La construcción de futuros poscapitalistas

Encuentro de investigadores e investigadoras asociados del Transnational Institute
19 Marzo 2019
Paper

Durante varios días soleados de junio de 2018, un grupo diverso de 60 activistas e investigadores procedentes de 30 países se reunió durante varias jornadas con el objetivo de debatir sobre la construcción colectiva de futuros poscapitalistas. La reunión facilitó un rico intercambio de perspectivas y experiencias, además de un debate profundo. El objetivo del encuentro no era llegar a un consenso ―un esfuerzo tan imposible como innecesario―, sino más bien estimular el aprendizaje mutuo, plantearse desafíos y proponer análisis.

Una sesión de la reunión ―Ciudades Transformadoras― se celebró no como un debate a puerta cerrada, sino como un acto público, con la asistencia de 300 personas, en el que personas destacadas del mundo del activismo y la academia analizaron, junto con dirigentes municipales y políticos, el papel que pueden desempeñar las ciudades en la construcción de futuros poscapitalistas.

En consonancia con la reunión, este informe no pretende exponer una línea de análisis, sino más bien resumir algunos de los temas e ideas claves debatidos (no necesariamente en orden cronológico). Resumir significa, necesariamente, omitir algunas cosas. Sería imposible reproducir en su totalidad la enorme riqueza del debate que tuvo lugar, pero esperamos que este informe ofrezca una panorámica valiosa.

La era de los monstruos: el presente capitalista autoritario

La crisis crónica del capitalismo

Todo debate sobre el futuro poscapitalista debe empezar con un análisis del contexto económico, social y ecológico actual, y ‘los monstruos’ a los que nos enfrentamos. La mayor parte del mundo está experimentando la cruel realidad de las formas extremas del capitalismo. La desigualdad ha alcanzado nuevas cotas, mientras que se calcula que las empresas más ricas mantienen unos 32 billones de dólares en paraísos fiscales. Las multinacionales se están adueñando de las funciones del Gobierno y la sociedad, con la ayuda de un régimen comercial e inversor cuyo objetivo consiste en afianzar el poder corporativo por encima de los ámbitos judiciales y legislativos, así como en incrementar los beneficios frustrando proyectos públicos con la amenaza de unas onerosas demandas. El objetivo es privatizarlo todo. Trump altera este modelo, pero también lo refuerza, al implementar una descarnada agenda de desregulación junto con otra nacionalista que busca sustituir la ideología del ‘libre comercio’ por una de ‘acoso comercial’. En esta, como en otras cosas, quizá Trump no sea único, sino más bien parte de una nueva norma.

Este año (2018) se conmemora el décimo aniversario de la crisis financiera, pero debemos reconocer que la ‘crisis financiera’ no tiene un límite temporal: el capitalismo está en crisis permanente. Las compañías más interconectadas del mundo son, casi todas, financieras. Son, a la vez, grandes y extremadamente vulnerables: cuando una se desploma (como en el caso de Lehman Brothers), todas podrían derrumbarse. Dado que es inevitable que, antes o después, se produzca otro derrumbe financiero, es imprescindible que estemos preparados para explicarlo y demostrar que la crisis forma parte inherente de la lógica del capitalismo.

El modelo económico dominante sigue externalizando los impactos ambientales. El cambio climático es ya irreversible. Nos encontramos en una nueva etapa del capitalismo y en una nueva era geológica, el antropoceno, caracterizada por crisis ambientales recurrentes. El capitalismo está minando los sistemas naturales de la tierra, creando un escenario de crisis crónica. Pero la sed de lucro genera cada vez más expropiación y degradación ambiental; la financierización de la naturaleza representa el apogeo de los procesos de cercamiento. La dimensión ecológica del capitalismo podría plantear la cuestión de si hemos llegado a los límites de la expansión del capital.

El tema de la población y la migración en masa también ha cobrado protagonismo en la agenda política de los países occidentales. En la década de 1970 también se discutía sobre la población, pero normalmente en términos del hambre y los cambios necesarios en la producción agrícola. En la actualidad, los políticos populistas de derechas plantean el asunto como una amenaza de migración en masa desde África y el Oriente Medio a Europa o desde Centroamérica a Norteamérica. En vez culpar al sistema capitalista, en un contexto en el que imperan las políticas de austeridad, muchos políticos en Europa responsabilizan a las personas refugiadas por las precarias condiciones de vida de las demás. El autoritarismo está en alza en Italia, Hungría y Turquía, y están apareciendo fuerzas protofascistas en todas partes.

La ‘cuarta revolución industrial’

Klaus Schwab, del Foro Económico Mundial [Davos], sostiene que nos encontramos en plena ‘cuarta revolución industrial’, en que los acelerados avances tecnológicos están transformando la economía y la sociedad. Se trate de la tercera o cuarta revolución, el rápido cambio tecnológico ha creado, sin duda, un nuevo escenario de lucha: las posibilidades y los peligros de la tecnología dependerán de cómo se utilice y de quién tenga acceso a ella. Cinco empresas gigantes ―Apple, Google, Microsoft, Amazon y Facebook― son en la actualidad las corporaciones más poderosas en términos de capitalización del mercado. Sus 3 billones de dólares equivalen al valor de todas las cooperativas del mundo.

Las compañías tecnológicas se han colocado entre el Estado y el pueblo mediante el control de la infraestructura tecnológica, las rutas del siglo XXI. Por ejemplo, Facebook intentó, aunque sin éxito, suministrar internet gratis en la India con la condición de que la compañía se convirtiera en la plataforma de internet del país. Los gigantes tecnológicos se pueden ver como un cártel que se ha apoderado de los medios de producción, en el que las personas y sus comunicaciones son el producto. La mal llamada ‘economía colaborativa’ está integrada por compañías como Airbnb y Uber, que han creado una nueva forma de subordinación y han tomado el control no solo del trabajo de las personas, sino también de su capital: sus hogares y sus vehículos.

