Caos climático, crisis humanitarias y nuevos militarismos

Entrevista con Nick Buxton
10 Enero 2018
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Si seguimos el paradigma militar-corporativo para afrontar el cambio climático, podemos construir muros más altos, fronteras más militarizadas, sociedades más vigiladas; pero, ¿acaso será un mundo en el que queramos vivir?

Nick Buxton es consultor en comunicación residente en California.Trabaja como editor y colaborador de la comunidad de investigadoresdel Transnational Institute de Ámsterdam. Está especializado en cambio climático, militarismo y justicia económica. Recientemente ha publicado –en colaboración con Ben Hayes– el libro colectivo Cambio climático, S.A.: cómo el poder (corporativo y militar) está moldeando un mundo de privilegiados y desposeídos ante la crisis climática (Fuhem,Madrid, 2017).

Juan Tortosa: El cambio climático ha sido sistemáticamente negado por muchos políticos y países, pero los militares, en cambio, siguen con mucha anticipación esta problemática. ¿Cuándo empezaron a interesarse por ella y en qué países?

Nick Buxton: En 2003, el Pentágono hizo su primer estudio sobre los impactos del cambio climático en términos de seguridad nacional. Este estudio exigió al gobierno elevar el tema del cambio climático de un tema meramente científico a un tema de seguridad nacional. Pintó un futuro muy distópico, describiendo un mundo donde el hambre, las enfermedades y los desastres climáticos dejarían a muchos países sin capacidad de respuesta. Concluyó que: “Esta situación va a crear una sensación de desesperación, que probablemente llevará una agresión ofensiva para alcanzar el equilibrio”.

Las implicaciones fueron muy claras: los ejércitos tendrían que prepararse para un futuro mucho más inestable y tendrían que tener más recursos para combatir dichas amenazas. El estudio de 2003 fue seguido por otros, en los que participaron gentes de todo el aparato militar y de inteligencia; poco a poco fue incluido en las estrategias de Estados Unidos, hasta que en 2014 el Departamento de Defensa señaló el cambio climático como una de las principales amenazas estratégicas (a corto plazo).

El mismo proceso se dio en otros países industrializados –la Unión Europea describió el cambio climático como un multiplicador de amenazas en 2008–, con la idea de que el cambio climático aumentaría el nivel de otras amenazas, magnificando los conflictos, el terrorismo, etc. Ahora se describe como una amenaza securitaria en los planes de los ejércitos de varios países de Europa y también en Australia. Donde no se ve el tema como un problema securitario es en el Sur. La securitización del cambio climático es una dinámica que viene del Norte.

La securitización del cambio climático es una dinámica que viene del Norte.

J.T.: ¿Cómo enfocan la problemática del cambio climático?

N.B.: Todo se enfoca en el tema de la seguridad: el cambio climático va a crear un mundo más inseguro. Pero nunca se preguntan por la seguridad de quién y contra quién, y cuál es la causa de fondo de la inseguridad.

Cuando analizamos las estrategias que se han desarrollado en los últimos años, es obvio que se está hablando de la seguridad de los que están más seguros ante los impactos del cambio climático y no la de quienes son más vulnerables ante él. Esto se ve, en primer lugar, en las estrategias de los ejércitos, que hablan de asegurar su infraestructura militar, como por ejemplo las bases militares en la costa que podrían verse afectadas por el aumento del nivel del mar, y, en segundo lugar, en sus estrategias de protección, que hablan de la prioridad de proteger las zonas de alta actividad económica y las vías marítimas en regiones inestables del mundo.

Se habla poco de la necesidad de proteger a la gente vulnerable y no se habla de justicia climática o de la necesidad de reestructurar nuestra economía para prevenir el cambio climático. Tal vez no sea su papel, pero cuando el paradigma de seguridad climática aparece cada vez más fuerte en la agenda internacional, sabemos que los principales poderes del mundo no son serios a la hora de enfrentarse con las causas del cambio climático y, en su lugar, se están preparando para protegerse de sus consecuencias, aunque sea a costa de los demás.

J.T.: ¿Hay una relación entre la cúpula militar y las multinacionales?

N.B.: Bueno, los ejércitos, como otras muchas organizaciones actuales, cada vez han sido más corporativizados, con una influencia creciente de la industria armamentística en sus políticas. Hay una puerta giratoria entre las cúpulas de los ejércitos y las juntas de la industria armamentística. La advertencia de Eisenhower del peligro de un complejo industrial-militar se ha realizado y, además, tras el 11 de septiembre de 2001, se ha convertido en un complejo industrial-militar-securitario donde las armas no solo apuntan hacia fuera, sino también hacia dentro, hacia quienes se perciben como amenaza para la seguridad nacional.

También existe una influencia militar en otras empresas, ya que las empresas transnacionales están muy conectadas y comparten ejecutivos e inversores. No es una coincidencia que el primer estudio sobre seguridad climática encargado por el Pentágono fuera hecho por Peter Schwartz, que dirigió el equipo de planificación de la petrolera Shell, una empresa que en 2008 realizó su propio informe sobre las posibles consecuencias del cambio climático, casi con el mismo lenguaje de riesgo e inestabilidad que utilizan los militares.

