La consigna de Nasser, «Ninguna voz se alza por encima del fragor de la batalla», ha vuelto con brutal claridad en la era del genocidio israelí en Gaza. Este ensayo aborda la consigna no como nostalgia, sino como un diagnóstico político en disputa: en una región estructurada por la violencia colonial de asentamiento y el poder imperial ejercido por intermediarios, los proyectos de democracia, desarrollo y justicia social se ven repetidamente obligados a afrontar la cuestión irresuelta de la liberación. A través del análisis de los debates en la izquierda árabe desde la descolonización hasta los Acuerdos de Camp David y la actualidad, se sostiene que tratar los «derechos» y las «reformas» como separables de Palestina no reconoce la contradicción principal, aquella que sigue organizando la represión, el subdesarrollo y la derrota en toda la región.
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
Oh Dios...
No hagas que ame a las buenas personas otra vez.
Oh Dios...
No hagas que adore la risa de mis hermanos otra vez.
Oh Dios...
Haz que odie a mi patria.
‘Que Dios Te Recompense, Abdel Nasser’, un poema de Abdelrahman Al-Abnoudi1
Quien nos haya liado, debe salvarnos.
«Gana El Hawa», canción de Abdel Halim Hafiz2
«Ninguna voz es más fuerte que el sonido de la batalla»
Eslogan acuñado por el difunto presidente de Egipto Gamal Abdel Nasser
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
No hay salvación individual
Todo análisis serio de Oriente Medio debe considerar que la formación del puesto colonial militarizado que es Israel está directamente vinculado con el modo en que la región se ha desarrollado en los siglos XX y XXI. El rechazo temprano de Israel por los Estados árabes fue un reconocimiento de que la existencia de la colonia impediría proyectos de desarrollo político, social y económico árabe, obstaculizaría el surgimiento de Estados árabes fuertes y ayudaría a Estados Unidos, Europa y sus aliados a proteger el acceso al canal de Suez y las rutas a Irak y la India. Israel sirvió para enlentecer y, finalmente detener y revertir, el proyecto de modernización árabe, cuyos objetivos eran la soberanía y el desarrollo poscoloniales. En palabras de Theodor Herzl, Israel fue un verdadero «bastión contra la barbarie árabe». También tenía el objetivo de contrarrestar (aunque fuera como objetivo secundario) y ser una alternativa a las corrientes comunistas radicales judías que existían en la región en ese entonces, como Winston Churchill sostuvo en un ensayo de 1920 titulado “Sionismo versus bolchevismo: una lucha por el alma del pueblo judío. Es en este contexto que el intelectual palestino Mounir Shafik ha destacado la dimensión árabe de la lucha palestina:
La experiencia de Gran Bretaña con Mehmet Alí en Egipto (1805-1840) lo llevó a concluir que la creación de una entidad afiliada al proyecto colonial en Palestina era una necesidad crucial para evitar que Egipto unificara a los árabes o se alzara y se convirtiera en un Estado importante y competitivo, como lo había logrado Mehmet Alí (que convirtió al ejército egipcio en el quinto más grande del mundo en la época). La entidad sionista se instauró en Palestina no porque Palestina fuera el objetivo, sino como medio de lograr el objetivo de capturar a Egipto y evitar la unidad del Magreb y el Levante del mundo árabe10.
Investiguemos esta afirmación de que, dejando de lado la cuestión de Palestina, la presencia de Israel en la frontera con Egipto desempeñó un papel fundamental en su (des)desarrollo. Como uno de los países más antiguos de la región en cuanto a su proyecto de modernización y su construcción institucional, y con aproximadamente un 35 a 40 por ciento de población árabe, Egipto estaba históricamente preparado para convertirse en una potencia regional. En la década de 1950 y 1960 bajo el régimen de Nasser, Egipto intentó seriamente desempeñar ese papel, con la bendición y el apoyo de la mayoría de la población árabe. A partir de 1948, incluso antes de que Nasser asumiera el poder, la prensa y la población árabe, específicamente en Siria (la otra potencia regional), siguieron de cerca los acontecimientos en Egipto, incluida su lucha con Gran Bretaña. Por ejemplo, en octubre de 1951, el periódico al-Ba’ath comentó en referencia a la derogación del tratado entre Egipto y Gran Bretaña que «la población árabe se está uniendo en torno a Egipto»11.
No obstante, una serie de factores detuvieron sus ambiciones. Las expectativas de los pueblos y Estados egipcios y árabes no se correspondían con la capacidad y las habilidades de Egipto, como república recientemente descolonizada que intentaba afianzarse en un mundo que evolucionaba rápidamente, mientras procuraba a la vez desvincular su economía de Occidente. Los intentos de Egipto de liderar el proyecto panárabe se convirtieron en una carga para su economía, especialmente dado que el país estaba involucrado en varias guerras durante ese período, la más conocida de ellas la guerra por Yemen contra Arabia Saudita y el Reino Unido, además de que estaba brindando apoyo a otros proyectos de liberación árabes, como el de Argelia. Al mismo tiempo, Egipto estaba intentando alcanzar soberanía económica y, por consiguiente, no estaba dispuesto a volverse dependiente del bloque de Occidente. Durante este período, Egipto se benefició del apoyo de la Unión Soviética a diferentes luchas por la liberación en la región árabe y africana, así como de su proximidad al Movimiento de Países No Alineados. Sin embargo, nunca recibió el mismo nivel de apoyo que en primer lugar Gran Bretaña y posteriormente Estados Unidos brindaron a Israel.
Incluso en el período anterior a la Conferencia de Bandung (1955), cuando Egipto aún mantenía buenas relaciones con Estados Unidos, el principal punto de desacuerdo entre el régimen de Nasser y Estados Unidos era la posición de este último con respecto a Israel. Entonces, tras la Conferencia (en la cual surgió el Movimiento de Países No Alineados que lanzaron el tercermundismo) se exacerbaron las tensiones cuando Nasser se unió al bloque de Países No Alineados y se distanció de Occidente. Había decidido que ese era el mejor rumbo para Egipto, trazar su camino a nivel regional y mundial. Fue después de esta decisión que Estados Unidos comenzó a brindar su pleno apoyo a la nueva colonia de Israel. Sin embargo, Egipto logró maniobrar la multipolaridad con destreza para su propio beneficio, nacionalizando el canal de Suez en 1956 y posteriormente centrándose en ambiciones mayores, como el establecimiento de la República Árabe Unida con Siria en 1958. La creación de la República fue un cambio geoestratégico considerable en la región. Siria, una de las entidades políticas más fuertes en la región, que anteriormente había querido establecer la Gran Siria y unir al Levante, cedió voluntariamente su existencia política independiente a otra entidad política regional en pro de la unidad árabe, para lo cual contó con gran apoyo popular de todo el mundo árabe. Este fue, y sigue siendo, un acontecimiento sin precedentes en las relaciones internacionales; señaló al mundo la seriedad del ethos panárabe y amenazó con comenzar un efecto dominó en la región. De hecho, países como Yemen e Irak estuvieron a punto de unirse a la República Árabe Unida, lo cual habría sido un golpe para las potencias imperiales y los regímenes árabes reaccionarios, representados por la República Hachemita de Jordania y Arabia Saudita.
La República Árabe Unida duró tan solo tres años debido a diversos factores internos. No obstante, la búsqueda de la independencia y la soberanía continuó. Debido a su lucha contra Israel, Egipto ahora se vio forzado a acercarse más al bando soviético, dado que procuraba equilibrar el creciente apoyo que Israel recibía de Estados Unidos. Sin embargo, como se mencionó anteriormente, el apoyo soviético a Egipto nunca se acercó al apoyo que Israel obtenía de Estados Unidos, especialmente después de que Israel demostrara que era capaz de librar las batallas estadounidenses de la Guerra Fría, no solo al derrotar a ejércitos árabes en 1967, sino también tras frustrar de ese modo los proyectos panárabes y socialistas en la región, que, para muchos árabes, quedaron marcados por la derrota. Después de su victoria de 1967, Israel se convirtió en un puesto imperialista oficial, un guardián y representante de Estados Unidos. Para ello, recibió un suministro de armas ilimitado de este último: mientras que en la década de 1960 Israel recibió 834,8 millones de dólares de ayuda estadounidense (30 por ciento de la cual era ayuda militar), en la década de 1970 recibió la exorbitante suma de 16.300 millones de dólares (de la cual un 70 por ciento era ayuda militar)12.