Este modelo corporativo exige un conocimiento sin precedentes del comportamiento y las comunicaciones de las personas y, por lo tanto, ha ayudado a construir un nuevo sistema de capitalismo de vigilancia. Ha trastocado la idea neoliberal de que las señales sobre los precios basadas en la información mejoran la eficiencia de la economía. La acumulación de cantidades ingentes de microdatos sobre las personas está cambiando el funcionamiento del sistema capitalista. Las líneas aéreas cobran precios distintos a las personas según la información acumulada sobre ellas. En los mercados compran y venden operadores no humanos; los algoritmos están sustituyendo a los seres humanos.

La tecnología se promociona cada vez más como un medio para poner fin a la pobreza. Faltan en esta narrativa las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad, además de cualquier crítica al mercado. Para la Fundación Gates y las empresas tecnológicas estadounidenses presentes en África, el problema radica en la falta de acceso a los mercados y la solución pasa por los avances tecnológicos. Hacen caso omiso de la posible pérdida de empleos a consecuencia de las nuevas olas de automatización o la sustitución de trabajadores por robots y máquinas en sectores como la logística y la banca. O las maneras en las que la automatización puede excluir a las personas, por ejemplo, promocionando una sociedad ‘sin dinero en efectivo’, que proporciona grandes beneficios a las financieras, pero dificulta la vida cotidiana de las personas que viven al margen de la economía. También ocultan algunos de los costes ambientales de la tecnología. Por ejemplo, la expansión de tecnologías en cadena como el bitcoin, que depende en gran medida de servidores alimentados por carbón.

De la misma manera, algunas grandes empresas siguen fomentando la manipulación tecnológica a gran escala de los sistemas de la Tierra como solución al cambio climático. Se corre el riego de que, en la reunión de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC) que se celebrará en 2020, se intente poner fin a la moratoria sobre la ingeniería climática, fijada en 2010 por el Convenio sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas.

La desigualdad y la guerra como la principal realidad a largo plazo en la vida de las personas

Es importante señalar que, aunque algunas tendencias se han acelerado, el despojo y la violencia constituye una realidad para gran parte de la población mundial desde hace mucho tiempo. Se corre el riesgo de caer en cierta nostalgia occidental de la izquierda por el pasado de la posguerra en Europa que ignora que las democracias sociales de Occidente fueron posibles gracias al saqueo imperialista. La venta del individualismo neoliberal como solución solo fue posible gracias a la explotación económica continuada de la mano de obra en las antiguas colonias, los países postsoviéticos y, ahora, también en Occidente. Por ejemplo, la historia de Kenia en los últimos 40 años no nos habla de un aumento del desempleo, sino de una población que no ha trabajado nunca; es decir, de millones de personas excluidas de la economía. El neoliberalismo de hoy tiene sus raíces en el liberalismo de la Ilustración, en que la participación en el espacio ‘sagrado’ se limitaba a los propietarios esclavistas varones blancos. En el contexto actual, el espacio sagrado se reserva a la élite global, predominantemente masculina y blanca. Cualquier orden poscapitalista cuyo fin persiga restaurar la justicia deberá abordar y proporcionar las reparaciones de este pasado y presente de explotación.

La desigualdad constituye la principal realidad de la vida de las personas de todo el mundo. El movimiento Occupy consiguió popularizar el concepto del 99 % y del 1 %. Incluso en los Estados Unidos, el país más rico del mundo, 41 millones de personas viven en la pobreza y otros 140 millones están solo a una paga de la catástrofe. Un porcentaje significativo de la población ―principalmente de color― se encuentra en situación de desempleo permanente. Para el 99 % ―en los Estados Unidos como en otros lugares― no es posible hablar del ‘fin’ de la crisis financiera.

A medida que las crisis capitalistas se extienden, la guerra surge como norma. En los Estados Unidos, más de la mitad del presupuesto discrecional se destina a un ejército cada vez más automatizado que hace uso de robots y drones. En consecuencia, mueren menos estadounidenses en combate, pero el número de muertes a manos del ejército estadounidense no disminuye. Gaza sirve como el nuevo modelo de pacificación y control. Se utiliza como lugar de experimentación de la nueva tecnología militar. La población se considera superflua: lo que le ocurre no tiene importancia. Se responde a la resistencia política directa con violencia. Las movilizaciones contra la guerra se han tendido a separar de las luchas por la justicia económica y ambiental, pero es una dicotomía falsa. La injusticia social y ecológica la crean y alimentan las guerras, y el despojo y la exclusión las propician las compañías armamentísticas y de seguridad en Occidente, y las paramilitares en el Sur.

Los fracasos de la izquierda

Al pensar en alternativas poscapitalistas, tenemos la obligación de analizar nuestras propias acciones como movimientos sociales y aprender de ellas, así como las de los partidos políticos con los que nos hemos aliado y a los que hemos apoyado. Durante el último siglo, se cuentan numerosos ejemplos en los que la izquierda ha asumido el poder político ―en Rusia, China, Sudáfrica y América Latina― y donde no ha cumplido sus promesas o ha replicado sistemas de opresión.

En América Latina, los Gobiernos de la ‘marea rosa’ dieron pasos importantes para reducir la pobreza, pero sin transformar en lo fundamental sus economías y terminaron su mandato con unos movimientos sociales más débiles en vez de más fuertes. En Europa, la izquierda radical crece, pero está dividida y carece de respuestas claras sobre la integración europea y la inmigración. En Alemania, por ejemplo, Die Linke (partido de la izquierda) mantiene un debate intenso sobre si el partido debe centrar su atención en la clase trabajadora ‘alemana’ y menos en los derechos de las personas refugiadas y LGBT. Se han constatado divisiones parecidas en el Reino Unido con respecto a las posiciones opuestas al brexit por parte de la izquierda. Mientras tanto, en Grecia, la postura antiausteridad del partido Syriza fue derrotada por la Troika, a pesar del voto mayoritario a favor del ‘no’ en el referendo de 2015.

