La militarización del cambio climático va más de afianzar el poder militar que de detener la desestabilización del clima

13 May 2022
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Entrevista a Nick Buxton por Nuria del Viso.

Photo credit NyxoLyno Cangemi/USCG

La militarización como ideología alcanza sutil o abiertamente buena parte de las grandes cuestiones políticas que se nos plantean, así como recónditos rin- cones de la vida social. Una de las cuestiones sociopolíticas recientes que se ha visto más tratada en términos de seguridad y más militarizada es la del cambio climático, cuestión que cruza la realidad contemporánea y cuyas respuestas se van tiñiendo crecientemente de verde camuflaje. Nick Buxton, asesor de comunicaciones y redactor y coordinador de las comunidades de aprendizaje digital del Transnational Institute (TNI), ha investigado a fondo estas tendencias en su libro Cambio climático S.A., editado junto a Ben Hayes, y, más recientemente, en el informe Aproximación a la seguridad climática. Los peligros de la militarización de la crisis del clima, publicado para la COP26. En esta entrevista reflexiona sobre los efectos de la militarización de las respuestas al cambio climático y de las pers- pectivas que este enfoque abre para otras cuestiones contemporáneas.

Nuria del Viso (NV): Después de The Secure and the Dispossesed, que publicaste en 2016 junto a Ben Hayes (traducido por FUHEM y otras organizaciones bajo el título Cambio climático S.A. en 2017), poco antes de la COP26 has publicado el informe Aproximación a la seguridad climática. Los peligros de la militarización de la crisis del clima (TNI/FUHEM, 2021).1 ¿Qué pretendes con esta publicación? ¿Qué cambios has observado en esta problemática desde la publicación del libro hace cinco años?

Nick Buxton (NB): En los últimos cinco años, las tendencias que identificamos en el libro en cuanto a promover soluciones militares y de seguridad para la crisis climática tristemente se han afianzado. En 2021, la OTAN hizo de los preparativos militares para el cambio climático una de sus prioridades clave;2 el presidente Biden está integrando las perspectivas militares sobre el cambio climático en todas las áreas del Gobierno, y la UE está en camino de una militarización a gran escala, especialmente a raíz de la guerra de Ucrania. A primera vista, el hecho de que los militares se tomen en serio el cambio climático suena como algo positivo, pero cuando se analizan sus estrategias en profundidad queda claro que se trata principalmente de reforzar el poder militar en lugar de detener la desestabilización del clima.

El gasto en el ejército y otras fuerzas coercitivas por parte de los países más ricos ha aumentado drásticamente en la última década, incluso cuando los países más ricos no están cumpliendo con su promesa de financiación para el clima a los países en desarrollo que ayudaría a los países a hacer frente al cambio climático. Un informe reciente del TNI, Muro contra el clima,3 mostraba que los países más ricos gastan más del doble en fronteras y aplicación de la ley de inmigración que en proporcionar financiación para el clima. En algunos casos es peor: Estados Unidos gasta 11 veces más.

Este desvío de recursos hacia la securitización de la crisis climática no contribuye a abordar sus causas profundas ni a evitar que empeoren. Más bien, acaba convirtiendo a sus víctimas en “amenazas” a las que hay que hacer frente militarmente. Es una forma irracional y profundamente inhumana de responder a la crisis climática.

En el lado positivo, en estos cinco años ha ido creciendo la conciencia de los peligros de militarizar la crisis climática. En las conversaciones de la ONU sobre el clima celebradas en Glasgow, la COP26, una importante coalición de organizaciones pacifistas y ecologistas se unió para oponerse a la militarización y exigir la reducción de las emisiones militares. El movimiento mundial para exigir justicia como principal respuesta al cambio climático sigue creciendo en número e impacto.

NV: El enmarque del cambio climático desde la seguridad militar enfatiza la supuesta inestabilidad que traerá el cambio climático en forma de conflictos y violencia, a pesar de que ese supuesto no se ha demostrado en las investigaciones académicas, y desde círculos militares y gubernamentales se alimenta una narrativa del miedo. ¿Cómo benefician estas narrativas los intereses de los Estados y los ejércitos respecto al cambio climático y el control de las poblaciones? ¿Es este un ejemplo de cómo se introduce el militarismo en nuestros imaginarios?

