Cuando las puertas de la prisión se abran, saldrá volando el verdadero dragón. Ho Chi Minh (Minh 1967)
Un luchador por la libertad aprende, por el camino más duro, que es el opresor el que define la naturaleza de la lucha. Con frecuencia, al oprimido no le queda más recurso que emplear métodos que reflejan los empleados por su contrincante. Nelson Mandela (Mandela 1994).
Gaza fue y seguirá siendo la capital de la tenacidad, el corazón de Palestina que no deja de latir aunque el mundo se cierre a nuestro alrededor... Así que aférrense a la tierra tan firmemente como las raíces al suelo, porque ningún viento puede desarraigar a un pueblo que ha elegido vivir. Younes Masskine, 2024
En los apartados anteriores argumenté que la lucha por la liberación palestina debe (re)situarse dentro de la larga trayectoria de luchas anticoloniales/antiimperialistas/antiapartheid y de descolonización, entre las que se incluyen las luchas de liberación de Haití, Vietnam, Cuba, Argelia, Guinea Bissau, Cabo Verde y Sudáfrica. Por lo tanto, es una lucha que debe ser apoyada, no demonizada. Pero, como escribió Edward Said en una ocasión, “Palestina es la causa más cruel y difícil de defender, no porque sea injusta, sino porque es justa y, sin embargo, es peligroso hablar de ella...”. No obstante, en estos tiempos de genocidio, no podemos darnos el lujo de guardar silencio: debemos hablar de Palestina de la forma más honesta y concreta posible.
La descolonización de Palestina implicaría el fin de la ocupación, la liquidación del régimen de apartheid y el desmantelamiento de Israel como proyecto colonial de asentamiento. Los colonizadores y opresores calificaron a todos los revolucionarios anticoloniales (sea cual sea su ideología: comunista, nacionalista, conservadora religiosa, etc.) de terroristas, salvajes y bárbaros. Y todas las potencias coloniales respondieron con salvajismo e inhumanidad a los actos de resistencia de los oprimidos y colonizados. Por lo tanto, es hora de que dejemos de hacer falsas equivalencias entre la violencia legítima (y el derecho a resistir) de los oprimidos y colonizados (que luchan por su propia liberación) y la violencia infinitamente mayor de los opresores y colonizadores, que se utiliza únicamente para imponer un statu quo injusto y cruel. El revolucionario guyanés Walter Rodney lo expresó en estas potentes palabras:
“Se nos dijo que la violencia en sí misma es mala y que, sea cual sea la causa, es injustificable desde el punto de vista moral. ¿En qué plano moral puede considerarse igual la violencia que emplea un esclavo para romper sus cadenas que la violencia del amo? ¿En qué plano podemos equiparar la violencia de los negros oprimidos, dominados, deprimidos y reprimidos durante cuatro siglos con la violencia de los fascistas blancos? La violencia destinada a recuperar la dignidad humana y la igualdad no puede juzgarse en el mismo plano que la violencia destinada a mantener la discriminación y la opresión.” (Rodney 1969)
A pesar del horror, la destrucción apocalíptica y las matanzas masivas que se han presenciado en el ataque genocida de Israel contra Gaza en el último año, con los atentados del 7 de octubre conocidos como Toufan Al-Aqsa, el movimiento de liberación palestino puso en marcha lo que puede llegar a considerarse el principio del fin del régimen colonial de asentamiento de Israel (Pappé 2024). Además, a pesar de los asesinatos selectivos de dirigentes de Hamás y Hezbolá, las fuerzas de resistencia permanecen intactas y firmes en el campo de batalla. Aunque es demasiado pronto para asegurarlo, lo que está ocurriendo en Palestina y Líbano podría convertirse, como los acontecimientos del 8 de mayo de 1945 en Argelia, en el primer episodio de una prolongada guerra popular que desmantelará la colonia de asentamiento. Hamás hizo añicos el mito de la invencibilidad de Israel y, mediante su heroica resistencia en Gaza, se reafirma como líder de la resistencia palestina a la ocupación, el apartheid y el colonialismo de asentamiento, cosechando enorme simpatía en todo el mundo árabe y más allá. La guerra asimétrica que se está desarrollando no es simplemente una guerra entre Hamás e Israel, es una guerra palestina de liberación. También ya es una guerra regional, dado que Israel y sus aliados occidentales (principalmente Estados Unidos y el Reino Unido) luchan con mayor o menor intensidad en cinco frentes: Gaza/Cisjordania, Líbano, Yemen, Irak/Siria e Irán.