El próximo sistema

El poder y los principios en un futuro poscapitalista

En todo el mundo se están creando modelos de un futuro poscapitalista en el que las personas se implican en experimentos que prefiguran cambios hegemónicos. ¿Qué principios, valores y propulsores serán fundamentales en el ‘próximo sistema’? ¿Cómo redistribuyen y transforman (o no) el poder estas diversas propuestas del próximo sistema entre los distintos actores: el capital, el Estado, un Estado ‘asociado’, la clase trabajadora, la ciudadanía, las comunidades, el mercado, el procomún?

Con su proyecto de Nuevos Sistemas, Democracy Collaborative, en los Estados Unidos, ha desarrollado un marco para el estudio de este tema, basado en el análisis de una gran variedad de posibilidades y propuestas de ‘nuevos sistemas’ y centrado principalmente en el Norte Global. Se inspiran en sus propias experiencias sobre el terreno en Cleveland, donde se han impulsado tres cooperativas de propiedad local ―Evergreen Cooperatives of Cleveland― mediante el sistema de adquisiciones por parte de las grandes instituciones locales y pilares comunitarios, como hospitales y universidades.

El marco identifica tres teorías de cambio que sostienen las diversas propuestas de nuevos sistemas. Por un lado, se encuentran la democracia social y el localismo radical, que pueden describirse como estrategias compensatorias de contención y regulación del sistema actual. En estas propuestas, el poder reside en el capital y el Estado corporativista. De la misma manera, en propuestas como Sweden Plus y Economía del Estado Estacionario Ecológico, el poder sigue en manos del capital y el Estado, pero se prevén cambios sustanciales. Esto se puede describir como la combinación de estrategias de contención y regulación con algunos elementos sistémicos.

En el otro extremo del panorama, está la reconstrucción evolutiva: se pueden construir y ampliar nuevas instituciones que, finalmente, desplazarán al sistema actual. Esta teoría de cambio impulsa varios de los nuevos modelos emergentes, como la democracia económica localizada y en manos de los trabajadores y trabajadoras, el procomún y la democracia económica pública y socializada. Por ejemplo, la ciudad británica de Preston está trabajando para volver a situar las adquisiciones en el plano local, basándose en el modelo de Cleveland, iniciativa que ha sido acogida como un modelo positivo por el Partido Laborista y que lo ha animado a establecer un centro especializado en el intercambio y la promoción de iniciativas de este tipo en todo el Reino Unido.

Cooperation Jackson, en la ciudad estadounidense de Jackson, Mississippi, centra su atención en la organización de las personas desempleadas o infraempleadas de las comunidades negra y latina, y en ayudar a construir cooperativas organizadas por los trabajadores y propiedad de estos. El colectivo presenta su visión de una nueva sociedad de manera práctica y concreta, y trabaja para compartirla con otros municipios.

Sin embargo, es importante señalar que no todas las economías solidarias son de carácter progresistas. Existe una gran tradición, entre la derecha de Hungría y otras partes del Este de Europa, de organizar economías solidarias con elementos marcadamente fascistas. El Gobierno populista de derechas de Hungría está poniendo en marcha cooperativas de pensiones para ayudar a los ‘buenos húngaros’. Es cierto que las economías solidarias mutualizan recursos y valores, pero la cuestión es para quién y a qué escala.

Autogestión y contrapoder

Una crisis sistémica requiere alternativas sistémicas. El objetivo de un nuevo sistema debe abarcar más que la simple sustitución del sistema capitalista; deberá reemplazar también el sistema antropocéntrico, extractivista, racista y patriarcal. ¿Qué es por tanto una alternativa sistémica? La transición de la energía sucia hacia una limpia, por ejemplo, no es en sí sistémica. Se debe producir también un cambio con respecto a quién controla y produce la energía. Un indicador de alternativa sistémica es si empodera a los movimientos sociales y facilita la autogestión de las comunidades. Otro indicador es si sustituye los medios de producción extractivistas y explotadores con medios regeneradores que promuevan el bienestar globalmente.

Los fracasos y las experiencias recientes de la marea rosa en América Latina ofrecen lecciones importantes. El Gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia es uno de los pocos que ha sobrevivido a la respuesta electoral negativa (y sin la violencia y caos que afectan ahora a Venezuela y Nicaragua), pero aun así, es de destacar que las comunidades indígenas y los movimientos sociales eran mucho más fuertes en Bolivia antes de la llegada al poder de Evo Morales y el MAS.

En Bolivia, como en otros países de la marea rosa, la izquierda redujo la pobreza, pero no avanzó hacia alternativas sistémicas. El poder económico radica en gran medida en las mismas élites que antes. Los integrantes de los movimientos pensaron que habían tomado el control del Estado, pero la realidad es que este les había captado a ellos. Su objetivo se convirtió en la reelección electoral y, con este, llegó una dependencia cada vez mayor del clientelismo.

Esta trayectoria se puede ver con respecto a la energía. En su favor, el Gobierno boliviano seminacionalizó la industria energética, incrementando los impuestos pagados por las grandes empresas transnacionales y concediendo un papel más importante a la compañía energética del Estado. Pero la meta se convirtió en la creación de la mayor compañía energética del Estado. A las pequeñas comunidades se les prohibió producir energía solar para vender a la red, con lo que se les denegó su propia fuente de ingreso. La concesión de poder real a la comunidad habría significado aceptar menos beneficios. El caso boliviano muestra que el poder del Estado tiene su propia lógica. En otras palabras, si creemos que la colaboración con el Estado es algo necesario, este debe transformarse de forma radical. Cuando los movimientos sociales aúpan a personas al Gobierno, es fundamental mantener y construir contrapoder autónomo fuera del Estado.

La experiencia reciente en Cataluña plantea cuestiones distintas, pero también importantes; su Gobierno se saltó la ley para cumplir lo que le pedían los movimientos nacionalistas. Aunque el movimiento era extremadamente fuerte, capaz de organizar huelgas generales y acciones poderosas, no tenía de su lado a la policía o el ejército. No era capaz de igualar la fuerza bruta del Estado español. Muchos cargos electos de Cataluña ―entre los cuales su vicepresidente y varios ministros y ministras― están ahora en prisión. Estos dos casos ―Cataluña y Bolivia― nos recuerdan ―al estilo de Foucault― la esencia del poder y las diferencias entre la fuerza y la coacción: la primera elimina al agente, mientras la segunda elimina la capacidad de actuar.