La transformación de Israel en el representante de Estados Unidos en la región, se sumó al empoderamiento de las fuerzas reaccionarias, representadas por los regímenes que gobernaban los países ricos en petróleo: Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Kuwait y Qatar. Desde su fundación, estos regímenes habían estado involucrados con los intereses imperialistas y capitalistas y formaban una oposición natural a los proyectos socialistas y progresistas árabes. No obstante, participaron en (y se beneficiaron de) lo que sería la demostración definitiva de unidad árabe: el bloqueo petrolero durante la guerra de octubre de 1973.
Justo cuando la lucha con Israel hizo que Egipto se volcara hacia la Unión Soviética, la misma lucha -con diversas formas de presión- hizo finalmente que Egipto pasara plenamente al bando de Estados Unidos en 1978, marcando su salida oficial de la era de la República de Nasser y su ingreso en una era considerablemente diferente, en la que aún vivimos. Por consiguiente, la realidad política de Egipto en la actualidad no puede explicarse sin entender el efecto de Israel en su trayectoria como república moderna en la segunda mitad del siglo XX, como se resume a continuación.
En primer lugar, la fundación violenta de Israel y la derrota de los ejércitos árabes en 1948, junto con la pérdida de Palestina, aseguraron que el ejército se convirtiera en uno de los principales actores políticos en Egipto (si no el principal). Tras obtener su legitimidad a partir de la amenaza existencial a la seguridad en la frontera este del país, el ejército egipcio se convirtió en un componente clave del Estado. A su vez, la militarización tuvo consecuencias para la vida y las libertades políticas. Como se indicó, la noción de «Ninguna voz es más fuerte que el sonido de la batalla» significaba que la causa nacional era más importante que las causas sociales o políticas. Ello se reforzó constantemente por las guerras libradas con Israel en tres decenios -la Agresión Tripartita de 1956, la Naksa de 1967, la Guerra de Desgaste de 1967 a 1970 y la Guerra de Octubre de 1973- que solidificaron la legitimidad militar y actuaron como justificación de las constantes demandas de fortalecerla.
En segundo lugar, la presencia de Israel afectó el aumento de las corrientes políticas islamistas y la propagación del sectarismo y los sentimientos antiizquierdistas en Egipto y en el mundo árabe. Tras la humillante derrota de Egipto por Israel en 1967, que alteraría el curso de la historia, en un gesto polémico, el conocido jeque egipcio Mohamed Mutawalli al-Sha”rawi agradeció a Dios que Egipto no derrotara a Israel, dado que la victoria habría sido atribuida al socialismo laico a expensas del Islam político13. La derrota estuvo acompañada de la decisión política de Anwar El Sadat de debilitar a la izquierda y a los partidarios del naserismo mediante el empoderamiento de tendencias políticas islamistas, en particular la Hermandad Musulmana, así como el envío de mano de obra egipcia al golfo, lo cual tuvo como consecuencia la propagación de la ideología extremista wahabista en Egipto14.
Además, el giro de Israel hacia la derecha, más específicamente hacia tendencias religiosas extremistas, también hizo que Egipto se inclinara más hacia corrientes islamistas que predican que la dignidad solo puede restablecerse mediante un regreso a las tradiciones. Este es un argumento utilizado en varias contribuciones importantes. En Faraón y el Profeta, Gilles Kepel sostiene que el fracaso del nacionalismo laico árabe contra un Israel cada vez más religioso y expansionista fortaleció el atractivo ideológico de grupos islamistas que enmarcan la lucha en términos religiosos. De modo similar, en Islam Without Fear: Egypt and the New Islamists, Raymond William Baker sostiene que el ascenso del partido Likud y el afianzamiento de la ideología nacionalista y religiosa de asentamientos en Israel ha reforzado el argumento islamista de que los Estados laicos son incapaces de defender la dignidad árabe y que únicamente un regreso a la tradición islámica puede confrontar la creciente militancia religiosa de Israel. Asimismo, en The Far Enemy: Why Jihad Went Global, Fawaz Gerges sostiene que la expansión de la derecha religiosa israelí, especialmente a partir de 1977, influyó en el discurso islamista en Egipto, mediante el cual los islamistas describían el giro de Israel hacia la derecha como prueba de que la lucha árabe-israelí se había vuelto existencial y religiosa. Gerges argumenta que esta narrativa aumentó el reclutamiento de la Hermandad Musulmana y sus grupos militantes.
Cabe señalar que, en el contexto de esta discusión sobre el giro hacia corrientes religiosas y sectarias, la presencia de Israel también creó la oposición binaria entre árabes y judíos, a pesar de que judíos árabes habían vivido en la región durante siglos (de hecho, desempeñaron un papel muy importante en la creación de partidos comunistas en diferentes países árabes a comienzos del siglo XX). En efecto, el Mosad israelí se esforzó por profundizar esta división sectaria y alentar la emigración de la población de judíos árabes fuera de la región mediante campañas para infundir miedo, como ataques terroristas en sinagogas, según documenta la investigación de Avi Shlaim. En el Líbano, la horrorosa masacre de Sabra y Shatila en 1982 es un ejemplo destacado de cómo Israel avivó y utilizó el sectarismo creado artificialmente en la región como consecuencia de su división (para beneficio del colonialismo británico y francés) en virtud del Acuerdo Sykes-Picot celebrado en 1916.
Un tercer modo en que Israel afectó la historia moderna de Egipto está relacionado con la disonancia que surge del hecho de que Egipto -que cuenta con el ejército y la población más grandes del mundo árabe- incluso cuando tiene el apoyo de otras naciones árabes, aún no ha sido capaz de lograr una victoria o solución decisiva al problema de Israel, a pesar de las desigualdades evidentes en tamaño, historia y cultura. Ello ha creado una sensación constante de derrota y confusión en la sociedad egipcia -un sentimiento que se ve exacerbado por la larga duración del conflicto y de la agresión israelíes-. Esta persistente derrota material y física ha tenido repercusiones en la subjetividad política árabe, ya que ha afectado a todas las corrientes políticas y la capacidad de las personas de la región de percibirse como actores activos de la historia. Esto queda en evidencia en el ámbito nacional en Egipto. Dado que el fin de la lucha está eternamente postergado, la dificultad de visualizar una solución definitiva crea una necesidad constante de explicar por qué aún no ha habido una solución decisiva y por qué Egipto, a diferencia de Israel, no parece progresar. Ello ha tenido como consecuencia la proliferación de teorías conspirativas y explicaciones paranoicas, entre los que se incluyen argumentos sobre traición interna y quintas columnas (que utilizan explicaciones culturales y civilizatorias),y hasta conspiraciones sobrenaturales o históricas.
Esta misma lógica ha creado, a su vez, un segmento de la sociedad que racionaliza e internaliza la propaganda de Occidente de que Israel subsiste debido a que practica y promueve los valores de Occidente. El sionismo en ese sentido es más que una ideología colonial de ocupación, es presentada por las potencias de Occidente como una forma de vida.
El famoso proverbio «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» puede aplicarse de modo similar a la existencia de Israel: se ha vuelto imposible imaginar a la región de Oriente Medio y el Norte de África sin la presencia de Israel, a pesar de su historia relativamente breve. La cuestión es entonces cómo abordar estos «hechos sobre el terreno». De conformidad con este enfoque, en lugar de alcanzar verdadera soberanía, los países de la región ahora compiten por quién puede recibir el trato más favorable de Estados Unidos. Ello quedó de manifiesto recientemente cuando partidarios del Estado egipcio se regocijaron en el hecho de que Egipto (y no Qatar) celebraría las negociaciones del alto el fuego y la denominada «Cumbre para la Paz» relacionada con el genocidio en Gaza, a la que asistió Trump. Ante la ausencia de soluciones, o la falta de voluntad para encontrarlas, el límite de las aspiraciones es cómo desenvolverse en esta época de dominio estadounidense e israelí en la región.
