) y permitieron a los palestinos situar a su lucha dentro de los movimientos de liberación del Tercer Mundo44. Las operaciones externas también establecieron un conjunto de acciones revolucionarias y reconfiguraron las tácticas, a medida que los enfrentamientos con Estados Unidos, Israel y las fuerzas aliadas aceleraron el surgimiento del «terrorismo internacional» como expresión de gobernanza mundial, mediante la cual las prácticas de contraterrorismo de Israel funcionaron como modelo clave, consolidando su posición como un activo regional estratégico45.

Las muertes de civiles y la creciente clasificación de estas acciones como terrorismo internacional generaron presiones que amenazaron los avances diplomáticos que la OLP había comenzado a lograr. En 1974, se suspendieron las operaciones externas. No obstante, ello no significó una retirada de la militancia a nivel internacional, sino su reconfiguración, dado que la internacionalización del campo de batalla se sumaba a una mayor participación en foros multilaterales, como el Movimiento de los Países No Alineados y la Organización de la Unidad Africana (OUA), que culminó con la aceptación de Palestina en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1974. Este giro hacia la organización y la diplomacia no implicó un abandono del apoyo a la lucha armada en otras partes. En cambio, hubo un redireccionamiento de los compromisos y el apoyo mediante nuevas tácticas y vías institucionales. A medida que la OLP comenzó a tener una estructura armada más profesionalizada, generó un excedente de conocimientos especializados, una mayor capacidad de formación y recursos materiales46, que, como se explica en el resto del presente artículo, se desplegaron en otras partes.

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

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Segunda parte. El apoyo a las luchas revolucionarias en todo el mundo

«Obtuvimos visados...Fuimos a Beirut...Nos condujeron toda la noche en vehículos militares sin luces por una carretera montañosa hasta que finalmente llegamos al valle de Becá y nos entrevistó Abu Jihad. Nos dijo que nos harían completar un programa …[un día, durante el entrenamiento] nos dijeron que nos colocáramos de cara a la pared...y [él] nos felicitó a cada uno discretamente...pero no podíamos ver quién era...después de que nos dirigía la palabra, debíamos colocar la mano detrás de la espalda con la palma hacia arriba...era Yasser Arafat». 

   – Shankar Rajee, Organización Revolucionaria de Estudiantes del Eelam (EROS)

Esta parte del artículo aborda el apoyo palestino a otras luchas revolucionarias y de liberación a través de la mirada de lo que los académicos de la insurgencia describen como logística insurgente o contra logística47. En este sentido, la logística se refiere a las prácticas y movimientos elaborados para garantizar la circulación y los recursos —prácticas que aseguran la supervivencia, el reagrupamiento y la expansión en condiciones de vigilancia y sujeto a limitaciones—. 

En el contexto palestino, estas prácticas de logística estaban arraigadas en los campamentos de refugiados y las bases de retaguardia de la guerrilla, que en conjunto constituían una base de infraestructura para ampliar el apoyo a otros grupos revolucionarios: capacidad de entrenamiento, armas, refugio, transporte, dinero, inteligencia, ayuda organizacional, documentación y conocimientos especializados. Debido a que estos sitios relativamente estables brindaban espacios protegidos para acumular recursos y coordinar la actividad, la OLP pudo permitir la circulación internacionalista de larga distancia para un número limitado de ubicaciones, principalmente en el Líbano y Siria, y anteriormente por un breve periodo de tiempo en Jordania, al albergar militantes en sus campamentos o mediante el envío de sus propios cuadros a otras partes para ofrecer diversas formas de asistencia. 

A partir de este análisis, en las siguientes secciones se describe el modo en que el internacionalismo palestino operaba mediante tres formas logísticas: los campamentos, la circulación de armas y la impartición de conocimientos especializados, desde el entrenamiento en el combate y el apoyo operativo, hasta la asistencia técnica y para el desarrollo a Estados del Tercer Mundo. Posteriormente, me centro en las complejidades estratégicas generadas por estas prácticas.

Los campamentos como sitios de internacionalismo

«El Líbano me dejó en claro la medida en que la resistencia palestina servía de imán, nuestros compañeros de todas partes del mundo, desde irlandeses con conexiones en el IRA hasta un miembro del politburó del partido comunista haitiano...Tenía la sensación de que estaba en el centro de la revolución mundial»48. 

– Militante de izquierda turco

El internacionalismo palestino, que se manifestó en el apoyo extendido a otras luchas, cobró forma en los espacios en que la vida palestina debía organizarse en condiciones de despojo. Antes de abordar la militancia en sí, cabe señalar que los diversos sitios de presencia palestina, incluidos los campamentos de refugiados, en particular, no eran simples trasfondos para la militancia, como algunas discusiones sobre este tema suelen dar a entender. En cambio, eran sitios en que la vida diaria, la vida colectiva, la continuidad intergeneracional, la organización política y la producción cultural sostenían la vida palestina en el exilio. La actividad militante se desarrollaba dentro de esta organización más amplia de existencia comunitaria, en lugar de estar separada de ella; fueron estas condiciones las que permitieron la formación de la militancia. Por ello, lo que hizo que estos espacios se convirtieran en sitios operativos para el intercambio, la formación, el pasaje y la militancia internacionalista no fue el movimiento como tal, sino el hecho de que ya funcionaban, en diferentes coyunturas, como espacios semiautónomos de la vida palestina49. La vida comunitaria no se producía internamente: los campamentos funcionaban al mismo tiempo como espacios intercomunitarios: reunían encuentros, responsabilidades y formas de lucha que excedían a un único movimiento. Por consiguiente, estos sitios eran laboratorios en los cuales la lucha palestina pasó a formar parte de las ideologías, estrategias y estructuras organizativas -así como de los sueños y modos de vida- de los movimientos anticoloniales de todo el mundo.

Una expresión concreta de ello fue la infraestructura de entrenamiento que se implementó en los campamentos. Una red coordinada de intercambio militante funcionaba en algunos campamentos de refugiados y en bases militares operadas por facciones palestinas. Esta actividad se desarrolló en el Líbano, Siria, Jordania, Yemen del Sur, Argelia, Irak y Libia, mientras que una red más amplia de cuadros en América Central y África también brindaban instrucción y apoyo. Estos campamentos eran gestionados fundamentalmente por Fatah, el FPLP, el Comando General del FPLP y el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP).

Aún resulta difícil determinar la escala de la infraestructura de entrenamiento de la OLP, pero la información de que se dispone alude a su vastedad. Informes de inteligencia de Estados Unidos estimaron que la OLP entrenó a «más de 10.000 militantes» de todo el mundo. Mientras que el cálculo es difícil de verificar50, informes de seguridad de Estados Unidos indican que la inteligencia estadounidense creía sistemáticamente que la OLP operaba infraestructura de entrenamiento a una gran escala transnacional. El mismo estudio informó que 2.250 combatientes de 28 países fueron entrenados tan solo en 1980 y 198151 , mientras que otras fuentes colocan la cifra en alrededor de 1.700 en 198052. Los militantes eran originarios de todas partes del mundo. La escala era tal que la inteligencia estadounidense (a pesar de los límites de la información en la que podía contar fehacientemente) calificó a Beirut de «centro terrorista»53. 

De Argentina a Tailandia, de Angola a Irlanda, miles de combatientes y cuadros pasaron por campamentos palestinos. Estos no eran acontecimientos simbólicos ni puntuales: el apoyo revolucionario era sistemático, ya que se extendía a los brazos armados de los movimientos de liberación nacional, las coaliciones antimperialistas y las insurgencias poscoloniales en los cuatro continentes.

Militantes de una gran variedad de frentes revolucionarios de América Latina y el Caribe, asistieron a los campamentos de entrenamiento palestinos. Ellos incluían combatientes de Haití54 y Costa Rica, sandinistas de Nicaragua, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador, la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), los Montoneros de Argentina (MPM), la Vanguarda Armada Revolucionária Palmares (VPR) de Brasil55, el Movimiento 19 de Abril (M-19) de Colombia y el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile56. En los frentes de liberación africanos, se proporcionaba entrenamiento a combatientes del Congo, Nigeria, Malawi57 y Eritrea, así como a grupos sudafricanos, como uMkhonto we Sizwe (MK) del Congreso Nacional Africano (ANC)58 y el Ejército de Liberación Azanio del Movimiento de Conciencia Negra59.