Debemos recordar que la lucha armada es necesaria en determinadas condiciones y este es el caso de la Palestina ocupada en su lucha contra el colonialismo sionista de asentamiento. Sin embargo, es crucial subordinar la lucha armada a un abanico más amplio de políticas revolucionarias, para asegurar que su elección de objetivos no sea arbitraria ni aleatoria. En este tipo de estrategia, la lucha armada puede entenderse como una herramienta para movilizar el apoyo político y no como táctica que repele o aleje a aliados potenciales. Por lo tanto, una resistencia eficaz, tal y como la entendía el académico revolucionario paquistaní Eqbal Ahmad, exige una estrategia flexible que combine diferentes tácticas armadas y políticas, en función de la posición que ocupe el enemigo y del contexto político más amplio. En este sentido, la violencia y la no violencia no deben considerarse estrategias mutuamente excluyentes que se oponen de forma binaria y obligan a los pueblos oprimidos a elegir entre una u otra. De esta manera, nuestro análisis de la violencia política debe apartarse de los fundamentos puramente normativos/moralistas en los que se basan algunas condenas que hace la izquierda a la violencia de Hamás. Además, descartar la resistencia anticolonial por islamista es un reflejo de la lacra profundamente arraigada de la islamofobia, que lamentablemente ha sido interiorizada por algunos sectores de la izquierda euroestadounidense.
Desde sus primeros días, el movimiento de liberación palestino ha comprendido la necesidad de la resistencia armada frente a la violenta crueldad del régimen colonial, de apartheid y de ocupación. Al mismo tiempo, al igual que sus hermanos y hermanas de Argelia y Vietnam, sabe que derrotar militarmente a una potencia militar sumamente sofisticada (respaldada por el bloque imperialista liderado por Estados Unidos) es una tarea insalvable. Por lo tanto, para tener éxito y alcanzar sus objetivos, la lucha armada palestina debe basarse firmemente en una estrategia política revolucionaria más amplia y estar dirigida por un frente anticolonial unido.
La verdad de esta proposición puede ilustrarse con el caso argelino, y concretamente con el enfoque que aplicó Abane Ramdane. Apodado el arquitecto de la lucha por la independencia argelina, Ramdane se dedicó a organizar las diversas estructuras políticas y militares de la revolución argelina y a crear un frente unido más fuerte en colaboración con otras fuerzas políticas, específicamente a través del Congreso de Soummam en agosto de 1956 (Harbi 2024). Fue Ramdane, junto con otros compañeros de armas, quien hizo hincapié en la primacía de la acción política sobre las operaciones militares, pero también fue Ramdane quien insistió en llevar la guerra a la capital, con la Batalla de Argel. El FLN argelino no ganó la guerra contra los franceses militarmente, pero sí ganó las batallas políticas y diplomáticas más decisivas, en términos de aislamiento y deslegitimación del régimen colonial francés y de construcción de alianzas sólidas en la escena internacional, inclusive en la Conferencia de Bandung en 1955, en los foros panafricanos, en Europa y en la Asamblea General de la ONU en los años siguientes.
Obviamente, el contexto político mundial ha cambiado drásticamente desde los años cincuenta y sesenta. Ya no vivimos en la época de la liberación nacional y el tercermundismo. Mucho peor, la nuestra es una época en la que el derecho internacional es pisoteado abiertamente por los más poderosos, y en la que el establishment liberal occidental de los derechos humanos y la democracia (política, intelectual, cultural y mediática) se derrumba ante nuestros ojos y exhibe sus verdaderos colores genocidas y de supremacía blanca. El panorama regional no es mejor: Palestina se encuentra rodeada de regímenes árabes reaccionarios y traidores que le han entregado la causa palestina a Estados Unidos e Israel. Este clima sumamente difícil debe tenerse en cuenta a la hora de concebir una estrategia política eficaz que logre unir a las fuerzas anticoloniales palestinas y articular eficazmente las tareas revolucionarias a nivel nacional, regional e internacional. Como parte de esta estrategia en varios niveles, es de vital importancia reforzar los esfuerzos del movimiento de boicot, desinversión y sanciones (BDS).