Habida cuenta de la gran brecha entre el potencial de Egipto, su historia y su realidad actual-así como del hecho de que el nacionalismo egipcio poscolonial se forjó en oposición a Israel- no es exagerado decir que la ausencia de una solución eficaz a la cuestión de Israel ha generado una crisis de confianza en Egipto que afecta todos los ámbitos de la vida. Como observa el escritor marxista egipcio Mohamed Naeem, «es como si la existencia de Israel en las fronteras de Egipto fuera la prueba de que no valemos nada como Estado y como pueblo». Y continúa: «el problema es la existencia de Israel, no la destrucción que provocó en la región como consecuencia de su existencia». La cruda constatación es que el destino del pueblo egipcio, y de toda la región, no solo es compartido, sino que también está vinculado al destino de Israel.
La población egipcia es plenamente consciente de la disonancia entre el potencial, la cultura y la historia de Egipto y su discurso de enaltecimiento del Estado, por un lado, y su realidad actual y su incapacidad para adoptar medidas decisivas destinadas a resolver el dilema de Israel, por otro. Desde el «tratado de paz» con Israel, en la forma de los Acuerdos de Camp David de 1978, y la posterior normalización de las relaciones con la colonia sionista a nivel estatal, fue preciso aumentar la represión para reinstaurar una versión distorsionada del Estado.
Esta versión distorsionada fue interrumpida temporalmente de 2011 a 2013 (con la revolución egipcia) y debió restaurarse mediante el sometimiento de la mayoría de la población a uno de los regímenes más represivos de la historia moderna, que impone a diario medidas disciplinarias, castigos y empobrecimiento para asegurar que persistan las condiciones de derrota e impotencia.
La utilización de la represión en Egipto no es algo nuevo. Después de Camp David, Sadat inició una amplia represión, arrestó a 1.600 intelectuales, políticos y activistas, utilizando mecanismos de control estatal, como legislación para limitar la libertad de reunión y de expresión y aumentar las redes de vigilancia. Después del asesinato de Sadat el 6 de octubre de 1981, durante un desfile para conmemorar los Acuerdos de Camp David, el poder pasó al régimen de Hosni Mubarak. Este régimen fue considerado ampliamente como una continuación de lo que Sadat había comenzado, incluidas las formas impopulares de neoliberalizar la economía y profundizar la normalización de las relaciones con Israel, mientras que, a la vez, se aumentó la capacidad de represión del Estado mediante la declaración de un estado de emergencia permanente, se aumentó el aparato de seguridad y se amplió la red de personas sometidas a detenciones arbitrarias y tortura en prisión. Estos factores dieron lugar al levantamiento de 2011, al que le siguió una contrarrevolución y la reinstauración violenta del Estado que Sadat había creado, caracterizado por más violencia, represión y pobreza15.
Ali Al Kadri explica el proceso resumido en los párrafos anteriores del siguiente modo: «Al fomentar una sensación de inevitabilidad e impotencia, la violencia contribuye a mantener el dominio capitalista. Sin violencia, las masas no se vincularían con la lógica del capital; su existencia y auto reproducción depende de la contraviolencia que ejercen en la resistencia». Para abordar la extremada falta de popularidad de la colonia de asentamientos israelí en la región, las clases dominantes árabes (incluidas las de Egipto) se transformaron en policías cuya labor era disciplinar a la población, que, a su vez, les permitía consolidar su propio poder e intereses. Ello les permitió actuar como policías de su propia población y, a la vez, consolidar su propio poder e intereses. Las tendencias de resistencia y liberación perjudican directamente los intereses de estas clases: el desmantelamiento del Estado israelí desencadenaría una reforma completa de la región, las dejaría sin poder y permitiría el surgimiento de otras estructuras políticas.
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
¿Una derrota no resuelta?
Se ha escrito mucho sobre las consecuencias de la derrota militar de 1967, la Naksa («contratiempo»), que marcó una época. La derrota ha sido objeto de análisis en la región y el mundo entero; en su momento apareció en películas, literatura e incluso música; y su influencia aún se siente en la actualidad, desafiando constantemente el sueño duradero de grandeza y dignidad que Nasser prometió, pero que nunca se concretó. Para muchos, la historia termina allí -con la muerte de Nasser que marca el fin de los nobles ideales del panarabismo, el socialismo y el tercermundismo-. Según esta opinión, la derrota anuló los logros que Nasser pudiera haber obtenido. «Te decepcionaste, nos decepcionaste...luego te fuiste y te llevaste las capacidades y esperanzas de la nación...hasta entonces». Esta es la última oración del libro de Sonallah Ibrahim 1970: The Last Days, una elegía crítica, pero íntima, al hombre que lo encarceló, pero cuyo proyecto apoyó – aunque en forma crítica– hasta el final.
Sin embargo, lo que queda fuera de esta narrativa es lo que ocurrió en el periodo entre la derrota de 1967 y la famosa visita de Sadat a la Knéset, diez años después. No puede haber una situación peor para el ejército egipcio que la experimentada en 1967: su fuerza aérea quedó prácticamente destruida, además el Sinaí, Cisjordania, la Franja de Gaza y los Altos del Golán fueron ocupados. Sin embargo, la capitulación no ocurrió hasta 1978. El comandante del ejército y ex ministro de Defensa israelí Moshe Dayan dijo que estaba esperando una llamada telefónica de Nasser y de los árabes inmediatamente después de la pérdida de 1967, para que admitieran la derrota y solicitaran un acuerdo. Pero la llamada nunca ocurrió. En cambio, inmediatamente después del famoso discurso de renuncia de Nasser tras la derrota de 1967, miles de personas salieron a la calle para rechazar su renuncia y exigir que permaneciera en el poder. Hay quienes dicen que los manifestantes habían sido influenciados, que no tenían opciones, o incluso que habían sido puestos allí. De hecho, las protestas fueron una decisión consciente de la gran mayoría de la población egipcia que -sabiendo que el sucesor de Nasser, Khaled Mohieddin, deseaba aliarse con Estados Unidos - declararon su rechazo a rendirse16. Mediante sus protestas, estaban exigiéndole a Nasser que continuara la lucha contra Israel y declarando su voluntad de seguir sacrificándose por la causa de la liberación.
Nasser cumplió, y poco después se convocó una Cumbre de la Liga Árabe en agosto de 1967 en Jártum, donde se declararon los famosos «Tres noes»: «No a la paz con Israel, no al reconocimiento de Israel, no a las negociaciones con Israel».
A partir de ese momento, tanto el Estado como la sociedad egipcia se movilizaron para contribuir al esfuerzo bélico contra Israel. La estrella de la música egipcia y árabe, Om Kolthoum, realizó una gira nacional, regional e internacional. El punto más destacado fueron dos días de concierto en el Teatro Olimpia de París con entradas agotadas, en noviembre de 1967, celebrado para reunir fondos para la guerra. Donó todas las ganancias a las fuerzas armadas egipcias17. El famoso eslogan de Nasser en su último discurso antes de morir «lo que fue tomado por la fuerza debe ser restituido por la fuerza» fue internalizado por la sociedad egipcia como el eslogan que definió ese momento. Reafirmó el compromiso del pueblo con la lucha armada contra Israel.
Durante este periodo, tras una considerable reestructuración, el ejército egipcio comenzó a reconstruir sus capacidades de defensa, con la ayuda de la Unión Soviética, y a movilizarse a lo largo del canal de Suez, lo que comenzó un enfrentamiento de tres años con Israel conocido como la Guerra de Desgaste. El objetivo de estas operaciones militares no fue recuperar inmediatamente territorio árabe, sino reconstruir al ejército egipcio, recuperar su confianza en el combate y agotar las capacidades de Israel. También envió un mensaje a Israel de que no podría disfrutar del botín sin resistencia. La recientemente creada Organización de Liberación de Palestina (OLP) también participó en la Guerra de Desgaste, más específicamente en la batalla de Karameh entre Israel y combatientes guerrilleros palestinos (fedayines), en Jordania, en 1968, en la cual Israel sufrió graves pérdidas a pesar de haber destruido la base fedayína. En agosto de 1970 se declaró un alto el fuego entre Egipto e Israel, sin un ganador claro. No obstante, ello no tenía mucha importancia dado que Egipto había logrado el objetivo militar de romper la racha israelí de victorias militares fáciles, que tuvo como consecuencia la muerte de cientos, o quizá miles, de israelíes y provocó la pérdida de entre 24 y 30 aeronaves. Por supuesto que Egipto sufrió pérdidas considerables - decenas de miles de personas fallecieron y parte de su infraestructura civil fue destruida, como la escuela primaria de Bahr Al-Baqar y la fábrica de Abu Zabal-. Sin embargo, en la Guerra de Desgaste el ejército y la población de Egipto recuperaron la confianza en su capacidad de enfrentar a Israel18.