Dentro del movimiento revolucionario clandestino europeo, instructores palestinos trabajaron con militantes irlandeses del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y País Vasco y Libertad (ETA), y con otros grupos europeos que, según un entrenador palestino «buscaban orientaciones» y a quienes los campamentos ofrecían «entrenamiento y una causa válida»60.

De los diversos movimientos insurgentes de Asia llegaron militantes filipinos61, los musulmanes fatani del Sur de Tailandia, miembros del Ejército Rojo Japonés, diversos grupos iraníes opositores al sah62, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK)63 y organizaciones de Eelam, como la Organización Revolucionaria de Estudiantes del Eelam (EROS) y los Tigres de Liberación del Eelam Tamil64.

El hecho de que republicanos irlandeses se entrenaron junto a combatientes tamiles, nicaragüenses y alemanes con instructores palestinos da cuenta de que se estaba forjando una geografía de lucha, en la cual los encuentros formativos producían relaciones y prácticas comunes que reorganizaron el espacio político en los diferentes continentes. Ello fue especialmente visible en lugares como un campamento del FDLP en Naameh, cerca del sur de Beirut, donde militantes congoleses, kurdos, turcos, yemeníes e iraníes se albergaron en 300 carpas desde finales de 1979 hasta mediados de 198065, y en el campamento de Hamouriah, en el sur de Damasco, que sirvió como lugar de entrenamiento para iraníes, vascos, italianos, alemanes, japoneses y armenios66. La lista de visitantes y participantes en los entrenamientos era muy larga, algunos están registrados en archivos, otros quedaron grabados en la memoria de quienes pasaron por los campamentos, la mayoría solo sobreviven en fragmentos de recuerdos o están dispersos en las historias personales; sobre otros nunca sabremos ni podremos saber plenamente. 

En muchos sentidos, estas formaciones imitan lo que Cabral describía como una «nueva geografía humana»67. Al habérseles negado su propio territorio soberano, los palestinos reorganizaron la vida política en el exilio al forjar redes de relaciones en los diferentes continentes mediante la vida en común, ejercicios colectivos, operaciones coordinadas y la movilidad clandestina. Donde Cabral imaginó carreteras y puentes como las arterias de una nación liberada, los palestinos construyeron carreteras subterráneas e infraestructuras de pasaje que crearon un nuevo espacio político a través de las fronteras. El sector occidental de Fatah, por ejemplo, proporcionó documentos de identidad de Fatah a militantes extranjeros68, mientras que el FPLP produjo pasaportes falsos69  y el FDLP emitió tarjetas de refugiados70. Estas prácticas de documentación afirmaron el derecho a la circulación de los insurgentes que desconcertó a los regímenes fronterizos y desdibujó las fronteras jurídicas.

Quienes huían de la represión en otras partes hallaron un refugio seguro en los campamentos. El PKK y los militantes turcos recibieron viviendas operativas que les permitieron reorganizarse tras haber sufrido golpes duros y la fragmentación de sus organizaciones como consecuencia de la represión y los golpes militares en Turquía a comienzo de los años setenta y en los años ochenta. De este modo, los campamentos incorporaron a Palestina en la reproducción diaria de la lucha armada en otras partes, ofreciendo un arraigo a la clandestinidad. En el caso del PKK, este apoyo fue fundamental, ya que facilitó su formación y, posteriormente, le permitió convocar su primera conferencia en 198171.

La infraestructura de los campamentos perturbó la arquitectura espacial, jurídica y de seguridad de la esfera imperial, propiciando la circulación de la vida insurgente en y contra el ordenamiento del mundo que intentaba estabilizar. Las rutas subterráneas para el tránsito, la transferencia de armas y la reubicación del personal no solo se mantuvieron en orden para evitar la captura, sino para sostener y ampliar la coordinación entre los grupos. Por ejemplo, a través de los palestinos, grupos iraníes lograron entablar vínculos con otros movimientos anticoloniales en la región.72 De modo similar, la inteligencia de Estados Unidos de la década de 1970 observó que redes de la OLP mediaban los vínculos entre el Movimiento Indio Americano (AIM)73 y movimientos militantes en América Latina y Europa74. En cada uno de esos casos, la asociación con los palestinos era tan importante como el suministro de armas o entrenamiento. Los movimientos se acercaron entre sí. Fue mediante este proceso que se fundó un proyecto político más amplio: lo que pasó a conocerse como el Tercer Mundo. 

Además de abrir las puertas a redes revolucionarias más amplias, algunos militantes describieron cómo la asociación con la OLP cambió el modo en que sus propias luchas eran reconocidas, así como su posición en el mundo anticolonial en general. En una entrevista realizada en 1975, Issac A. Tabata del Movimiento de Unidad de Sudáfrica dijo que «lamentaba» que muchas personas del continente africano interpretaban equivocadamente la lucha sudafricana como un reclamo de derechos civiles, en lugar de un movimiento de liberación nacional. Explicó que únicamente cuando la resistencia palestina «cobró impulso» comenzaron a ser reconocidos de ese modo75. 

Para otros, el impacto fue más interno. Shankar Rajee de EROS recordó que él y sus compañeros regresaron del Líbano a Londres con lo que describió como una «cantidad ENORME» de armas y municiones en sus bolsos. Los obligaron a detenerse en el aeropuerto Charles de Gaulle. Cuando los funcionarios de aduanas les preguntaron que hacían con todo eso,  dijeron que era un «recuerdo», una respuesta que revela un mundo político muy diferente al nuestro. Entregaron algunas armas y los dejaron pasar. En retrospectiva, Rajee dijo que la experiencia fue «una locura», pero en el momento dijo que le resultó completamente razonable76. 

Al mismo tiempo, Rajee tenía claro que el viaje al Líbano no era solo una aventura emocionante. Era un tipo de demostración a su propio pueblo, una forma de mostrar lo que ahora era posible. Lo que siguió fue tan importante como la experiencia en el Líbano: tras dos semanas en el frente de batalla en el Líbano, había una sensación de que el entrenamiento recibido y los vínculos creados con la OLP habían cambiado el modo en que Rajee y sus camaradas podían posicionarse en relación con su propia población y con otras organizaciones Tamil, incluidos los Tigres Tamil. Tenían experiencia y contactos y algo tangible para demostrarlo. 

Más allá de encarnar la continuidad no resuelta de la lucha palestina —una condición que durante mucho tiempo ha desconcertado a los regímenes árabes reaccionarios al exponer su complicidad y albergar posibilidades revolucionarias con las que sus propias poblaciones se sienten identificadas—, lo que queda claro a través de la historia que he delineado hasta ahora (y que describo en más detalle a continuación) es que es precisamente debido a las posibilidades transnacionales que los palestinos ofrecen a otros y a su condición que los campamentos son, y siguen siendo, blancos de disciplinamiento y contención. Siempre han sido atacados no solo por lo que revelan, sino también por lo que han hecho posible, una fuerza latente que sigue acechando a diferentes regímenes en la actualidad. Esos esfuerzos de disciplina y contención han sido recurrentes a través de las décadas y los órdenes políticos: de los hachemitas a comienzos de los años setenta a los baazistas en Siria (de la masacre de Tal al-Zaatar a la Guerra de los Campamentos después de 1985), y más recientemente Mohamed al-Jolani en Siria en 2024 y el Estado libanés en 2025. Los ataques incesantes de Israel contra campamentos palestinos en el Líbano han sido la expresión más constante de esta lógica. Aunque fueron perpetrados bajo la consigna del desarme, en realidad tienen mucho más que ver con la supresión de los palestinos como presencia política.

El suministro de armas: una «correa de transmisión» de la lucha armada

Un registro diferente de la misma infraestructura internacionalista representada por los campamentos fue la circulación transnacional de armas a través de los palestinos. Con el apoyo de China, Argelia, Egipto, Libia y la Unión Soviética, durante las décadas de 1960 y 1970, la OLP armó a otros actores no estatales en todo el mundo. La CIA informó que la OLP era, junto con Libia y Cuba, el principal conducto de armas y fondos para grupos armados en el Tercer Mundo77.

A finales de los años setenta, la OLP se había consolidado a nivel militar, en parte debido a las lecciones aprendidas de la invasión israelí del Líbano en 1978 (que pusieron de manifiesto los límites de la táctica de guerrilla), pero también debido a la Cumbre de Bagdad de 1978, que proporcionó abundante financiación para entrenamiento y armas, lo cual permitió a la OLP extender estos recursos a grupos revolucionarios del mundo entero78. 