La democratización del dinero

La democratización del dinero deberá ser un elemento clave en el próximo sistema. El homo economicus ―la concepción económica clásica de las personas como agentes racionales e interesados― se desvincula del tiempo biológico y ecológico. Tanto el cuerpo como el medio ambiente se externalizan con respecto a su contabilización formal, a pesar de que soportan los costes de una actividad económica insostenible. Es también un sistema basado en la deuda que acaba, indefectiblemente, en crisis.

La realidad de la producción del dinero es que los bancos no prestan dinero, sino que lo crean, lo que significa que habrá siempre una brecha entre cuánto introducen en el sistema y cuánto quieren sacar de él. Los Estados también han creado dinero, como hemos visto con la enorme entrada de capital que proporcionaron los programas de flexibilización cuantitativa, que inyectaron miles de millones de dólares en el sector financiero, en apoyo principalmente de la banca, en vez de invertir en servicios públicos, infraestructuras esenciales y una transición energética justa. El dinero público ha sido secuestrado de manera generalizada por la banca comercial y la inversión especuladora.

El papel del Estado en los sistemas monetarios poscapitalistas es clave. Hay muchos modelos y debates sobre el mejor objetivo: el Estado o el sistema bancario comercial. Una posibilidad es la democratización de los presupuestos públicos en los que el control público y democratizado sustituiría el sistema estatal. Los presupuestos se elaborarían en función de las necesidades públicas e incluirían un ciclo más largo de formulación y consulta pública. La democratización iría más allá del ‘control o presupuesto participativo’: las propias comunidades fijarían la suma del presupuesto y a qué se destinaría. Un comité de política monetaria decidiría cuánto puede absorber el sector privado y determinaría el tipo de gravamen (de recuperación).

Propiedad pública y transición

La demanda de control democrático es también un elemento fundamental de una creciente ola de iniciativas locales que buscan desprivatizar y recuperar el control público de la energía, el agua y otros servicios públicos. Las investigaciones que ha realizado el TNI sobre la remunicipalización de los servicios públicos ha demostrado que, desde el año 2000, se han producido al menos 835 (re)municipalizaciones de servicios públicos en todo el mundo.

Esto no supone volver a modelos anteriores de control burocrático estatal (nacional o local). En muchos casos, las comunidades buscan desarrollar nuevos modelos que impliquen a los trabajadores y las trabajadoras, y a la ciudadanía, y cuenten con ellos. La forma que adoptan estos modelos varía, dependiendo del contexto político y económico. En Croacia, las demandas de democratización de los servicios públicos han representado una vía estratégica para impedir la privatización y hacer valer el control democrático de las compañías públicas. Los activistas, por tanto, abogan por un mejor control del gasto, más reuniones periódicas con la ciudadanía y un comité independiente de supervisión. En Grecia, en cambio, el contexto de austeridad ha significado que la capacidad de las autoridades locales para renovar los servicios públicos se ha visto mermada. Por ese motivo, la ciudadanía ha centrado la atención en crear sistemas comunitarios de solidaridad que proporcionen educación y sanidad a toda la población, eludiendo a menudo las estructuras estatales.

El tema de la energía se plantea como especialmente importante para desarrollar alternativas poscapitalistas, teniendo en cuenta el papel central que desempeña la energía en la economía capitalista y la necesidad urgente de transformar nuestros sistemas energéticos para no empeorar el cambio climático. La democracia energética proporciona un marco para democratizar parte de la economía y transferir el poder, transformando la sociedad al trasladar el poder dentro del sector energético. Activistas de Islas Mauricio, Sudáfrica, Bolivia y los Estados Unidos compartieron cómo han utilizado las demandas de democracia y soberanía energéticas para desafiar a los oligopolios energéticos privados y la contaminación que afecta a las comunidades de bajos ingresos, con el objetivo de exigir una transición rápida y justa desde los combustibles fósiles hacia la energía limpia, y explicar la necesidad de democratizar la economía.

Activistas de la coalición Power Shift en Islas Mauricio consiguieron cerrar una planta de carbón mediante una huelga de hambre y creando una alianza entre ciudadanos de la clase media, los movimientos sociales y los sindicatos. Sus propuestas en materia de energía se basan en la generación solar en el campo, con el fin de conectar a los activistas urbanos con los cultivadores rurales de caña de azúcar. Esto lleva a nuevas resistencias en otros escenarios; por ejemplo, contra el acaparamiento privado de playas públicas.

En Sudáfrica, la implicación de los sindicatos ha sido clave. La energía renovable se reformuló como una amenaza para los trabajadores del carbón y el acero, pero los movimientos han apoyado los llamamientos de los sindicatos por un sistema renovable de propiedad social. La idea de una transición justa es decisiva, no solo para combatir el cambio climático, sino también para asegurar que los trabajadores y las personas más afectadas sean protagonistas del próximo sistema energético, de modo que este sea justo y democrático.

¿Un conjunto de próximos sistemas?

¿Hasta qué punto será el próximo sistema un conjunto de próximos sistemas? En los Estados Unidos, el contexto de Gobierno descentralizado y una etapa más desarrollada del capitalismo significa que hay lugares maduros para nuevas estrategias y alternativas, y otros no. Las iniciativas locales de pequeña escala pueden proporcionar un medio para superar el poder inmenso de los rivales. En algunos contextos, el Estado puede jugar un papel positivo junto con ‘próximos sistemas’ locales si entienden su papel como facilitador y apoyo de dichas iniciativas. En otros contextos, el Estado y los marcos jurídicos nacionales representan uno de los principales obstáculos para las prácticas transformadoras locales.