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Entre dos octubres
Fue este ejército recientemente constituido que tomó por sorpresa a Israel el 6 de octubre de 1973 al cruzar hábilmente la Línea de Bar Lev. Esta línea era considerada impenetrable por el ejército israelí, pero el ejército egipcio logró atravesarla en menos de dos horas, bajo el mando de Sad El Din El Shazly, considerado un héroe de guerra. La operación Badr dio inicio a la guerra de Octubre y fue la primera vez que un ejército árabe logró derrotar en forma decisiva al ejército israelí en batalla, destruyendo el mito de la invencibilidad de Israel. Sin embargo, tras la victoria inicial, un desacuerdo acerca de la estrategia militar entre Shazly y otros generales de alto rango del ejército, por un lado, y Sadat, por otro, permitió al ejército israelí recuperar terreno unos días más tarde. Shazly se vio obligado a cumplir las órdenes de Sadat para ampliar la ofensiva, a pesar de su preferencia de consolidar el terreno ganado. Ello dio lugar a lo que se denomina «la brecha», el espacio o brecha en la línea de batalla egipcia entre el Segundo y Tercer Ejército en el sector del Sinaí durante la fase posterior de la guerra, alrededor de mediados de octubre de 1973. Esta brecha fue aprovechada por las fuerzas israelíes, que la cruzaron desde la ribera oriental del canal de Suez hacia la ribera occidental, lo cual les permitió penetrar profundamente en posiciones egipcias y, finalmente, rodear al Tercer Ejército. Shazly y otros afirmaron más tarde, en oposición a la narrativa oficial del Estado egipcio, que las fuerzas armadas de Egipto podrían haber ganado más terreno si Sadat no hubiese dado aquella orden, y muchos han cuestionado si la motivación de Sadat era garantizar avances militares moderados que pudieran utilizarse como instrumento en negociaciones19. En todo caso, hay quienes afirman que al priorizar la diplomacia ante la acción militar, la política de Sadat había fracasado, es decir que subestimó el éxito logrado por el ejército egipcio y sus evaluaciones y directivas. Otros han sostenido que aunque el ejército egipcio hubiera avanzado más y obtenido una victoria más importante, no habría tenido la capacidad para lograr una victoria decisiva que diera lugar a poner fin al conflicto en forma permanente, pero hubiera logrado un resultado militar más impresionante que lo que terminó ocurriendo durante la intervención impopular de Sadat y la desautorización de sus jefes militares.
Debido a que los archivos egipcios no son accesibles al público ni a académicos, es prácticamente imposible obtener una historia oficial egipcia de la guerra de 1973. Los historiadores deben, en cambio, utilizar memorias, al igual que reseñas occidentales e israelíes, para intentar determinar lo sucedido. Shazly, considerado ampliamente como un héroe en Egipto y en el mundo árabe, fue condenado a tres años de prisión -sirvió una condena de año y medio- por divulgar secretos de guerra durante la época de Hosni Mubarak, quien se había desempeñado como piloto en el ejército de Shazly en la guerra de octubre. Los nasseritas atribuyen a Nasser la victoria militar de Egipto en 1973, al sostener que fue gracias a su reconstrucción del ejército y de sus generales, la experiencia adquirida en la Guerra de Desgaste y su desestimación del Plan Rogers, en la forma de mover la muralla de misiles (el sistema integrado de defensa aérea de Egipto construido antes de la Guerra de Desgaste y ampliado durante la guerra para neutralizar la superioridad aérea israelí al borde del canal de Suez -uno de los logros estratégicos más decisivos de Egipto-) lo que preparó al ejército para el enfrentamiento. Otros atribuyen la victoria al pueblo egipcio, destacando su rechazo a rendirse después de 1967 y su voluntad de soportar la carga de un estado de guerra constante. Es sin duda cierto que tras 1967, el Estado se había vuelto más dependiente de la población egipcia en cuanto a la reconstrucción del ejército y el apoyo al esfuerzo de guerra. La conciencia, la identidad nacional y la finalidad de toda una clase se forjó en el conflicto militar con Israel. La población había pagado el precio de la derrota de 1967 al menos de tres modos. En primer lugar, habían experimentado una derrota nacional, en la forma de una gran pérdida en manos de un enemigo despreciado, y no había perspectivas claras de un contraataque. En segundo lugar, habían soportado la carga económico del gasto de guerra y la subsiguiente escasez de recursos. Y, en tercer lugar, las clases que habían previsto beneficiarse de la educación primaria, secundaria y terciaria gratuita y universal instaurada por Nasser, estaban, en cambio, prestando servicio militar por tiempo indeterminado. Por consiguiente, después de 1967, la población estaba impaciente en su reclamo de una solución decisiva a la lucha. Es por ello que, al asumir la presidencia en 1970, tras el fallecimiento de Nasser, Sadat afrontó una gran presión popular para continuar la guerra a fin de recuperar el territorio ocupado. Algunos historiadores afirman incluso que la presión del movimiento estudiantil, que era particularmente fuerte en 1972, desempeñó un papel fundamental en la decisión de lanzar el ataque de octubre de 1973. Las manifestaciones estudiantiles fueron tan poderosas que Sadat recurrió a la fuerza policial, a matones y lanzó gases lacrimógenos para reprimirlas.
A pesar de este apoyo a la guerra contra Israel, antes de 1973 Sadat había intentado negociar un acuerdo sobre el tema a través de Estados Unidos, pero sus súplicas fueron ignoradas. Israel no estaba interesado en negociar desde lo que consideraba era una posición ganadora20. Hazem Kandil sostiene que fue debido a la negativa de Israel a negociar que Sadar sintió que debía ir a la guerra. No obstante, lo que queda claro en los testimonios de los generales Saad El Din El Shazly y Mohamed Abdel Ghany El Gamasy es que Sadat no intentaba lograr una victoria en 1973, sino que quería utilizar la guerra para obligar a Israel a negociar. El relato de Henry Kissinger de este período (que da cuenta de su sorpresa ante el modo en que Sadat desaprovechó los logros de Egipto), el trato posterior de Sadat a la generación de militares de 1973 (al retirarles el poder y no permitirles contar sus experiencias), así como su decisión de dar más poder a la policía para compensar la popularidad del ejército tras la guerra, demostró que, a diferencia del pueblo y el ejército egipcios, el único motivo por el cual quería realizar una incursión calculada era lograr objetivos políticos, en lugar de considerar a la guerra como el fin último. El año 1973 pasó a ser conocido como la victoria que se desaprovechó mediante politiqueos21. El Estado egipcio, que se atribuyó la guerra de 1973 como su propia victoria, declaró el 6 de octubre como feriado nacional en Egipto, pero luego adoptó una solución diferente a la cuestión israelí: un conciliación. (Cabe mencionar que la narrativa del Estado acerca de la guerra eliminó el papel desempeñado por los egipcios comunes y corrientes y la resistencia popular en las ciudades aledañas al canal en detener heroicamente el avance de Israel hacia El Cairo.)
Entre el cruce del ejército egipcio del canal de Suez y la destrucción de la Línea Bar Lev en octubre de 1973 y el cruce palestino del muro de hierro de Gaza y su destrucción de la base militar del ejército israelí en Nahal Oz 50 años más tarde, el 7 de octubre de 2023, hubo muchos acontecimientos, reformulaciones y nuevas ecuaciones que reconfiguraron la lucha contra Israel. Sin embargo, la resistencia en Gaza -a pesar de la normalización de Egipto de sus relaciones con Israel- eligió el aniversario del cruce del canal de Suez para lanzar su operación. Esta elección invoca el concepto de la resistencia Palestina de tarakom (acumulación), según el cual Israel puede ser derrotado mediante una serie de derrotas pequeñas, en lugar de una única batalla decisiva. El momento elegido para lanzar el ataque del 7 de octubre recordó al ejército israelí de la primera vez que el mito de su invencibilidad se había destrozado, y los acontecimientos de ese día volvieron a hacerlo añicos. Este paralelismo reafirmó la dimensión árabe de la lucha palestina y también resaltó las semejanzas entre la fuga de la prisión al aire libre más grande del mundo (Gaza) hacia la Palestina ocupada y el cruce de los egipcios del canal de Suez.22
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«Temo que en el día de la victoria recuperaremos el Sinaí pero perderemos Egipto» - Ahmed Fouad Negm
يا خوفي من يوم نصر: ترجع سينا وتروح مصر - أحمد فؤاد نجم 1974
Ya Khofy min Youm Nasr: Terga’ Sinaa we Terooh Masr,
- Ahmed Fouad Negm.