Fue en este contexto que la OLP suministró armas directamente a organizaciones en todo el mundo, un apoyo que, para muchos, como los sandinistas y el PKK, fue indispensable a fin de construir la capacidad necesaria para librar la lucha armada. 

Los grupos palestinos también funcionaban como intermediarios en el suministro de armas, al garantizar el suministro de armas procedentes de países como Corea del Norte, Vietnam, Libia y la Unión Soviética a movimientos en América Latina, África, Asia y Europa. Como consecuencia de ello, la CIA describió su papel como el de una «correa de transmisión»79. Lo que importaba no era la acumulación sino la posición, es decir, la capacidad de desplazar a los monopolios de la fuerza e insertar canales alternativos de suministros militares en sistemas dominados por los Estados.

Las facciones palestinas, especialmente Fatah, realizaron grandes envíos de armas a América Central, en particular a los sandinistas durante su revolución y en el periodo posrevolucionario de consolidación del Estado, en medio de la guerra de los Contras apoyada por Estados Unidos. Aunque es difícil determinar si ese apoyo perturbó directamente los canales de envío de armas de Estados Unidos, las pruebas indican que limitó la capacidad de Washington para monopolizar el suministro militar en la región. Un testimonio en el Congreso de Estados Unidos en 1981 confirmó un «influjo masivo de armas»80 que contrarrestó las ventas de armas israelíes en la zona81. Ello posicionó a la OLP como una fuente compensatoria de suministros militares en América Central y demostró su capacidad de elevar los costos políticos y militares de las estrategias de contención lideradas por Estados Unidos. 

Mientras que las diferencias ideológicas nos ayudan a entender los objetivos y visiones detrás del suministro de armas entre grupos como el FPLP y Fatah, puede afirmarse con certeza que los suministros de armas funcionaron como forma de reordenar el espacio político. Desplazaron monopolios, perturbaron sistemas sin provocar su colapso y ejercieron presión e influencia, mientras que siguieron siendo parte de reconfiguraciones estratégicas más amplias.

El gran número de envíos fallidos e intercepciones registrados demuestra la escala de la participación de Palestina en armar a los movimientos revolucionarios del mundo. Las intercepciones incluyeron los intentos de Fatah de enviar armas al IRA en 1972 y nuevamente en 1977, cuando se interceptaron cinco toneladas de armas en Bélgica82; un avión alquilado por la OLP en Túnez en 1979 que transportaba toneladas de armas chinas para los sandinistas83; y suministros de lanzamisiles soviéticos SAM-7 del FPLP interceptados en Ortona cuando eran enviados a grupos italianos84 

La circulación de armas entrañaba diversas modalidades: en ocasiones las armas se suministraban en forma gratuita, en otros casos, a cambio de compromisos políticos y otras veces simplemente se vendían. Cabe destacar que la OLP nunca adoptó el comercio de armas como política o estrategia institucional. La circulación de armas funcionaba de diversos modos en los movimientos armados. Mientras que para algunas organizaciones se absorbía en los circuitos de comercialización de armas y mercancías, la OLP no trató el comercio de armas como una lógica inherente a la organización. Es cierto que durante la guerra civil del Líbano, algunas personas y órganos de seguridad de la OLP explotaron el vacío generado por la ausencia del Estado libanés para lucrar con la venta local de armas, pero esta práctica era contraria a la orientación establecida por la organización y no constituía un enfoque de todo el movimiento sancionado a nivel central. Cuando tales actividades comenzaron a proliferar, el liderazgo de la OLP intervino y lanzó campañas internas para detener la venta de armas con fines de lucro personal y restablecer el control político del suministro de armas85.

Mi objetivo aquí no es brindar una imagen idealizada del modo en que la OLP abordó la militancia, especialmente habida cuenta de la frecuencia con la cual los imperativos de militancia en los campamentos desplazaban a otras formas de organización social y comunitaria86. Por el contrario, intento señalar que el suministro de armas solía funcionar con motivaciones políticas, al punto que cuando el suministro adoptaba la forma de venta de armas, no solía organizarse en torno al lucro, sino que se basaba en la construcción de alianzas estratégicas, ya sea para construir o preservar alianzas, crear una imagen estadista o ejercer influencia contra enemigos como una forma de presión política.

«Una abundancia de especializaciones»87: La aportación palestina de conocimientos especializados

Un tercer pilar del apoyo palestino a otras luchas revolucionarias y de liberación fue la aportación de un conjunto de capacidades que ayudó y fortaleció esas luchas. En diversos contextos, las facciones palestinas movilizaron competencias que respondían a necesidades solapadas: preparar a los militantes para la acción armada, apoyar las operaciones fuera de Palestina y ayudar a movimientos y Estados a resistir, defenderse y organizarse de manera eficaz.

Uno de esos conjuntos de capacidades era el entrenamiento militar, que variaba en intensidad, forma y duración: algunos entrenamientos duraban de cuatro a seis meses88, mientras que otros duraban tan solo 45 días. El entrenamiento solía combinar la instrucción operativa con orientaciones estratégicas e ideológicas. Mientras que algunos militantes describían la experiencia como «turística», otros la recordaban como estructurada y exhaustiva89. El líder militante Tamil Shankar Rajee recordó una combinación de física y armas: la enseñanza sobre explosivos mediante ecuaciones, cálculos y pruebas reales, que abarcaba desde lecciones sobre «explosivos de cocina» improvisados hasta la mecánica de los gatillos y las bombas de tiempo. 

La vida en los campamentos se desarrollaba en medio de limitaciones materiales y no era para nada cómoda. Como recordó un militante sudafricano, «a pesar de la mejora en el entrenamiento y la comida, recuerdo que la vida en el campamento en los Altos del Golán era difícil, los piojos eran un problema constante»91.

Los combatientes recibieron formación en simulacros de ataques, emboscadas, infiltración y retiradas en terrenos diversos, mediante la utilización de armas del bloque oriental que abarcaban de armas pequeñas a granadas propulsadas por cohetes (RPG), morteros y sistemas portátiles de defensa antiaérea92. La preparación abarcaba la seguridad de la base, el reconocimiento, la recopilación de inteligencia, el ocultamiento y la supervivencia. Algunos programas enseñaban el trabajo clandestino: la falsificación de documentos y moneda y el sabotaje de infraestructura, transporte y líneas de suministro. El entrenamiento no se limitaba a las armas y la acción militar directa. Los grupos estudiaban estrategia y organización. De Timor Leste a Chile, los cuadros en los campamentos del FPLP aprendían sobre «actividad de información», propaganda y campañas mediáticas para públicos locales e internacionales.

Documentos de la OLP capturados por Israel subrayan la importancia de la sensibilización en los campamentos de entrenamiento. Demuestran que los cuadros que asistían a los campamentos del FPLP también participaban en la «actividad comunitaria» del Frente, mientras que los comités populares gestionaban los programas de bienestar, educación y cultura que eran el sustento de la base del movimiento y promovían una visión marxista de transformación social. Según un militante italiano: «En primer lugar impartían formación básica sobre cómo y por qué era necesario tomar las armas...[enseñaban] no solo a leer y escribir, sino también la estructura de la sociedad árabe...y los motivos para la lucha armada».93  

La educación política e ideológica era una parte integral de los programas de entrenamiento. Además de la alfabetización, los combatientes estudiaban historia regional y asistían a clases sobre política. No solo aprendían sobre el sabotaje, sino también sobre sus motivos. Un militante italiano recordó que los palestinos «no distribuían Kalashnikovs en forma indiscriminada»94, sino que insistían en enseñar su uso y finalidad, un punto que los militantes kurdos también destacaron, al afirmar que se ponía el acento en «la fundamentación de la lucha armada»95. Las clases ubicaban a la militancia dentro de una teoría e historia anticoloniales, según un militante, que informó haber «leído mucho sobre la guerra popular»96. Fue en este contexto que la CIA informó que los palestinos contribuyeron «más que cualquier otro grupo» a la divulgación de una ética militante transnacional97.

Un documento de la OLP capturado registra una materia que extrañamente figura junto al catálogo previsto de temas de formación: karate. La materia era impartida por el capitán Ismail Yasin, y militantes de Alemania, Irlanda, Pakistán y otros países practicaron el deporte como parte de su entrenamiento, con la ayuda de profesionales que interpretaban las instrucciones en varios idiomas98.

