Clima y capitalismo en Copenhague

04 January 2010
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A menos que los negociadores en Copenhague decidan destronar el modelo de Doha, la principal causa del cambio climático continuará dominando.

 

A partir de la segunda semana de diciembre, los representantes ante la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Clima en Copenhague deberán encontrar soluciones al desafío del cambio climático. Esta semana, actores influyentes en la 7ª Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio que se desarrolla en Ginebra, están llevando a cabo una ofensiva para lograr la conclusión de la Ronda de negociaciones comerciales de Doha que se iniciara nueve años atrás.

En las dos reuniones hay errores de interpretación, y su yuxtaposición pone de manifiesto una realidad profunda: el mundo tiene que elegir entre el libre comercio y una gestión eficaz del clima.

La recesión global: un alivio para el clima

Los últimos 12 meses han sido testigos del desplome de un tipo particular de economía internacional: orientada a las exportaciones y marcada por una acelerada integración de la producción y los mercados. Esta economía globalizada ha sido intensiva en el uso del transporte -sumamente dependiente del transporte de bienes a larga distancia en continuo aumento. Por ejemplo, un plato de comida consumido en Estados Unidos (Food, fuel and freeways) viaja un promedio de 1.500 millas desde su origen a la mesa. El transporte a su vez es intensivo en el uso de combustibles fósiles (http://www.cleanairnet.org/caiasia/1412/article-73428.html) dando cuenta del 13% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y del 23% de las emisiones globales de dióxido de carbono en 2006.

La contracción de la economía global dependiente de las exportaciones conlleva una caída significativa de las emisiones de carbono. La recesión representa un alivio para el clima. La caída de los niveles de emisiones de gases de efecto invernadero en 2009 ha sido la mayor de los últimos 40 años. Los miles de barcos parados en puertos como los de Nueva York, Singapur, Río de Janeiro y Seúl por la caída de la demanda global tienen como consecuencia una reducción significativa del uso de fuel oil no. 6 o C para buques con alto contenido de carbono, que se utiliza en el 80% del transporte marítimo. La caída en el transporte aéreo también ha resultado en una reducción significativa del consumo de combustibles en la aviación, que ha sido la fuente de emisiones de gases de efecto invernadero de mayor crecimiento en los últimos años.

La desglobalización como una oportunidad

En respuesta al colapso de la economía global orientada a las exportaciones, muchos gobiernos han recurrido nuevamente a sus mercados locales, reviviéndolos a través de programas de estímulos que colocan dinero para gastar en manos de los consumidores. Esta movida ha sido acompañada por un retraimiento de las estructuras de producción globalizadas o “desglobalización”. “La integración de la economía mundial se halla en retroceso en prácticamente todos los frentes,” escribe The Economist. Aunque la revista observa que las corporaciones empresariales siguen creyendo en la eficacia de las cadenas de suministros globales, "como cualquier cadena, éstas son tan fuertes como su eslabón más débil. El momento peligroso llegará cuando las empresas decidan que este modo de organizar la producción ha llegado a su fin."

Para muchos/as ambientalistas y economistas ecológicos en el Sur y en el Norte, el desplome de la economía global orientada a las exportaciones ofrece una oportunidad, ya que abre el camino para una transición hacia otras formas de organizar la vida económica más amigables con el clima y más sensibles desde el punto de vista ambiental. Pero la intensidad del uso de combustibles fósiles en el transporte de mercancías a nivel global es sólo una dimensión del problema. Los/as ambientalistas insisten en que se debe cambiar el modelo económico dominante. La economía global debe emprender una transición, pasando de ser fundamentalmente accionada por la sobreproducción y el sobre-consumo, a estar orientada hacia las necesidades reales, caracterizada por un consumo moderado o bajo, y fundada en procesos de producción sustentables y descentralizados.

Por lo tanto, el supuesto de la mayoría de quienes toman decisiones políticas en el Norte, de que las tendencias de consumo pueden continuar – y de que el único desafío es la transformación de la matriz energética y la adopción de pseudo-soluciones tales como los biocombustibles, el “carbón limpio”, la energía nuclear, la captura y almacenamiento de carbono y el comercio de carbono- no sólo se funda en ilusiones sino que es peligroso. En efecto, el problema climático no puede ser estratégicamente abordado sin enfrentar las dinámicas inherentemente desestabilizadoras del medioambiente del capitalismo –su constante accionar, motivado por la búsqueda del lucro, para transformar la naturaleza viva en mercancías muertas.