¿Podemos reimaginar un papel para el Estado que facilite la autogestión comunitaria? Por ejemplo, en un Estado no jerarquizado, de igual a igual (P2P), el establecimiento del procomún podría convertirse en el principio que define al Estado. La nación (la sociedad civil) está formada por un conjunto de defensores del procomún. El P2P puede crear las condiciones que optimicen el qué (los recursos), el quién (la comunidad) y el cómo (las reglas) específicos del bien común. Linux y Wikipedia son buenos ejemplos: proporcionan la infraestructura, pero no controlan la comunidad. El potencial es una economía que crea a favor del pueblo y la naturaleza al facilitar, por ejemplo, la fabricación local basada en el diseño global, que hace que la producción no sea solo ecológicamente viable, sino que favorezca también las necesidades comunitarias.

Futuros emancipadores

¿Qué se debe hacer para situar la emancipación en el centro del Próximo Sistema? Las experiencias del movimiento, la organización, el pensamiento y la teoría feministas ofrecen una orientación importante en este sentido. La izquierda ha pedido a menudo al movimiento feminista que aplace su agenda emancipadora hasta la consecución del socialismo o el comunismo. Pero las nuevas estructuras, muchas veces, se limitan a reproducir los sistemas de dominación. Por ejemplo, el movimiento del MAS en Bolivia era muy patriarcal antes de llegar al poder. Por lo tanto, no sorprendió que replicara este modelo en el Gobierno. Los movimientos se ven afectados negativamente por los sistemas en los que actúan, aun cuando buscan cambiarlos. Esto se ve, por ejemplo, en la presión externa ―muchas veces de los donantes― para profesionalizar las organizaciones, lo que puede crear una separación entre el personal contratado y las personas y comunidades con las que trabajan. Para transformar la sociedad, se deben transformar los mismos movimientos sociales.

Un ejemplo prometedor ha surgido recientemente en los Estados Unidos. La Campaña de la Gente Pobre ha recuperado el movimiento interseccional fundado hace medio siglo por Martin Luther King, interrelacionando el racismo sistémico, la pobreza, el militarismo y el cambio climático. La campaña, que tiene en su punto de mira a los gobiernos estatales, se inició con reuniones de las comunidades locales en que participó una gran diversidad de colectivos empobrecidos, desde personas indígenas a veteranos de guerra. Es de destacar que el movimiento no surgió de la izquierda, sino que es de base confesional. Encabezado por dos predicadores, utiliza el lenguaje de la moralidad, no el de la política electoral.

El objetivo quizá no deba ser la ‘unificación’ de los movimientos en torno a un solo tema. El movimiento feminista habla en términos de la organización entre movimientos, un enfoque que reconoce que las tensiones pueden existir dentro de los movimientos y entre ellos. La organización transformadora entre movimientos centra su atención en la creación de espacios emancipadores para luego unir otros espacios en solidaridad y humanidad. Un ejemplo es el movimiento social de ‘feminismos’ en España, que consta de diferentes colectivos de mujeres con distintos enfoques, un liderazgo compartido y la exploración de nuevas ideas. El 8 de marzo de 2018, las feministas consiguieron organizar una gran huelga general enfocada no solo en poner de relieve las desigualdades de género, sino en la necesidad de contener el consumismo. Según su lema: “Paramos para cambiarlo todo”.

Romper los límites de la imaginación

Un paso clave consiste en identificar y abrirse paso en los sistemas que limitan la imaginación. El movimiento feminista ha demostrado que hay otras maneras de imaginar las relaciones humanas. Se puede utilizar un nuevo vocabulario y los distintos conocimientos ―el pensamiento de las feministas negras o las experiencias de las migrantes― pueden ponerse en valor, priorizarse y transmitirse de manera creativa, por ejemplo mediante el arte y los cuentacuentos. En la metodología de la Asociación para los Derechos de las Mujeres en el Desarrollo (AWID) utilizada para imaginar futuros feministas, la imaginación es una realidad. Se fantasea con una aldea feminista para articular alternativas emocionales, sociales y sistémicas. En las ecoaldeas reales se despliega un proceso transformador y emancipador parecido, en el que la puesta en práctica del procomún obliga a las personas a reconfigurar y criticar las relaciones entre sí, con la naturaleza y con el homo economicus. Es a menudo una labor difícil, a veces psicológicamente traumática, hasta para los y las activistas más radicales, en particular para las personas socializadas en sistemas capitalistas.

Liberar nuestra imaginación nos permite desafiar la idea restrictiva de que el capitalismo y el Estado nación son los únicos sistemas lógicos posibles. Esto tiene relevancia por lo que se refiere al papel del Estado en torno a la emancipación. Las experiencias y concepciones sobre el Estado que tiene la gente varían en gran medida. La clase, el lugar, la raza, el género y la historia, entre otros elementos, configuran estas perspectivas. Para algunas personas, el Estado está siempre presente y, por tanto, se debe colaborar con él, aunque sea con prudencia y teniendo en cuenta que se trata de un terreno contradictorio. Sin embargo, para otras personas, esto no tiene importancia. Por ejemplo, el Estado soviético ya ni existe. En Georgia, el Estado no funciona. La supervivencia depende completamente de la familia, pero la población preferiría contar con la acción de un Estado progresista. Dar por sentado al Estado nación o presumir que sea algo natural equivale a limitar la imaginación.

¿Y cuál es el papel del Estado en la emancipación? En la historia de Black Reconstruction in America, el intelectual afroamericano W.E.B. Du Bois veía al Estado como un medio, aunque limitado, para abrir espacios. Reconoció que el Estado no podía proporcionar la libertad, pero que no estar encadenado era mejor que estarlo. Aparte de la situación que se produjo tras la independencia de 1804 en Haití, en la que personas antes esclavizadas tomaron el poder y promovieron una visión universalista que inspiró a movimientos de todo el hemisferio sur, hay muy pocos ejemplos en los que el Estado haya sido emancipador.

La experiencia del movimiento feminista resulta útil para reflexionar sobre el Estado, el poder y la emancipación. Cabe señalar una diferencia importante entre el poder para dominar y el poder para transformar. El primero puede utilizarse para describir al Estado y su poder sobre los recursos y el capital, que podría proporcionar distintas palancas de poder. El segundo expresa la capacidad transformadora del propio pueblo, el hecho de que el sistema depende de sus contribuciones. En Londres, por ejemplo, los movimientos sociales se movilizaron a mediados de la década de 1980 contra un proyecto de urbanización inmobiliaria propuesto para las márgenes del Támesis. Cuando el Partido Laborista llegó al poder en el Ayuntamiento, lo utilizó para parar la urbanización y animar a los movimientos a construir una alternativa. Pero el partido no generó la transformación; lo hicieron los movimientos sociales. La diferencia entre el poder para dominar y el poder para transformar podría indicar cómo comprender la capacidad del Estado o de los partidos políticos para facilitar (o no) la transformación.