Más allá del entrenamiento, otro aporte importante del movimiento palestino a otros grupos revolucionarios y de lucha por la liberación fue su apoyo operativo. En particular, los palestinos compartieron sus conocimientos sobre el secuestro de aviones. Por ejemplo, el FPLP apoyó el secuestro del avión de Lufthansa para garantizar la liberación de líderes de Baader-Meinhof en 1977. Otras formas de apoyo operativo incluyeron la participación supuesta o sospechada de palestinos en el asesinato del embajador británico en La Haya perpetrado por el IRA en 197999, y el despliegue de militantes palestinos en Angola, El Salvador y Nicaragua100. 

Cabe destacar que el apoyo palestino no solo se extendió a fuerzas revolucionarias e insurgentes, sino que también incluyó el apoyo a Estados, especialmente aquellos en el proceso de consolidarse en un contexto posrevolucionario. Un ejemplo clave es la impartición de conocimientos especializados por palestinos al Irán posrevolucionario. Arafat fue el primer líder extranjero en reunirse con Jomeini tras la revolución cuando visitó Teherán en 1979. Además, dos figuras destacadas del movimiento palestino se encargaron de coordinar la asistencia al nuevo Gobierno: Salameh de Fatah y Haddad del FPLP101. Apenas siete días después de la visita de Arafat a Teherán, 50 combatientes de élite palestinos de al-Asifah llegaron al país para entrenar a fuerzas iraníes en el uso de armas102. Aún no está claro si una de las fuerzas que entrenaron fue el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). El IRGC surgió a raíz de que Jomeini desconfiaba del ejército ordinario y uno de sus primeros artífices pidió a Arafat que le proporcionara combatientes para entrenar a reclutas. Publicaciones estatales iraníes atribuyen a Anis Nakash, un cuadro de Fatah, el haber concebido el IRGC y redactado una propuesta sobre su formación para Jomeini, y posteriormente haberlos entrenado. Al hacerlo, se basó directamente en modelos de organización palestinos. La misma corriente de experiencia organizativa se extendió a Hezbolá. Imad Mughniyeh, junto con otras figuras que posteriormente asumieron posiciones de liderazgo en el grupo, fueron cuadros de Fatah y de su unidad de élite Fuerza 17103. El propio Mughniyeh fue fundamental para la formación de Hezbolá y fue hasta su muerte comandante del ejército bajo el mando de Hasán Nasralá104.

La Nicaragua sandinista ofrece otro ejemplo de la impartición de conocimientos especializados por los palestinos a un Estado posrevolucionario. Tras la victoria de la revolución sandinista, la OLP envió lo que, según información del momento, era su mayor delegación a América Latina: entre 40 y 70 funcionarios diplomáticos y militares fueron enviados a Nicaragua para brindar entrenamiento en sistemas de armas soviéticos, tácticas de guerrilla especializadas y apoyo en el combate. Ello incluyó el despliegue de 25 pilotos de Fatah para brindar apoyo operativo a las operaciones contra los Contras apoyados por Estados Unidos105. Nicaragua no fue el único país en recibir apoyo aéreo: la Fuerza 14 de Fatah apoyó a varios ejércitos poscoloniales en sus capacidades aéreas, entre ellos a Uganda y la recientemente independiente Zimbabwe, donde entrenó a 100 cadetes para el cuerpo de oficiales en 1981106. 

Sin embargo, el apoyo que los palestinos brindaron a los Estados posrevolucionarios no fue solamente militar, ideológico y estratégico, sino que también incluyó apoyo a la organización y el desarrollo de esos Estados. Por ejemplo, en virtud de un acuerdo con la Organización de la Unidad Africana, los palestinos enviaron técnicos, médicos y docentes a Uganda, Somalia, Sudán, Congo y Guinea-Bissau, y apoyaron huertas cooperativas y proyectos agrícolas en diversos países107. Además, los palestinos tenían acuerdos de cooperación con Cuba, Hungría y la República Democrática Alemana108. También planificaron el envío de delegaciones a Vietnam para ayudar en la reconstrucción después de la guerra, y los fedayines donaron parte de sus ingresos a los esfuerzos de construcción en Vietnam109. Un ejemplo especialmente sorprendente que pone de relieve la diversidad del apoyo proporcionado a los Estados fue el apoyo de la OLP a las aerolíneas comerciales en algunos países: desempeñó un papel central en la creación de Maldives Airways y era parcialmente propietaria de la primera aerolínea de Guinea-Bissau, Air Bissau110 y la aerolínea nacional nicaragüense, Aeronica, a la que donó los primeros Boeing 727111.

Como queda claro en los párrafos anteriores, lo que comenzó como solidaridad revolucionaria pasó a formar parte de los procesos técnicos y logísticos de la construcción de Estados posrevolucionarios. Es decir que un movimiento de liberación apátrida se convirtió en una fuente de ayuda material y técnica a Estados soberanos, desconcertando la supuesta direccionalidad del desarrollo y reflejando los esfuerzos contemporáneos del Tercer Mundo para refundir las condiciones de desarrollo mediante nuevas formas de coordinación e intercambio. Como ha demostrado Ihab Shalbak, las iniciativas económicas y técnicas de la OLP en la década de 1970 formaron parte de proyectos del Tercer Mundo más amplios, aunque frágiles y de corto aliento, asociados con el Nuevo Orden Económico Internacional, vinculando la libre determinación con los intentos prácticos de autonomía económica en un orden aún imperial112. 

Visto de este modo, el suministro palestino de ayuda revolucionaria logró más que apoyar la lucha armada. Reposicionó el despojo palestino como una fuente de capacidad técnica y organizativa, redistribuyendo no solo los medios para luchar, sino también los medios para sostener la vida. Al hacerlo, llevó al movimiento palestino a terrenos íntimos de reconstrucción y reproducción social, vinculando la labor de la formación nacional con proyectos más amplios de creación del Tercer Mundo.

Franquear las tensiones causadas por la solidaridad: entre principio y estrategia 

Al evaluar el apoyo que la OLP brindó a otros movimientos y naciones, queda claro que la solidaridad surgió a través de una concepción de internacionalismo estratégica y basada en principios. La alienación estratégica no invalidó el compromiso ideológico, del mismo modo que la solidaridad basada en los principios no excluyó el cálculo. Estas dinámicas no solían ser sencillas. Algunas veces se reforzaban entre sí; otras, iban en sentido opuesto. Las consideraciones estratégicas podían comprometer la claridad ideológica, mientras que los compromisos ideológicos podían afectar la coherencia estratégica. En ocasiones se forjaban alianzas con actores vinculados a un enemigo, por lo que la contradicción se convertía en una característica constitutiva de la práctica, en lugar de una aberración. Por consiguiente, lo que surge es un conjunto escalonado de tensiones: entre principio y estrategia, dentro y entre facciones de la OLP y entre la diplomacia estatal y las redes clandestinas.

A veces se brindaba apoyo con expectativas explícitas, como cuando la OLP apoyó las guerrillas salvadoreñas que participaron en el secuestro y asesinato del embajador sudafricano en El Salvador en 1979113 y el ataque contra la embajada israelí en San Salvador, que culminó en 1980 con un acuerdo entre la Dirección Revolucionaria Unificada y Arafat para suministrar armas y aeronaves a los salvadoreños. Otras alianzas seguían siendo informales o eran intencionalmente opacas114. En ocasiones, se brindaba apoyo a expensas de intereses estratégicos y, por lo tanto, se mantenía en secreto. La contradicción entre la diplomacia y la militancia no se resolvía, sino que se gestionaba: lo que podía proclamarse en un ámbito debía negarse en otro. Mientras que Arafat celebraba abiertamente los vínculos con los sandinistas y otros movimientos de América Central, distanció públicamente a la OLP del IRA tras el asesinato de Lord Mountbatten en 1979115. A mediados de la década de 1970, ya habían comenzado a entablarse contactos de bajo nivel con Estados europeos y la posibilidad del reconocimiento se estaba volviendo más tangible. Aunque la diplomacia avanzaba, la cooperación clandestina persistía: un memorando desclasificado de la CIA indica que, en esa época, alrededor de diez miembros del IRA seguían yendo al sur del Líbano para recibir entrenamiento todos los meses116. El distanciamiento público y la proximidad encubierta funcionaban en paralelo, cada uno apoyaba un registro de internacionalismo diferente.