NB: Creo que la creencia de que el cambio climático conducirá necesariamente a conflictos se ha vuelto hegemónica. Es una narrativa claramente promovida por los planificadores militares y la industria armamentística que, por la naturaleza de su poder político y económico, la han hecho parecer de “sentido común”. La estrategia de la OTAN en 2021, por ejemplo, dice que el cambio climático «exacerbará la fragilidad de los Estados, alimentará los conflictos y provocará desplazamientos, migraciones y movilidad humana, creando condiciones que pue- den ser explotadas por actores estatales y no estatales que amenacen o desafíen a la Alianza». Sin embargo, como señalas, cuando se busca qué pruebas hay sobre este punto se encuentra que hay muy pocas. El reciente informe del Grupo de trabajo II del IPCC,4 por ejemplo, que representa el mejor consenso actual de la comunidad científica, dice que «en comparación con otros factores socioeconómicos, la influencia del clima en los conflictos se considera relativamente débil (confianza alta)». Esto no quiere decir que el clima no sea un factor, sino que lo que en última instancia importa son las estructuras de la sociedad y el gobierno y cómo responden a los impactos climáticos. Además, el IPCC continúa diciendo que los verdaderos motores de los conflictos son «los patrones de desarrollo socioeconómico que se entrecruzan, el uso insostenible de los océanos y de la tierra, la inequidad, la marginación, los patrones históricos y actuales de desigualdad, como el colonialismo, y la gobernanza (confianza alta)». Por supuesto, estos patrones son inherentes a nuestra injusta economía global actual, en la cual los poderosos tienen poco interés en hacer cambios fundamentales que afecten a sus intereses, por lo que quizás no sea una sorpresa que los gobiernos de los países más ricos prefieran centrar su atención en escenificar respuestas en lugar de abordar las causas subyacentes de la crisis climática.

NV: La noción de escasez, que se vincula a los efectos de la desestabilización del clima, se presenta también como un hecho dado. Es cierto que existen límites biofísicos, pero el concepto de escasez tiene también mucho de construcción social y se relaciona estrechamente con las carencias de distribución (o la concentración de riqueza). Mientras se insiste en la escasez, en paralelo crece la privatización y la securitización del acceso a bienes naturales básicos, como el agua, los alimentos y la energía, y se despliega una geopolítica de los recursos naturales. ¿En qué medida se pueden establecer nexos entre la insistencia en la escasez y la privatización de bienes naturales básicos? ¿Cómo interactúa el cambio climático y la sed de acaparamiento de recursos?

NB: Los conceptos de escasez y seguridad están estrechamente relacionados. Todas las narrativas de seguridad se basan en las ideas de escasez, incluidas las ideas sobre el conflicto que he mencionado antes. La narrativa es que el cambio climático provocará escasez, lo que a su vez provocará un conflicto que requiere una respuesta de seguridad. Apoya y consolida el papel de la industria militar y de seguridad.

El enfoque en la escasez también tiende a fortalecer una propuesta de ganar-perder, en la que tenemos que competir y luchar por los mismos recursos escasos, en lugar de pensar en cómo garantizar el derecho de todos a las necesidades humanas básicas. Refuerza la posición de las empresas, que argumentan que la solución es aumentar la producción y los beneficios; en el caso de los alimentos, por ejemplo, intensificando la agricultura industrial e invirtiendo en soluciones tecnológicas como la “agricultura climáticamente inteligente”. Una vez más, los supuestos eluden cuestiones estructurales más importantes, como quién se enfrenta a la escasez y quién no, qué sistemas exacerban esa escasez y qué alternativas podrían encontrarse. Sabemos, por ejemplo, que en el mundo hay comida de sobra para todos, pero la mala distribución hace que haya obesidad en algunos países y hambruna en otros, o a veces ambos fenómenos en el mismo país. También sabemos que hasta un tercio de los alimentos se desperdicia debido a las prácticas de la agricultura industrializada, los supermercados y las cadenas de suministro globalizadas.

En esta coyuntura, no deberíamos buscar soluciones en una agricultura industrial corporativizada que ha provocado la crisis climática (se calcula que los sistemas alimentarios industriales representan entre el 21% y el 37% de las emisiones) y ha alimentado la enorme desigualdad en el acceso a la tierra y a los alimentos. En su lugar, deberíamos construir soluciones basadas en la reforma agraria, la soberanía alimentaria y la colaboración internacional.