Gaza despertó al mundo y Palestina se convirtió en la lucha definitoria por excelencia de nuestro tiempo. Palestina es la prueba de fuego para los movimientos y organizaciones progresistas, y es también una prueba para todos y cada uno de nosotros. Como ha argumentado con convicción Adam Hanieh, la lucha por la liberación de Palestina no es simplemente una cuestión moral y de derechos humanos: es fundamentalmente una lucha contra el imperialismo liderado por Estados Unidos y el capitalismo de los combustibles fósiles a nivel mundial, dado que los dos pilares de la hegemonía estadounidense en la región y más allá son Israel, una colonia de asentamiento euroestadounidense, y las monarquías reaccionarias del golfo Pérsico ricas en combustibles fósiles, que son un punto nodal clave del capitalismo fósil mundial. Palestina es, por tanto, un frente mundial contra el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo fósil y la supremacía blanca. En este sentido, el éxito que tengan las luchas (aunque reprimidas y derrotadas por ahora) a la hora de derrocar a los regímenes árabes reaccionarios de la región (principalmente las monarquías del Golfo, y Egipto y Jordania) es esencial para la victoria de la lucha palestina. Al mismo tiempo, lo que la guerra genocida de Israel también revela, más allá de la vacuidad del (des)orden internacional basado en normas, es la bancarrota moral y política de los regímenes árabes, algunos de los cuales gesticulan sin hacer nada y otros son cómplices activos de los crímenes sionistas (especialmente Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Egipto, Jordania y Marruecos). Este hecho ha quedado meridianamente claro para las poblaciones árabes en el último año. Esto podría consolidar su determinación de derrocar estos regímenes en los próximos años (cabe recordar que los lemas revolucionarios en Sudán y Argelia de 2018 y 2019 decían “Que caigan todos”).
Los obstinados intentos de Francia y sus aliados de mantener la línea imperial en Indochina en las décadas de 1940 y 1950 con el fin de defender sus posiciones en África se reflejan hoy en las acciones de Estados Unidos, Israel y sus aliados para mantener la línea imperial en Palestina y la región de Oriente Medio en general contra el eje de la Resistencia, representado por la República Islámica de Irán, Hezbolá y sus organizaciones hermanas en la resistencia libanesa, junto a Hamás y sus socios en la resistencia palestina, así como por Ansar Allah (conocidos como los hutíes) en el Gobierno yemení y una variedad de grupos de resistencia iraquíes. Por lo tanto, queda claro que para las fuerzas antiimperialistas del planeta, golpear al imperialismo en Palestina y Oriente Medio es de suma importancia estratégica para servir a la revolución mundial, tomando prestadas las palabras del intelectual revolucionario, poeta y activista político palestino Ghassan Kanafani citadas al principio de este artículo.
Mi propósito a lo largo de esta contribución no ha sido glorificar ni romantizar acríticamente las diversas revoluciones y fuerzas de resistencia anticolonial, ya que todas ellas han tenido sus propios problemas, contradicciones, carencias y fracasos. Además, las realidades “poscoloniales” de los países “independientes” que son el centro de este artículo apuntan a los escollos de la conciencia nacional y la bancarrota de ciertas burguesías nacionales, que Fanon describió magistralmente en Los condenados de la tierra. Sin embargo, en lugar de adoptar una postura nihilista y declarar retrospectivamente que estos esfuerzos revolucionarios no valieron la pena, tenemos que ver las revoluciones como procesos continuos a largo plazo, con flujos y reflujos, y no como acontecimientos que triunfan o fracasan en un momento determinado.
Para realizar una evaluación materialista adecuada de las luchas revolucionarias, también es importante considerar simultáneamente las dimensiones nacionales, regionales e internacionales de estas luchas. La solidaridad transnacional entre pueblos oprimidos y colonizados ha sido, y sigue siendo, una fuerza motriz para cambiar el mundo. Actualmente somos testigos del poder y la importancia de esta solidaridad Sur-Sur, con el compromiso de los países del Sur con la causa palestina y los esfuerzos por aislar al régimen criminal de colonos de Israel. La demanda de Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia por violar la Convención contra el Genocidio es uno de esos esfuerzos, y constituye un acontecimiento histórico: hombres y mujeres africanos (con sus aliados) están sacudiendo la supremacía blanca y el colonialismo y, tomando prestadas las palabras de la Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, “luchando para salvar a la humanidad y el sistema jurídico internacional de los despiadados ataques apoyados o permitidos por la mayor parte de Occidente”. Verlos librar esta batalla “seguirá siendo una de las imágenes que definirán nuestro tiempo... [Hará] historia pase lo que pase”. En La Haya vimos a los representantes de la nación que sufrió y venció al apartheid defender la decencia humana básica, la justicia y la solidaridad, y tender la mano a otra nación que está sufriendo y resistiendo la opresión colonial y el genocidio mientras reivindica sus derechos a la libertad y la justicia. El Sur (cualesquiera que sean sus imperfecciones y contradicciones) está dándole al Norte, amante de los “derechos humanos y la democracia”, una lección de moral política. Con sus acciones, los herederos de Mandela honran su memoria y subrayan la verdad de sus palabras: “sabemos demasiado bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad de los palestinos”.3
