"Si no paramos la militarización del cambio climático sufriremos las consecuencias"

Entrevista con Nick Buxton, coeditor del libro Cambio Climático S.A.
16 Julio 2017
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Desde la seguridad militar a la alimentaria, el discurso del miedo se filtra por las rendijas de la acción climática. ¿Qué implica dejar la planificación de la lucha contra el cambio climático en manos del complejo industrial-militar?

Con algunas de las peores consecuencias del calentamiento global ya presentes, y otras en camino, los ejércitos se están ofreciendo como salvadores ante la catástrofe que viene. Al mismo tiempo, el poder corporativo se prepara para mantener y, en muchos casos, incrementar sus beneficios a través de la venta de equipamiento militar y el material para reforzar fronteras. El proceso aumenta aún más la brecha entre las víctimas y los responsables de la crisis económica y social que es el cambio climático.

La Fundación Ecosocial (Fuhem) edita en español Cambio Climático S.A., una compilación de miradas al ecofascismo que viene y cómo combatirlo dirigida por Nick Buxton y Ben Hayes. Desde la seguridad militar a la alimentaria, el discurso del miedo se filtra por las rendijas de la acción climática. Buxton explica detalles sobre el libro, el miedo que genera esta cuestión y cómo trabajar para crear una alternativa que de verdad se enfrente a las causas del mayor desafío global de las últimas décadas.

¿Qué implica dejar la planificación del cambio climático en manos del complejo industrial-militar?

En mi opinión, las implicaciones son muy peligrosas. Si tienes un martillo, todo el mundo te parece un clavo. Es muy peligroso que nuestras herramientas por definición sean las militares, y los que las manejan sean los más poderosos. La sociedad se ha militarizado mucho en los últimos años, y no solo en zonas de conflicto. En Estados Unidos, por ejemplo, la policía emplea tanques recién regresados de Iraq. Se usan, en principio para situaciones peligrosas en las que hay personas armadas.

Pero cuando hay protestas legítimas, como las de Standing Rock, también aparecen los tanques. Si no paramos estos procesos de militarización de las sociedades, sufriremos las consecuencias cuando lleguen tiempos difíciles con el cambio climático. Tenemos que buscar soluciones solidarias, comunicar cómo podemos dar la bienvenida a personas que se tienen que mover, que tienen que migrar...

Sin embargo, es innegable que el cambio climático también puede estar detrás de conflictos armados. Ya hay estudios que relacionan guerras, como la de Siria, con una sequía anterior. ¿Qué debemos hacer entonces?

Es complejo, porque es cierto que hay relaciones entre el cambio climático y la posibilidad de conflictos sociales, pero no es algo inevitable. Depende mucho de la estructura política y económica.

Esto es importante, porque los militares no quieren tratar, realmente, las causas profundas de los conflictos. En el caso de Siria, hubo una sequía, y habrá más sequías en el futuro, pero también había otros factores importantes. Para entender el conflicto hay que tenerlos en cuenta todos. ¿Qué hacemos? Ahí es donde los planes de las corporaciones y los militares no tienen respuesta. Su única forma es gestionar lo que hay o asegurarse contra los impactos. Su eje para todo es la seguridad, y, en mi opinión, ese es un eje, paradójicamente, muy peligroso. Si realmente va a haber migraciones tan grandes no vamos a poder construir muros.

Además, es completamente inmoral y no lo podemos aceptar. Necesitamos soluciones que traten las causas, que son complejas y estructurales. Por eso no podemos evitar las preguntas sobre la distribución de la riqueza, el poder y quién lo tiene, y si las instituciones democráticas son realmente participativas.

¿De dónde surge el libro?

La idea surge a mediados de la década pasada, porque yo estaba viviendo en Bolivia, y allí la crisis climática es muy obvia. Los glaciares de los que depende el 30% del agua de La Paz estaban desapareciendo. Cuando Evo Morales llegó al poder, muchos activistas bolivianos, algunos amigos míos, entraron en el gobierno. A mí me invitaron a ser parte del equipo de comunicación en la Cumbre del Clima de Copenhague, en 2009, y allí me di cuenta de que los países industrializados, y los que emiten más gases, como China, no querían un trato vinculante. Estos países no niegan la ciencia. Saben que habrá consecuencias. Entonces me pregunté quién se estaba preparando para los impactos del cambio climático.

