Solidaridad con la oposición de izquierda en Venezuela
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La izquierda global debe defender a los pensadores y activistas de izquierda que enfrentan persecución en Venezuela, y rechazar el falso antiimperialismo que permite una deriva autoritaria.

By Confidencial, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=151395812
Durante agosto de 2025, el gobierno venezolano intensificó sus ataques contra defensores de derechos humanos y críticos internos. El 7 de agosto, las madres de jóvenes detenidos que mantenían una vigilia frente al Tribunal Supremo fueron atacadas por matones vinculados al gobierno. Menos de una semana después, la radio oficial del Estado venezolano denunció una “red de organizaciones e individuos que, bajo una fachada académica ambientalista, han operado en Venezuela como instrumentos de interferencia política y oposición internacional al Estado venezolano”. El gobierno mencionó de forma específica a la Fundación Rosa Luxemburgo, al Investigador Asociado de TNI Edgardo Lander, a Alexandra Martínez y a Emiliano Terán Mantovani. Lander, junto con Francisco Javier Velasco y Santiago Arconada, está siendo acusado de ser responsable de “acciones de desestabilización contra Venezuela”.
La persecución de intelectuales de izquierda y organizaciones progresistas representa una prueba crítica para la izquierda internacional. El gobierno venezolano continúa fomentando abusos contra sectores críticos a través de amenazas políticamente motivadas y detenciones masivas, un año después de la muy controvertida elección presidencial. Sin embargo, muchos en la izquierda global permanecen en silencio cuando las víctimas son compañeros de izquierda en lugar de figuras de oposición de derecha.
Edgardo Lander, un destacado sociólogo venezolano e intelectual de izquierda de larga trayectoria, fue inicialmente partidario de la Revolución Bolivariana en sus primeros años, pero luego se volvió muy crítico con el gobierno de Nicolás Maduro. Lander declaró en una entrevista de Democracy Now! después de las elecciones de 2024 que “no hay duda de que Maduro perdió estas elecciones” y que toda evidencia de su supuesta victoria, “como se esperaba y se establece por ley, está completamente ausente”. Su posición principista representa el tipo de análisis crítico de izquierda que más temen los gobiernos autoritarios.
La persecución de la Fundación Rosa Luxemburgo demuestra cómo el gobierno de Maduro instrumentaliza la retórica antiimperialista para silenciar la crítica legítima de izquierda. El presidente Maduro acusó a la fundación de financiar “infiltrados” y de apoyar a quienes atacan a su gobierno “desde adentro”. Al mismo tiempo, el Ministerio de Comunicaciones describió a la fundación como parte de “una red de organizaciones que operan como instrumentos de interferencia”. En respuesta, la Fundación Rosa Luxemburg declaró que “observa con preocupación la actual campaña de difamación contra organizaciones de derechos humanos de izquierda e intelectuales de izquierda”. Las acciones del gobierno reflejan tácticas autoritarias clásicas, usando una retórica nacionalistas y antiimperialista para deslegitimar la disidencia doméstica.
Learning from Nicaragua: The Cost of Left Silence
The situation in Venezuela eerily mirrors Nicaragua under Daniel Ortega and Rosario Murillo. The Nicaraguan government is responsible for systematic human rights violations, with arbitrary detentions of perceived opponents, including human rights defenders, critics, and journalists. Constitutional reforms have elevated Ortega’s wife to “co-president” and extended executive control, with dissident Sandinista organisations describing it as an attempt to mask absolute power through legislative changes.
Nicaragua has seen the closure of over 5,000 NGOs since 2018, with President Ortega and Vice President Murillo intensifying repression through forced exile and citizenship revocation. In less than a decade, about fifty independent media outlets have closed and their assets confiscated, while 46 journalists were forced into exile in 2024 alone. Yet, significant sections of the international left remained silent as Ortega transformed from a revolutionary leader to an authoritarian strongman, just as many now remain silent about Venezuela’s trajectory.
Aprendiendo de Nicaragua: El costo del silencio de la izquierda
La situación actual en Venezuela refleja de manera inquietante la de Nicaragua bajo Daniel Ortega y Rosario Murillo. El gobierno nicaragüense es responsable de violaciones sistemáticas de derechos humanos, con detenciones arbitrarias de opositores políticos de muy diverso origen ideológico, incluyendo a gran parte de la vieja guardia sandinista, defensores de derechos humanos, intelectuales disidentes y periodistas independientes. Las reformas constitucionales han elevado a la esposa de Ortega al rango de “co-presidenta” y extendido el control ejecutivo, con organizaciones sandinistas críticas describiéndolo como un intento de enmascarar el poder absoluto a través de cambios legislativos.
Nicaragua ha sido escenario del cierre de más de 5,000 ONGs desde 2018,⁵ con el presidente Ortega y la vicepresidenta Murillo intensificando la represión a través del exilio forzado y la revocación de la ciudadanía de cientos de opositores. En menos de una década, alrededor de 50 medios de comunicación independientes han cerrado y sus activos confiscados, mientras que 46 periodistas fueron forzados al exilio solo en 2024.⁶ Sin embargo, segmentos de la izquierda internacional permanecieron en silencio mientras Ortega pasó por la mutación de líder revolucionario en caudillo autoritario con rasgos somocistas, tal como muchos ahora permanecen en silencio sobre la trayectoria de Venezuela.