Muchos países del Sur global apoyan el caso de Sudáfrica. Entre ellos están Turquía, Indonesia, Jordania, Brasil, Colombia, Bolivia, Pakistán, Namibia, Maldivas, Malasia, Cuba, México, Libia, Egipto, Nicaragua, la Organización de Cooperación Islámica (con 57 miembros) y la Liga Árabe (con 22 miembros). Mientras que las potencias occidentales (Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Alemania) respaldan a Israel. Alemania recibió una fuerte reprimenda de Namibia, su antigua colonia, que denuncia su postura de defensa del genocidio de Israel en Gaza y de no aprender de su historia asesina de haber cometido dos genocidios en el siglo XX (el genocidio de los herero y namaqua en Namibia y el Holocausto en Europa). Además, Chile y México solicitaron a la Corte Penal Internacional que investigue los crímenes de guerra cometidos por Israel en Gaza. Ello, sumado a una decena de países que han cortado lazos diplomáticos con Israel y a la decisión de Colombia (y potencialmente Sudáfrica) de prohibir las exportaciones de carbón a Israel, apunta a una clara línea de demarcación entre el Norte y el Sur, aunque con algunas contradicciones insostenibles, especialmente cuando se trata de países como Jordania y Egipto. Estos acontecimientos refuerzan la tendencia hacia un mundo multipolar donde el Sur se impone política y económicamente. Todavía no estamos en una nueva fase de Bandung, pero esta coyuntura histórica acelerará el declive (al menos ideológico) del imperio liderado por Estados Unidos e intensificará sus contradicciones.
Las audiencias de la Corte Internacional de Justicia y los acontecimientos subsiguientes constituyen un gran desafío para el mundo blanco (en el que “blanco” no es solo una categoría racial, sino también una construcción ideológica), el establishment occidental, su desmoronado edificio de “derechos humanos” y su “universalismo”, y pueden acelerar el colapso del (des)orden internacional “basado en normas”. Es muy evidente que la democracia burguesa del Norte occidental atraviesa una profunda (si no mortal) crisis de legitimidad, y que su hegemonía mundial (en el sentido gramsciano) está menguando. Esto explica el claro desplazamiento hacia la guerra y la creciente dependencia de esta, así como el afianzamiento de la lógica militarista/genocida. El capitalismo-imperialismo está entrando en su fase de barbarie transparente. Como escribió Gramsci: “lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”.
Ahora que el sistema político y económico internacional culpa a sus víctimas y no a quienes lo sostienen, desvía toda atención de los mecanismos de dominación y recurre a explicaciones culturalistas (a menudo racistas) de sus fracasos, es crucial que nos sumerjamos en proyectos y experiencias revolucionarias y progresistas del pasado. Necesitamos esa claridad de propósito para generar un quiebre con la larga historia de saqueo, violencia e injusticia que soporta la mayoría del planeta. Esto también puede ayudarnos a superar la propaganda de un sistema esclavizador que disfraza sus cadenas y grilletes mediante el uso de frases benignas como la “mano invisible del mercado”, la “globalización feliz”, “la responsabilidad humanitaria de proteger” o “Israel tiene derecho a defenderse”.
Cada vez queda más claro que la mayoría oprimida ya no puede respirar en un sistema que deshumaniza a las personas, un sistema que consagra la sobreexplotación, un sistema que domina a la naturaleza y la humanidad, un sistema que genera desigualdades masivas y una pobreza incalculable, un sistema propenso a la guerra y la militarización, y que provoca la destrucción ecológica y el caos climático. Por suerte, en todos los continentes y en todas las regiones se están produciendo revueltas y rebeliones fundamentalmente antisistémicas. Pero para que prosperen estos actos de resistencia episódicos y en gran medida confinados geográficamente, deben trascender lo local y alcanzar lo internacional; deben generar alianzas duraderas frente al capitalismo, el colonialismo/imperialismo, el patriarcado y la supremacía blanca.
¿Pueden las diversas luchas contemporáneas –los levantamientos árabes, africanos, asiáticos y latinoamericanos; el movimiento Black Lives Matter, la resistencia de las comunidades indígenas y el movimiento obrero; los movimientos por la justicia climática, la soberanía alimentaria y la paz; y las acampadas estudiantiles, el antifascismo/antirracismo y la resistencia palestina/libanesa– converger y construir alianzas mundiales sólidas que superen sus propias contradicciones y puntos ciegos? ¿Pueden marcar el comienzo de un tiempo nuevo en el que cuestionemos los cimientos coloniales de nuestros problemas actuales y descolonicemos verdaderamente nuestras políticas, economías, culturas y epistemologías? Ese objetivo no solo es posible, sino necesario, y las solidaridades y alianzas trasnacionales son cruciales en la lucha global por la emancipación de los condenados de la tierra. Podemos inspirarnos en el pasado, en el período de la descolonización, Bandung, el tercermundismo, la Tricontinental y otras experiencias internacionalistas similares.
