Hablando de Yeltsin

03 May 2007
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Cuando Borís Yeltsin murió, los medios de comunicación occidentales salieron del paso presentándolo como al líder que llevó la libertad y la democracia a Rusia. Pero la historia no fue así. Borís Kagarlitsky recuerda a un presidente que hizo retroceder las reformas de Gorbachev, vendió Rusia a la empresa privada y adoptó una constitución antidemocrática con poderes presidenciales arbitrarios.
En cuanto me enteré de que Borís Yeltsin había muerto, recordé el viejo dicho: sobre los muertos, hay que hablar bien o callar. Evidentemente, el primer presidente de Rusia se merecía un largo silencio. Pero era difícil no decir nada. El teléfono no cesaba de sonar; los periodistas buscaban comentarios para sus crónicas. Fue un día duro para ellos porque todos los expertos a los que entrevistaban se refugiaban en respuestas generales y evasivas. Un periodista ruso hubiera entendido por qué. Pero la cuestión era más difícil para los extranjeros, que no acababan de comprender por qué los entrevistados no parecían encontrar las palabras adecuadas. Además, los cánones liberales exigían que los expertos pronunciaran la frase de rigor: “Yeltsin nos trajo la libertad y la democracia”. O algo por el estilo. Lógicamente, varios comentaristas de la Unión de Fuerzas de Derecha realizaron declaraciones en esa línea, pero la gran mayoría no pudo hacerlo. Los periodistas repetían, una y otra vez, las mismas preguntas insinuantes: “¿No estuvo la presidencia de Yeltsin asociada con la libertad?”o “¿No fue Yeltsin quien dio al país pluralismo, elecciones y libertad de prensa?”. No, no fue Yeltsin. Yeltsin no tiene relación alguna con los cambios democráticos del país. Fue Mijaíl Gorbachev quien realizó todas las reformas. Lo único que hizo Yeltsin fue aprovecharse de las nuevas condiciones democráticas para derrocar a su ex jefe. La Unión Soviética se desplomó como daño colateral: el 80 por ciento de sus ciudadanos se opuso a la disolución en un referéndum, y los habitantes de 12 de las 15 repúblicas soviéticas –excepto Estonia, Letonia y Lituania– deseaban seguir viviendo en la URSS. La libertad democrática alcanzó su auge en la primavera de 1991, durante los últimos meses del gobierno de Gorbachev. A partir de entonces, Yeltsin se encargó de recortar los avances en materia de derechos humanos y libertad democrática. Cuando, en 1991, se hizo con el poder y disolvió los organismos gubernamentales soviéticos, sacando partido del intento de los partidarios de la línea dura de derrocar a Gorbachev, la comunidad internacional celebró el acontecimiento como “una victoria sobre el comunismo”, aunque se tratara de una acción tan ilegal como la de los propios golpistas. Por otro lado, el recién elegido presidente ruso gozaba de una gran popularidad en aquellos momentos. Y fue precisamente esa popularidad la que le concedió el derecho moral de actuar al margen de su autoridad formal en aquella situación de emergencia. Sin embargo, siguió empleando esos mismos métodos, más que cuestionables, para disolver la Unión Soviética firmando los acuerdos ilegales de Belavezha en 1991 y para ordenar el asalto armado contra el Parlamento ruso en el otoño de 1993; el mismo Parlamento que, apenas dos años antes, afirmaba defender. A medida que el apoyo al presidente iba menguando, él se iba aferrando cada vez más al poder. Ordenar que los tanques bombardearan el edificio del Parlamento, intentar introducir la censura en los medios y adoptar una constitución antidemocrática que otorgaba al presidente un gran número de poderes arbitrarios y reducía al Parlamento y al Tribunal Constitucional a meros objetos decorativos fueron algunos de los pasos lógicos de la línea política que surgió en 1991 y que sigue vigente hoy día. En comparación con Yeltsin, puede que a Vladímir Pútin sólo se le pueda culpar de ser más coherente y constante en sus intentos por eliminar lo que queda de los cambios democráticos de la era Gorbachev. Los perros guardianes no ladran Hasta 1995, los medios de comunicación no representaban un gran problema para las autoridades rusas, ya que los leales jefes instalados en todas las redacciones, incluso en cadenas de televisión “independientes”, se aseguraban de que la cobertura mediática estuviera en consonancia con las expectativas del presidente sin necesidad de una presión externa. En la primavera de 1993, los medios rusos arremetieron contra el Parlamento, que se oponía a las iniciativas del presidente para consolidar su poder y llevar adelante toda una serie de reformas liberales muy impopulares. Los medios apoyaban el programa de privatizaciones del Gobierno y orquestaron una campaña de descrédito contra sus detractores. Los medios, de forma totalmente libre, sin ningún tipo de coacción, negaron todas las acusaciones de corrupción contra el Gobierno. Pero lo que ni Yeltsin ni los propietarios de los medios esperaban era que la operación de castigo que el presidente ordenó contra Chechenia a finales del invierno de 1994 condujera a un sangriento cenagal que provocaría el distanciamiento de los partidarios liberales, incluso de aquellos que habían defendido el bombardeo del Parlamento el año anterior, operación que se saldó con centenares de muertos y heridos. De improviso, la máquina de propaganda perdió el control y apuntó su arma contra las autoridades. Pero Yeltsin, al igual que en todas sus batallas, se alzó victorioso. Sofocó la revuelta de los medios en la primavera de 1996, cuando se avecinaban las elecciones presidenciales. Hábil maestro en el arte del farol, Yeltsin ofreció a la elite rusa dos posibilidades: respaldarlo y organizar su reelección “democrática” o sufrir otro golpe y una posible guerra civil. La derrota electoral ni siquiera entraba en los planes, ya que su principal contrincante era Guennadi Zyugánov, el líder del Partido Comunista de la Federación Rusa; un líder creado artificialmente pero no por eso menos aterrador. De hecho, se podría escribir un libro sobre cómo el aparato de Yeltsin creó a Zyugánov y le allanó el camino, eliminando a todos sus rivales de izquierdas y nacionalistas. Pero eso sería ya otra historia. Así pues, los medios pasaron de la crítica a una total lealtad, y los oligarcas propietarios de los medios juraron obediencia al presidente. Lo cierto es que no tenían otra elección, ya que la caída de Yeltsin habría traído consigo la amenaza de la redistribución de la riqueza, algo que ya había sucedido en 2003. Durante las elecciones de 1996, una nueva oleada de propaganda barrió el país. Los programas de televisión de aquella época eran como los ‘Dos minutos de odio’ fabulados por George Orwell en su novela 1984. A la gente mayor, la campaña les recordaba la histeria propagandística de 1937 y 1938, pero los que no habían vivido bajo Yosif Stalin estaban sumidos en la confusión. En la época de Leonid Brézhnev no se había practicado una propaganda tan manifiesta y agresiva. La memoria genética decía a la gente con más edad que la propaganda histérica suele terminar con arrestos y represalias en masa. Los expertos se encargaron de explicar, paciente y amablemente, que los arrestos no tardarían en llegar si la nación elegía al candidato equivocado. Curiosamente, Yeltsin obtuvo el apoyo de los jubilados y de los más mayores que, hasta entonces, habían criticado duramente sus políticas. Pero no votaron los ciudadanos, sino el miedo. La campaña propagandística cumplió perfectamente con su misión de influir en el instinto de los votantes. “Antes de estas elecciones, deberíamos guardar nuestras conciencias en una caja fuerte”, escribió por aquel entonces un redactor del diario progubernamental Izvestiya. Pero la llave de la caja fuerte acabó perdiéndose, comentaría el periodista Akram Murtazayev pocos meses después. No es de extrañar, por tanto, que muchos rusos despreciaran a los medios de comunicación a principios de la década de 2000. Poco después de asumir su primer mandato, Pútin aplastó sin dificultad alguna la segunda revuelta de los medios con la aprobación de la gran mayoría de la opinión pública. La prensa y la televisión habían alcanzado tales niveles de corrupción durante la era de Yeltsin que la libertad de prensa no tenía ningún sentido, y los rusos parecían conformarse con pasar sin ella. Fin de tiempo Tras la crisis financiera de 1998, comenzó una nueva época. Yeltsin no dimitió porque fuera débil ni porque así se lo exigiera la Constitución –a