Cabe destacar que, mientras que América Latina era uno de los frentes de batalla más visibles del imperialismo estadounidense en las décadas de 1970 y 1980, y que operar allí podía generar una reacción adversa, la OLP no se retiró del continente. Al hacer pública su presencia allí, se posicionó firmemente en el campo antiimperialista, adquiriendo así valor simbólico más allá de la región. Al igual que en el África Meridional, donde la OLP apoyaba a movimientos en Sudáfrica y Angola, América Latina tenía una fuerza especial en los imaginarios políticos tercermundistas. La coordinación con Cuba era fundamental en ambas regiones, lo cual reflejaba una orientación revolucionaria compartida. Además, en América Latina la OLP podía ejercer presión política más directa sobre Washington. Por lo tanto, su presencia funcionaba como una proyección que forzaba el reconocimiento de Palestina como una cuestión política mundial117.

En ocasiones, se extendía apoyo a partes que eran hostiles o estaban en conflicto entre sí. Por ejemplo, mientras que Fatah entabló vínculos estrechos con el ANC en Sudáfrica, el FPLP-GC entrenó al brazo militar de formaciones rivales, como el Movimiento de Conciencia Negra y el Frente de Liberación del Pueblo Azanio (APLA)118, que no era reconocido por la OUA y había sido suprimido por la ANC. El caso de Eritrea y Etiopía es aún más llamativo. En 1962, Etiopía anexionó a Eritrea, y esta última libró una larga guerra por su independencia. Durante este periodo, la OLP mantuvo relaciones con Etiopía, mientras que, a la vez, proporcionó entrenamiento y financiación al Frente Popular de Liberación de Eritrea y el Frente para la Liberación de Eritrea119. Cuando los eritreos solicitaron protección contra la posible intervención de Cuba en la guerra120, Arafat envío a Shafiq al Hout a La Habana para que hablara directamente con Fidel Castro. Posteriormente, las fuerzas cubanas aseguraron que no combatirían contra fuerzas eritreas121. En este caso, la contradicción fue operativa y no incidental, ya que estuvo determinada por las posiciones de la Liga Árabe, las relaciones entre la OLP y Cuba y las presiones de corrientes de izquierda dentro de la OLP.

En algunos casos se comprometieron convicciones ideológicas debido a una necesidad estratégica, como quedó demostrado mediante la alianza de Fatah con el líder de Uganda Idi Amin, cuyo régimen fue violento y errático, pero ayudó a debilitar la presencia de Israel en África y promover el reconocimiento de la OLP en el continente122. Alineaciones de este tipo reflejaban una voluntad de absorber la contradicción para lograr terreno político. Nyerere de Tanzanía, que se había opuesto a Amin desde el principio, pero fue uno de los primeros en albergar una oficina de la OLP, no lo consideró una incoherencia, sino una consecuencia de las limitaciones, y culpó a la «comunidad mundial» por no dejar muchas alternativas a los palestinos. Tras la guerra, Nyerere elevó el estatus de la oficina de la OLP en Tanzanía al de embajada123.

Más allá de la forma o la motivación, el efecto acumulativo de la ayuda palestina fue considerable. Consolidó vínculos con Estados revolucionarios y poscoloniales clave, estableció una presencia palestina en campamentos militares, embajadas, foros políticos y redes clandestinas, y posicionó a grupos palestinos en los ámbitos de inteligencia y contrainsurgencia a nivel mundial, donde la simple asociación se convirtió en un lugar de atribución de amenazas, influencia y contención. El apoyo palestino no siempre fue determinante en los resultados, pero a menudo incidió en ellos. Transformó posibilidades, cambió el cronograma y reconfiguró las coordenadas. No solo proporcionó materiales, sino también métodos, no solo aportó refugio sino también estrategia, no solo contribuyó símbolos, sino también estructuras. Permitió a formaciones militantes reimaginar su posición en el mundo, no como puestos de avanzada aislados, sino como nodos en una infraestructura internacional de revuelta. Si la solidaridad funcionaba mediante la contradicción, no puede ser evaluada únicamente mediante la alineación, sino que debe ser examinada a través de las infraestructuras que creó, las tácticas que circuló y las formas de legitimidad que reformuló.

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

Illustration by Fourate Chahal El Rekaby

Tercera parte. Afrontar la centralidad de Palestina en el mundo actual

La historia delineada anteriormente, que a menudo se ha visto oscurecida por enfoques dominantes basados en los derechos que desregionalizan a Palestina y despojan al internacionalismo de sus fundamentos materiales, incluyó a Palestina en una arquitectura más amplia de relaciones, memoria política e infraestructuras de lucha. Si se lo entiende de manera conjunta con los relatos sobre la transformación estructural, este arco más prolongado aclara las condiciones en las cuales Palestina ha resurgido como punto focal de la política progresista. 

A medida que el proyecto del Tercer Mundo se disolvió en el idioma de los mercados y la gobernanza, los palestinos siguieron una trayectoria paralela, pero sin pasar por la etapa de descolonización. La liberación se desvío hacia la negociación, encarnada en la solución de compromiso que rescindió la resolución de las Naciones Unidas que equipara al sionismo con el racismo a cambio de la participación en la Conferencia de Paz de Madrid. Al mismo tiempo, la hegemonía estadounidense, la reestructuración neoliberal y la caída de la Unión Soviética desmantelaron las bases institucionales que habían sostenido el internacionalismo del Tercer Mundo como una formación política organizada, arraigada en los movimientos de masas, los Estados y los partidos. Palestina fue absorbida en este orden124. La OLP se retiró de redes anteriores y se acercó a los Gobiernos de Occidente. El retorno de un liderazgo burgués, legitimado mediante el reconocimiento de Israel, presidió el desmantelamiento de las instituciones del exilio que durante mucho tiempo habían sido el sustento de la vida comunitaria y habían cultivado la solidaridad. Lo que quedó fue crecientemente canalizado a través de ONG y marcos de ayuda humanitaria, separados de la movilización popular125.

Tras el 11 de septiembre, las presiones jurídicas, militares y de infraestructura endurecieron esta reorganización. Regímenes designados como terroristas, la vigilancia financiera y la criminalización de la solidaridad se volvieron instrumentos habituales de la contrainsurgencia. Las guerras sin fin afianzaron la intervención permanente, mientras que ampliaron la seguridad privada, el control policial, el encarcelamiento y la vigilancia. La guerra se convirtió en un laboratorio para los drones de extracción de datos, la fusión de sensores, los sistemas de detección que alimentan redes de inteligencia y la vigilancia policial predictiva. En la izquierda, la ONGización también marcó un cambio de clase: los estratos profesionales se consolidaron en torno a flujos de financiación y acceso institucional, mientras que la organización de trabajadores y de masas se debilitó. La solidaridad se reconvirtió en prácticas que los donantes y organismos reguladores pudieran entender, reduciendo la política a formas de gestión. En toda la región, los levantamientos que fueron derrotados y los conflictos por delegación permitieron volver a garantizar el orden mediante la militarización y la normalización, a medida que la doctrina de seguridad de Estados Unidos y las técnicas de contrainsurgencia israelíes reorganizaron el movimiento, el trabajo y la disidencia.

En estas condiciones, la lucha se libra dentro de infraestructuras de poder: corredores logísticos, zonas de extracción, cárceles y fronteras. Israel ocupa una posición central en este ámbito, como beneficiario y exportador de sistemas de vigilancia, conocimientos especializados sobre contrainsurgencia y guerra basada en datos126. Sin embargo, en este contexto, la solidaridad con Palestina estaba cobrando impulso en diversos movimientos incluso antes de octubre de 2023. Ese momento no fue el origen, sino la condensación que hizo visible un resurgimiento que ya estaba ocurriendo y volvió a colocar en primer plano político las historias de resistencia y alianza.

En este contexto, y especialmente durante el genocidio en Gaza en los dos últimos años, una corriente relativamente pequeña pero amplificada, impulsada por la circulación digital y replicada en espacios activistas, formuló una pregunta conocida: ¿Por qué Palestina y no otras luchas? ¿Por qué está Palestina en todos lados? Presentada como una preocupación sobre el equilibrio o la no jerarquía, estas preguntas suelen señalar una preocupación con respecto al excepcionalismo o el trato privilegiado. Estas preocupaciones suelen expresarse con una verdadera curiosidad por personas que están al margen de los movimientos organizados, como miembros de comunidades de la diáspora en contextos occidentales. Sin embargo, se basan en suposiciones no examinadas sobre la solidaridad, el internacionalismo y la propia práctica política. Responder a ellas implica detenerse a pensar en lo que realmente está en juego, qué lógica sostiene la incomodidad y qué revela esa incomodidad sobre la condición actual de los movimientos políticos.