Los movimientos radicales de resistencia y transformación

Acción, resistencia y estructuras colectivas

En todo el mundo, están surgiendo nuevas formas de acción. Muchas luchas políticas interseccionales fusionan la resistencia con los procesos transformadores. Por ejemplo, en Grecia, un movimiento de base solidario y antirracista surgió tanto para resistir al régimen de la Troika como para crear nuevas estructuras colectivas autónomas de solidaridad con las necesidades inmediatas del pueblo. El movimiento va mucho más allá de la lucha contra la austeridad, ya que reconoce que la situación de crisis es una nueva condición permanente. Los y las activistas del movimiento debaten nuevas instituciones y nuevas formas políticas. La autogestión es aquí un elemento esencial, puesto que conecta lo personal y lo político. El movimiento está creando sus propias estructuras materiales de poder y los espacios donde este se redefine. Defiende los espacios locales y promueve nuevas prácticas en materia de salud, educación y economía.

Algunas de estas nuevas estructuras ―anteriores a la crisis de las personas refugiadas― fueron creadas por el movimiento antirracista para capacitar por igual a las comunidades migrantes y al pueblo griego para combatir el aislamiento, la culpa y la humillación. El movimiento pretende crear tejido social nuevo y diferente dentro de las comunidades e implica a personas diversas, como desempleadas, trabajadores precarios, mujeres, pensionistas y migrantes. Ha revitalizado la memoria viva de las redes familiares griegas y las estructuras comunitarias y solidarias que existieron en su día. Implica y empodera a las personas para crear sus propias soluciones colectivas. El movimiento insiste en un enfoque democrático, lo que significa que las propias personas de la comunidad ―no los activistas― deciden los asuntos que desean abordar.

Restaurar la acción política

Restaurar la acción política es igual de decisivo para los movimientos en Croacia. A consecuencia del grave empobrecimiento y la desindustrialización en la década de 1990, seguidos del proceso reciente de la integración en la Unión Europea, la población perdió el sentido de sus propias posibilidades. Las élites de la Unión Europea trataron a Croacia como atrasada, necesitada de ayuda y consideraba que solo podría ser salvada por la economía neoliberal. Pero la izquierda está renaciendo: una nueva generación de izquierdistas se ha hecho adulta, una generación que no puede asociarse al desacreditado régimen anterior ni está constreñida por el discurso anticomunista de la Europa postsocialista. Diversos movimientos sociales ―ecológicos, culturales, los estudiantes que ocupan, las personas que reclaman el derecho a la ciudad, la solidaridad con las personas refugiadas― están colaborando en iniciativas conjuntas. Se ha trabajado mucho para construir la capacidad transaccional de la sociedad civil; el próximo paso es la construcción de la capacidad de movilización. En el contexto croata, la gente no confía en la política. A pesar del escepticismo en torno a la participación en la política electoral, los movimientos han organizado recientemente una plataforma municipal para presentarse a las elecciones locales de Zagreb, que consiguió cuatro concejales en el Ayuntamiento de la ciudad. El objetivo no consiste en convertirse en un actor electoral, sino en utilizar la política electoral junto con otras estrategias y fomentar la participación política.

La ocupación del territorio junto con la exigencia de derechos

En Brasil, el Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST) reúne a 72 000 familias en 32 ocupaciones por todo el país. El MTST surgió a raíz del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y, como este, se considera un movimiento territorial. El MTST reclama que la tierra cumpla su función social, de acuerdo con la Constitución brasileña, llamando la atención sobre el hecho de que muchos derechos humanos ―condiciones de vida dignas, acceso a la atención sanitaria y la educación― dependen de tener un hogar. El movimiento resiste a la especulación inmobiliaria en un contexto en el que el 1 % de la población posee el 30 % de las tierras. Junto con las tácticas de ocupación, el MTST organiza manifestaciones y huelgas, y pone al Gobierno en su punto de mira. Por ejemplo, en los preliminares de la Copa Mundial de Fútbol en 2013, el MTST se unió con otros movimientos y cosechó importantes éxitos, incluida una bajada en el precio del transporte público.

Pero igual que los movimientos sociales en otros países de la marea rosa, el contexto político ―incluido el golpe parlamentario de 2017 contra Roussef y el encarcelamiento del anterior presidente del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva― ha sido difícil y complejo. (A principios de 2018, el MTST protestó contra este encarcelamiento mediante la ocupación de su apartamento, la razón alegada para encarcelarlo, ya que se afirmó falsamente que habría adquirido el apartamento mediante un soborno.)

La lección desde Brasil es que votar no es suficiente. Como nos demuestra la experiencia boliviana, el contrapoder debe mantenerse. Desde el golpe, los derechos se han desmantelado, la impunidad se ha desbocado y una nueva ley antiterrorista considera a los movimientos sociales como terroristas. El MTST reaccionó a través del debate sobre nuevas formas de gobernanza participativa y la unión de los movimientos de izquierda en una plataforma llamada Vamos! La atención se centra en la educación ideológica y el empoderamiento político. Vamos! insiste en que todas las personas deberían participar en la democracia, empezando por reuniones en las que se fijan los objetivos para el siguiente presidente y el Gobierno sobre varios asuntos como el género, la salud, la educación y la diversidad. Más de 500 000 personas contribuyeron a la plataforma virtual.

¿Poder o contrapoder, fuerza o proceso?