la que había ignorado tantas otras veces– sino porque la situación y el capitalismo ruso habían cambiado de forma espectacular. Las políticas económicas de Yeltsin fueron un gran éxito. No es que la gente viviera mejor (millones de rusos quedaron sumidos en la pobreza), sino que se alcanzaron los objetivos de las reformas. Los ministerios soviéticos se habían sustituido por grandes empresas privadas, los oligarcas ya no eran una pandilla de saqueadores sino la respetable burguesía, y el comercio necesitaba predicibilidad y estabilidad. A pesar de su propensión al juego y a su carácter errático, Yeltsin se dio cuenta de que había llegado el momento de dimitir para dar paso a Pútin, un oscuro burócrata que se convertiría en la cara de una nueva época, del mismo modo que Yeltsin había personificado la suya. Uno puede admirar o despreciar a Yeltsin, pero era un genio de la política. Confiaba en su instinto como un animal y no en los análisis de la situación. De hecho, Yeltsin encaja perfectamente con la definición de Aristóteles del hombre como animal político. El razonamiento y la lógica, a diferencia del instinto, pueden llevar a tomar las decisiones equivocadas. Pero fue ese agudo instinto político el que le dijo a Yeltsin, que se aferraba desesperadamente al poder, que había llegado la hora de dejar el puesto. Su época fue terrible, pero no aburrida. Fue un hombre odiado, pero también admirado. Sus debilidades –irresponsabilidad, pereza y alcoholismo– eran de dominio público y no hacían otra cosa sino despertar la simpatía de sus compatriotas, ya que la mitad de ellos eran como él. Fue un presidente realmente popular en el sentido de que encarnaba los defectos del pueblo. Y eso fue algo que los rusos apreciaron: el primer enamoramiento se fue transformando, poco a poco, en un profundo odio personal. La popularidad de Pútin, un hombre sin carisma, encanto ni expresividad, estaba garantizada porque representaba el antídoto contra Yeltsin, un hombre considerado como enemigo personal por dos tercios de la población. Sólo un hombre como Yeltsin podía mantener unido al país durante la desgarradora transición al capitalismo que tanto miedo infundió entre la gran mayoría del pueblo. Los rusos lo siguieron porque, al principio, no entendían hacía donde los dirigía, después confiaron en él y, finalmente, no sabían cómo salir del caos. Pero Yelstin siguió dirigiendo la nación con su estilo extravagante y encantador, sin siquiera oír las quejas que suscitaba a su paso. Si se hubiera detenido, aunque fuera una sola vez, a escuchar aquellas voces desesperadas, habría sido su fin. Pero nunca miró atrás. Coincidí con Yeltsin en dos ocasiones. La primera fue en 1989, en una concentración celebrada en el estadio Luzhniki por los partidarios del Congreso de Diputados del Pueblo, en el que se habían depositado las esperanzas de cambio democrático. El contundente discurso de Yeltsin fue recibido con entusiasmo por la multitud, a la que yo mismo (debo confesar) ya había animado como presentador del acto. Yeltsin, que entonces era miembro del Congreso, se mostró como un héroe popular, alto, fuerte, con voz enérgica. Cuando la policía intentó arrestar a alguien que estaba junto a la tarima de los oradores, Yeltsin saltó sobre la valla metálica y puso las manos sobre los hombros de la víctima vociferando: “Este hombre está bajo mi protección como diputado”. La muchedumbre estalló en gritos de alegría. Volvía a toparme con él unos meses más tarde, cuando ya me había hartado de hablar en “mítines por la democracia”. Buscando una cara familiar, me encontré casualmente en un pasillo del hotel Moskva, cerca de donde se estaba celebrando una nueva manifestación de amor popular por la democracia. Un grupo de personas, con Borís Yeltsin a la cabeza, se dirigía hacia la salida. Caminaban con paso firme, manteniendo las filas cerradas y con la mirada perdida al frente, como una manada de rinocerontes capaz de arrollar a cualquiera que se interponga en su camino. El pasillo era estrecho y me apoyé contra la pared. Los rinocerontes marcharon frente a mí con gran estruendo. Y no tuve el más mínimo deseo de volver a encontrármelos. Traducción del inglés de Beatriz Martínez Ruiz Copyright © 2007 Transitions Online