¿Qué revelan las críticas de la centralidad de Palestina sobre las necesidades de la política de izquierda contemporánea?

(Re)centrar el imperialismo como el marco de análisis 

Las críticas de la importancia política de Palestina en la política de izquierda contemporánea suelen dar por sentado que esa posición destacada produce un orden jerárquico de las luchas: una supuesta «jerarquía de la solidaridad»127. Según este punto de vista, posicionar a Palestina en el frente de la batalla contra el imperialismo hace que otras luchas solo tengan sentido a través de ella, disminuyendo su especificidad128. También existe una preocupación explícita para los propios palestinos: a algunos críticos les preocupa que las afirmaciones que universalizan la lucha palestina la separan de sus raíces como una lucha basada en la tierra de una población específica129. Y hay quienes sostienen que las comparaciones corren el riesgo de eliminar el sentido religioso de la «geografía espiritual».130

Mientras que estas críticas aluden a la afirmación de que todas las formas de abstracción dan lugar a la violencia epistémica, la abstracción no funciona de modo uniforme: las analogías trazadas a partir de experiencias vividas de opresión pueden desdibujar la diferencia y hacerla parecer igual, mientras que las implicaciones materiales se refieren a relaciones producidas históricamente que vinculan manifestaciones específicas de poder dentro de una estructura común. Abordar la importancia de Palestina simplemente como representativa es ignorar las estructuras materiales mediante las cuales se generó su centralidad. Cuando la solidaridad se reduce a registros discursivos y afectivos, se despoja al internacionalismo de los análisis materiales de poder en los que se basa, es decir, un análisis del imperialismo. 

Reconocer que las luchas ocupan posiciones estructuralmente centrales en el capitalismo e imperialismo mundiales no debería confundirse con excepcionalizar determinadas luchas. La importancia de Palestina no se debe a un «exceso de discurso», sino que es el producto de medidas excepcionales mediante las cuales los poderes imperiales sostienen el sionismo y reprimen la solidaridad. El sionismo ha sido excepcionalizado por garantes imperiales mediante apoyo militar, económico, diplomático e ideológico. Y mediante este excepcionalismo del sionismo, y por ende de Israel, se da un doble movimiento: el mismo apoyo que normaliza el sionismo en los sistemas de los Estados occidentales expone a la vez a esos sistemas a crisis internas. Garantizar el sionismo implica aislarlo de las normas que las democracias liberales afirman defender. Sin embargo, ese aislamiento genera una contradicción visible. Cuando más incondicional es el apoyo, tanto más intensa será la represión necesaria para contener las solidaridades que revelan esta garantía. Lo que parece ser control policial desproporcionado no es una reacción exagerada, sino una necesidad estructural. Nada de esto hace que Israel sea analíticamente excepcional como colonia de asentamientos; sino que, es una expresión del grado y los instrumentos del patrocinio imperial.

Lo que los críticos denominan una abstracción de Palestina para convertirla en un símbolo independiente es una intensificación de la especificidad: localizar la lucha, vincular las escalas y los lugares, visibilizar el modo en que el imperialismo organiza la violencia en las diferentes geografías. Ello abarca de los regímenes de confinamiento y control y la externalización del encarcelamiento y las técnicas de vigilancia desarrolladas en Palestina (incluidos los drones) a su aplicación en la vigilancia policial de ciudadanos y refugiados racializados en Papúa Nueva Guinea y Grecia131. Del bombardeo de viviendas en Gaza con aviones F-35 israelíes al incendio que consumió las viviendas sociales de la Torre Grenfell en el oeste de Londres como consecuencia de revestimientos producidos por la empresa Arconic, que también suministra materiales para esos aviones132. De la deuda de la matrícula universitaria que afecta las vidas de muchas personas a la inversión de las universidades de esa misma matrícula en empresas armamentistas y las ganancias de las que se benefician sus accionistas133.

A la luz de todo ello, la importancia estratégica de Palestina no es un síntoma de la abstracción, sino una condensación que se hace duradera mediante infraestructuras y formas de organización sólidas que permiten la acumulación de momentos de movilización. En muchos lugares, este fenómeno ha reavivado la organización estudiantil y de izquierda, al revincularla con la labor de los sindicatos y con las redes internacionalistas que habían estado en declive durante mucho tiempo. En estos entrelazamientos Palestina puede actuar como catalizador, llevando las luchas sobre un único tema a un terreno común. Las élites en el poder toman medidas para contener y reprimir esta convergencia debido a las crisis que genera, las cuales ponen al descubierto las contradicciones estructurales en las que se basa su democracia liberal. Ello queda de manifiesto en la turbulencia política que atraviesan los partidos estadounidenses y británicos, a medida que los Gobiernos gastan enormes recursos en control policial y represión de movimientos a través del aumento del gasto policial, el encarcelamiento, la proscripción del terrorismo, la vigilancia y la adopción de nuevas leyes.

Por último, cabe preguntarse: ¿son todas las formas de abstracción iguales? Como señaló Marx (en oposición a Hegel), los conceptos deben surgir de la realidad material, no descender del pensamiento puro. Al aplicar este enfoque, lo que parecen ser luchas, instituciones o crisis aisladas se entienden como conectadas. Las tradiciones anticoloniales han utilizado a menudo este método: Fanon escribió desde Argelia, pero su análisis llegó mucho más lejos, arrojando luz sobre estructuras de dominación colonial que otros podían reconocer sin presuponer su similitud. En diversas coyunturas, Vietnam, Cuba, Irlanda y Sudáfrica fueron considerados frentes fundamentales donde el imperialismo concentró sus fuerzas, lo que dio lugar a llamamientos a «muchos Vietnams» y a que aumentara el número de niños llamados Guevara, Mandela y Castro. Estos gestos no aplanaron las luchas, sino que fueron lugares donde la dominación se volvió extremadamente visible. Hoy en día, Palestina desempeña esa función. 

En el clima actual de política identitaria, nombrar la diferencia se ha vuelto una virtud en sí misma, y la comparación es reinterpretada como analogía y la analogía se entiende como exclusión. No obstante, la distinción más importante es precisamente esta: las analogías de la opresión pueden aplanar las luchas, mientras que los vínculos materiales con fundamento histórico las vinculan sin eliminar su especificidad. Dichos entrelazamientos no son nuevos. Diversos grupos han ocupado, en diferentes momentos, la posición que los palestinos ocupan hoy en día, pero lo que perdura son las teorías que surgieron de esas luchas, las teorías que persisten porque se adaptan a las condiciones cambiantes. Cuando estas relaciones se confunden con una experiencia de opresión común subjetiva, lo que desaparece es el trabajo histórico, logístico y organizativo mediante el cual los movimientos anticoloniales hicieron que esos vínculos fueran entendibles y, mediante el cual el imperialismo ha sido, y puede ser, enfrentado conjuntamente. 

Un discurso cada vez más común ahora trata la comparación en sí como «violencia epistémica», incorporada «en la matriz colonial de poder», reduciendo así las prácticas de internacionalismo forjadas históricamente a una única categoría de analogía impuesta por la colonialidad134. En este enfoque, no se realiza una distinción entre las comparaciones producidas por los regímenes de conocimiento coloniales y aquellas forjadas por los propios movimientos de liberación mediante la lucha, el encuentro y el antagonismo compartido. El problema no es el exceso ético, sino un error de categoría: la comparación es abordada como un acto de representación, en lugar de una práctica política que surge de la organización, la coordinación y condiciones materiales de lucha comunes. La crítica es idealista por excelencia: trata la comparación como un problema epistemológico, en lugar de una práctica política, separada de la organización, la estrategia y las condiciones históricas. Se afirma que «los marcos comparativos» marginan los modos de conocimiento indígenas y rechazan las luchas «en sus propios términos», aunque nunca se plantea la pregunta de cómo surgen esos «propios términos». Esos términos son abordados como predeterminados, internamente coherentes y aislados del encuentro histórico (como si las luchas políticas pudieran formarse sin mediación, traducción o trabajo relacional), en lugar de producidos mediante la lucha transnacional, relaciones de organización y estructuras de poder desiguales.