NV: Pese a las palabras de preocupación de los líderes mundiales, lo cierto es que los hechos muestran una realidad muy diferente de inacción climática o, peor, de acciones que agravan el cambio climático. Como señalas en el informe, se insiste en una receta estándar de más producción, más inversión privada, nuevas soluciones tecnológicas... ante un problema nuevo –el cambio climático– que en gran parte desconocemos cómo va a desplegarse, su velocidad, interacciones, bucles de realimentación... ¿Qué es lo que está fallando para actuar en la magnitud que demanda la situación? ¿Intereses corporativos demasiado poderosos? ¿Gobiernos temerosos de no ser reelegidos si toman medidas “impopulares”?

NB: Se trata de un enorme desafío para las fuerzas progresistas, ya que nos enfrentamos a dos ideas hegemónicas e interrelacionadas: en primer lugar, que el mercado es el mejor sistema para asignar los recursos y, en segundo lugar, que la seguridad es la mejor respuesta a las desigualdades causadas por la consiguiente asignación injusta de recursos. Sin embargo, los llamamientos al cambio sistémico son cada vez más fuertes, tanto por parte de la comunidad científica como de algunos líderes políticos y empresariales. En la COP26, el movimiento por el clima apoyó más sólidamente que antes tanto la justicia como el cambio sistémico, liderado por personas como Greta Thunberg y Vanessa Nakate, cuyas huelgas escolares llaman ahora a “desarraigar el sistema” que crea el cambio climático. Sin embargo, la conciencia y la preocupación pública aún no son suficientes para desafiar el poder económico y político tan arraigado de las corporaciones y los militares. Existe la teoría de un punto de inflexión que sugiere que una vez que las propuestas son apoyadas por alrededor del 25% de la población, pueden provocar cambios generalizados.5 Curiosamente, señalan que las campañas que pueden estar cerca de este punto suelen sentir que han fracasado cuando en realidad están en la cúspide de un cambio importante que no pueden predecir, algo que creo que es definitivamente posible hoy en día. Pero también creo que es necesario que los movimientos sociales se centren más en la construcción de mecanismos de poder popular duraderos, ya sea renovando los movimientos sociales tradicionales como los sindicatos, en nuevas alianzas como en las ciudades progresistas, o en nuevos movimientos con objetivos claros y estructuras estables para que puedan mantener e impulsar el cambio político.

NV: Existe un debate en marcha en torno al concepto de seguridad. Mientras unos abogan por ampliar el concepto para que incluya una noción de seguridad humana, otros defienden salir del paradigma de la seguridad e invitan a manejar nuevos conceptos, como el de justicia climática (frente a seguridad climática) ¿Dónde te sitúas en este debate?

NB: Tengo pensamientos mixtos y contradictorios al respecto. Por un lado, respeto y admiro a quienes impulsan la seguridad humana u otros conceptos como la seguridad ecológica,6 basados en un conjunto de valores muy diferentes a las doctrinas militares y los marcos de seguridad nacional. Me solidarizo con su argumento de que las fuerzas progresistas no deberían ceder la palabra “seguridad” a los militares y deberían más bien preguntarse qué es lo que realmente proporciona seguridad: ¿la sanidad o las armas, por ejemplo? Sin embargo, también creo que, dado el poder estructural del aparato militar y de seguridad nacional, dominarán tanto el debate como, sobre todo, el desarrollo de políticas y manipularán más fácilmente el término en su beneficio que aquellos que sugieren diferentes tipos de seguridad. Lo que veo es que el aparato de seguridad nacional utiliza la amplitud y la vaguedad del término “seguridad” en su beneficio para conseguir la aceptación pública de su trabajo de seguridad climática y para evitar el escrutinio de sus propuestas. Después de todo, ¿quién puede oponerse a la seguridad? Así que, en general, me sitúo en el lado de la oposición al término, ya que se ha cooptado demasiado. Estoy más a favor de que los movimientos sociales utilicen otros términos, como “seguridad” en el sentido de safety o “justicia”, siempre centrados en cómo las políticas impactan en los más afectados por el cambio climático.

NV: La COVID-19 está mostrando el tipo de respuestas nacionalistas y corporativas de los países ricos –junto a un discurso tecnoptismista y belicista frente al virus– desde el inicio de la pandemia, p.ej. al inicio con el acaparamiento de respiradores y actualmente con las vacunas. Este escenario hace augurar lo que podría ser la respuesta tipo a medida que se despliegue el cambio climático. ¿Qué podemos hacer para revertir estas tendencias y encaminarnos hacia respuestas más solidarias y con conciencia, primero, de especie y después ecocéntrica?