La victoria de 1973 no habría sido posible sin la solidaridad árabe. Egipto y Siria no lucharon solos: todos los Estados árabes contribuyeron al esfuerzo bélico de uno u otro modo, aunque fuera tan solo mediante la entrega de apoyo financiero23. En particular, la aplicación del embargo petrolero contra Occidente en 1973 fue un momento clave que no se repetiría24. Posteriormente, Henry Kissinger concibió una nueva estrategia para la región, cuyo núcleo consistía en resolver la «crisis de Oriente Medio» al aislar a cada país y abordar a cada uno en forma individual, en lugar de abordar a los países árabes colectivamente25.
Cuando algunas figuras de la oposición indagan los orígenes de la represión extrema que los egipcios sufren hoy en día, a menudo se remontan a la revolución de julio de 1952 mediante la cual el Movimiento de Oficiales Libres y, específicamente, Nasser asumieron el poder, construyendo así una narrativa teleológica que vincula al ejército egipcio de las décadas de 1950 y 1960 con el ejército actual. El Estado fortalece esta narrativa mediante su historiografía oficial, utilizando historiadores, programas de estudio escolares y emisiones de televisión afiliados al Estado. En contraste, las contranarrativas afirman que esta explicación es demasiado simplista y sostienen, en cambio, que la República de julio finalizó con la firma de los Acuerdos de Camp David (y fue interrumpida brevemente de 2011 a 2013). Este último argumento se ha vuelto cada vez más generalizado en los dos últimos años, en respuesta a las decisiones adoptadas por Abdelfattah El-Sisi durante el genocidio, que han puesto de manifiesto la falta de soberanía de Egipto y el costo de alinearse con Estados Unidos y las monarquías del golfo. Este período ha aclarado la naturaleza de Occidente y su denominado «orden internacional basado en las normas» y, al mismo tiempo, ha arrojado luz sobre el papel de los regímenes árabes compradores. Además, ha destacado la brecha cada vez más profunda entre los gobernantes y los gobernados, y ha demostrado el grado de represión que estos Estados están dispuestos a infligir en su población al servicio del imperialismo y de sus propios intereses. La consigna «Abajo Camp David» aún suele escucharse en las calles de Egipto durante protestas y sigue apareciendo en las biografías de las redes sociales y las descripciones de egipcios de diferentes afiliaciones políticas. Este eslogan va más allá de la crítica del «acuerdo de paz”, también expresa oposición al giro total en la política que este representó y la nueva república que introdujo.
En los dos últimos años, analistas han identificado varios casos en que Israel habría violado los términos del tratado con Egipto, como mediante la ocupación del corredor Filadelfia y la toma de control del paso fronterizo de Rafah. Sin embargo, no tiene importancia si Israel ingresó en las zonas desmilitarizadas estipuladas (zonas A, B o C) en la zona de amortiguación en el Sinaí, ya que desde el comienzo los objetivos más amplios del tratado eran más importantes que los detalles de sus disposiciones. El tratado realmente reflejó la voluntad política del Estado egipcio bajo el régimen de Anwar Sadat de renunciar al uso de la fuerza armada en el conflicto con Israel y optar por un acuerdo. Si no existe voluntad política de ir a la guerra con Israel, entonces los detalles del acuerdo son irrelevantes -no importaría si Israel violara todas sus disposiciones-. Esto puede explicar por qué Sadat no se opuso seriamente a las condiciones del tratado y habría dicho: «Firmaré lo que proponga el Presidente Carter sin leerlo», según las memorias de Mohamed Ibrahim Kamal, el ministro de Asuntos Exteriores de Egipto en esa época, que renunció en protesta a los Acuerdos de Camp David26.
Como se indicó anteriormente, Camp David fue más que un tratado: fue una pieza central de un proyecto político más amplio, que marcó el comienzo de la república de Camp David. Los Acuerdos incluían la normalización de relaciones con el enemigo y generaban las condiciones para la política neoliberal de puertas abiertas (infitah) de Egipto, que implicó el abandono de la economía planificada de Nasser. El proyecto implicó el alejamiento de Egipto de la nacionalización y su acercamiento a la privatización, así como el abandono de la industrialización y la producción nacional para volcarse a una economía basada en los servicios y orientada a la importación. En este periodo hubo intervenciones financieras a través del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, acompañadas por las típicas condicionalidades severas. De hecho, el menos conocido alzamiento de enero fue la «Intifada del Pan» de 1977, cuando miles de egipcios salieron a la calle a protestar contra la decisión de Sadat de eliminar las subvenciones al pan como parte de las condicionalidades para obtener préstamos del FMI. Sadat envió al ejército para calmar a los manifestantes, lo que provocó decenas de muertos y cientos de heridos. No obstante, se revirtieron los recortes. Fue en este contexto que, por temor a que estos acontecimientos hubieran perjudicado su legitimidad, Sadat intentó acelerar las negociaciones de paz con Israel, en parte para asegurar el apoyo de Estados Unidos a su régimen. Ello culminó con su visita sorpresa a la Knéset en noviembre del mismo año, que sorprendió tanto a la población egipcia como árabe.
La estipulación más importante de los Acuerdos de Camp David fue que Egipto cortara sus vínculos con la Unión Soviética y se uniera al bando estadounidense -un resultado que Henry Kissinger consideró el logro más importante de los Acuerdos-. La aceptación de Egipto de esta estipulación fue consecuencia de cambios mundiales y regionales, en particular el debilitamiento de la Unión Soviética y su falta de voluntad o capacidad para dar a Egipto un apoyo comparable al que Israel recibía de Estados Unidos (a excepción del sistema de defensa antimisiles que Nasser obtuvo de los soviéticos bajo amenaza de renunciar, lo cual había ayudado a reconstruir el ejército durante la Guerra de Desgaste y fue crucial en la guerra de octubre de 1973). En este contexto un segmento considerable del Estado y el ejército egipcios estaba dispuesto a alejarse del bando soviético.
En el contexto mundial, los Acuerdos de Camp David marcaron un giro importante en las relaciones internacionales: Egipto fue uno de los primeros países -y el primer país de importancia- en pasarse del bando soviético al estadounidense en espacio de pocos años. Como tal, sirvió de experimento para las políticas que posteriormente se aplicarían en los países comunistas en Europa del Este. Mientras que algunos sostienen que un giro similar había ocurrido en Indonesia a finales de la década de 1960 (acompañado por el uso de extrema violencia), el giro en Egipto fue quizá más importante27. Egipto estaba en el centro del mundo árabe, y en el centro de la lucha entre árabes e israelíes, de modo que su pasaje al bando de Estados Unidos cambió la ecuación regional por completo: remodeló el papel de Egipto a nivel regional y mundial, disminuyendo su influencia y capacidades al nivel que observamos hoy en día. Como se indicó anteriormente, Camp David también fue el primer intento de Kissinger de realizar acuerdos diplomáticos con un Estado árabe en forma individual, en lugar de tratar con todas las naciones árabes colectivamente. Eligió comenzar por el país árabe que hasta entonces había sido la principal amenaza -incluso existencial- para Israel. Tras haber neutralizado y retirado a Egipto de la ecuación, se sentaron las bases para que Estados Unidos se convirtiera en la potencia externa dominante. De este modo, Camp David facilitó el dominio regional de Israel, disminuyó considerablemente el bando radical árabe, fortaleció a las monarquías del golfo favorables a Estados Unidos y, a su vez, aseguró que la riqueza petrolera árabe se alineara de cerca con la estrategia de Estados Unidos. Camp David también dio lugar a los Acuerdos de Oslo, que crearon a la Autoridad Palestina, cuya labor es actuar como la primera línea de defensa para Israel contra la resistencia del pueblo palestino. Por su parte, los Acuerdos de Oslo sentaron las bases para los Acuerdos de Abraham y la normalización conexa de las relaciones árabe-israelíes que estaba avanzando firmemente hasta que fue interrumpida por la resistencia palestina el 7 de octubre. Sin duda, los signatarios árabes de estos sucesivos acuerdos «de paz» aún no han recibido los beneficios de paz y prosperidad.