Son estos entrelazamientos materiales que han hecho que Palestina pueda entenderse más allá de sí misma. La herencia ideológica mediante la cual los pueblos colonizados han interpretado su condición, incluido el Marxismo (rápidamente desestimado como Occidental), han sido adoptadas, revisadas y transformadas en la lucha. Los palestinos no recibieron simplemente estos marcos, sino que contribuyeron a desarrollarlos. A pesar de que la principal fuerza de la resistencia armada palestina opera hoy en día dentro de un horizonte ideológico diferente, su formación y mutación siguen estando marcadas por las herencias del siglo pasado; no puede sobrevivir fuera de su entorno ni abstraerse de las condiciones que la produjeron. Cuando las luchas se desvinculan de los procesos relacionales mediante los cuales se volvieron inteligibles unas a otras, la crítica pasa a centrarse en el nativismo. Esta crítica presupone la uniformidad ideológica entre los colonizados y trata la referencia externa como contaminación, en lugar de una condición de la formación política.

(Re)centrar el internacionalismo 

Ello nos lleva a la segunda crítica, que cuestiona la centralidad estratégica de Palestina en la política progresista con el argumento de que eclipsa a otras luchas, haciendo que su visibilidad y urgencia pasen a un plano secundario. La centralidad es interpretada como predominio, en el cual el sufrimiento de otros se vuelve marginal debido al foco desproporcionado: Palestina recibe un nivel elevado de solidaridad, mientras que otros lugares donde existe la brutalidad, incluidos otros que experimentan el genocidio, reciben menos. La explicación que suele invocarse es la proximidad con Occidente: que Palestina encaja en el modelo de colonialismo de asentamientos europeo y, por consiguiente, es más comprensible para la mente occidental, mientras que luchas menos entendibles para públicos occidentales son marginadas. Como parte de esta centralidad, se afirma que los palestinos no extienden la misma solidaridad a otros y, por lo tanto, eclipsan otras luchas. O, cuando las luchas parecen estar únicamente vinculadas con Palestina, su visibilidad es mediada por la proximidad representativa, en vez de la fuerza de sus propias reivindicaciones políticas. Ello crea una estructura de atención en la cual Palestina aparece como el centro gravitacional, reproduciendo un modelo de reconocimiento colonial de «centro-periferia» e indirectamente de solidaridad136. Según este razonamiento, la solidaridad no se distribuye de acuerdo con principios políticos o sobre la base de la gravedad de la opresión (si esta es de algún modo cuantificable), sino mediante una jerarquía de reconocimiento en la cual Palestina adquiere un peso moral excepcional que se niega a otros.

Contrariamente a esa opinión, como se destaca en la segunda parte, en las tradiciones anticoloniales e internacionalistas, la solidaridad crece a partir de condiciones compartidas de dominación y del trabajo político de lucha. Es en este contexto que el eslogan «Palestina nos libera a todos» cobra fuerza. No impone una jerarquía, sino que arroja luz sobre la interdependencia. En todo caso, puede ser difícil para los palestinos, ya que implica que para que los palestinos sean libres todas las demás personas que luchan contra el imperialismo también deben ser libres. No obstante, esta es la posición estructural que ocupan los palestinos, y es una posición productiva, en el sentido de que los avances en un lugar se sienten en otros. 

La importancia de una lucha no necesariamente eclipsa a otras, sino que puede ampliar su visibilidad. Con casi cada ruptura en Palestina desde 2014, hemos visto comparaciones entre la lucha palestina y otras luchas. Como observó un escritor británico, fundador de Black British Radicals, en noviembre de 2023: «¿Vieron cómo en un momento la gente empezó a hablar de Palestina? También empezaron a hablar del Congo, Sudán, Tigray, el pueblo sami, Hawaii y todas las personas que luchan por su derecho a ser libres.» .137 

Incluso en ese caso, estas críticas señalan la desproporcionalidad de la atención mediática. Sin embargo, la atención no se traduce en capacidad de movimiento. Tratar la disparidad de visibilidad como un desequilibrio genera una solidaridad impulsada por la culpa138, donde se traspasa la responsabilidad a los palestinos por ser «demasiado visibles», en lugar de analizar la represión, la organización y el poder. Esta actitud también elimina la realidad de la censura constante en Palestina: la eliminación sistemática y el bloqueo encubierto de contenidos y la supresión de plataformas promovidas por la presión estatal y la influencia sionista en Google, Meta y los principales medios de comunicación. La visibilidad, donde existe, ha sido generada a pesar de estas condiciones mediante la labor política palestina, incluido por periodistas y organizadores que han aprendido a oponerse a la censura durante décadas. Como han observado organizadores y periodistas sudaneses sobre el terreno, la diferencia no radica en el favoritismo, sino en la organización: capacidades que los palestinos se vieron obligados a desarrollar durante décadas139.

Palestina no es el problema, sino que el problema es la concepción moralizada y desmaterializada del internacionalismo asumida por quienes expresan esta crítica. El internacionalismo no es una acumulación de sufrimiento en una comunidad moral, sino la convergencia de personas sobre la base de condiciones materiales y antagonismos comunes. Significa identificar, evaluar, formular estrategias y resistir en las líneas divisorias que configuran la solidaridad. No se trata de clasificar las luchas o asignar mayor virtud a las que se encuentran en determinadas líneas divisorias, sino de reconocer que algunas luchas ocupan posiciones estructuralmente fundamentales en los sistemas mundiales de capital y que, por consiguiente, influyen de forma transversal en proyectos emancipadores más amplios.

Esa forma de entender la solidaridad rompe con la idea de que es algo otorgado por otro, según el entendimiento liberal de la caridad. Desde este punto de vista, Palestina es considerada un sujeto pasivo de la solidaridad, en lugar de su coproductora. Lo que desaparecen aquí son las infraestructuras que los palestinos han construido, reconstruido y mantenido para la resistencia y la solidaridad, en el exilio y en Palestina.

Las movilizaciones a nivel mundial no surgen de la nada, pero tampoco puede decirse que sean generadas únicamente por la violencia infligida contra los palestinos: también obedecen a la resistencia encabezada por palestinos en los últimos 30 años: dos Intifadas, guerras sucesivas y resistencia proveniente de Gaza, la Gran Marcha del Retorno, el Levantamiento por la Dignidad en 2021 y las múltiples movilizaciones en Jerusalén, Cisjordania, al-Naqab y Haifa, y más recientemente la «Inundación de Al-Aqsa», todas han determinado las condiciones en las cuales se ha renovado la solidaridad con Palestina durante la actual guerra genocida. Tratar esta renovación como un repentino estallido de solidaridad producido por el entendimiento de Occidente implica no reconocer su fundamento material. Para quienes participan en la labor de los movimientos y no en el debate algorítmico, la cuestión no es la importancia y la lógica de la comparación, sino las capacidades de organización. 

En el exilio, bajo la gran sombra de los Acuerdos de Oslo, redes de organizadores, activistas y académicos palestinos han reavivado las tradiciones que colocan al sionismo en las categorías de imperialismo, racismo y colonialismo, y han reactivado la memoria política y el conocimiento organizativo de decenios anteriores. Desde mediados de la década de 2000, grupos como el movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS) y acciones de coordinación e infraestructuras para la movilización, como la Semana Contra el Apartheid Israelí140, utilizan los aprendizajes y legados tercermundistas y los adaptan a una nueva coyuntura. Han reavivado los vínculos con las luchas indígenas, movilizado a sindicalistas y trabajado para reafirmar que Palestina es una cuestión de clase y una lucha anticolonial, en lugar de un llamamiento humanitario o una cuestión puramente centrada en el Estado. Sobre la base de esos esfuerzos, el surgimiento de formaciones como el Movimiento de la Juventud Palestina marcaron el restablecimiento de organizaciones lideradas por palestinos y árabes. Mediante estos esfuerzos conscientes de reconstruir los legados fracturados por los Acuerdos de Oslo, las relaciones con otras luchas podrían articularse una vez más como internacionalismo y lucha conjunta, a menudo en la forma de vínculos de organización a organización, una práctica llevada adelante y adaptada en formas que determinaron el modo en que otros movimientos se organizaron internamente y forjaron relaciones entre sí.