NB: La COVID-19 demostró, por un lado, lo esenciales que son las respuestas públicas basadas en la seguridad y la solidaridad comunitarias para hacer frente a una crisis como una pandemia. Sin embargo, por otro lado, abrió la puerta a respuestas nacionalistas, a la especulación empresarial y a una normalización de las medidas de seguridad de emergencia que tendrá repercusiones en los próximos años. Un total de 170 países declararon el estado de emergencia a raíz de la pandemia,7 lo que ha facilitado nuevas oleadas de represión policial y un aumento de la vigilancia, sin rendición de cuentas, incluso de los cuerpos y la salud de las personas. No es de extrañar que esto haya afectado sobre todo a las personas marginadas –vendedores ambulantes, refugiados, minorías raciales–, así como a los manifestantes.

Al igual que la COVID-19, el cambio climático es un fenómeno global que no respeta fronteras. No hay soluciones nacionalistas para estas crisis, como estamos descubriendo con el aumento de nuevas variantes en los países con menos población vacunada. Las soluciones justas y duraderas requieren colaboración, priorización del interés público y solidaridad global. La única manera de conseguirlo es mostrar cómo estas políticas benefician a todos, modelar las prácticas de solidaridad en las comunidades en las que vivimos, y empujar a las ciudades, regiones o estados a adoptarlas para construir la justicia climática y sanitaria desde abajo.

NV: La invasión de Ucrania y las sanciones sobre el gas ruso están mostrando la vulnerabilidad energética de Europa, al tiempo que observamos un rearme de las potencias centrales. ¿Cuáles crees que pueden ser las consecuencias a medio y largo plazo de esta guerra para el binomio energía-clima?

NB: Me temo que va a tener un impacto tan importante a largo plazo como el que tuvo el 11-S. La guerra sugiere que estamos entrando en un nuevo mundo de conflictos interimperialistas cuyos impactos rebotarán globalmente. En cuanto a la energía, ojalá que conduzca a un impulso hacia las energías renovables, pero me temo que en su lugar impulsará una nueva ola de perforación de gas y petróleo para crear la llamada autosuficiencia. Sin embargo, lo que más me preocupa es que vaya a impulsar una nueva oleada de gasto militar, exactamente en el momento en que necesitamos invertir en la construcción de una nueva economía verde, y que nos lleve a una época de belicosidad cuando necesitamos encontrar enfoques de colaboración para responder al cambio climático. Pero, en última instancia, el significado de este momento vendrá determinado por el equilibrio de fuerzas políticas. Si nos movilizamos para demostrar que las economías de los combustibles fósiles han creado las condiciones para el conflicto y que necesitamos forjar una nueva economía de paz centrada en el medio ambiente, entonces podríamos convertir un momento terrible en algo esperanzador.

Nuria del Viso Pabón forma parte del consejo de redacción de esta revista y es miembro del Área Ecosocial de FUHEM.


Notas:

1 Nick Buxton, Aproximación a la seguridad climática. Los peligros de la militarización de la crisis del clima, TNI/FUHEM, 2021. Disponible en: https://www.fuhem.es/wp-content/uploads/2021/11/Aproximacion-a-la-se- guridad-climatica-TNI-FUHEM-web.pdf
2 «NATO Climate Change and Security Action Plan», página web de la OTAN, 14 de junio de 2021. Disponible en: https://www.nato.int/cps/en/natohq/official_texts_185174.htm?selectedLocale=en
3 Todd Miller, Nick Buxton y Mark Akkerman, Muro contra el clima, TNI, 25 de octubre de 2021. Disponible en: https://www.tni.org/es/publicacion/muro-contra-el-clima
4 Grupo de trabajo II del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), Climate Change 2022: Im- pacts, Adaptation and Vulnerability, 28 de febrero de 2022. Disponible en: https://www.ipcc.ch/report/sixth-assessment-report-working-group-ii/
5 Damon Centola, Joshua Becker, Devon Brackbill y Andrea Baronchelli, «Experimental evidence for tipping points in social convention», Science, 360 (6393), 8 de junio de 2018, pp. 1116-1119. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/29880688/
6 Matt McDonald, «Discourses of climate security», Political Geography, vol. 33, marzo de 2013, pp. 42-51. Dis- ponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0962629813000188
7 Eda Seyhan, Rym Khadhraoui y Sacha Biton, Covid State Watch, web de Human Rights Defender Hub, s/f. Disponible en: https://www.hrdhub.org/covid-state-watch