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
El crepúsculo de la era de Camp David
Ha pasado suficiente tiempo como para afirmar con certeza que la apuesta de Camp David ha fracasado en forma estrepitosa para Egipto, mientras que a la vez es una de las victorias estratégicas más importantes de Israel. La prosperidad económica prometida que Sadat había esperado nunca se concretó: no hubo una versión árabe de Japón. El plan de Sadat de que Egipto reemplazara a Israel como principal aliado de Estados Unidos en la región nunca ocurrió. De hecho, no hubo ganancias beneficiosas de esta «paz» descendente: el único resultado real fue la normalización. Egipto, que hasta entonces era la mayor amenaza a la existencia de Israel y uno de los frentes más importantes del conflicto, fue neutralizado. La primera medida que adoptó Israel tras la firma de los Acuerdos y del tratado «de paz» fue invadir el Líbano en 1982. Esta invasión señaló al mundo árabe -y a Egipto en particular- que el tratado debía respetarse unilateralmente y ahora que la amenaza más existencial a Israel hasta el momento, el frente egipcio, fue neutralizada, Israel seguiría atacando a la resistencia árabe donde esta surgiera hasta lograr la capitulación de sus enemigos. La invasión rápidamente sirvió para determinar en qué medida Egipto cumpliría las condiciones del tratado.
Después de los Acuerdos de Camp David, Egipto perdió gradualmente su soberanía y pasó a depender económicamente de Estados Unidos y de las monarquías del golfo. Al mismo tiempo, debió aumentar su capacidad policial para reprimir no solo a los enemigos políticos del Estado, sino también a las clases trabajadoras egipcias que, en el nuevo statu quo, se quedaron sin dignidad o redes de seguridad social.
No resulta sorprendente que los motivos más comúnmente citados del levantamiento de enero de 2011 incluyen términos como «corrupción», «autoritarismo», «libertades personales» y «democracia». No obstante, las descripciones que se centran únicamente en estas cuestiones no tienen en cuenta el hecho de que el levantamiento fue el resultado de una acumulación de reivindicaciones. Su impulso fue aumentando a lo largo del tiempo: de las huelgas de los trabajadores en Mahalla a las protestas en apoyo a las intifadas palestinas y en oposición a la normalización de las relaciones de Egipto con Israel, pasando por las protestas en oposición a la brutalidad policial contra la clase trabajadora. Estos elementos confluyeron en el rechazo colectivo de la república de Camp David y todo lo que esta representaba. Fue en este contexto que, durante los eventos de 2011, los egipcios protestaron varias veces en la embajada israelí -irrumpieron en el edificio y escalaron sus muros para destrozar la bandera de Israel-. Al menos tres manifestantes egipcios murieron en estas manifestaciones28.
Los que cruzaron y los que saquearon
Tras la revolución de 2011, la contrarrevolución, liderada por el régimen actual con el apoyo de las monarquías del golfo, logró, mediante una represión sin precedentes, reinstaurar la república de Camp David por la fuerza, aunque con características nuevas. Este proceso consolidó aún más la relación de Egipto con Israel y aumentó la normalización. En 2013, un golpe de Estado, que contó con el apoyo de millones de egipcios, permitió al ejército derrocar al presidente de la Hermandad Musulmana, Mohamed Morsi (quien tampoco se había desviado de la república de Camp David). Este proceso estuvo marcado por una serie de masacres y represión violenta patrocinadas por el Estado, incluida la masacre durante la dispersión de seguidores de la Hermandad Musulmana de la mezquita de Rabaa al-Adawiya. En este acontecimiento sangriento pareció que la violencia que el Estado había infligido contra diversos segmentos de la población -incluida la dispersión violenta de la manifestación de Maspero en octubre de 2011 y la masacre de Puerto Saíd contra los hinchas del equipo de fútbol Al-Ahly en febrero de 2012, así como varios enfrentamientos entre la policía y manifestantes en la calle Mohamed Mahmoud en El Cairo- demostró hasta dónde podían llegar las fuerzas de seguridad para poner fin al disenso de una vez por todas. Tomados en conjunto, estos incidentes violentos transformaron el papel del ejército egipcio y reconfiguraron su autopercepción y las ideas sobre su legitimidad. Mientras que el ejército había justificado anteriormente su tamaño y poder al invocar la amenaza existencial que planteaba Israel en la frontera del país y la posibilidad de un nuevo conflicto armado, ahora miraba hacia adentro y justificaba su represión de la revolución y el asesinato de egipcios invocando la «protección de la república y su estabilidad» y mostrando a Egipto como una fortaleza santificada que debe ser protegida en medio de la agitación y las guerras civiles regionales y, lo que es más importante, protegida de las amenazas internas. Ahora el principal enemigo de la nueva república es el propio pueblo egipcio y su principal amenaza es toda forma de organización colectiva, política o de otra índole. La misión principal del Estado, con el apoyo del ejército egipcio, es desmantelar dicha organización independientemente de la forma que adopte.
Si bien el nuevo régimen ha obligado a los egipcios a abandonar las esperanzas de 2011, vive en temor perpetuo de una recurrencia de la revolución -es decir, otro levantamiento o «revolución de los hambrientos»-. Aislado de su población, el régimen ocupa fortalezas en el desierto, de modo similar a los históricos mamelucos, interactuando con la sociedad únicamente mediante la represión y el despojo29.
La operación Inundación de Al Aqsa y el genocidio en curso del pueblo palestino han puesto en mayor relieve el nuevo papel del Estado egipcio. Tanto mediante su acción, como su inacción, el régimen ha demostrado que carece de voluntad política para adoptar medidas (como apoyar a Palestina) que puedan hacer peligrar su relación con Estados Unidos, o la soberanía de si quiera intentarlo. En lugar de ello, parece saludar su papel reducido en la región, de líder del mundo árabe y centro del tercermundismo a Estado gobernado por un régimen al servicio de Estados Unidos que garantiza la seguridad de Israel, actúa como policía de Europa en la región (para impedir la migración ilegal hacia Europa) y es incapaz de resolver problemas diplomáticos en África (como el enfrentamiento con Etiopía por la Gran Presa del Renacimiento). En vez de reconocer la amenaza a la seguridad nacional que la actual campaña militar de Israel -marcada por el genocidio y la guerra regional- plantea para Egipto y la región en su conjunto, el Estado egipcio prioriza las amenazas internas, especialmente aquellas que ponen en peligro su legitimidad. En los dos últimos años, ello ha dado lugar a la represión a nivel nacional, mediante la cual se han criminalizado los actos más básicos de solidaridad con Palestina, como manifestaciones. Mujeres -e incluso niños- han sido encarcelados por faltas como exhibir pancartas, formar grupos de estudiantes en defensa de Palestina, no apoyar las manifestaciones sancionadas por el Estado, recaudar fondos para un banco de alimentos palestino o convocar una manifestación en las redes sociales. Alrededor de 200 personas que participaron en estas acciones siguen en prisión. Más recientemente, el régimen ha lanzado una campaña diplomática contra los países europeos que han permitido protestas relacionadas con Gaza frente a edificios de embajadas egipcias.
Un aspecto de la complicidad del Estado egipcio con el genocidio israelí que, con razón, ha causado indignación internacional es su utilización de la empresa contratista Al-Argani Group para recaudar tasas exorbitantes por mercancías importadas a Gaza y de palestinos en Gaza que escapan crímenes de guerra. La situación plantea cuestionamientos sobre por qué esta organización, que opera milicias que supuestamente controlan Sinaí del Norte, ejerce autoridad del lado egipcio del cruce de Rafah. Existe preocupación con respecto a la soberanía del Sinaí, la utilización de milicias armadas para controlar la zona y los recientes desalojos forzosos y demoliciones de viviendas en Sinaí del Norte, que han desplazado a residentes y la convirtieron en una zona de amortiguación deshabitada. Además de las ciudades turísticas del Sur (donde los egipcios aún deben atravesar numerosos puestos de control), Sinaí del Norte sigue siendo en gran medida inaccesible para los egipcios y prácticamente no recibe cobertura de la prensa o los medios nacionales.