Crisis manufacturadas y amenazas reales
Reportes periodísticos recientes sobre operaciones navales estadounidenses cerca de Venezuela ilustran cómo el gobierno de Maduro explota las tensiones internacionales para distraer la atención de la represión doméstica. Maduro anunció el despliegue de 4,5 millones de milicianos por todo el país tras la publicación de noticias sobre barcos de la marina estadounidense en Caribe. Aunque han aparecido varios artículos sobre despliegues navales estadounidenses cerca de aguas venezolanas en medios estadounidenses, la extensión y la naturaleza de esa presencia militar sigue siendo incierta, con declaraciones contradictorias de funcionarios gubernamentales tanto de Estados Unidos como de Venezuela.⁷
Los mensajes ambiguos y a menudo contradictorios de la administración Trump hacia Venezuela, que van desde la apertura diplomática hasta la amenaza explícita, generan un panorama geopolítico complejo donde las preocupaciones de seguridad genuinas se intersectan con crisis manufacturadas. Esta dinámica sirve múltiples propósitos: moviliza el sentimiento nacionalista, proporciona cobertura para más militarización y, de manera más importante, permite al gobierno enmarcar cualquier crítica doméstica como una interferencia extranjera. Mientras Maduro movilizaba a la milicia contra supuestas amenazas estadounidenses, la vicepresidenta Delcy Rodríguez declaraba que Venezuela solo está preocupada por los barcos con petróleo que salen de sus puertos, incluyendo aquellos de la empresa estadounidense Chevron, en lugar del supuesto arribo de buques de guerra.⁸ Como lo notó Comunes, el gobierno “prefiere mil veces una polarización falsa” con la oposición de extrema derecha “de la cual se beneficia y le sirve para sostener su precaria cohesión interna, que tener que responder a las demandas del pueblo y la crítica de la izquierda”.⁹
La izquierda internacional debe reconocer cómo tanto las tensiones geopolíticas reales como las crisis manufacturadas funcionan para silenciar la crítica legítima. Apoyar el antiimperialismo genuino no puede significar aceptar el gobierno autoritario cuando viene envuelto en retórica revolucionaria, ni puede significar ignorar cómo los gobiernos instrumentalizan las amenazas externas para suprimir la disidencia interna.
El camino a seguir: solidaridad coherente con los principios históricos de la izquierda
La izquierda global enfrenta una opción crucial: continuar facilitando la deriva autoritaria a través de la solidaridad “antiimperialista” acrítica, o abrazar los principios del socialismo democrático genuino que protege la disidencia y la crítica.
Esta crítica desde la izquierda no implica una reconciliación con la derecha tradicional, y mucho menos significa defender los intereses del imperialismo estadounidense o apoyar una intervención militar trumpista. Por el contrario, está basada en la necesidad urgente de recuperar el horizonte emancipatorio que el madurismo ha enterrado bajo el autoritarismo y la corrupción, manteniendo una perspectiva antiimperialista genuina que distingue entre la soberanía popular y la perpetuación de élites locales corruptas.
Criticar la deriva autoritaria del gobierno de Maduro no significa ignorar o minimizar las amenazas imperiales estadounidenses. Más bien, significa reconocer que el pueblo venezolano merece tanto protección de la interferencia externa como no ser blanco de la represión gubernamental. El antiimperialismo real debe incluir oposición a todas las formas de poder autoritario, incluyendo aquellas que emergen de movimientos, partidos y líderes supuestamente progresistas o de izquierda.
Como argumentan nuestros compañeros y compañeras en Venezuela, “la izquierda necesita tomar una posición contra la deriva autoritaria de Maduro para que juntos, en solidaridad, podamos defender la democracia, soberanía y la autodeterminación de nuestro pueblo”.¹⁰ Esto significa apoyar a compañeros como Edgardo Lander, que representan la tradición crítica de izquierda que desafía al poder dondequiera que emerja, ya sea de centros imperiales o gobiernos autoritarios latinoamericanos.
Los aliados de izquierda mundial en Venezuela son, como ya lo ha observado la revista latinoamericanista de izquierda NACLA, “los activistas y movimientos de base que luchan por los derechos de los trabajadores, los pueblos indígenas, las mujeres y las comunidades locales”¹¹ – no un gobierno que reprime estos mismos movimientos cuando incomodan.
Como bien lo afirma Comunes, “la mejor manera de defender la patria es a través de mayores libertades y más democracia, y nunca con autoritarismo y la persecución de aquellos que luchan por la justicia social”.¹²
La lucha antiimperialista y la resistencia al autoritarismo no son contradictorias. Son dos facetas de la misma lucha por la dignidad humana y la autodeterminación democrática. Apoyar a la oposición de izquierda en Venezuela no es traicionar los principios antiimperialistas; es sostenerlos en su forma más verdadera.
Esta crítica no debe minimizar las preocupaciones reales sobre las ambiciones imperiales estadounidenses en la región. La retórica contradictoria y a veces amenazante de la administración Trump hacia Venezuela, combinada con décadas de sanciones y políticas intervencionistas, crea tensiones geopolíticas reales. La historia de intervenciones estadounidenses en América Latina – desde Chile hasta Nicaragua y desde Haití hasta Honduras – demuestra que las preocupaciones sobre una posible intervención externa no son ficticias. Sin embargo, reconocer estas preocupaciones legítimas no puede convertirse en una excusa para ignorar el autoritarismo gubernamental o silenciar voces de izquierda que exponen los errores y derivas políticas de quienes ejercen el poder.
Edgardo Lander y otros compañeros como él merecen nuestra solidaridad, no a pesar de su crítica al gobierno de Maduro, sino precisamente por ella. La izquierda que abandona a sus propios críticos es una izquierda que ha perdido el rumbo.