J.T.: Las multinacionales son una de las principales responsables del cambio climático. Una gran parte de ellas sigue invirtiendo en energías fósiles. Sus estudios internos reconocen las consecuencias del cambio climático, ¿por qué continúan saboteando todo posible acuerdo para reducir las emisiones de CO2?

N.B.: Tenemos que pensar en sus objetivos, al igual que en nuestro análisis de los ejércitos. Para las empresas transnacionales es obvio, porque es parte del ADN del capitalismo, que tienen que crecer y que van a hacer todo lo posible para minimizar los controles sobre sus ganancias. Por consiguiente, su forma de existir va en contra de una acción real para reducir sus emisiones. Una acción real tendría que pasar por su aceptación de su papel principal como causa del cambio climático y por poner límites estrictos a sus actividades que afectan al clima.

Lo que vemos en sus estrategias, en las pocas empresas que tienen estrategias sobre el cambio climático, es que lo conciben como un riesgo y, en algunos casos, como una oportunidad. El lenguaje del riesgo es muy parecido al lenguaje de la seguridad: en ambos se habla de proteger a quienes ya están protegidos.

Las empresas transnacionales piensan primero en el riesgo para sus operaciones (por ejemplo, inundaciones que podrían cerrar sus fábricas), después en los riesgos para su reputación (que el público no perciba que están haciendo algo sobre el cambio climático, que es la razón por la que vemos tanta propaganda de las transnacionales sobre sus actividades supuestamente verdes) y, finalmente, los riesgos para el comercio de sus productos. En el fondo, las empresas transnacionales ven a los ejércitos como una garantía de seguridad para la producción, comercio y venta de sus proyectos, y dependen y asumen su apoyo.

J.T.: ¿Cuál es la doctrina militar para abordar la crisis climática?

N.B.: Ya he respondido un poco a esta pregunta: ven la crisis climática como un multiplicador de amenazas que necesitará inversiones y una expansión del sector militar. Lo que es preocupante es que esta doctrina militar ha entrado claramente en nuestra cultura con la llegada de Trump y otras figuras como él en el mundo.

Aunque, paradójicamente, Trump no acepta la realidad científica del cambio climático, su lenguaje de seguridad y, sobre todo, su obsesión con la inmigración que invade el país, su lenguaje de enemigos internos y externos no está tan alejado de las estrategias de los ejércitos ni de las transnacionales como Shell en lo que esperan que ocurra las próximas décadas con el cambio climático. Ambos hablan de un mundo muy inestable donde tendremos que protegernos de las consecuencias de un mundo injusto en lugar de abordar las causas sistémicas.

Cuando escribí el libro imaginé una figura como Trump emergiendo en el futuro y representando los poderes de las transnacionales y de los ejércitos, combinando la retórica del miedo y el perjuicio hacia las víctimas, convirtiéndolas en amenazas. El hecho de que ya tengamos a Trump como líder del país más poderoso del mundo tiene que ser una advertencia de que no podemos seguir este camino en el futuro, cuando los impactos del cambio climático sean aún más severos.

J.T.: ¿Cuáles son los puntos estratégicos de los militares en los próximos años? A mi modo de ver hay un cambio en el discurso: ya no se habla de combatir el cambio climático, sino de adaptarse a él. ¿Qué significa ese cambio semántico?

N.B.: Creo que Naomi Klein, en su libro Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, explica muy bien por qué el cambio climático desafía tan profundamente nuestro sistema económico y por qué ha sido muy difícil para los poderes aceptar los cambios que necesitamos. Cambios como intervenciones estatales y regulaciones estrictas para transitar hacia una economía de bajas emisiones, la desglobalización de mercados, poner fin al crecimiento del PIB como objetivo principal de nuestra sociedad…

Para ellos, como planteó el politólogo Frederic Jameson, resulta más fácil pensar en la destrucción del planeta que cuestionar el capitalismo. Entonces, no es una sorpresa que sea más fácil hablar de adaptación que de mitigación. Adaptación sugiere adaptarse a lo que hay en lugar de cambiarlo profundamente. Acepta los poderes tal como son. Sin embargo, una adaptación real al cambio climático orientada a proteger a la gente más vulnerable implicaría un cambio profundo en nuestros sistemas económicos y políticos, y pondría fin a la concentración de poder para crear estructuras democráticas que puedan resolver las consecuencias del cambio climático de una forma solidaria, participativa y justa.

Hemos abandonado nuestras obligaciones legales con los derechos humanos, hemos normalizado la muerte de inocentes.

J.T.: ¿Vamos hacia una militarización de la ecología y hacia una nueva ecología militar?

N.B.: Creo que sí, nos estamos moviendo en esta dirección. Lo que me preocupa mucho es que algunas organizaciones ecologistas están usando la misma retórica de la seguridad, sin cuestionar el peligro de aliarse con las instituciones y, por encima de todo, con la ideología militar. Tal vez piensen que es la forma de avanzar políticas y prácticas de cambio climático (muchos en Estados Unidos dicen que hablar de seguridad es la única forma de convencer a los republicanos de la importancia del cambio climático). Aun así, para mí es muy peligroso.