Hablé con Ben [Hayes, coeditor de Cambio Climático S.A.], que es analista de Seguridad, y él me contó que ya había planes militares al respecto. Otros profesionales nos explicaron que había grandes empresas, que también estaban haciendo planes a largo plazo. Invitamos a expertos en varias áreas, como migración, alimentación, agua... y así nació el libro.

Aquí hablamos de actores que aceptan la ciencia, pero en vez de trabajar para evitar el cambio climático masivo, lo que hacen es prepararse para beneficiarse del mismo. ¿Quiénes son? Las petroleras, por ejemplo. Estas empresas ya han recibido algunos de los impactos y se han adaptado. Shell, entre otras, ha adecuado sus plataformas de extracción para enfrentarse a tormentas más extremas y a la subida del nivel del mar. En el caso de Exxon, sabemos que llevan haciendo planes desde los años 70. En general, las grandes empresas están estudiando su adaptación. Por ejemplo, Abercrombie & Fitch perdió unos 10 millones de dólares durante el huracán Sandy porque tuvieron que cerrar tiendas y uno de sus almacenes se inundó.

Desde entonces se han tomado en serio la planificación. El sector financiero también tiene miedo, ya que gran proporción del mercado de valores está expuesto a riesgos derivados del cambio climático. Y así se crean sinergias entre los planes militares y los planes corporativos. Muchos de los planes militares dicen que con la crisis climática va a haber más conflictos ambientales y sociales. Dicen abiertamente que "tenemos que proteger nuestras zonas de alta actividad económica y las vías marítimas".

¿Hay algún país, alguna comunidad o alguna empresa que sea un ejemplo positivo de cómo enfrentarse al cambio climático?

Puedes ver buenas soluciones si buscas sistemas descentralizados. En Cuba, por ejemplo, tienen un sistema muy interesante para superar los huracanes. Están muy organizados, tienen toda la información y la distribuyen por televisión en tiempo real. Informan continuamente de lo que va a pasar y así pueden tomar medidas como cortar los árboles que podrían caer sobre viviendas. También están muy organizados a nivel comunitario. Cada barrio tiene sus dirigentes, que saben quiénes son los más vulnerables, y cómo protegerlos. En el caso del Huracán Sandy, menos de diez personas murieron en todo el país. Y en Nueva York hubo más de 200 muertos.

Nepal es otro ejemplo. Allí cambiaron su política de grandes presas hidráulicas por una de presas pequeñas. Cuando se produjo el terremoto, los riesgos fueron menores y se recuperaron más rápido, al tener un sistema mucho más descentralizado. Son muestras de que con muy pocos recursos nos podemos organizar para enfrentarnos a estos problemas si descentralizamos la respuesta. Lo interesante es que las cosas que hacemos para paliar la crisis y para frenar los gases en muchos casos son también las soluciones para construir una sociedad más capaz de resistir los impactos.

¿Por qué considera insostenible la actual cultura alimentaria? Al fin y al cabo, el hambre en el mundo se ha reducido mucho en las últimas décadas.

Hay que ver las estructuras, ver quién tiene hambre y quién se está beneficiando [de la situación]. El 80% de la comida del mundo la producen campesinos, y es su trabajo el que debemos fortalecer, no el de las grandes empresas. Pero al mismo tiempo, el control está cada vez más en manos de estas últimas.

Hay cuatro compañías que controlan hasta el 90% del comercio de las semillas. Su objetivo no es dar comida a todo el mundo. Cuando hablan de seguridad alimentaria, están hablando de la seguridad de sus ganancias. Cuando vemos casos graves de hambruna donde operan estas empresas, sus beneficios no solo no bajan, sino que mejoran. Además, estas corporaciones se basan en el uso masivo de combustibles fósiles. Se calcula que hasta el 30% de todos los gases de efecto invernadero proceden de esta actividad. Son, sin duda, parte del problema.

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