Las diferencias entre estos movimientos en Grecia, Croacia y Brasil plantean una pregunta: ¿qué queremos decir con contrapoder? Es evidente que una posibilidad es que sea un modo de acumular fuerza para resistir frente a los rivales o apartarlos del poder. Pero es importante también imaginar el tipo de poder que se construye durante el proceso. El contrapoder se puede ver como un proceso en el que se crean estructuras preformativas y maneras de relacionarse. La lucha no consiste en tomar el poder, sino en construirlo. Puede que resulte preferible hablar de poder, más que de contrapoder: la construcción de poder va más allá de oponerse a algo; se trata de definir la sociedad política que deseamos como nuevo modelo hegemónico.

Al mismo tiempo, todo el complejo relato de estos casos plantea también otra cuestión: ¿de qué poder se trata y a qué nivel? En el caso de Grecia, el Banco Central Europeo y los ministros de finanzas de la eurozona simplemente se negaron a negociar con Yanis Varoufakis, el ministro de Finanzas griego, democráticamente elegido. En Croacia, es la Unión Europea ―con Alemania al frente― quien marca el modelo a seguir. En Brasil, un parlamento democráticamente elegido, apoyado por especuladores inmobiliarios, libró un golpe contra una presidenta democráticamente elegida. El poder financiero internacional puede estar eclipsando al del Estado nación. Y el poder del Estado nación puede eclipsar al poder local. Por ejemplo, en Europa y los Estados Unidos, los movimientos urbanos han acogido a las personas refugiadas mediante la creación de ‘ciudades refugio’ y dispositivos parecidos, pero los derechos relacionados con la inmigración no son competencia local. El problema es que el contrapoder fragmentado puede aplastarse fácilmente. Y aun si no se ven aplastadas, las iniciativas antisistémicas pueden terminar, sin darse cuenta, por reforzar el capitalismo en vez de debilitarlo. Por ejemplo, en Jackson, Mississippi, puede que los esfuerzos para crear unos fondos de tierras comunitarias hayan contribuido a la tendencia que apunta al incremento de los precios del suelo, lo cual obliga a las personas a trasladarse a otras zonas.

Hay para quien la solución radica en mantener la conciencia y la actividad a nivel local, nacional e internacional. Para otros, el acento debe ponerse en la preparación del terreno, de manera que las instituciones estén en pie cuando las estructuras verticales de poder, finalmente, implosionen.

Preparar el terreno: la ciudad transformadora

Una pregunta clave es cómo podemos ampliar las luchas de base para combatir fuerzas globales, como el poder corporativo y financiero. Las ciudades serán, sin duda, un escenario central de lucha, ya que las ciudades no son solo escenarios locales, sino también globales porque son producto de la globalización, la privatización y, lo que es más importante, del auge de las finanzas globales. Sintetizan procesos globales, como el ‘acaparamiento’ de ciudades por parte de empresas corporativas y financieras, y el incremento consiguiente de la expulsión, la pobreza y la desigualdad. Sin embargo, históricamente, las ciudades han sido también espacios únicos en los que las personas sin poder pueden construir culturas, economías y ser las protagonistas de sus propias historias. Las ciudades siempre han soportado y sobrevivido a los sistemas más formales y cerrados. El activismo urbano de hoy es, por tanto, crítico: la gente necesita estar organizada y preparada cuando el ‘acaparamiento’ actual finalice.

Las ciudades tienen un gran papel a jugar en la ‘preparación del terreno’ para la transformación. Las ciudades de Nueva York, Oakland en California y Cádiz en España están avanzando con determinación para abordar el cambio climático. En algunos países, los Gobiernos locales han podido revertir en sus territorios el saqueo neoliberal y desarrollar economías alternativas, como los huertos comunitarios. Los movimientos municipales y de las ciudades ‘sin miedo’ crecen a escala mundial; utilizan estructuras horizontales y en red para aumentar su poder, reivindicar la solidaridad e intercambiar conocimientos. Para los activistas urbanos, cuando se hace bien, la transformación local puede proporcionar soluciones a problemas sistémicos globales. Los activistas y las de base pueden luchar de manera prefigurativa por sus intereses, lo que significa que ya contribuyen a crear el mundo que anhelan. Este es el enfoque de Code Rood, un colectivo de base en los Países Bajos que utiliza la desobediencia civil y otras estrategias en la lucha por la justicia climática, a la vez que experimenta con formas resilientes de vida sostenible. La clave radica en que los esfuerzos locales están conectados en todo el mundo, que las prácticas de la innovación social pueden compartirse y reproducirse.

Como hemos comentado, el tema del poder político institucional y sus riesgos es relevante para estos movimientos municipales. Al poder local de las ciudades le ocurre lo mismo que al poder estatal: por ejemplo, el nuevo Gobierno de la ciudad de Ámsterdam, liderado por primera vez por el partido de la Izquierda Verde, pretende unirse a otros movimientos de las ciudades ‘sin miedo’, luchar por una transición energética justa, combatir la polarización y redefinir la relación entre el Gobierno y la ciudadanía. Pero la capacidad de cumplir con sus buenas intenciones depende de si puede superar el poder arraigado, de su valentía para combatir las falsas soluciones lideradas por el mercado y de su receptividad al diálogo constante con los movimientos sociales y las organizaciones de la sociedad civil. Un fuerte activismo es esencial para dar a los políticos la fuerza y la motivación necesarios (es decir, la presión política sostenida) para llevar a la práctica el cambio transformador.

Lo que no se puede omitir de los debates en torno a las ciudades ―ni a los Estados― es la política de explotación de los recursos naturales de la que dependen. Hasta las ciudades progresistas prosperan a menudo a costa de procesos de extracción y desposeimiento en las zonas rurales, sean estos sistemas alimenticios que dependen del despojo de la tierra, la mano de obra migrante mal pagada, la erosión del suelo, los plaguicidas tóxicos o las presas que proporcionan energía y agua a las ciudades construidas en tierras indígenas usurpadas. De la misma manera, los Estados pueden desarrollar políticas progresistas como consecuencia de la explotación. Esto se ha hecho evidente en América Latina. Venezuela, por ejemplo, ha permitido a las compañías transnacionales abrir minas en hasta un 10 % del territorio en nombre de la financiación de los servicios sociales.