Algunas historias se ignoran, otras se silencian para mantener ciertas hegemonías y ocultar a la vista una época inspiradora de vínculos revolucionarios entre las luchas por la liberación de continentes diferentes. Debemos escarbar en el pasado para familiarizarnos con esas historias, aprender de ellas y discernir algunas convergencias posibles entre las luchas en curso. Por ejemplo, debemos recordar y aprender del hecho de que la Argelia independiente se convirtió en un poderoso símbolo de lucha revolucionaria y sirvió de modelo para diferentes frentes de liberación en todo el planeta. Con su audaz política exterior, en las décadas de 1960 y 1970, la capital argelina se convirtió en la meca de los revolucionarios, como ya se ha comentado. Fue Amílcar Cabral, el líder revolucionario de Guinea-Bissau, quien anunció en una rueda de prensa al margen del primer Festival Panafricano celebrado en Argel en 1969: “Tomen nota: los musulmanes peregrinan a la Meca, los cristianos al Vaticano y los movimientos de liberación nacional a Argel”. Del mismo modo, debemos tomar nota del hecho de que la lucha de Vietnam contra el imperialismo estadounidense en la década de 1970 también fue una causa aglutinante para los movimientos progresistas e influyó en el auge de la revuelta social mundial que desembocó en las protestas de 1968.
Tenemos que hacer hincapié en esta perspectiva internacional de nuestras luchas, con el fin de superar las numerosas restricciones y limitaciones impuestas a nuestros movimientos y adherir al internacionalismo radical que promueva activamente la solidaridad. Es esencial que redescubramos la herencia revolucionaria del mundo árabe, África, América Latina, Asia y el Sur global, tal y como quedó registrada en los hechos y las palabras de mentes brillantes como las de George Habash, Mahdi Amel, Frantz Fanon, Amilcar Cabral, Thomas Sankara, Walter Rodney, Ghassan Kanafani, Samir Amin, Che Guevara, Ho Chi Minh y Mao Zedong, por mencionar solo a algunos. Necesitamos reactivar los proyectos ambiciosos de los años sesenta que buscaban la emancipación del sistema imperialista-capitalista. Construir sobre esta herencia revolucionaria, inspirarse en su esperanza insurgente y aplicar su perspectiva internacionalista en el contexto actual es de máxima importancia para Palestina, y para otras luchas emancipatorias en todo el mundo.
En la conclusión de Los condenados de la tierra, Fanon escribió:
“Compañeros: hay que decidir desde ahora un cambio de ruta. La gran noche en la que estuvimos sumergidos, hay que sacudirla y salir de ella. El nuevo día que ya se apunta debe encontrarnos firmes, alertas y resueltos... No perdamos el tiempo en estériles letanías o en mimetismos nauseabundos. Dejemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo... Compañeros, el juego europeo ha terminado definitivamente, hay que encontrar otra cosa. Podemos hacer cualquier cosa ahora a condición de no imitar a Europa, a condición de no dejarnos obsesionar por el deseo de alcanzar a Europa... Por Europa, por nosotros mismos y por la humanidad, compañeros, hay que cambiar de piel, desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear un hombre nuevo.” (Fanon 1967)
En este sentido, es primordial continuar la labor de descolonización y desvinculación del sistema imperialista-capitalista, para restaurar la humanidad que nos ha sido negada. Mediante la resistencia a las lógicas coloniales y capitalistas de apropiación y extracción, nacerán otros imaginarios y alternativas contrahegemónicas. No hay que rendirse. Seamos “una generación que resurja de sus cenizas con más fuerza”. Y, parafraseando un famoso dicho que les resulta familiar a muchos musulmanes, trabajemos por un cambio radical como si fuera a tardar una eternidad en realizarse, pero preparemos el terreno como si fuera a ocurrir mañana.
Como cantaban los revolucionarios en el Festival Panafricano de Argel en 1969: “¡Abajo el imperialismo, abajo el colonialismo!” y “¡colonialismo, a luchar hasta la victoria! ¡Imperialismo, a luchar hasta la victoria!”4
A lo que podemos añadir: “¡Desde el río hasta el mar, Palestina será libre!”
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