(Re)formular la solidaridad 

Por último, además de la crítica del espacio relativamente desproporcionado que ocupa la lucha palestina se suele argumentar que ese compromiso no es recíproco. Aquí la reciprocidad se presume inmediata, medible, simétrica y visible para todos. El reclamo de una reciprocidad inmediata abstrae a la solidaridad de las condiciones desiguales en las cuales se construyen y mantienen los movimientos, de modo que esa desigualdad se considera sospechosa. Transforma la asimetría histórica en desequilibrio moral y replantea la solidaridad como una auditoría, en lugar de una estrategia.

No obstante, en la práctica anticolonial, la reciprocidad se da a lo largo del tiempo, es determinada por asimetrías de capacidad y represión, en lugar de sincronía. Los movimientos no dan y reciben en el mismo momento; las solidaridades, como prácticas materiales históricas, suelen ser recíprocas más allá de los gestos discursivos, en momentos y espacios diferentes. Las luchas palestina y sudafricana son un ejemplo de ello. 

Esta crítica suele endurecerse en una afirmación explícita de que los palestinos no se solidarizan con otras causas o que carecen de información sobre luchas distintas de la suya141. La asimetría en la visibilidad es reinterpretada como una falta de conciencia. Se posiciona a los palestinos como volcados hacia sí mismos, no lo suficientemente recíprocos y políticamente parciales. Sin  embargo, las solidaridades no siempre se manifiestan a la misma vez en diferentes lugares de lucha. La alineación política puede hacerse visible únicamente cuando las condiciones cambian y resurge la capacidad organizativa. Exigir simultaneidad es no entender el modo en que los movimientos soportan rupturas y represión.

Dichas afirmaciones reducen la destrucción organizativa, la represión y el despojo a cuestiones de principio y moralidad, interpretando el desmantelamiento de las infraestructuras políticas palestinas desde la década de 1990 como ausencia de internacionalismo, lo cual convierte al aislamiento estructural en una deficiencia ética. Lo que queda al descubierto es un argumento que está regido en menor medida por las realidades de la organización política que por una política de visibilidad, en la cual lo que no es inmediatamente visible se considera inexistente. El resultado es histórica y políticamente reduccionista.

Además, los hechos sobre el terreno no corroboran dichas afirmaciones. Por ejemplo, varios organizadores, organizaciones y colectivos palestinos transnacionales han desarrollado competencias, visiones estratégicas y tácticas mediante su presencia en otros movimientos. En los últimos diez años, y especialmente en los últimos dos, estos actores han desempeñado un papel destacado al volcar decenios de experiencia en diversos grupos, colectivos y movimientos, ayudándolos a organizarse estratégica y tácticamente en modos que no pueden aprenderse mediante publicaciones en las redes sociales.

Desde que comenzó el genocidio en Gaza, y a pesar de la dificultad de hacer cualquier cosa que no sea trabajo urgente por Palestina en este contexto, los organizadores palestinos de Europa y América del Norte también han visibilizado las luchas de diversas geografías al apoyarlas y brindarles una plataforma. Por ejemplo, el movimiento BDS ha promovido una campaña de boicot contra los Emiratos Árabes Unidos en solidaridad con organizadores sudaneses, mientras que respondió a llamamientos de grupos congoleños para apoyar la movilización y la labor de incidencia. Hay incontables gestos simbólicos y materiales que han surgido de Palestina, y de Gaza en particular, antes y durante el genocidio. 

El objetivo no es pintar una imagen perfecta de la solidaridad. El legado aislacionista de los Acuerdos de Oslo sigue teniendo peso, y la separación de Palestina del mundo recién se está comenzando a reparar. La educación política y las prácticas de solidaridad material en comunidades palestinas aún no tienen la misma intensidad que las de generaciones anteriores. A pesar de que se han registrado acontecimientos positivos, gran parte de esta labor ha estado dirigida a la reconstrucción en condiciones de contracción, a medida que la profundización del aislamiento en la realidad colonial de asentamientos converge con las restricciones cada vez mayores a la organización en solidaridad con Palestina en múltiples lugares. La urgencia del genocidio dificulta aún más esta tarea, no porque el impulso de construir con otros haya disminuido, sino porque el tiempo, la atención y la capacidad de organización están constantemente destinados a la labor de supervivencia. 

El movimiento de liberación de Palestina, en y a través de sus facciones, no ha mantenido coherencia estratégica ni un programa revolucionario unificado, y sus enfrentamientos militares con el sionismo no han garantizado una reivindicación territorial decisiva. No obstante, ello no ha redundado en insignificancia política. La persistente resistencia en todas sus formas y en todos sus frentes, en Palestina y en el extranjero, ha impedido que se completara el proyecto colonial de asentamiento, ha desequilibrado la estabilización imperial en la región y perturbado el orden mundial que apoya. Incapaz de garantizar una victoria decisiva, mientras que permanece igualmente inmune a ser derrotada o neutralizada, la lucha palestina sigue posicionándose entre el estancamiento y la exclusión política. Regresa constantemente a la conciencia política del mundo como una cuestión no resuelta. Al hacerlo, sigue funcionando como un punto mediante el cual se ensaya, circula y reactiva la posibilidad revolucionaria en las diferentes luchas.

El peligro del excepcionalismo es real, pero este peligro no radica en colocar a Palestina por encima de otras luchas, sino en internalizar la condición excepcional que las potencias imperiales han otorgado al sionismo, tratándolo como protegido, intocable e invencible. La sospecha se propaga, disminuye el disentimiento y siembra la división, especialmente cuando la organización es frágil y el principio desplaza a la estrategia. En ese entorno, Palestina es caracterizada erróneamente como un espectáculo moral, en lugar de una lucha política, y la división vuelve disfrazada de conciencia. 

La solidaridad, o la falta de ella, se mide a nivel de los movimientos organizados, y no de posiciones individuales, aunque esas posiciones sean miles. Las personas pueden registrar sentimientos, pero no perdurabilidad; pueden parecer basarse en principios en su entorno, mientras desconocen el trabajo invisible o clandestino de las luchas. Por su parte, la organización tiene continuidad en relación y estrategia, ya que apoya el espacio en el que se desarrollan las autocríticas, las críticas intergrupales y los riesgos, a menudo fuera de la visibilidad pública. Esta es la labor organizativa que desaparece en las críticas anteriores, que siguen insistiendo en lo que se ve o lo que se destaca simbólicamente, en lugar de la labor lenta mediante la cual se construye y sostiene la fuerza política. Esta es la labor organizativa que queda opacada cuando la solidaridad es caracterizada erróneamente como un bien a ser conferido, extendido o retirado, en lugar de revindicado y coproducido por quienes son sus sujetos y agentes.

Conclusiones

Por último, quisiera regresar a las referencias de Darwish al «mundo» (que se preocupa más por los judíos que por los palestinos). Estas referencias mencionan una herida: el hecho de que el imperio establece las condiciones de la visibilidad y posteriormente reivindica esa visibilidad como su propio teatro moral. Sin embargo, esa es solo parte de la historia. La historia que he contado aquí no se ofrece como un archivo interesante en sí mismo ni como un llamamiento a una mayor misericordia, sino como una forma de comprender el modo en que los palestinos se han hecho fundamentales, no como un reclamo de reconocimiento, sino como una apuesta a lo que la labor política puede lograr y lo que otros pueden aprender de ella. Ya que los palestinos no solo se volvieron visibles por la violencia infligida contra ellos, sino que se hicieron visibles mediante su labor política que transformó la debilidad estructural en centralidad estratégica. En este sentido, Darwish tiene razón, pero su argumento no está completo: el mundo no solo es el lugar donde se ve y reconoce el sufrimiento, donde el imperio se felicita por mirar (a través de la cobertura de la BBC a la hora de la cena) las muertes trágicas de palestinos como una noticia distante; también es algo hecho, para y más allá de Palestina, como un campo de práctica, como un modo de reivindicar a Palestina para el mundo y el mundo para Palestina.

Como se explica a lo largo del presente artículo, el punto no es que una causa simboliza otras, o que una táctica se propaga por fuerza moral: es que la centralidad se logra a través de infraestructuras densas, de formas de organización que incorporan a la política en la vida diaria y permiten que los momentos de movilización se acumulen y no se evaporen. En ese sentido, la centralidad de Palestina no es un atributo místico ni un reclamo moral: es una capacidad producida históricamente, y la cuestión es si los movimientos pueden ahora reconstruir las formas de organización mediante las cuales se producen, intercambian y mantienen esas capacidades.

Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente las de los autores y no reflejan necesariamente las opiniones o posturas de TNI.