Todas estas medidas –junto con el rechazo absoluto del régimen egipcio a permitir que delegaciones egipcias, árabes o extranjeras ejerzan presión en Israel desde Egipto, en la forma de campañas como la Marcha a Gaza de junio de 2025, a la cual se denegó permiso de marchar en Sinaí- resaltan no solo la violencia del régimen, sino también su miopía. Resulta difícil imaginar que una nación con una población tan grande pueda gobernarse de este modo durante mucho más tiempo. Mientras que la república de Camp David bajo Sadat invocaba el nacionalismo de derecha, materializado en el eslogan «Egipto primero», para afirmar que los intereses egipcios no eran los mismos que los intereses del mundo árabe en su conjunto, el régimen actual ni siquiera intenta hacer esto. En cambio, se ha alineado con una pequeña élite que vive en barrios privados y está alejada de la gran mayoría de los egipcios. Mientras tanto, las personas comunes y corrientes no tienen muchas opciones: pueden vivir como ciudadanos de segunda clase en su propio país y ofrecer mano de obra barata para aumentar las ganancias del capital extranjero (principalmente capital del golfo), sin contar con derechos políticos o sociales, sin tener acceso a espacios públicos ni a sindicatos y sin siquiera tener la posibilidad de formar hinchadas de fútbol, o pueden poner en peligro sus vidas y migrar ilegalmente, a menudo afrontando el riesgo de ahogarse cerca de la costa de Libia.
En esta realidad injusta, una contradicción fundamental sigue sin resolverse: si bien Egipto fue el primer país árabe en normalizar las relaciones con Israel, la voluntad de normalizar las relaciones nunca alcanzó al público general. El ejército -integrado por medio millón de soldados y definido históricamente por su enemistad con Israel, tras haber luchado cuatro grandes guerras contra este, lo cual implicó que varias generaciones de egipcios realizaran sacrificios patrióticos- ahora lucha hacia adentro, contra su propia población. Esta nueva razón de ser del ejército egipcio sirve aún más a los intereses de Israel: si el ejército considera que toda amenaza a su legitimidad provendrá de adentro, en lugar de la frontera este (como se enseñó a generaciones de egipcios), no estará preparado para un enfrentamiento futuro con Israel cuando este surja inevitablemente.
Esta disonancia entre la persistente animadversión popular hacia Israel y la política estatal hacia ese país provoca instancias como la ocurrida en junio de 2023, cuando un oficial egipcio de seguridad fronteriza de 22 años de edad que estaba apostado en la frontera egipcio-israelí disparó y mató a tres soldados israelíes, hirió a otros dos y finalmente se suicidó. Las autoridades egipcias negaron al joven soldado un funeral militar, que habitualmente se celebra en estos casos. Conscientes de que un funeral público atraería a miles de personas a honrar al mártir, insistieron en que la familia celebrara un funeral privado. Un incidente similar ocurrió el 8 de octubre de 2023, cuando un policía egipcio disparó y mató a dos turistas israelíes en Alejandría. No se trata de incidentes aislados. También está el conocido caso del soldado egipcio Suleiman Khater que disparó y mató a siete turistas israelíes en Sinaí en 1986. Un empresario israelí también fue asesinado en Alejandría en mayo de 2024: un grupo denominado «Vanguardias de la Liberación» posteriormente publicó un video en el que se atribuía la responsabilidad del asesinato y se lo dedicaba a los niños de Gaza. Es muy probable que estos incidentes vuelvan a ocurrir ante la ausencia de una paz verdadera entre Egipto e Israel, que sigue siendo inalcanzable por motivos históricos, lógicos, objetivos y existenciales.
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
Solo sanciones, ninguna recompensa
El genocidio perpetrado por Israel ha dado lugar a un nuevo mundo en que la agresión abierta, la anexión de territorios soberanos y las masacres de poblaciones civiles han alcanzado dimensiones sin precedentes y ya no se finge dar importancia a la opinión pública (que se opone firmemente a los crímenes de Israel). Los ideales de democracia y libertades individuales -otrora considerados la regla de oro por muchos en la región de Oriente Medio y el Norte de África- han resultado ser una fachada. A medida que la militarización se intensifica, las tecnologías de vigilancia avanzan y los métodos de represión se vuelven cada vez más extremos y absurdos, la población debe enfrentar una dura realidad: su única opción es soportar la coerción y la violencia. No se les ofrecen recompensas, sino solo sanciones (a veces en forma de balas). Egipto es un crudo ejemplo de la visión del imperialismo para la región: la capitulación ya no es suficiente -tanto Estados Unidos como su ferviente representante ahora exigen el sometimiento absoluto e insisten en que la población de la región soporte estados de derrota constantes y permanentes.
La naturaleza explícita y encarnizada del genocidio en Gaza -y el apoyo inquebrantable que recibió de dos Gobiernos de Estados Unidos, con la complicidad del Reino Unido y la Unión Europea- indica que estamos en una nueva era. En esta nueva era, las mujeres, los hombres y los niños son asesinados en las formas más brutales, no se respetan las leyes de la guerra y los terroristas disfrazados de soldados hacen alarde de sus crímenes de guerra. Las tácticas terroristas, como el ataque con aparatos buscapersonas en el Líbano en septiembre de 2024, son elogiadas por su precisión, mientras que se justifica el ataque contra dirigentes militares y políticos en otros Estados soberanos. Mientras tanto, el Estado genocida de Israel -mientras comete un genocidio- está librando una guerra regional más amplia, aumentando la violencia de los colonos en Cisjordania, lanzando ataques reiterados contra el Líbano, Yemen, Siria, Irak e Irán, y enviando soldados al Líbano y Siria. Este Estado funciona como bastión de la muerte y la destrucción en la región, mientras intenta alcanzar el sometimiento regional absoluto, mediante el apoyo militar -y con la protección diplomática- de Estados Unidos.
En un momento en que la resistencia libanesa afronta cada vez más presión para entregar las armas, es fundamental reconocer que, a lo largo de la historia de la región, la capitulación y la normalización han tenido como consecuencia una menor disuasión y menor capacidad de ejercer influencia para resistir la agresión israelí. De hecho, no es exagerado decir que las bases de las atrocidades desenfrenadas que observamos hoy en día se sentaron en 1978, cuando el mayor país árabe, con el ejército más grande y la población más numerosa, se retiró de la lucha. Del mismo modo que las facciones palestinas trazaron una línea directa de 1973 a 2023 al elegir el 7 de octubre como el día de la operación Inundación de Al Aqsa, también existe un vínculo claro entre la firma de los Acuerdos de Camp David y la capacidad de Israel para cometer un genocidio en Gaza sin trabas.
Ello deja en claro por qué al regresar al Líbano tras haber cumplido una condena de 40 años de prisión en Francia, el revolucionario Georges Abdallah destacó el papel central que desempeña Egipto en la región, al sostener:
La condición para la libertad es convocar a las masas árabes a que salgan a las calles,
La condición para la libertad es que las masas egipcias salgan a las calles,
Las masas egipcias,
Las masas egipcias.
Illustration by Fourate Chahal El Rekaby
La liberación árabe de la ocupación árabe
A lo largo de los años, la causa palestina se ha reducido y disminuido constantemente al punto en que incluso la agresión israelí en Cisjordania se enmarca como una cuestión independiente de la llamada «Guerra de Israel-Gaza», y que la guerra de Israel en el Líbano es considerada como un conflicto aislado y la ocupación de Siria también se menciona como un tema aparte del contexto que la rodea. La dimensión histórica árabe de lucha ha sido completamente separada de la causa palestina.
