Violencia política autodestructiva

22 May 2007
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El descontrol político y militar palestino no sólo se debe a la ocupación israelí, sino a causas internas. Por Pere Vilanova
Violencia y política han ido siempre de la mano, y con todo tipo de variables y versiones. Esto es poco objetable. La cuestión se complica si intentamos dilucidar si ello tiene que ver solo con la política, o la violencia es una pulsión latente y constante en el ser humano. Estaría "en la bestia". El debate sobre el supuesto "estado de naturaleza" entre los partidarios de Hobbes y los de Rousseau se ha resuelto históricamente a favor del primero. Pero el debate lleva abierto muchos siglos, y así seguirá. Y no es un debate meramente académico, pues la vida diaria, por desgracia, ofrece cada día innumerables ejemplos de ello. En todo caso, hay que partir de una definición simple y abierta de qué se entiende por política, palabra de uso diario, que todos utilizamos dando por supuesto que tiene un sentido unívoco, cuando en realidad no está tan claro. Entiendo por política algo tan simple como esto: competición por el poder. Que la competición esté reglada, sometida a procedimientos formales, a reglas implícitas o difusas, o no esté sometida a nada más que a la fuerza, es otro problema. Y que existan muchas competiciones para conquistar muchas formas de poder, y no sólo el poder político institucionalizado, en su máxima expresión el Estado, es también obvio. Y y si no, que se lo pregunten al sector energético. PERO AQUÍ nos interesa un aspecto concreto: el de la supuesta racionalidad de los actores, en una competición por el poder, y específicamente en casos de conflicto antagónico, cuando están en juego el poder político institucional, la hegemonía ideológica y el control de los recursos. En realidad, los ciudadanos, tendemos a creer dos cosas. La primera es que cuanto más poder, cuantos más recursos y, sobre todo, cuanta mayor información tiene la élite dirigente, más racionalmente toma sus decisiones. Falso, falso y falso. El último libro de Woodward nos va a iluminar mucho en este sentido, en relación a la Administración norteamericana y el conflicto de Irak. Pero existen otros ejemplos, muy dramáticos, de situaciones de conflicto en las que algunos o varios de los actores toman, visiblemente, una serie de decisiones que con poco margen de duda llevan potencialmente a la autodestrucción. En este caso, hablamos de lo que ya es abiertamente una guerra civil entre palestinos, en suelo palestino. Para mayor alivio, sea dicho de paso, de todos aquellos que están interesados en una posición palestina débil, dividida y con escasa y nula capacidad política (y no solo hacemos referencia al campo israelí, sino también al árabe). Aunque algunos dirigentes palestinos, empezando por Abú Mazen, insistan en "el peligro de que haya una guerra civil", esta ya está servida. Los enfrentamientos constantes entre grupos y facciones armadas de unos y otros tienen poca lógica racional, incluso en términos de táctica y de estrategia. Simplemente, se está pasando a una fase algo más aguda de una crisis civil latente desde el fracaso del Proceso de Oslo, y de la dinámica final de la segunda Intifada. Por un lado, el gran fracaso de Abú Mazen ha sido su incapacidad para construir lo mínimo que necesita todo embrión de entidad política estatal: la efectiva prerrogativa de la producción de normas y del monopolio de la coerción legal para aplicarlas. Heredó de Arafat una miríada de facciones armadas que, estando en teoría a su servicio, en realidad practican un total caos armado, el mejor ejemplo actual del "desorden natural" tan bien descrito por Hobbes en el siglo XVII. Por otro lado, Hamás, que tiene en su haber una victoria electoral neta y una enorme disciplina política y organizativa, de la cumbre a la base, presenta otro problema: se empeña en no acabar de decidir si es un partido de lucha, de resistencia o de gobierno, y tiene una agenda paralela (a su derecho/deber de gobernar a los palestinos), oculta, pero conocida, que limita su legitimidad profuturo. HACE YA más de un año que los signos se multiplican: nunca había habido, en 40 años de ocupación y lucha, secuestros de extranjeros, y ya ha habido varios. Han acabado rápido y bien, porque la sociedad palestina, más madura que sus líderes, ha sabido movilizar redes de contactos humanos de tipo tradicional que han resuelto el caso. Nunca había habido ataques interreligiosos, y hay cada vez más, con discursos del Papa o sin ellos. Nunca se habían atacado sedes de instituciones internacionales, cuya labor humanitaria en los territorios palestinos ha sido tan larga y sostenida que desde hace décadas tiene a los sucesivos gobiernos de Israel fuera de sus casillas (de modo injustificado). Y ha pasado varias veces: la ONU, la Comisión Europea, consulados occidentales. Y no basta decir que es culpa de la ocupación israelí. Por supuesto, ésta es una variable determinante. Pero el descontrol político y militar del campo palestino está adquiriendo niveles autodestructivos por causas endógenas, internas, y la sociedad palestina se merece otra cosa. Como decía por internet el otro día un tal Rami: como sigamos así, pronto no habrá Palestina que defender. © El Periódico.com