La 'vieja Europa' y el mundo según Washington

29 January 2003
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Mariano Aguirre

El secretario de Defensa de EE UU, Donald Rumsfeld, dijo la semana pasada que su Gobierno no tiene interés en la 'vieja Europa' y que prefiere trabajar con la parte 'nueva' del continente, o sea, Polonia y otros países de Europa Oriental además de Gran Bretaña, España e Italia. La disquisición histórica la hizo como respuesta a que Alemania y Francia declararon que no veían la necesidad inmediata de una guerra contra Irak. Además, reafirmaron la necesidad de dar tiempo a los inspectores de la ONU que están buscando si ese país tiene armas de destrucción masiva, y que habría que contar con una segunda resolución del Consejo de Seguridad que autorizase el uso de la fuerza en el caso que el Gobierno de Sadam Hussein obstruyese la labor de la inspección. Por otra parte, Alemania y Francia bloquearon en la OTAN la petición que había hecho Washington de dar apoyo y participación automática en caso de que empezara la guerra. Al mismo tiempo, el presidente español, José María Aznar, subrayó su apoyo a EE UU y manifestó que no es precisa una segunda resolución, en la misma línea que el activo primer ministro británico, Tony Blair. Y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, aseguró saber directamente de George Bush Jr. que Irak tiene armas nucleares.

Rumsfeld ha seguido la línea marcada por el presidente Bush, por su Gabinete y por una serie de comentaristas e ideólogos estadounidenses, como William Safire, Robert Kagan y Francis Fukuyama, que acusan a Europa de ser un continente que no reacciona ante el terrorismo, que no gasta suficiente en defensa, que cree de forma idealista en estructuras multilaterales como la ONU y la misma UE, y que no acepta de buen grado la necesidad del liderazgo de EE UU. Safire, además, acusa a Alemania de estar organizando una operación con reminiscencias peligrosas de dominar Europa. Esta ofensiva, insultante e inaceptable, va orientada tanto a fortalecer el liderazgo de Washington como, de forma más inmediata, para dividir a Europa y ganar el mayor apoyo europeo en la posible guerra contra Irak. Las posiciones de Aznar, Blair y Berlusconi muestran la falta de visión europea de estos gobernantes, que parecen gobernadores locales de EE UU.

La falta de diplomacia y la incorrección, brutal y prepotente, de Rumsfeld indican, otra vez, que el Gobierno de EE UU y sus ideólogos sienten que están en una guerra: el mundo se ha partido entre aliados y enemigos, y solamente el uso de la fuerza es la respuesta. Señala, también, que Washington está dispuesto a someter o acabar con más de medio siglo de multilateralismo, que se creó con mucho esfuerzo después de dos guerras mundiales. Asimismo, que piensa continuar revirtiendo los avances que se habían logrado en pactos medioambientales, sobre derechos humanos y pobreza, entre otros temas. La propuesta es volver a un mundo regido por el poder que dan las fuerzas militares y económicas. No hay acuerdos ni pactos, sino fuerza e imposición.

En esta visión del mundo, la guerra contra Irak es un intento de reformar el panorama de Oriente Medio a una o dos décadas, como plantean diseñadores de política como Richard Perle (uno más de los ideólogos neoconservadores de la era de Ronald Reagan que han renacido de las cenizas), y de controlar los recursos petrolíferos. La idea es acabar con Sadam Hussein, dejar que Ariel Sharon termine de una vez con Yaser Arafat, promover la democracia en Arabia Saudí e imponer el cambio de régimen también en Irán, en caso de que los reformadores no tengan éxito. Al mismo tiempo, controlar el petróleo en el sentido de la producción como de los precios, dado que al imponer un nuevo gobierno prooccidental en Irak se espera dismininuir el papel de liderazgo entre los productores que tiene Arabia Saudí.

Rumsfeld es un fanático mesiánico, igual que Bush, Condoleezza Rice y otros miembros del Gabinete. Su ataque a una parte de Europa es un signo de alarma para que las sociedades y gobiernos europeos abandonen la actitud que han tenido durante décadas de aceptar con ligeras disidencias las imposiciones de Washington. Esta vez se trata, en el caso de Irak y en el proyecto belicista y antimultilateralista en general, de decir que no se quiere colaborar en políticas antidemocráticas, autoritarias y peligrosas.

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