Gaza merecía -y aún merece- el tan esperado y casi mítico «despertar árabe». Incluso a los más pesimistas les resultaría difícil conjurar peores atrocidades de las que ha sufrido Gaza en los dos últimos años. Sin embargo, en lugar de estar a la altura de los acontecimientos y enfrentar -o al menos atenuar- estas atrocidades, los Estados árabes no han hecho nada. Esta inacción puede explicarse por el hecho de que hace decenios se sentaron las bases para este crimen: la región ha sido diseñada durante décadas para garantizar que la reacción a una catástrofe de esta magnitud no fuera la indignación colectiva necesaria para ponerle fin, o incluso mitigar su gravedad. Es esta historia la que explica por qué Gaza ha sido abandonada a su suerte para afrontar, casi completamente sola, la cara más dura y brutal del imperialismo. En el transcurso de esta historia no ha habido un único momento clave (aunque los Acuerdos de Camp David en 1978 son los que más se acercan), sino que el cambio se ha dado gradualmente a lo largo de decenios de normalización...cuando el mundo árabe decidió retirarse de la ecuación y trasladar la responsabilidad de la causa palestina únicamente al pueblo palestino. Enmarcó este cambio como el empoderamiento de los propietarios legítimos de la causa para que tomaran las riendas, mientras internalizó narrativas que sugieren que puede haber soluciones individuales para lo que es, en realidad, un problema común.
Mientras los países árabes están ocupados en sus propios contextos locales, Palestina ahora es abandonada y debe cargar con el enorme peso de enfrentarse a una entidad colocada estratégicamente en la región para perpetuar los diseños imperialistas de subyugación, subdesarrollo y represión de las masas. En este contexto, se suele colocar a los palestinos en un pedestal y se los describe como superhumanos, una «nación de gigantes» y un pueblo «invencible» e «inquebrantable» -lo cual otorga a la población de los países árabes licencia para renunciar a su responsabilidad histórica de compartir la carga, en perjuicio de todos-. Al condenar a los palestinos al martirio como su destino inevitable, no reconocemos el sacrificio que todos debemos realizar. Además, al entregar el control de lo que, histórica, material y existencialmente es una lucha colectiva, los países árabes han colocado la enorme tarea de liberar a la región y al mundo de los actores más sanguinarios únicamente en los hombros de los palestinos, que han soportado las pérdidas más brutales (junto con la resistencia libanesa y yemení).
Esta mentalidad -caracterizada por la observación pasiva y el nihilismo- refleja la condición interna en los países árabes. Revela el modo en que los árabes se ven a sí mismos en sus propias luchas: desempoderados, desorganizados y desconectados de los niveles de poder. Elevar la imagen de los míticos palestinos hace que los árabes sean simples observadores, en lugar de actores en la historia- un papel que ha sido abdicado y entregado a otros.
En realidad, ya existe una versión específica del arabismo: la versión contrarrevolucionaria y reaccionaria, que procura dar inicio a una era «post masas» que se alinea con la indiferencia de la clase dominante mundial respecto de la opinión pública. Los regímenes árabes reaccionarios que propagan esta versión del arabismo siempre han sido los principales adversarios del proyecto socialista panárabe: consolidaron su poder y se aliaron con el imperalismo para derrotarlo. En segundo lugar, si bien la Primavera Árabe fue un fenómeno distintivamente árabe, también lo fue la contrarrevolución que la sucedió. Por último, la coordinación de la seguridad entre los regímenes árabes compradores ahora opera a nivel sistemático: por ejemplo, si un palestino es deportado o se le prohíbe inmigrar a Jordania, no podrá ingresar a Egipto; mientras tanto, un disidente egipcio puede ser detenido en Siria y luego extraditado y encarcelado en los Emiratos Árabes Unidos. Protegidos por esta coordinación de seguridad y con el apoyo de los medios de comunicación árabe reaccionarios, los flujos de capital árabes se extraen y acumulan mediante el despojo de las masas árabes.
Sin embargo, del mismo modo en que existe el arabismo reaccionario, también existe la clase desfavorecida de masas árabes en la región que comparten el mismo destino en diferentes países, y cuyos intereses son fundamentalmente opuestos a aquellos de las clases dominantes de sus países. Reconocer este destino común requiere de un análisis detenido (en lugar de una sátira o juicio/condena generalizados de toda una población) cuando la frustración popular y la conciencia política en la región no se traducen en una acción masiva o una movilización callejera visible. Históricamente, en momentos de gran movilización o enfrentamiento directo con el Estado cuando la población ha sido capaz de imponer su voluntad o incluso derrocar Gobiernos -como ocurrió en Túnez y Egipto en 2011, en el levantamiento de Jordania de 1956 contra el Pacto de Bagdad, en episodios anteriores durante la era colonial y la era de liberación nacional árabe, y en la revolución iraní de 1979- la fuerza impulsora siempre ha sido una crisis local, inmediata y experimentada en forma directa. En esos momentos, los regímenes estaban debilitados, divididos o desorganizados, lo cual creó una oportunidad que las personas comunes y corrientes pudieron aprovechar. Es desmovilizador referirse a la inacción actual como el resultado del carácter o la aptitud, en lugar de los procesos históricos que la provocaron.
Esta dinámica difiere drásticamente de los contextos occidentales, donde la protesta (incluso cuando es reprimida) ocurre en condiciones políticas fundamentalmente diferentes. En esos contextos, la protesta suele celebrarse y, al mismo tiempo, en los dos últimos años los árabes han sido a menudo castigados sutilmente -e incluso explícitamente- por no protestar como sus contrapartes en países de Occidente-, a pesar de que afrontan formas mucho más severas de violencia y represión estatales, y por olvidar las historias de los levantamientos. Esto plantea una pregunta más profunda: ¿por qué los Estados árabes gobernaron mediante niveles extremos de represión? y ¿Por qué los dirigentes aliados con Occidente no son condenados como dictadores y, en cambio, se les suministran las armas, tecnologías de vigilancia y formación más avanzadas, permitiéndoles llevar a cabo esa represión? ¿Es realmente porque las poblaciones árabes son sumisas o cobardes? Si los árabes fueran inherentemente pasivos o indefensos, esos enormes sistemas de coerción, instituciones disciplinarias y aparatos de seguridad no serían necesarios para mantenerlos en un estado de parálisis política. La escala de la represión demuestra lo opuesto: que un verdadero levantamiento popular, uno que exprese la voluntad democrática de la población de esta región, sería una amenaza directa a los intereses imperiales de Estados Unidos. La concreción de esa voluntad democrática provocaría una crisis profunda en el orden político y económico mundial.
«Mucho ha pasado, nuestra patria. Ha quedado muy poco»
فات الكتير يا بلدنايابلدنا مابقاش إالا القليل - من اغاني فرقة أولاداولاد الأرضالارض
(Canción popular de resistencia de Suez)
A medida que la causa palestina se ha reducido constantemente, los términos «árabe» y «palestino» han pasado cada vez más a definirse en términos identitarios, raciales o étnicos, en lugar de ser categorías políticas. Sin embargo, sigue siendo evidente que la historia del mundo árabe durante la era de la denominada modernización también es la historia de la causa palestina. La resistencia histórica al sionismo ha sido fundamentalmente árabe en su carácter -incluido en sus dimensiones islamistas-. No es posible separar las historias árabes del contexto de la colonización de Palestina y el proyecto sionista imperialista debido a que los árabes, al igual que los palestinos, son el blanco de ese proyecto.
La lucha fuera de Gaza en la región es un reflejo de lo que está sucediendo dentro. Las sociedades deben elegir entre convertirse en sociedades que se rinden o sociedades nuevas, resistentes y que no temen al enfrentamiento. Es totalmente injusto que Gaza soporte el peso de la terrible realidad, mientras que muchos países árabes, incluido Egipto, solo reciben una advertencia. El destino de los pueblos de la región está intrínsecamente vinculado, ya sea que estos lo reconozcan o no. En esencia, lo que está sucediendo actualmente es una lucha de clases, una que está ocurriendo en un marco de genocidio y colonias de asentamiento. Mientras que Palestina es una causa universal -para la población libre del mundo, para los musulmanes, para los condenados de la tierra y para todos aquellos que se niegan a aceptar un mundo terrible donde esos horrores persisten contra la voluntad de la mayoría- su esencia y carácter siguen siendo histórica, material y existencialmente árabes.
Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente las de los autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista o posiciones de TNI.
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