Construir una hegemonía poscapitalista

Políticas públicas que faciliten la transformación

¿Domarlo, destrozarlo, erosionarlo o escapar de él? Diversos pensadores, desde Marx a los actuales John Holloway, Hilary Wainwright y Erik Olin Wright, teorizan sobre una serie de vías, posibles o imposibles para acabar con el capitalismo. ¿Cómo podemos construir una hegemonía poscapitalista para apoyar la transformación radical y a qué nivel? Experiencias concretas alimentan una diversidad de perspectivas en torno al tema. Por otro lado, la gravedad de la situación para muchas personas ―su lucha inmediata para sobrevivir― nos recuerda que las ideas deben traducirse en acciones concretas.

Por ejemplo, en Uruguay, el Gobierno de izquierdas ha intentado democratizar las instituciones y desarrollar iniciativas centradas en la gran cantidad de pobres en el país. Se crearon consejos industriales tripartitos para dar voz a los trabajadores en las mesas de las multinacionales y los burócratas. Los trabajadores participaron en el diseño de los proyectos para sectores clave y activamente en la negociación del Gobierno sobre la inversión extranjera directa. Asimismo, se creó un fondo nacional de desarrollo para apoyar a las cooperativas de trabajadores y trabajadoras, mientras el Plan Juntos tenía como objetivo abordar la extrema pobreza y la vulnerabilidad. Se ofreció asistencia a familias que vivían en asentamientos irregulares (en tierras sobre las que carecían de derechos) para construir sus propias casas, con la ayuda de personal técnico que vivía en las proximidades de las comunidades. Pero las casas no eran el objetivo; el objetivo de la participación popular era apoyar un proceso de transformación, no legitimar la medida política. La meta era apartarse del acento en los síntomas para centrarse en las causas y alejarse de las experiencias individuales para construir respuestas estructurales y colectivas.

¿O la necesidad de autonomía?

Las experiencias en Bolivia, donde las comunidades han desarrollado cientos de sistemas de agua autónomos gestionados por la comunidad, ofrecen otra perspectiva. Las comunidades en Bolivia llevan mucho tiempo autogestionando con el fin de abordar sus necesidades y problemas, lo que incluye no solo el agua, sino también la seguridad y los residuos. No esperaron a que el Estado proporcionara dichos servicios. Esto contrasta con la atractiva narrativa del presidente Evo Morales, que sostenía que todo estaba mal antes de su llegada al poder, y que su ‘Gobierno del pueblo’ solucionaría los problemas del país. La consecuencia ha sido la desmovilización y fragmentación de lo que fue un movimiento muy fuerte. Detrás de la narrativa acechaba una nueva forma de dominación. Desde esta posición estratégica, parece que el foco debería recaer en las soluciones procedentes del pueblo, donde la emancipación no sea un objetivo, sino una forma de vida. En Bolivia, no se piensa en términos de ‘poscapitalismo’, sino de autonomía y autodeterminación. No se pide al Estado que solucione los problemas, sino que respete la organización que es ya un hecho.

Apoderarse de los medios de la producción narrativa

Como muestra el ejemplo boliviano, el poder narrativo es crucial. Actualmente, las grandes empresas y las élites ejercen un enorme control sobre las noticias. Los algoritmos y las redes sociales difunden información errónea, limitan las perspectivas de la gente y polarizan a la sociedad. Detrás del mito de las noticias ‘libres’ está el ejercicio del poder. Pero un medio de comunicación que sirva al pueblo podría jugar un papel decisivo en el logro de la transformación poscapitalista. De la misma manera, otros actores culturales, formadores de opinión, el sector creativo, los diseñadores y productores serían de gran valor y aliados estratégicos como compañeros defensores del procomún. Podrían contribuir a forjar y fortalecer costumbres culturales, la ética y los valores con el fin de sostener los esfuerzos poscapitalistas.

Un medio de comunicación que sirva al pueblo sería transparente en cuanto a las fuentes de financiación e información. Sería participativo y entablaría un diálogo con la ciudadanía. Relataría historias inspiradoras, conectaría con las ideas y animaría a las personas a actuar. Propiciaría un proceso de transformación al poner en entredicho los prejuicios y suposiciones de las personas, brindando perspectivas distintas y demostrando que otro mundo no solo es posible, sino que ya está aquí.

NOTAS

1. La geoingeniería alude a una serie de propuestas técnicas que intervendrían y alterarían a gran escala los sistemas de la Tierra. Recientemente, estas propuestas han ganado popularidad como un ‘tecnoparche’ frente al cambio climático. http://www.etcgroup.org/content/un-convention-still-says-no- manipulating-climate

Han escrito este informe Paige Shipman y Nick Buxton, pero es el trabajo colectivo de Achin Vanaik, Agnes Gagyi, Ana Mendez de Andes, Ashok Subron, Brid Brennan, Ben Hayes, Brett Scott, Brian Ashley, Christophe Aguiton, Christos Giovanopoulos, Daniel Chavez, Danjela Dolenec, Dany Marie, David Fig, David Sogge, Edgardo Lander, Erick Gonzalo Palomares, Fiona Dove, Firoze Manji, Gisela Dutting, Hakima Abbas, Hilary Wainwright, Inna Michaeli, Irene Escorihuela, Joachim Jachnow, Joel Rocamora, Kali Akuno, Laura Flanders, Lavinia Steinfort, Lyda Forero, Mabel Thwaites Rey, Marcela Olivera, Mary Mellor, Mary Fitzgerald, Myriam van der Stichele, Nuria del Viso, Pablo Solón, Phyllis Bennis, Renata Boulos, Sacajawea Hall, Saskia Sassen, Satoko Kishimoto, Sebastián Torres, Selcuk Balamir, Sol Trumbo Vila, Stacco Troncoso, Susan George, Tamás Gerocs, Thomas Hanna, Tom Henfrey, Vedran Horvat, Yuliya Yurchenko, Sopiko Japaridze. No significa que todo el mundo esté de acuerdo con todo lo que está escrito, peo es un resumen acordado del debate.

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En inglés: Building post-capitalist futures workshop report(pdf, 175.21 KB)
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