Cuando empezamos a pensar en términos de seguridad nacional, estamos ignorando el papel de los ejércitos en la causa misma de los problemas ecológicos (el Pentágono, por ejemplo, es la organización que más petróleo consume en el mundo y cada día destruye el medio ambiente de los pueblos de la forma más agresiva que puede haber). Pero, peor aún, estamos aceptando una ideología que dice que unos merecen protección y otros no. Y que trata a las víctimas del cambio climático como amenaza. Es una ideología que está entrando en muchos ámbitos y en poco tiempo puede normalizar cosas totalmente inmorales, como hemos visto en el tema de inmigración en Europa, donde ahora las políticas de toda la Unión Europa aceptan la muerte de miles de personas en el Mediterráneo para, supuestamente, intentar disuadir a otras personas desesperadas de que no viajen. En pocos años hemos abandonado nuestras obligaciones legales con los derechos humanos, hemos normalizado la muerte de inocentes, y todo en nombre de la seguridad.

J.T.: ¿Nos dirigimos hacia un cambio de época, de la Guerra Fría a las guerras ecológicas? ¿Cuáles serán las consecuencias de esta doctrina y las prácticas que se deriven de ella? Las consecuencias para las poblaciones van a ser terribles, no solo para los del Sur, sino también para los del Norte. ¿Nos puedes hablar sobre este tema?

N.B.: Es obvio que el cambio climático tendrá consecuencias profundas para nuestra sociedad. Ya lo vemos en las tormentas más extremas, las inundaciones y sequías más intensas. Como vimos recientemente con los huracanes en el Caribe y Estados Unidos, el cambio climático repercute en todo ello, pero es la gente pobre la que va a sufrir más. También hay impactos que nunca llaman la atención mediática porque se dan de forma silenciosa y lenta, como los impactos del cambio climático en regiones tropicales que cada año sufren la disminución de las cosechas, haciendo cada vez más vulnerable a la población campesina.

La pregunta vuelve a plantearse: ¿qué hacemos en esta situación, en qué queremos confiar y en qué mundo queremos vivir? Siguiendo el paradigma militar-corporativo, podemos construir muros más altos, fronteras más militarizadas, sociedades más vigiladas; pero, ¿acaso será un mundo en el que queramos vivir? En cambio, podríamos decir que la crisis climática –además de la crisis económica y social– es una oportunidad de crear un nuevo sistema en el que la protección de las poblaciones más vulnerables es la primera prioridad, donde la calidad de vida es más importante que la cantidad de dinero, donde los recursos inmensos de unos pocos sean mejor repartidos y donde el enorme gasto militar se oriente a objetivos sociales.

Las crisis crean miniutopías, ya que la experiencia nos da cuenta de la importancia de los lazos humanos.

J.T.: ¿Por qué el Movimiento por la Justicia Climática presta tan poca atención a este tema?

N.B.: En parte es porque el movimiento tiene miedo de hablar de los impactos del cambio climático y de la adaptación, porque podría distraer de la prioridad de mitigar las emisiones. Es verdad que la prioridad tiene que ser la reducción de las emisiones lo más pronto posible, porque cada día que postergamos acciones eficaces significa más aumento en la temperatura y por lo tanto, más impactos. Pero si dejamos la planificación del futuro en manos de los ejércitos y de las empresas transnacionales, serán sus propuestas y no las nuestras las que constituyan el estándar para responder a los impactos graves.

Lo bueno es que en muchos casos las soluciones justas para reducir las emisiones (por ejemplo desarrollando un sistema de electricidad renovable en manos de las comunidades), es también una solución a los impactos del calentamiento porque desarrolla un sistema más resiliente a las condiciones meteorológicas extremas que los sistemas centralizados y basados en los combustibles fósiles vigentes. También sabemos por la historia que la respuesta humana a las crisis es a menudo muy solidaria y justa.

Lo acabamos de ver en Puerto Rico, donde la incompetencia del gobierno en Washington DC ha sido superada por las comunidades, que están organizándose para ayudar a la gente más vulnerable a reponerse después del huracán y proponer soluciones comunitarias para la gestión del agua y la electricidad. Expertos en el tema de desastres dicen que, en muchos casos, las crisis crean miniutopías, ya que la experiencia nos da cuenta de la importancia de los lazos humanos, del poder de la comunidad, de nuestro poder. Es por eso que, a pesar de los desafíos muy grandes y del inmenso poder de las transnacionales y los ejércitos, no pierdo la esperanza.

J.T.: ¿Cuáles deberían ser para ti los ejes de trabajo y las reivindicaciones del Movimiento por la Justicia Climática sobre la connivencia entre los militares y las multinacionales?

N.B.: En primer lugar, no podemos confiar en las empresas transnacionales o los ejércitos, ni para evitar la crisis climática ni para resolver y responder a sus impactos. Para crear un mundo resiliente y capaz de enfrentarse a esta crisis climática tenemos que socavar su poder en todos los ámbitos, reivindicando nuestro poder para decidir y gobernar nuestro futuro.

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