En lugar de anunciar esta transición hacia una producción mucho menos intensiva en el uso de combustibles fósiles y ecológicamente sustentable, la mayoría de los tecnócratas y economistas sólo ven una retraimiento temporal del crecimiento basado en las exportaciones, hasta que la demanda global torne nuevamente viable a este último. El debate político en los círculos del establishment se centra en quién sustituirá a los consumidores estadounidenses quebrados como motor de la demanda global. Con una Europa estancada y Japón en una recesión permanente, la esperanza es que el crecimiento de China sea el sustento de la recuperación global. Esto es un espejismo. El crecimiento anual de China del 8,9% durante el último cuarto de siglo se debe a su estímulo actual, un programa de $585 mil millones que ha sido principalmente canalizado al medio rural. La demanda interna seguramente dejará de crecer una vez que el dinero se gaste. Un monto limitado de dinero no transformará a los campesinos de China en los salvadores de la economía global. Después de todo, en la medida en que ellos han tenido que correr con los costos de una economía orientada a las exportaciones en su país, estos campesinos han sufrido la erosión severa de sus ingresos y bienestar durante los últimos 25 años.

El callejón sin salida de doha

Pero sea como sea que se resuelva este debate sobre el consumidor global como último recurso, la Organización Mundial de Comercio y sus miembros más influyentes, tanto del Norte como del Sur, esperan que la conclusión de la Ronda de Doha en su 7ª Conferencia Ministerial en Ginebra traerá aparejada la reanudación de una marcha intensiva en carbono hacia un sistema de producción y mercados globalmente integrados.

La preocupación de los economistas y formuladores de políticas respecto a las exportaciones como motor para revivir la economía global, que a menudo excluye las inquietudes acerca de los impactos negativos sobre el clima de la globalización orientada a las exportaciones, genera una división peligrosa en el proceso rumbo a Copenhague. Dice John Cavanagh, director del Institute for Policy Studies: “Tenemos a los formuladores de políticas económicas preocupados en revertir la recesión, y a los economistas ecológicos preocupados en encontrar formas estratégicas de revertir el cambio climático, hablando sin escucharse los unos a los otros.”

Las negociaciones sobre el clima tienen su propia cuota de problemas, incluso sin la amenaza de la OMC. Camino a Copenhague las discusiones sobre el clima han estado centradas en dos cuestiones: la mitigación y la adaptación. Ambas se encuentran estancadas, en gran medida debido a las posiciones de los países industrializados (Anexo I). En relación a la mitigación, los principales países desarrollados han resistido hasta el momento realizar cualquier oferta de reducciones vinculantes, y los recortes voluntarios que han ofrecido son completamente insignificantes. En el caso de Estados Unidos, el compromiso no vinculante del Presidente Obama es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 17% en relación a los niveles de 2005. Esto se traduce en un insignificante 4% de reducciones en relación a los niveles de 1990, que es la fecha que sirve como referencia para recortes serios. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha confirmado que un recorte del 25-40% de los gases de efecto invernadero para el 2020 es el mínimo necesario que podría prevenir un incremento de la temperatura global por encima de los 2 grados centígrados durante este siglo. Y ya se dice que esto último es una infravaloración.

En el área de la adaptación –ayudar a los países más pobres a preparase para enfrentar las consecuencias del cambio climático- las negociaciones ha sido cautivas de la negativa de los países ricos a proponer los montos mínimos de ayuda necesaria, a transferir la tecnología sin condiciones y a canalizar las sumas de dinero hacia el mundo en desarrollo a través de otras instituciones distintas al Banco Mundial, que es controlado por ellos.

Los desafíos en ambas áreas son lo suficientemente desalentadores. Y aún así, a menos que en Copenhague se plantee el tema de hacia qué modelo o estrategia económica deberían avanzar los países del mundo, y se le dé un lugar central en la agenda, incluso los acuerdos más ambiciosos que se puedan alcanzar sobre mitigación y adaptación no serán más que una curita. A menos que los negociadores en Copenhague decidan destronar el modelo de Doha, la principal causa del cambio climático –una economía capitalista globalizada centrada en las exportaciones y sustentada en un incremento perpetuo del consumo- continuará dominando.

Originalmente publicado por AlterNet ©